Capítulo 17. ¿Desilusión o tentación?

-Creo que… -Sebastian volteó para verlo- sin duda, es él –dicho eso, Susanna se puso de pie y caminó hacia el joven shinigami, quien hacía hasta lo imposible por disimular, mirando su tarro de cerveza. Susanna se paró junto a él y le tocó el brazo.

-¿Ronald? ¿qué haces aquí? –dijo ella sonriendo.

-¡Susanna! Que… que sorpresa encontrarte aquí…

-Lo mismo digo…

-Es… tuve que recolectar un alma por aquí cerca y escuché sobre este lugar ¿no es increíble? La decoración…

-¿Recolectar un alma?

-Sí, así es… bueno, en realidad fueron un par de ellas y…

-No me digas… ¿Sebastian? –dijo mientras le indicaba con la cabeza que la siguiera.

-A la orden, señorita –dijo apareciendo detrás de Ronald, amenazándolo con un cuchillo que había tomado de la barra y caminando hacia la salida de emergencia del bar.

-¿Qué?... ok… supongo que iremos a tomar aire fresco –Ronald trató de disimular su nerviosismo, pero en realidad no tenía idea de qué hacer en esos casos.

La salida de emergencia daba a un callejón oscuro, aunque gracias al atardecer aún permanecía un poco iluminado. Tenía cajas de cerveza apoyadas en la pared de ladrillos y no había nadie cerca.

-¿Crees que soy idiota? –ella gritó mientras Sebastian empujaba a Ronald en contra de la pared, amenazándolo con el cuchillo y con la otra mano rodeando su cuello.

-No… sé… de qué… hablas –contestó con mucho trabajo.

-No puedes estar colectando almas en aquí… para eso está la división de Estocolmo. Y dudo mucho que tengas vacaciones ¿me estás siguiendo? –el muchacho no contestó. En parte porque no supo qué decir, y por otro lado, la mano del demonio le impedía hacerlo- déjalo hablar, Sebastian.

-¡Ah!... –tomó una bocanada de aire y se agarró el cuello- yo… no quería importunarte, Susanna… es sólo que… es parte de mi trabajo. Mi jefe me encomendó que te siguiera hasta aquí, pero se supone que no debías saberlo. Te juro que no he interferido para nada. En realidad no puedo hacerlo, o me penalizarían y llevo ya casi dos semanas de trabajar horas extras ¡Mi trabajo aquí sólo es observar, no tuve nada que ver con los que pasó en la cueva!

-¡¿Qué?! ¡Entonces nos has seguido todo el tiempo! ¿pero qué carajos estás pensando?... en cuanto llegamos sentía la presencia de un shinigami cerca, pero no creí que fueras tú… ¿Qué no tienen idea de lo que es la privacidad? –su tono de voz fue subiendo poco a poco, al igual que su enojo- no soy ningún tipo de espécimen raro para que me estén…. Momento –su expresión cambió de inmediato- dices que tu jefe te mando ¿cierto? –Ronald asintió con la cabeza- y tu jefe es William ¿no es así?

-Sí, él es mi jefe –por fin dijo después de suspirar.

-¡William! Lo voy a matar… -dijo la chica con desesperación.

-Entonces el Señor Spears está detrás de todo esto… -Sebastian lo volvió a tomar del cuello, esta vez con malicia en sus ojos, que brillaban con sed de sangre.

-Suéltalo... –ella ordenó y al demonio no le quedó más remedio que obedecer, dejado al shinigami a la expectativa - muy bien Ronald… comprendo. La verdad es que me caes bien, y sólo estabas haciendo tu trabajo.

-Así es, en realidad yo sólo…

-Por eso mismo… no sé cómo le tengas que hacer, pero quiero hablar con William en este momento –la voz de la chica sonó amenazadora mientras sus ojos se clavaban en los del shinigami.

-¿Con Will?... ¿ahora?... pero… -de inmediato el mayordomo lo miró de manera feroz e intimidante- ok, está bien, está bien…

Ronald se acomodó el chaleco y puso dos dedos sobre sus labios, silbando muy fuerte e instantes después una paloma blanca llegó volando y se posó sobre su hombro. Entonces tomó una pluma y un papel de su bolsillo y comenzó a escribir una nota. Después la ató a la pata del ave y la dejó volar.

-Esto puede tardar un par de minutos, pero vendrá…

-¿Palomas? –ella arqueó la ceja de manera incrédula.

-¡Lo sé! Es lo mismo que les llevo diciendo desde hace casi cuarenta años, pero son demasiado tercos en la oficina.

-Hablando de cosas arcaicas… -fue lo único que Sebastian pudo decir al respecto.

Ahora sólo quedaba esperar una respuesta, o que William apareciera. Fuese como fuese, Susanna decidió sentarse en una de las cajas que estaba casi a nivel de piso, mientras Sebastian se recargó en la pared junto a ella y Ronald se sentó en otra caja más alta, casi al final del callejón. Pasaron casi veinte minutos antes de que sucediera algo y ninguno de los tres habló. Ella pensaba seriamente en la situación y se enojaba cada vez más.

De pronto se escuchó un ruido parecido a un zumbido y después algo trono en el fondo del callejón. Dos segundos después, William caminaba hacia Ronald, sosteniendo su death scythe. Parecía estar un poco molesto, pero no en exceso.

-Estaba seguro de que tendrías algún problema durante esta misión, pero aun así eras una mejor opción que ese pelirrojo… Ronald Knox…

-¡Señor!... eh yo…

-Sin embargo, debo admitir que cuando leí las palabras "una complicación mayor" en tu nota, pensé que se trataba de un peligro inminente o algo relacionado con más demonios tipo D –miró alrededor del callejón con actitud displicente.

-Pues verá…

-Créeme, William, cuando dijo complicación mayor se quedó muy corto –Susanna se levantó de su asiento y se acercó al shinigami de cabello negro, quien evidentemente no la había visto, ya que estaba detrás de las cajas sobre las que Ronald estaba sentado… ni a ella ni a Sebastian.

-¡Susanna! –alcanzó a decir y su rostro reflejó la sorpresa de encontrarla ahí- ¿qué estás haciendo aquí?

-Eso mismo le pregunté a Ronald cuando descubrí que me estaba siguiendo… ¡y bajo órdenes tuyas! –ella se le acercó. Estaba notablemente irritada mientras le reclamaba- en Londres, he ignorado a Grell casi una semana. Tenía curiosidad por ver lo que traman, pero esto ya es demasiado ¿por qué me siguen?

-Me temo que ese no es asunto tuyo –dijo evadiendo su mirada. Su voz sonó fría y tajante.

-¡Eres un insolente! –después del estrés del día y la respuesta del shinigami, por fin perdió la paciencia y le dio una cachetada, dejando boquiabierto a Ronald y a Sebastian con una sonrisa de oreja a oreja. William no se movió. Sólo enderezó la cabeza y permaneció en silencio después del potente golpe que acababa de recibir. Como era de esperarse, también se ajustó las gafas- ¿cómo no va a ser asunto mío? ¡Me están siguiendo! Los asuntos de mi familia son míos. Si estoy investigándolos es porque quiero saber qué les pasó y a lo que me enfrento, pero eso no significa que compartiré la información a diestra y siniestra. Si quieres saber algo, pregunta… no mandes a escondidas otra persona.

-No era mi intensión que lo tomaras de esa manera… -sus hombros estaban tensos y su postura rígida, pero la miró con arrepentimiento en los ojos.

-Y justo el otro día pensé que estabas siendo honesto… -se dio la vuelta y caminó hacia la puerta del bar, con la miraba baja y tristeza en su voz.

-Estos son asuntos estrictamente laborales –unos segundos después el shinigami reaccionó, tratando de enmendar las cosas.

-Nunca insinué que no lo fueran… -lo volteó a ver y en voz baja, pero lo suficiente fuerte para que lo escuchara termino de decir- …incluso si quisiera que fuera lo contrario…. Hasta luego –siguió mirando hacia el piso, decepcionada y cansada. Sebastian la siguió justo después de sonreír de manera burlona y triunfante, mirando a William antes de entrar al bar.

-Bueno… pudo haber sido peor –por fin se animó a decir Ronald para aliviar la tensión, ganándose una mirada enardecida y llena de ira por parte de su jefe.

-Nos regresamos a Londres –dijo caminando al final del callejón, esperando a que el otro shinigami lo siguiera. No podía desquitarse con él, ya que no tenía la culpa del todo, pero él si y reconocía que esa no había la mejor elección de palabras para hablar con Susanna.

Una vez de regreso en la oficina, Ronald le dio el informe completo del día y de todo lo que había ocurrido en la cueva.

William mostró gran interés por lo ocurrido con las runas y los libros que encontraron en la cueva, así que tomó notas detalladas del relato. El enlace resultó ser algo que ya se habían esperado, pero no por eso era menos alarmante. Los altos mandos debían ser informados de inmediato. Sin duda los shinigamis nunca interferían en asuntos humanos, pero esto implicaba mucho más. Ellos también saldrían perjudicados y su razón de existir desaparecería por completo si el enlace se efectuara, eso sin mencionar que un gran número de almas estaban desapareciendo con el mismo fin.

Sin duda el Supervisor tendría mucho que pensar, pero lo que más le intrigo fue ese escrito que llevaba Ronald en su libreta de notas.

"…mujer… ritual, o ter… Él. Debe ser… Por eso es tan difícil… morir en... de sangre… completarán todo"

William intuía que era parte fundamental para el rito del enlace, pero con esas palabras sin coherencia, era imposible saber a qué se refería. Lo único que le quedaba claro es que, quien fuese que hiciera el ritual corría el riesgo de morir, que habría derramamiento de sangre y hacía falta una mujer.

De repente se le vino una idea perturbadora a la cabeza: Susanna estaba en peligro. Por más que había tratado de no pensar en ella, esta vez fue inevitable. La discusión que tuvieron hacía un par de horas rondaba constantemente en su cabeza y se reprochó por haber dicho lo que había dicho, pero intentó distraerse trabajando, sólo para llegar al mismo punto; debía hablar con ella.

Mientras tanto en el Grand Hotel de Estocolmo, Susanna estaba sentada en la sala del cuarto, con las ventanas abiertas para ver la noche con el firmamento lleno de estrellas. Parecía estar relajada, pero la verdad era que su mente era un torbellino. Incluso tomando un poco de aquavit no había logrado relajarse ni un poco.

Primero, todas esas revelaciones de su familia, después el verdadero significado del enlace, la proyección de Ricardo Soler y todas esas cosas que eran demasiado peligrosas porque implicaban hechizos, sacrificios e invocaciones… y para colmo se sentía traicionada por William. Ese fue un duro golpe y una gran desilusión, ya que estaba volviéndose cada vez más cercana a él y algunos sentimientos empezaban a crecer.

Desde hacía tiempo que sentía simpatía por él. Y no sólo simpatía, su personalidad y todo el misterio alrededor de él lo hacía tan atractivo, Además era un hombre… o mejor dicho un shinigami muy apuesto y caballeroso. Serio, pero cuando hablaba con él podía ver su faceta agradable y tierna, y todo ello la había terminado por cautivar… ¡momento! ¿en verdad estaba pensando en esas cosas? de inmediato sacudió la cabeza para deshacerse del pensamiento y se enfadó con ella misma. Las cosas no podían ser así. No era justo y la única afectada sería ella. Mejor disfrutar lo que le quedara de vida de otra manera, al fin y al cabo, hasta donde sabía su vida podría terminar al siguiente día o al siguiente mes. No lo sabía.

Continuó pensativa por un momento más y escuchó los pasos de Sebastian acercándose.

-¿Sabías que mi apellido significa Serafín? –dijo con una voz apagada.

-Algo así supuse… -el respondió con mucha tranquilidad.

-Qué ironía –rio con cinismo- los serafines son seres puros y de alta jerarquía celestial. Mi familia es todo menos eso… yo no podría estar más alejada de ello –se notaba la amargura e su voz y después de un momento, Sebastian contestó con firmeza y seriedad.

-Pero fueron ellos, esos serafines puros y tan llenos de amor a Dios, los que dieron destrucción a Sodoma y Gomorra, lanzando bolas de fuego ardiente sobre edificios, casas y personas. Eso sí que es ironía, incluso si se trata de fungir como látigo castigador.

-La ira de Dios es algo temible…

-Pero es tan exquisita y gratificante a la vez, sobre todo si es dirigida a un ser como yo… -pensó en el alma de Susanna y sus planes para ella, mismos que para entonces ya estaban planeados a la perfección, causándole satisfacción, expectativa y excitación por verlos cumplirse poco a poco; por el sacrificio que implicaban y la sátira que eran a comparación de su deseo original. La deseaba y no faltaría mucho para cumplir la primera parte de sus ambiciones. Debía estar con ella, a su lado… Sus ojos se tornaron brillantes otra vez, pero ella no los vio- los serafines tiene tres pares de alas –continuó.

-¿Tres?

-Así es -su voz se volvió más suave- un par es para volar, otro para cubrir sus pies como símbolo de humildad y otro para cubrir sus rostro.

-¿Por qué querrían cubrir su rostro? –sintió curiosidad.

-Puesto que son las creaturas más hermosas del universo, sólo dios tiene derecho a verlos tal cual son. Tan sólo él y nadie más –en contraste con sus anteriores pensamientos, su mirada reflejó genuina ternura, influenciada por la metáfora de los serafines y la chica- una imagen muy adecuada para para usted, si me permite decirlo –era sincero, ella le simpatizaba demasiado, incluso si tratase de esconderlo o negarlo, y eso era justamente aquello inesperado con lo que se topó cuando fue conociéndola mejor.

-...Gracias… -lo miró por un instante, sorprendida por la expresión en sus ojos y en seguida volteó su mirada a la ventana, un poco sonrojada y sonriendo sin darse cuenta. Pero de repente su pierna comenzó a dolerle e hizo una mueca de dolor.

-¿Se encuentra bien?

-Me duele la pierna y además estoy exhausta. Demasiadas emociones por un día. Tal vez si no estuviera resentida de esa herida de bala…

-Quizás un masaje sea lo que usted necesita. Así se relajaría y le garantizo que el dolor desaparecería.

-¿Sabes algo? no es mala idea –sin pensarlo, las palabras salieron de su boca.

-Excelente… recuerdo haber visto un par de aceites aromáticos en el baño. ¿Por qué no me espera en su habitación? –ella asintió y camino despacio a su cuarto, seguida por la mirada de su mayordomo, quien sonreía con agrado. Un par de minutos después, Sebastian entró a la habitación de Susanna, abriendo las puertas corredizas- ¿está lista, señorita? –preguntó con amabilidad, encontrándose con la chica sentada en su cama aún vestida- me temo que tendrá que quitarse la ropa…

-Sí, lo sé pero… -dudó un poco mientras un sinfín de ideas y escenarios se le vinieron a la mente.

-Si lo desea, puede ser tan solo un masaje en las piernas. Así no habrá necesidad de… -escogió sus palabras y una sonrisa muy pícara se asomó e su rostro- quitarse toda la ropa. Además, puedo vendarme los ojos –miró la mascada que estaba sobre la silla del cuarto y se acercó para tomarla.

-Gracias –ella se volteó y muy despacio se bajó los pantalones, quedándose sólo con su playera de manga corta y sus cortos boxers que dejaban ver un poco de sus glúteos. Sebastian observó el espectáculo instantes antes de vendarse los ojos. Sus pupilas se dilataron y tragó saliva, sintiendo las necesidades carnales demoniacas aumentando mientras veía como la ropa interior de la chica se ajustaba perfectamente a su figura.

Procedió a vendarse los ojos, quitarse el saco y remover sus guantes, ayudándose de su boca, ya que sabía que ella lo observaba. Haría lo posible para causarle tentación. Después caminó hacia un costado de la cama y tomó el frasquito con aceite de su bolsillo. Con mucho cuidado, vertió un poco sobre la palma de su mano y se inclinó para comenzar con el masaje.

El primer contacto que hizo con la piel de la chica logró estremecerlos a los dos; a ella por cómo se sentían sus manos sobre su pantorrilla y a él porque con los ojos cerrados sus demás sentidos se ponían más alerta, aumentando las sensaciones.

Decidió comenzar por los pies, así que movió su mano hacia el derecho, Sus manos hacían movimientos lentos pero firmes, logrando que ella comenzara a relajarse. Sus pies se notaban tensos y en cuanto se relajaron, ella lanzó un pequeño gemido de alivio, mismo que sirvió para alimentar la imaginación del demonio. Después pasó al otro pie y la pequeña sonrisa que se había dibujado en su rostro permanecía allí, mientras notaba que Susanna se había relajado significativamente.

La presión que hacían sus dedos sobre los músculos de una de las pantorrillas era suave e intermitente. Después, sus manos se movieron a la otra, sin subir más arriba de la parte posterior de la rodilla, todo calculado para causar cierto efecto en ella.

Intentaba mantener a raya el recuerdo de aquellas páginas que leyó del diario lleno de rituales, aquellas que llamaban a su naturaleza demoniaca, pero no podía negar lo que en verdad era, y decidió usar uno de sus trucos con ella. Era el momento perfecto y entre más la incitara, más fácil sería después que se dejara llevar ante el deseo.

Sus ojos brillaron debajo de la mascada que usaba como venda y sus manos parecieron aumentar de temperatura. Susanna pensó que era producto de la fricción; poco sabía sobre lo que él estaba a punto de hacer.

Despacio comenzó a subir hasta la mitad de sus muslos; no pasaría de ahí sin autorización de la chica, una mano en cada pierna y con movimientos casi idénticos, como si estuviesen reflejados en un espejo. Pequeños círculos que comenzaban haciendo presión para terminar rosando su piel y estimulando la circulación de su sangre, como si con cada movimiento y cada gota que recorría su cuerpo, fuera como un sedante y un afrodisiaco al mismo tiempo.

Pronto, ella sintió la piel de sus brazos erizándose con cada caricia, cada vez que las manos de Sebastian tocaban la parte interna de sus muslos. Él puso especial atención en la herida de bala, donde apenas rozaba y hacía movimientos delicados, aliviando el dolor que la chica sentía, y esa sensación era como un bálsamo curativo sobre ella.

De pronto dejó de sentir sus manos sobre ella y justo cuando pensó que ahí se terminaría todo; así sin más, como si se hubiera detenido a medio camino, dejándola con ganas de más, él recorrió ambas piernas, desde la planta del pie hasta la mitad de sus muslos, con un solo dedo, después con dos y así hasta hacerlo con sus manos, haciendo que ella gimiera un poco más, de manera un poco más sugestiva, delatando lo que su mente pensaba y su cuerpo comenzaba anhelar.

Sebastian sonrió satisfecho, aunque todo aquello también le causaba placer; sabía muy bien cómo tocarla y los lugares más erógenos de la anatomía femenina, y con un toque de sus poderes de demonio, había obtenido lo que quería y al mismo tiempo un poco de escape a sus propias necesidades y deseos por tocarla de esa manera, sin embargo eso lo dejaría con ganas de más…. Mucho más, y eso se notaba en lo apretados que comenzó a sentir los pantalones.

Cada pequeño sonido que ella emitía era involuntario, producto de cuán relajada se sentía y las sensaciones que él le causaba. Casi podía imaginarse sus manos subiendo un poco más, poco a poco recorriendo sus muslos, sus glúteos y su espalda. Después del otro lado, tocando sus caderas y sus pechos…

-Detente… -ella dijo súbitamente, poniendo un alto tanto a sus imágenes mentales como al mayordomo que diligentemente tocaba sus piernas- es suficiente.

-Como usted ordene, señorita –él había entendido el mensaje a la perfección y sabía que no debía presionarla más; cualquier movimiento en falso lo arruinaría todo- ¿desea algo más antes de que me retire? –su voz sonaba amable, transmitiéndole confianza.

-No, gracias. Hasta mañana –ella permaneció inmóvil, con el rostro hundido en el colchón, esperando a que Sebastian saliera del cuarto y cerrara la puerta. Fue entonces que volvió a relajarse y antes de volver a pensar en lo ocurrido, o en lo que hubiese deseado que ocurriera, se puso la pijama y se metió a la cama, pero un solo pensamiento se quedó en su cabeza. Tal vez no significaba gran cosa, pero… en cuanto ella lo dijo, él se detuvo y no insistió en nada más.

Mientras tanto, del otro lado de la puerta, Sebastian se retiraba la venda y se sentaba en el sillón, o mejor dicho se dejaba caer, como si acabase de salir de una gran presión. Para entonces, ya tenía mucha experiencia reprimiendo sus deseos, pero esta vez era un poco diferente. Lo había hecho, pero casi pudo saborear el haber continuado y saciar su sed de… ella. Pero sabía que las cosas no serían así y se llevaría por el momento tan sólo el recuerdo de los sensuales gemidos de Susanna.

Debía ser paciente y no le disgustaba la idea. Por primera vez en su vida, disfrutaba el ir al paso que ella le marcaba, porque se había vuelto importante para él y no lo arruinaría.