5.

—Te informo, Tomioka —empezó—. Que si me hubieras vomitado a mí, no estaría contigo—dijo mientras caminaban, a quien saben dónde.

Luego de un rato, los individuos, quienes ni siquiera saben cómo llegan, pero están ahí, enfrente de una finca. A pesar de la cantidad de alcohol que hay en la sangre. El pilar del agua, pasa a su finca y el pilar de insecto lo sigue como si ahí es donde debería estar.

Shinobu no podía creer lo que sus memorias le decían lo que había pasado. Ella lo siguió, se metió a su cuarto ¿Al final abusó de él?

Se forzó a sonreír. No podía ser posible.

Intentando no recordar y no pensar más. Además de que le dio hambre, luego de una noche bebiendo únicamente a alcohol, producto del azar se encuentran, los pilares de agua e insecto.

Están en un puesto de Udon.

Se miran, no dicen palabra alguna, ordenan y solo se dedican a comer mientras sus memorias siguen encajando por si solas, hasta dar alguna forma.

Tomioka, quien había recordado parte de esa noche con las sensaciones y los aromas que formaban parte de esa escena tan ficticia, pero a la vez tan real. La miró.

—¿Tengo en la cara? —preguntó irritada, al notar su intensa y a la vez tranquila mirada, no creyendo poder comer en calma y mucho más sino le responde. Pensando que hubiera sido mejor irse a otro lugar.

Aun así no se fue, con el corazón palpitante y la cara sonrojada; no por el humo que golpeaba sus mejillas, propiciado la comida caliente, decidió ignorarlo y seguir comiendo. A pesar de que su cercanía era un detonante para que las memorias fluyeran con más rapidez.

Giyuu llega y lo primero que hace es enjuagarse la boca. Apestaba, todo en ese día apestaba.

—Es a donde duermo —espetó al ver a Shinobu acostada.

Ella abrió los ojos, sus pestañas era como alas de una mariposa.

—Se más amable —pidió—. ¿No te enseñaron a compartir? —habló—. Tan egoísta es por eso que todo el mundo te odia —volvió a cerrar los ojos y cuando creyó que escucharía su típica frase.

En cambio, oyó un débil sollozo. Cuando abrió los ojos, nunca se esperó verlo llorando.

—Tú me odias —repuso—. Todos me odian.

Y gotas saladas abandonaron sus ojos para caer como cascadas por sus rosadas mejillas producto del alcohol.

Ella lo miró por un largo rato. Antes, de sentarse en la cama y mirarlo fijamente.

—¿De verdad te lo creíste? —cuestionó incrédula—. Nadie podría odiarte—espetó limpiando las lágrimas que derramaba el pilar de agua con su pañuelo.

—¿De verdad? —él se había puesto a su altura. Ella asintió.

No sabía si el alcohol la había hecho más sincera. Pero así fue.

—Sí, nadie podría odiarte —dijo—.Nadie...

Sus azules ojos eran claros como el agua. Los violetas ojos de ella eran como veneno.

Tomioka lo tomó. Kochou se sumergió.

Ella no pudo escapar de las olas y él no pudo escapar de su intoxicante presencia.

Sus rostros se acercaron, sus narices se rozaron, buscándose hasta que se encontraron. Tan cerca que la mariposa se ahogó en su boca.