Capítulo 18. Una cita.

Al día siguiente, Susanna despertó a eso de las diez. Había dormido muy bien, gracias al masaje de su mayordomo que había logrado quitarle el dolor de la pierna. En cuanto abrió los ojos miró hacia el techo de la habitación, preguntándose si Sebastian la confrontaría o la molestaría por lo ocurrido la noche anterior, pero pronto decidió no angustiarse más con eso y salir de la cama.

Con pasos lentos caminó hacia la puerta corrediza y la abrió, sorprendiéndose mucho con la imagen que encontró: en la mesa había un apetitoso desayuno, acompañado de jugo de frutas, el periódico del día y junto a la ventana abierta, mostrándole la hermosa vista estaba Sebastian con un gesto amable y una cálida sonrisa.

-Buenos días, señorita ¿descansó bien?

-Hola… -atinó a decir-… si, gracias… -se sentó en uno de los sillones, aún mirándolo- muy bien, en realidad… ya casi no me duele la pierna -rayos, sin querer había tocado el tema. Ahora tendía que soportar las indirectas e insinuaciones del mayordomo.

-Me alegra escuchar eso –no se movió de donde estaba y continuó hablando- y después de este apetitoso desayuno, estoy seguro de que quedará como nueva. Me he encargado personalmente de que lo prepararan con los mejores ingredientes y con la receta original de éste país.

-…gracias…. -¿qué ocurría?... esperaba algún comentario para molestarla, pero… nada. Entonces sonrió y se levantó del sillón para sentarse a desayunar con tranquilidad.

Después de bañarse y vestirse, salió al balcón para mirar la ciudad desde su ventana y de repente escuchó los pasos de Sebastian acercándose a ella y volteó en cuanto lo sintió parándose junto al ventanal.

-Señorita… sé que ayer fue un día demasiado intenso para usted. Darse cuenta del peligro al que nos enfrentaremos, su papel en todo ello y después el disgusto con ese shingiami –evitó decir el nombre de William a propósito; lo último que quería era que ella pensar en él- creo que sería bueno que se distrajera un poco. Olvidarse de las cosas por un par de horas. Mañana podríamos regresar a Londres y… -ella estuvo a punto de decir algo, pero cuando vio la mirada de Sebastian, intensa y llena de convicción, decidió dejarlo terminar- quisiera saber, si usted me lo permite, si me dejaría llevarla de paseo por la ciudad. No como su mayordomo, sino su acompañante. Sólo por este día.

-¿Salir de paseo, dices? –ella estaba de verdad intrigada con su propuesta.

-Tómelo como una cita, si usted quiere… -hizo una pausa y ella se quedó muda por un instante- …una cita o una salida casual con un caballero que está a su entera disposición y tan sólo quiere pasar el día con usted para hacerla sentir mejor. Si no le parece, puedo volver a ser su mayordomo y sólo la escoltaré durante el día. Vamos ¿qué puede perder? –su mirada era traviesa, pero su sonrisa encantadora. No se veía amenazador o con la más mínima intención de sacar provecho de la situación. Ella pensó por un instante y luego respondió.

-Está bien, suena bien –sonrió- entonces, Sebastian… desde este momento serás mi acompañante ¿qué tienes pensado?

-Un par de cosas interesantes –otra vez sonrió con picardía y después continuó- ¿lista? Podríamos irnos de inmediato.

-Voy por mi bolso y… un suéter –caminó a su habitación y cuando salió, se topó con que Sebastian la estaba esperando junto a la puerta, vistiendo unos pantalones de mezclilla oscuros, una chamarra de cuero a la moda y una camiseta negra que lo hacía verse más casual y relajado que de costumbre. No llevaba puestos guantes y al parecer con muchas ansias por salir- listo, podemos irnos.

-En marcha -salieron del hotel y el auto rentado ya los esperaba. El GPS les marcaba el camino a Galma stan.

-¿A dónde vamos? –ella preguntó mientras bajaba la ventanilla.

-Se podría decir que es el barrio antiguo de la ciudad. Estoy seguro de que será de su agrado.

Dejaron el auto en un estacionamiento y después caminaron por una de las calles principales. En efecto, esa parecía ser la parte antigua de la ciudad y la arquitectura era muy característica, con las casas pintadas de diferentes colores y suelos de piedra que transportaban hacia otras épocas. El clima era de lo mejor, y el festival de verano comenzaba en las calles, así que había mucha gente caminando y varios puestos de souvenirs, comida, flores, adornos, etc… que producían una imagen oscilante entre lo antiguo y lo moderno.

Caminaron por algunos minutos, y a Susanna no le dejaban de sorprender lo hermoso de las calles. Se sentía como en una máquina del tiempo y por primera vez desde que su vida cambió, todo pareció ser de colores; todo era posible y no había un porvenir oscuro.

-Este barrio existe desde el siglo XIII -Sebastian comenzó a explicar mientras caminaba a su lado. Iban despacio y el tono de voz que usaba era aquel que ella disfrutaba tanto; de esas voces a las que uno podría escuchar por horas mientras relatan un cuento de fantasía- sus orígenes medievales estuvieron influenciados por la cultura alemana, aunque ya no queda mucho de eso hoy en día.

-No sé mucho de arquitectura, pero las construcciones parecen como del siglo XVIII o XIX –dijo mientras tomaba una foto con su celular y veía las construcciones.

-¡Sí! Buena observación. En realidad, durante esa época comenzó remodelarse esta parte de la ciudad, pero si observa bien, sólo son las fachadas, ya que la construcción tiene el típico toque de la edad media. Créame, yo lo vi –rio un poco- y aunque es difícil de creer, durante 1800, ésta zona era de las áreas marginales de la ciudad. Irónicamente, hoy es una de las más cotizadas.

-Ironías de la vida… -de repente sintió la mano de Sebastian sobre la suya y antes de poder reaccionar ante el gesto, sintió cómo la jalaba hacia un callejón.

-Mire…. –dijo mientras ponía sus manos sobre los hombros de la chica y le susurraba al oído- cierre los ojos por un instante –la piel de Susanna se erizó cuando sintió el aliento del demonio acariciando su oreja y de inmediato cerró los ojos- imagine que está en el año 1350. Ya hay más población en la ciudad, las casas están justo como ahora, pero en la parte trasera tienen un pequeño huerto o un lugar para guardar a los caballos. Las construcciones son más rústicas, algunas de piedra. El olor a tierra mojada acompañado de leña quemándose llega a su nariz. Hay puestos que venden frutas y carne a unos cuantos metros de usted, y a lo lejos, se escuchan las pisadas de los caballos jalando carretas –hizo una pequeña pausa para que Susanna se imaginara todo aquello y después dijo- abra los ojos.

Cuando los abrió, fue como si de repente esos olores y sonidos fueran reales, incluso sintió un poco de humedad rodeándola, como si estuviese en otra época. La imagen se vio muy clara por unos instantes; aquellos puestos con mercaderes y las fachadas hechas de piedra la dejaron boquiabierta. Las pisadas de los caballos eran cada vez más fuertes, y de repente, regresó a la actualidad, en un callejón solitario, muy diferente a lo primero que vio, pero en esencia lo mismo, como si en cuestión de segundos hubiese viajado en el tiempo.

-¿Cómo…? –el sonido de los caballos aún se escuchaba, y de repente notó que eso sí era real; había una carreta llena de turistas, que transitaba por la calle mientras dos caballos la jalaban. De inmediato ella lo miró sorprendida.

-La imaginación puede hacer cosas espectaculares –había un aire triunfal en su expresión y su voz se escuchaba alegre –ahora vamos. Estamos a punto de llegar a un sitio histórico muy importante.

Durante todo el día visitaron sitios de interés en Galma stan: museos, estatuas y como era verano, el festival de la estación estaba en su apogeo. Había exposiciones de arte en las calles y músicos de jazz tocando el saxofón en la plaza principal, donde ella aprovechó para tomar un tarro de cerveza y comer algo.

Por la tarde, hubo un pequeña representación de la invasión danesa que se podía observar desde una de las terrazas del lugar, donde ambos estaban sentados observándola; Sebastian haciendo sarcásticos y graciosos comentarios al respecto, criticando los "ligeros cambios" en la versión de la historia y hablando sobre los malos hábitos de la realeza en esa época. Susanna reía con cada uno de ellos y de vez en cuando le daba un pequeño golpe con el codo para que dejara de hacerla reír tanto y pudiese ver la obra completa.

Al terminar, y casi antes de abandonar la terraza, se acercó un vendedor de flores con coronas y arreglos para el cabello, quien con mucha astucia, se las ingenió para poner una pequeña peineta con florecillas blancas en la cabeza de Susanna.

-¿No cree que se ver muy bonita su novia, caballero? –preguntó con aires de ingenuidad, pero era su estrategia más efectiva para vender.

-Es verdad, creo que se ve muy guapa… en realidad, ese color contrasta con su cabello –ella estaba confundida al principio, pero después, lejos de apenarse, le sonrió coquetamente y le siguió el juego.

-¿Se ve mejor del lado izquierdo o derecho? –se acomodó el cabello.

-De los dos lados se te vería bien, pero justo donde está me gusta ¿cuánto le debo, señor?

-20 coronas –Sebastian tomó un billete de su chamarra y se lo dio al vendedor- muchas gracias joven, que siga pasando una bonita velada con su adorable novia.

-Gracias –él sonrió con satisfacción y después de un momento, volvió la vista a la chica, quien no pudo contener la risa por más tiempo y soltó una gran carcajada. Pronto él se le unió, y después abandonaron la terraza- ¿qué tal una caminata por la ciudad? –le ofreció su brazo para que lo tomara.

-Suena bien –ella sonriente tomó su brazo y comenzaron con la caminata. La loción de él, mezclada con su atractivo aroma llenaban las fosas nasales de Susana, quien discretamente respiraba profundo para disfrutarlo.

Ya era de noche y el cielo estaba oscuro, las calles estaban alumbradas con pequeños faroles que desde lejos parecían focos de navidad atravesando las calles. El clima continuaba siendo agradable, aunque estaba un poco más fresco. Parecía no haber nadie más que Susanna y Sebastian en esa calle. Las luces de los establecimientos por los que pasaban aún estaban encendidas, pero no iban por un lugar muy concurrido, lo cual hizo su conversación un poco más íntima. Ella le contaba sobre una anécdota graciosa que le ocurrió hacía algunos años con sus amigos, en su ciudad natal y él la escuchaba con atención, divertido y riendo de las ocurrencias que tenía. No la conocía entonces, pero en definitiva le hubiera gustado hacerlo; antes de todos esos problemas con aquellos sujetos, sin embargo el modo en el que sobrellevaba todo era lo que la hacía más interesante, además de la maldad gestante dentro de ella.

Rieron por un rato y después siguieron caminando en silencio, ella todavía tomado su brazo y sonriente, al igual que él, que miró hacia el cielo por un instante y después a ella.

-En verdad la pasé bien hoy –su tono de voz sonaba alegre y relajado para variar- te lo agradezco mucho. Si no hubiera sido por tu… idea, creo que ya estaríamos de vuelta en Londres, lidiando con todo.

-No hay de qué, ha sido un placer –hizo una pequeña pausa y dejaron de caminar, ahora hablaban frente a frente- a decir verdad, ahora, mientras no soy su mayordomo, tengo más libertades con usted, y debo decir que, con toda sinceridad, he pasado un día excelente a su lado. Me gustaría repetirlo alguna vez –le sonrió con mucha amabilidad y calidez en los ojos, así como en toda su expresión- y antes de que regrese a mi rol de mayordomo… -no terminó de decir la frase y se acercó ligeramente a ella, despacio y dándole oportunidad de hacerse a un lado si lo deseaba, pero no fue así. Vaciló un poco antes de inclinar la cabeza un poco y después le dio un suave beso en la mejilla.

Todo eso pareció suceder en una eternidad; los diez segundos más largos del mundo. Susanna cerró los ojos por un instante, para disfrutar más el momento, y cuando los volvió a abrir, se encontró a Sebastian frente a ella, con una actitud por completo diferente a la que había tenido todo el día: había vuelto a su roll de mayordomo.

-¿Desea regresar al hotel para descansar, o quisiera visitar otro lugar en la ciudad? ¿Un bar quizás? –preguntó de manera solemne ante el desconcierto de Susanna, que lo miró con una expresión entre sorpresa y decepción.

-No… regresar al hotel suena bien. Gracias.

-Enseguida –y entonces caminaron hacia el estacionamiento, sin decir palabra alguna con una especie de vacío entre ellos.

Una vez en el hotel, ella decidió irse a dormir temprano. De repente, sintió grandes deseos por estar sola y pensar, así que se puso la pijama y se lavó los dientes mientras Sebastian se encargaba de acomodar las cobijas de la cama para que estuviera cómoda.

En cuanto la chica se acostó y se acomodó, él apagó la luz y se dispuso a salir del cuarto, pero antes de hacerlo, ella dijo casi en un susurro.

-Lo que dije hoy… lo decía en serio –su rostro tapado por las cobijas y dándole la espalda a la puerta, cuidando que él no la viera.

-Yo también, señorita –cerró la puerta y permaneció de pie frente a ésta por unos momentos, y después de un pequeño suspiro dijo para sí mismo- …yo también…

Al día siguiente regresaron a Londres. Habían obtenido la información que necesitaban y debían ir tras Ricardo Soler, quien parecía ser el siguiente en la lista junto con Aidan Crawford, su socio directo en todos los negocios que hacía. Ahora más que nunca era claro que debían apresurarse a cazarlos, pues no querían que el enlace se completara, aunque estaba seguros de que no lo harían mientras Sebastian tuviera la otra parte de los encantamientos necesarios.

Aún era temprano por la mañana cuando llegaron a Inglaterra y justo a tiempo para un evento de AstraZeneca. Se trataba de una cena de gala a favor de uno de los programas de beneficencia que Susanna estaba impulsando.

A Susanna no le hizo mucha gracia tener que asistir después de aquel viaje tan intenso, pero no tuvo opción, además para ella era importante apoyar la campaña contra el Lupus. En cuanto aterrizó el avión, fueron al centro comercial para comprar un vestido y por la noche, después de asegurarse de que la estilista arreglara a la chica, Sebastian la llevó a la cena, fungiendo como chofer y guardaespaldas.

Después de la cena, ella tomó una copa de vino y salió al balcón del lugar, desde donde se podía ver la hermosa vista de Londres por la noche. El Big Ben iluminado a lo lejos y las estrellas decorando el firmamento. Miraba hacia el horizonte con ojos melancólicos mientras bebía vino tinto y de repente una voz sonó justo detrás de ella.

-¿Te puedo acompañar? –era William.

-¿Qué haces aquí? –ella sintió curiosidad, ya que la última vez que se encontraron, las circunstancias no habían sido las mejores, y por más que lo negara, le había afectado. Sintió una chispa de ira encendiéndose dentro de ella cuando lo vio tan solemne como siempre.

-Quisiera hablar contigo y… aclarar las cosas, si me lo permites.

-Will… -él se tranquilizó un poco al escucharla; era la segunda vez que lo llamaba así, sin usar su nombre completo, y por un instante sintió que no había perdido su confianza. Ella lo miró a los ojos y le fue imposible negarse a su petición- está bien… -suspiró- mira, lamento haberte abofeteado. Estaba muy enojada, aunque es no es justificación. Estuvo mal y no debí hacerlo, pero por el momento no tengo ganas de discutir, así que… -ella desvió la mirada. No quería toparse otra vez con esos ojos verdes que parecían ver más allá de sus palabras.

-No vine a discutir, sólo quiero que me escuches, por favor –dijo con calma y ella odió su tono de voz; amble y pero serio al mismo tiempo, mostrando todo aquello que su rostro no hacía.

-Ven, acércate –estaba recargada en el barandal, encarándolo e hizo una seña para que se parara junto a ella.

-Te lo agradezco –estaba a una distancia moderada, pero cerca de ella- antes que nada, me alegro de que estés bien. Supe lo que pasó en aquella cueva y… que bueno que no te pasó nada –ella sólo asintió- me disculpo por haber enviado al Sr. Knox para que te siguiera. Fue una decisión que consideré apropiada en el momento y, creo que fue incorrecta.

-Al menos lo reconoces.

-Hemos… -escogió con cuidado sus palabras y suspiro- tenido problemas con almas desaparecidas en los últimos meses. Yo estoy a cargo de la investigación y me temo que se relaciona contigo y… todo lo que sucede a tu alrededor.

-¿Por qué no lo dijiste antes?

-No lo consideré apropiado. Además… sé que estás en peligro y… -la expresión de Susanna se tornó sombría- yo no… disculpa, dejaré los asuntos laborales para otro momento.

-¿Pero que no...? –intentó preguntar pero el shinigami la interrumpió.

-Déjame terminar por favor… yo… tal vez no sea muy bueno con las palabras o en cuestiones sociales en general, pero lo que quiero decir es… -se acomodó las gafas- mandé a Ronald para que me mantuviese al tanto de lo que sucedía con tu familia y el enlace, pero también lo envié porque… no confío en ese… infrahumano… ese… demonio.

-¿Sebastian?

-Sé que tienes un contrato con él, pero… -no pudo terminar la frase; no tenía palabras para expresar su preocupación. Susanna tardó un poco en comprender lo que sucedía y cuando lo hizo se sorprendió mucho.

-William… ¿estás celoso?

-¿Perdón? –se sobresaltó- ¿celoso, yo?... honestamente, Susanna… de todas las ridículas ideas que… -ella comenzó a reír- ¿Qué es tan gracioso? –la chica no pudo dejar de reír y por más que él intentó parecer enfurruñado, sintió alivio.

-Está bien. Disculpa aceptada… y otra vez, perdón por la cachetada.

-Tenías todo el derecho de hacerlo y además tienes una mano derecha bastante fuerte –ella se apenó un poco mientras él la miraba complacido, sin sonreír y un momento después continuó- ahora que sabes lo que buscan esos sujetos… supongo que continuarás buscándolos con más apremio.

-Sí, pero todavía faltan piezas para que todo encaje –hubo silencio por unos momentos y el shinigami miró a la chica con detenimiento. Llevaba un precioso vestido negro ajustado a su figura y el cabello en un chongo que dejaba sus hombros descubiertos. La marca del contrato se escondía detrás de grueso collar en su cuello.

-Te ves hermosa… -en realidad no había querido decirlo, pero las palabras salieron de su boca como si tuvieran voluntad propia.

-¡Gracias! –ella le sonrió con amplitud y sintió un cosquilleo en el estómago. Ante la respuesta positiva de la chica, él se relajó un poco y hubo otro momento de silencio- parece que todo se va a complicar de aquí en adelante.

-Sí, todo es muy confuso y… ¿tienes planes para mañana por la tarde?

-Will… esta es una manera un poco extraña para invitar a alguien a salir.

-¿Qué?... No, yo no… me refiero a que…

-Lo sé, sólo estoy bromeando –lo tranquilizó- y no, nada en particular.

-Bien –volvió a acomodar sus gafas- sugiero una reunión oficial, conmigo y mi equipo para aclarar un poco más lo del ángel caído.

-Me parece estupendo. Mañana por la tarde ¿a las cinco en mi casa estaría bien?

-Excelente… -él estuvo a punto de sonreír, cuando sintió una presencia indeseable y un gesto de enfado apareció en su rostro- ya se me hacía extraño que no te aparecieras por aquí… maldita cucaracha.

-Señor Spears ¿acaso debo recordarle que su presencia no es grata y que… husmear en asuntos que no le conciernen es de mala educación?

-Sebastian, por favor… -ella dijo con voz suave, pero los ojos de demonio de Sebastian brillaron y se acercó a William de forma amenazadora.

-Este asunto es entre Susanna y yo –dijo con calma- además, interrumpir la plática de los mayores también es de mala educación, por no decir de pésimo gusto… un mayordomo lo debería saber.

-Ante todo, debo cuidar de la señorita, y en este momento considero que eres una amenaza para ella, así que… -tomó un cuchillo de su saco y con impecable puntería lo lanzó hacia el rostro del shinigami, cuyos reflejos hicieron que lo atrapara antes de que lo hiriera.

-Como era de esperarse, un demonio descarriado sólo puede reaccionar de esta manera… corriente y vulgar… -tiró el cuchillo hacia el piso, provocándolo aún más y entonces Sebastian se abalanzó sobre él.

-¡Suficiente! –la chica de interpuso entre los dos; el demonio frenándose en el momento exacto para no dañarla y el shinigami sorprendido ante su reacción- nos vamos –le dijo a Sebastian y caminó hacia el estacionamiento- y espero que mañana las cosas sean civilizadas… -le dijo a William con una mirada severa antes de alejarse demasiado.

-Por supuesto –asintió con la cabeza y los siguió con la mirada.

Una vez en el auto, Susanna se puso muy seria, ignorando las atenciones del mayordomo, quien le ofreció una caja con finos chocolates que había comprado unas horas antes.

-No te hagas el diligente… estoy molesta.

-Señorita, yo sólo intentaba defenderla… -el dijo con mucha calma, sonriendo satisfecho de haberlos interrumpido en el momento exacto.

-Te hice una advertencia para que no agredieras a William y deliberadamente la desobedeciste.

-Mil disculpas, señorita, pero creo que le he enseñado cómo pedir las cosas –se acercó para susurrarle al oído, tratando de seducirla.

-Creí que tendrías un poco de sentido común, al menos para no llegar a eso. Pero está bien, te ordeno que no agredas a William… nunca.

-Entendido –se separó de ella, cambiando de manera radical su actitud. Ahora era más serio- pero si ese shinigami la pone en peligro, debo recordarle que su bienestar está sobre todas las cosas….

-Sabes que no me hará daño –lo interrumpió- lo sabes muy bien y por eso lo antagonizas cada que puedes –ella dijo con seriedad y mirando hacia la ventana, ansiosa por regresar a casa. Un poco de paz no le caería nada mal.