Capítulo 31. Estragos. (Ruta de Sebastian)
Una vez fuera de la catacumba, William miró a su alrededor, creyendo que el ángel podría estar cerca, pero al asegurarse de que no había nadie, miró a Grell con una expresión seria y fría, digna del Supervisor que era.
-Lleva al muchacho hacia el auto y acompaña a Susanna y a… -hizo una pausa, como escogiendo sus palabras, hasta que por fin suspiró y se resignó a decir- ... Sebastian hasta la casa. No sabemos si el ángel vaya a buscarlos dentro de poco, así que quédate con ellos. Yo debo ir al estadio para asegurarme de que todo marche bien. Estoy seguro de que la explosión dejó mucho trabajo para nosotros.
Dicho eso, Grell asintió y tomó a Fer en brazos, mientras William miró a Sebastian y a Susanna, asintiendo con formalidad y diciéndoles que en breve se reuniría con ellos. Después dio un gran salto hacia la parte posterior de la catacumba para luego desaparecer con un zumbido.
-Sebastian… -murmuró Susanna en cuanto William se marchó- bájame… puedo caminar.
-Claro –el demonio obedeció y la miró con preocupación. Sabía que estaba herida, no sólo físicamente, sino en el alma. Lo noto en cuanto regresó de la dimensión demoniaca. Su alma había cambiado después del a muerte de Fer. Era como si también pudiese percibir el dolor que ella sentía y un aura con tonos morados la rodeara. La miró con ternura, y por un instante, pensó que estaba a punto de desbaratarse.
-Debemos darnos prisa –exclamó Grell de repente, interrumpiendo la escena- podríamos tener problemas para regresar y, dentro de poco, las calles de Londres estarán llenas de policías y agentes del MI5.
Se apresuraron a buscar al señor Haggard, quien los esperaba junto al auto en la entrada del cementerio, en el mismo lugar donde había estacionado el auto hacía algunas horas.
Por suerte para ellos, el lugar estaba vacío y no había automóviles cerca, la explosión en el estadio había hecho que las autoridades cercaran la zona e impidieran el acceso a las calles aledañas.
-¡Señorita! –se apresuró a decir Thomas- cuando vi la explosión en el estadio pensé lo peor y… -de pronto se quedó mudo al ver que el cuerpo de Fer yacía inerte en los brazos de Grell. Sus ojos se llenaron de lágrimas y supo de inmediato que algo había salido mal.
-Te explicaremos todo cuando estemos de vuelta en la residencia Serafer –dijo Sebastian con voz seria, abriendo la puerta para que Susanna entrara al auto- ha ocurrido lo impensable.
Thomas asintió y entró al auto. Una vez que estuvieron todos dentro, se dirigieron a la casa. El camino fue más largo de lo que esperaban. Había un sinfín puestos de control alrededor del estadio y tuvieron que ingeniárselas para pasar dos de ellos antes de salir de la zona. Para ello, Sebastian distrajo a los policías para que no vieran el cadáver del muchacho ni el mal estado en el que Susanna se encontraba: cubierta de sangre y con heridas en el cuerpo.
Para a Ronald, las cosas tampoco fueron tan fáciles. Tardó un poco en encontrar a Abby entre todas las personas y gritos de pánico tras la explosión, pero cuando lo hizo, se encargó de llevarla a un lugar seguro, para después localizar el auto. Sin embargo, ninguno de ellos tenía las llaves y tuvieron que improvisar un poco para regresar a la residencia Serafer.
-¿Has robado un auto alguna vez? –preguntó la chica al ver cómo Ronald sacaba los cables debajo del volante para echar a andar el coche, con singular maestría y talento, como si fuese algo que acostumbraba hacer.
-No… esto fue algo que aprendí… -sonrió con picardía- en un par de películas –no era del todo una mentira, ya que lo había visto en un sinnúmero de cinematic records. Siempre había considerado interesante el ver cómo los ladrones cometían sus fechorías con tanta facilidad.
-Vaya… que observador –dijo la Abby alzando la ceja, preguntándose sobre el verdadero trabajo del joven. No podía ser coincidencia que tuviera esas habilidades, y mucho menos que estuviese metido en todo ese lío.
La chica parecía estar serena, pero en realidad estaba preocupada. Sabía que algo malo había ocurrido, ya que escuchó la explosión del estadio y la estación del metro fue evacuada, sin embargo, cuando Ronald la encontró, no le dijo todo lo que había pasado; no lo consideró adecuado, ya que alguien había muerto y el asunto del ángel era un peligro latente. Esperaría a que estuviesen llegando a su destino para hacerlo. El informarle sobre la muerte de su compañero la pondría mal, así que puso su mejor cara y actitud para convencerla, y cuando ella lo notó, optó por guardarse sus preguntas para después, pensando que momentáneamente, sería mejor no saber nada. A decir verdad, su cabeza estaba llena de dudas y preguntas sobre lo que estaba ocurriendo, pero prefirió esperar.
Casi dos horas más tarde, el señor Haggard estacionaba el auto en la cochera de la residencia de Susanna. Por una fracción de segundo después de que el auto estuviese apagado, todos permanecieron inmóviles, como si quisieran que el tiempo se congelara, evitando lo que seguía y, con un poco de suerte, considerando la posibilidad de que todo fuese un sueño. El primero en moverse fue Sebastian, quien miró a Susanna y con voz solemne le dijo.
-Me haré cargo de todo y... dejaré a Fer en el estudio de la planta baja. Pero antes me gustaría revisar sus…
-Estoy bien… quiero tomar un baño –su voz fue seca. Habló casi en automático, debido a los pensamientos que comenzaban a atormentarla.
Todos observaron cómo la chica se bajaba del auto y caminaba con lentitud, dirigiéndose a su habitación. Parecía que en cualquier momento podría caer, pero no lo hizo. Tan sólo se metió a la casa y dejo la puerta abierta para que los demás entraran.
Una vez que Sebastian recostó a Fer en un sillón del estudio, cerró las puertas y caminó hacia la sala donde Thomas y Grell lo esperaban, evidentemente consternados, aunque por diferentes razones. El demonio los miró por un instante, a la espera de algún tipo de reclamo o cuestionamiento, pero sólo hubo silencio.
-Supongo que tendrás preguntas, Thomas…
-Muchísimas y, estoy seguro de que Abby también –dijo con calma- así que me gustaría resolverlas cuando ella esté presente –la actitud del chofer era serena. Sus años de experiencia le habían enseñado que, en esas situaciones, era mejor conservar la calma. Al menos, lo peor ya había pasado.
-De acuerdo –el mayordomo asintió con solemnidad y miró Grell.
-Ronald viene con ella, así que no deben tardar mucho –después se dejó caer en uno de los sillones y cruzó la pierna para ponerse cómodo- Will me ordenó quedarme con ustedes, por seguridad, así que… -estuvo a punto de coquetear con el demonio, pero este lo interrumpió, mostrando una actitud muy distante. Lo cierto era que, su mente y sus prioridades estaban muy lejos de allí.
-Entiendo. No podemos ser demasiado precavidos –la voz de Sebastian sonó áspera y fría, y después se dio la vuelta, caminando hacia las escaleras- iré a ver si la señorita necesita algo. Después debo a arreglar el servicio funerario de Ferdinand.
Thomas y Grell se miraron con diferentes expresiones; mientras el señor Haggard parecía sereno, mostraba angustia en sus ojos, y el shinigami parecía estar sorprendido. Esperaba que Sebastian pusiera objeciones ante su presencia, pero en vez de ello, pareció aceptarlo sin más protestas, señal de la gravead del asunto.
Fue en ese momento, que el shinigami entendió por completo que la situación era verdaderamente seria. No porque no lo fuera antes, sino porque le parecía increíble que todo aquello llegase a suceder después de todas las precauciones y planes que consideraron para detener la invocación.
Una vez arriba, Sebastian se paró frente a la puerta de la habitación de Susanna, escuchando con sus oídos de demonio los sonidos provenientes del baño. No tocó la puerta ni intentó abrir. Sabía bien que la chica quería estar sola y se limitó a escuchar el agua corriendo, junto con los sollozos de su ama, resistiendo la urgencia de ir a abrazarla y hacer que se olvidara de todo, al menos por un rato.
Un par de minutos después, cuando escuchó la llave del agua cerrarse, caminó hacia el estudio de Susanna y tomó el teléfono para preparar el funeral de Fer. Después, con gran habilidad, elaboró un certificado de defunción falso, así como todos los documentos necesarios para evitar que la policía investigara el asunto y pudiesen llevar a cabo el servicio funerario sin mayores complicaciones. No era la primera vez que hacía algo así y, por alguna razón que él mismo no supo identificar, deseó que es fuera la última vez que tuviera que hacerlo, al menos mientras tuviera el contrato con Susanna.
Una hora después, Ronald y Abby llegaron a la residencia. Thomas los observó estacionando el auto frente a la casa y de inmediato salió a recibirlos. Durante todo ese tiempo, había estado temeroso de que Abby hubiese resultado lastimada con la explosión o que tuviese algún problema con las autoridades.
Por su parte, Susanna salió de su habitación al escucharlos. Quería asegurarse de que Abby estuviera bien, aunque no supo de dónde sacaría las fuerzas para decirle la verdad. Explicar lo que había sucedido hacía apenas unas horas requeriría de informarles sobre lo que verdaderamente había ocurrido durante los meses anteriores.
En cuanto puso un pie afuera del cuarto, sintió una ráfaga de aire y frente a ella apareció Sebastian, mirándola con ojos penetrantes, estudiándola como si intentara leer su mente.
-Sebastian… estoy bien –intentó ser lo más convincente ante el mudo cuestionamiento del demonio. Su actitud protectora se había vuelto algo cotidiano y a lo que ya se había acostumbrado - yo… -de pronto sintió cómo él tomaba su mano herida. Ella había amarrado un torniquete en su muñeca para no sangrar tanto, pero era posible que necesitara algunos puntos.
El demonio no llevaba guantes en ese momento y con mucha delicadeza, casi caricias, revisó la mano de la chica. Después, tomó una venda de su bolsillo y la ató para cubrir la herida, que no resultó ser tan profunda; en un par de días sanaría por completo. Después, la miró a los ojos y le dio un suave beso en el dorso de la mano, sonriendo como amabilidad y dejando a la chica sin palabras.
Luego, tomó su rostro y acarició el contorno de su boca, con cuidado para examinar la herida que tenía en el labio y los moretones en su rostro. Su expresión pasó de ser de gran ternura, a desaprobación, como si estuviese molesto y sus ojos de demonio parecían ver cada pequeño detalle y desperfecto que la chica había sufrido.
-Debía haber estado allí, contigo…
-No sabíamos lo que ocurriría. No es tu culpa –lo miró a los ojos y de pronto escuchó a Ronald y Abby entrar por la puerta principal- ¿cómo les vamos a explicar lo que sucedió? Debemos decirles la verdad. Ellos lo merecen… aunque… tu identidad y la de…
-Déjemelo a mí, señorita. Debo omitir algunas cosas, pero les explicaré todo.
-Te lo agradezco –ella bajó la mirada y bajo las escaleras para encontrarse con los recién llegados.
Una vez que estuvieron reunidos en la sala, Sebastian les indicó a todos que se sentaran, y comenzó a explicar lo que había ocurrido, sin embargo, los hizo narrando lo que había ocurrido desde que Susanna llegó a la casa, aclarando que el problema comenzó desde generaciones atrás, pero que Richard Serafer había sido quien logró descifrar cómo evitar que el ángel caído llevara a cabo el enlace final. Por supuesto, omitió toda aquella información innecesaria, y por supuesto, la verdad sobre él mismo y los shinigamis, aunque dejó muy en claro que se enfrentaban a algo sobrenatural, casi sacado de una novela de fantasía y ocultismo.
Después, explicó lo que había ocurrido ese día, lo que Demian acababa de hacer y el peligro que corrían con el ángel caído finalmente libre. Cuando dijo que Fer había muerto, Abby comenzó a llorar junto con Thomas, quien la rodeó con un brazo para consolarla un poco, pero ambos estaban devastados por la noticia y aunque el chofer ya sabía lo que había ocurrido, desconocía el cómo había sucedido todo, así que Ronald se encargó de explicarlo, ya que había visto el cinematic record y conocía todos los detalles, sin embargo, la verdad sobre los hechos era todavía más difícil de aceptar.
-Para ser sincero –el joven shinigami hizo una pausa- tenemos suerte de continuar con vida. Si el ángel hubiese querido, nos habría podido eliminar, y después de eso, la inundación en el túnel también podría haber sido mortal– durante algunos minutos, todos parecieron estar asimilando todo.
-Lo siento mucho… perdón… no pude hacer nada –Susanna por fin habló. Reunió todas sus fuerzas para hacerlo, aunque le fue muy difícil ver a Thomas y Abby a los ojos; se sentía impotente y los recuerdos de la muerte de Fer permanecían latentes- vi cómo pasó todo eso frente a mis ojos y… no pude hacer nada, soy… una inútil.
-No diga eso señorita, usted no tuvo la culpa y… - Thomas trató de consolarla, pero Susanna lo interrumpió y se levantó del sillón, caminando hacia la ventana e intentando alejarse de todo aquello. Nunca pensó que Fer fuese a morir de esa manera tan horrible.
-No había podido hacer algo para evitar que el muriera –dijo con un tono frío, escondiendo las lágrimas que luchaban por salir- pero si me hubiera negado a que se involucraran desde un principio, tal vez esto sería muy diferente.
Hubo silencio por unos momentos y cuando por fin Susanna volvió a incorporarse al grupo, se paró junto a Sebastian, secó sus lágrimas y miró a Thomas y a Abby con seriedad.
-Ahora que saben todo, y lo que puede ocurrir, no los culparía si quisieran renunciar. No quiero arrastrarlos a una lucha que… es posible que tengamos perdida. No voy a dejar que desperdicien su vida.
Ambos shinigamis se voltearon a ver con expresiones de mortificación; habían sido testigos de la llegada del ángel caído, lo cual fue suficientemente terrorífico para erizarles la piel, pero el pensar que podía cumplir su cometido, era todavía más escalofriante. Era una posibilidad real a la que se enfrentarían, al mismo tiempo que una gran responsabilidad y carga sobre sus hombros.
-Desde que su abuelo vivía, tuve una sospecha de lo que ocurría. Fueron demasiadas coincidencias y sucesos difíciles de explicar, que comencé a especular sobre la naturaleza de todo –miró a Sebastian con complicidad. A pesar de no saber la verdad sobre el mayordomo, sabía que había algo sobrenatural en él, sin embargo, no era el momento de averiguarlo- sólo algo así podría haber causado todos esos accidentes, explosiones, muertes y cambios en el clima… además, todos esos libros de ocultismo, no podían ser indicativo de otra cosa.
-Thomas… ¿por qué… no lo dijiste antes? –Susanna estaba sorprendida y se preguntaba qué más sabría el señor Haggar.
-Hice un juramento a su abuelo, sobre no interferir en las acciones de Sebastian y, pensé que a decir algo, podría afectar el resultado. Además, no quería mortificarla, señorita. Ya tiene una responsabilidad demasiado grande que cumplir –de pronto rio para sí mismo- aunque debo confesar que… la realidad supera por mucho a todo a todas mis conjeturas.
-Yo… no sé qué decir –Abby había permanecido en silencio, digiriendo la información que Sebastian acababa de darles. Sabía que tanto Susanna como su Abuelo, estaban relacionados con algo peligroso, pero nunca pensó que fuera de tales magnitudes- todo es tan… irreal –miró a todos- difícil de creer, pero… al mismo tiempo, todo encaja perfectamente… -la chica volvió a sollozar y Thomas la abrazó con ternura, mientras Susanna se sentaba junto a ella y entre lágrimas volvía a lamentarse por lo ocurrido.
Poco después, Thomas adoptó una expresión seria y miró a Ronald, como si fuera a cuestionarlo sobre algo muy serio.
-Hace un momento encendí el televisor para ver qué decían sobre lo ocurrido en el estadio. Todos los canales dicen que fue un ataque terrorista, pero es obvio que no lo fue. Hubo miles de muertos y heridos. Ha sido la peor tragedia del país en muchos años, pero ¿para qué? ¿con qué fin? ¿y qué fue exactamente lo que ocurrió?
-Había una bomba en el sótano del estadio, muy cerca de los túneles en done estábamos –Ronald estaba muy serio- Demian Janssens-Guillot la detonó mientras intentábamos detenerlo. No hubo nada que hacer. Ya era demasiado tarde y… me temo que todo fue parte del ritual. No fue hasta hoy que descubrimos exactamente lo que pasaría.
-Es probable que continúen diciendo que fue un ataque terrorista, pero nunca encontrarán al verdadero culpable- agrego Grell- eso es tarea nuestra… -dijo con cierto pesar- me pregunto cuántas personas habrán muerto…
-Fueron exactamente 4,579 –dijo de pronto una voz aparentemente serena y calculadora- hay un total de 10,837 heridos, de los cuales aproximadamente, unos 300 más morirán en las próximas horas. En un estadio lleno, como el Stamford Bridge, con una capacidad de más de 40,000 personas, las víctimas pudieron ser muchas más.
-¡Will! ¿Cómo sigue todo en el estadio? –Grell se apresuró a preguntar, en cuanto vio al supervisor caminar hacia la sala. Al parecer había entrado por la puerta trasera, pero en ese momento, nadie se preguntó cómo lo había hecho. Demasiado conveniente para el shinigami, quien se ahorró un poco de tiempo al aparecer de pronto en el jardín trasero.
-Me temo que… -se acercó al grupo y sin pensarlo mucho, se sentó en uno de los sillones, casi dejándose caer del agotamiento. No llevaba puesto el saco del traje y, aunque su apariencia continuaba siendo impecable, el nudo de corbata parecía estar un poco más flojo de lo normal, pero no tanto como el de Ronald-las labores de rescate continuarán toda la tarde. La ciudad es un caos, y esto es sólo el inicio… todo el mundo está conmocionado por lo que sucedió –hizo una pausa- ¿hay alguna novedad por aquí?
El Supervisor miró a todos con expectación y, a pesar de no esperar buenas noticias, tampoco esperaba que la situación hubiese empeorado. Si ese fuera el caso, algo habría ocurrido durante su ausencia, sin embargo, guardaba una diminuta esperanza de que alguien hubiese encontrado información útil o quizás una pista, pero dicha esperanza se desvaneció tan rápido como había llegado. Especialmente, cuando vio los ojos llorosos de Susanna.
William miró a Susanna por un breve instante, pero para él fue mucho más tiempo que eso. Durante un par de segundos, casi hizo suya la tristeza que ella reflejaba en su rostro y apretó los puños con fuerza, deseando terminar con su sufrimiento, pero no había nada que hacer; tan sólo perseguir con su mirada las pequeñas lágrimas que rodaban por su mejilla.
No se dijo mucho más durante esa breve reunión. Ninguno tenía una idea clara sobre lo que podría ocurrir y tampoco tuvieron fuerzas para pensar en qué hacer para detener al ángel. El día había sido difícil y agotador, así que los shinigamis se retiraron después de recuperar sus fuerzas. Sin duda, les esperaban al menos un par de horas extras para terminar los informes de defunciones acontecidas y una reunión con los altos mandos.
Al anochecer, casi como si el cielo supiera que lo que había ocurrido, hubo una gran tormenta. Susanna tuvo la necesidad de salir de la casa, ya que se sentía sofocada y salió al jardín. Cuando miró hacia arriba, en busca del firmamento, sólo pudo ver una interminable mancha gris que anunciaba la inevitable catástrofe que se avecinaba. Estaba triste y se sentía impotente, además de frustrada al no haber sido capaz de detener la invocación del ángel. No tenía idea de cómo detenerlo y sabía que todo podría estar perdido, sin embargo, lo que más le afectó en ese instante, fue el recuerdo de Fer.
No merecía haber muerto como lo hizo; siempre fue un muchacho amable y que se preocupó por ella, pero al final, Susanna le falló. No pudo salvarlo y se maldijo por ser tan débil e impotente. Por un momento, se adueñó del dolor de sus heridas y golpes, como si fuese una merecida penitencia, pero eso no sería suficiente.
Su llanto logró ocultarse gracias al agua que escurría en su rostro. Estaba empapada y comenzó a temblar, aunque no por el frío de la lluvia, sino por el enojo y la desesperación que sentía. La profunda herida en su mano comenzó a sangrar por lo fuerte que apretó los puños.
-Si te enfermas, nos costará más trabajo destruir al ángel… -Sebastian se acercó con pasos lentos y se detuvo justo detrás de ella.
-Después de todo lo que pasó, una simple gripe no haría gran diferencia.
-Sí lo haría –se acercó más- no me gusta verte sufrir, y no sólo porque me hace pensar que… soy incapaz de protegerte.
-Sebastian, por favor, deja tu ego fuera de esto- la voz de Susanna parecía apagada.
-No es ego. Debo cumplir con mi palabra; con mi deber como mayordomo, como el demonio con quien hiciste un pacto, pero sobre todo como… -fue interrumpido por los sollozos de la chica.
Sebastian entendió que no se trataba de convencerla de nada. Ella ya lo sabía y, en cambio, supo que necesitaba algo diferente, entonces se acercó más y la abrazó por la espalda, protegiéndola de la lluvia, y haciéndole saber que estaba ahí para ella. Susanna acarició sus brazos, ahora rodeándola en silencio. Agradeció que estuviese con ella, aunque no tenía fuerzas para decir algo más.
Ambos estaban empapados, pero pareció no importarles. Había preocupaciones más grandes en ese momento, y al demonio no le importó mojarse con tal de estar allí.
-¿No tienes frío? – ella asintió y se aferró más a él, en busca de un poco de calor. El cuerpo del demonio era cálido y parecía estar completamente amoldado al de ella. Sebastian le dio un beso en la mejilla, y junto con el ritmo de su respiración, logró calmarla un poco, aunque todavía había lágrimas saliendo de sus ojos, entonces le susurró al oído- pero, sobre todo, debo cumplir el deber que tengo contigo; con mi pareja…
Por un segundo, Susanna se quedó anonadada, tras caer en la cuenta de lo que implicaban las palabras de Sebastian, de las consecuencias de sus actos, que muy lejos de parecerle incómodo, le pareció reconfortante y se sintió segura entre sus brazos, permitiéndose llorar un poco más, mientras él la acompañaba.
Un par de horas más tarde, Susanna intentó conciliar el sueño. Volvió a tomar un baño después de haberse empapado con la lluvia, y antes de acostarse, Sebastian le preparó un té de hierbas para que se relajara un poco, sin embargo, ya había pasado casi una hora, y ella todavía no conseguía dormir, así que se levantó de la cama y bajó a la cocina. Tal vez otra taza de té le ayudaría a sentirse más tranquila, o a menos a distraer su mente.
Cuando entró a la cocina, se encontró con Abby, quien al parecer había tenido la misma idea que ella y estaba preparando té.
-Señorita… ¿no puede dormir? –Abby preguntó con amabilidad, su rostro parecía cansado y las ojeras lo acentuaban más.
-Dudo que alguien en esta casa pueda dormir el día de hoy…
-¿Quiere un poco de té?- Susanna asintió y miró hacia la ventana mientras se sentaba en una de las sillas del desayunador. El jardín estaba iluminado, ya que Sebastian había dejado las luces encendidas, como precaución- desde que llegue, lo que más me gustó de la casa, fue el jardín. Es tan grande y… parece que, a pesar de todo, permanece constante.
-A su abuelo le encantaba cuidar de él –puso una taza frente a Susanna y se sentó junto a ella- solía contarnos que su esposa, Eleanor, solía hacerlo antes de morir, y cuando ella ya no estuvo, sentía que podía pasar tiempo con ella al podar las flores. Pasaba toda la mañana encerrado en el estudio y, por las tardes iba al jardín, hasta que anochecía, entonces volvía a su estudio junto con Sebastian –hizo una pequeña pausa- ahora me puedo imaginar de qué hablaban todos los días –dijo muy pensativa.
-¿Alguna vez pensaste que tramaban algo peligroso? –Susanna estaba muy interesada en saber más sobre su abuelo.
-Desde que me contrataron, lo supe. Es sólo que, tras haber perdido mi memoria, esto se convirtió en mi rutina y me pareció algo normal. Además, para ser sincera –rió un poco para sí misma- no fue hasta que usted llegó, que comenzamos con el trabajo en serio- bebió un sorbo de té y miró hacia el jardín, como recordando algo- llegué a esta casa un par de semanas después de Fer. Ambos fuimos contratados con el mismo propósito: ayudar al nieto o nieta del señor Richard, en lo que fuese necesario. Al principio pensamos que seríamos una especie de escolta, pero después de que su abuelo murió, supimos que era algo mucho más serio. Además, aunque la actitud de Sebastian no cambió, comenzó a tomar más medidas de seguridad. Viajaba constantemente, aunque nunca supimos a dónde iba, pero regresaba cada dos semanas para supervisar que la casa estuviese en orden y atender algunos asuntos de la farmacéutica.
-¿Desde cuándo comenzó a buscarme?
-Siempre pensé que su búsqueda había comenzado desde el día siguiente en que murió el señor Richard, pero…. Algo me dice que comenzó desde mucho antes. No me extrañaría que la fuese a buscar en cada rincón del mundo.
-Sebastian puede ser demasiado insistente –sonrió con ironía.
-Un par de meses después, nos dijo que la había encontrado y nos alegramos mucho de que lo haya hecho. Eso nos dio cierta tranquilidad después de la muerte de su abuelo. Sentíamos que algo había quedado inconcluso. Aun así, pasaron casi dos años para que usted viniera a la casa. Ignoro lo que hizo Sebastian durante ese tiempo. Supongo que buscó cerciorarse de que en verdad fuera usted.
Susanna sabía que el demonio la había estado siguiendo durante algún tiempo, pero nunca imaginó que fuese tanto. ¿Qué habría descubierto Sebastian sobre ella durante esos meses? Por un segundo se sintió como una pieza más de un entramado demasiado complejo, como si su mayordomo hubiese anticipado todo, sin embargo, se preguntó si en realidad él habría previsto todo, o si se habría llevado una sorpresa.
Tal vez, el también sería parte de un entramado que llevaba muchísimos más años de gestación; ¿destino o consecuencia? Lo cierto era que, mucho de lo ocurrido hasta entonces parecía haber sido inevitable.
-No miento al decir que esperábamos con ansias a que usted llegara. Nuestro trabajo apenas comenzaba y también fue una forma de corresponder lo que su abuelo hizo por nosotros. Tanto Fer como yo, estábamos perdidos en la vida. No teníamos trabajo, ni medios para subsistir, y además estábamos solos, sin familia o alguien a quién recurrir y su abuelo fue una figura casi paternal para nosotros. Nos aceptó son mayor reparo, nos ofreció un hogar y un propósito –de pronto, Abby miró a Susanna con gran determinación- es por ello que… continuaré con usted, apoyándola. No sólo por su abuelo, sino por usted y… por evitar la catástrofe que puede ocurrir. Esto ya es mucho más que sólo una venganza. Necesitarán de todos los aliados que puedan conseguir.
-Lo sé… pero prométeme algo –Susanna adoptó una actitud seria- ahora que sabes las implicaciones, si las cosas se ponen demasiado peligrosas, quiero que te quedes en un lugar seguro. No tomes riesgos innecesarios y, sobre todo… cuida de tu alma.
-Está bien, señorita- sonrió- pero sólo si usted hace lo mismo- Susanna se sorprendió mucho al escuchar eso y después de un momento, sonrió con melancolía.
-Para ser honesta, no sé si todavía tenga un alma que cuidar…
Mientras tanto, desde las sombras, Sebastian había escuchado la última parte de la conversación entre las dos chicas. No había sido su intención hacerlo, pero en cuanto escuchó a Susanna pronunciar su nombre en la cocina, decidió echar un vistazo.
No permaneció allí durante mucho tiempo; no quería entrometerse, y sabía que la chica necesitaba espacio, por lo que regresó a su habitación y se recostó nuevamente en la cama. No dormiría; a decir verdad, no lo había hecho desde hacía un par de décadas. En vez de ello, observaba el cuadro que Susanna le había obsequiado. El mismo que estuvo alguna vez en la oficina de Richard Serafer.
No importaba cuántas veces lo mirara, siempre era la misma imagen: el viejo barrio de Greenwich en una mañana clara, con la luna y Venus asomándose por el cielo. Seis niños jugando con una espada de juguete mientras unos querubines los observan, pero desde las sombras, una criatura obscura los miraba.
La expresión en los ojos de cada personaje del cuadro era lo que le fascinaba; mientras los querubines miraban con recelo y cierto desprecio a los niños, el oscuro individuo, más que ser un espectador, parecía estar consciente de las intenciones de los querubines y al mismo tiempo parecía estar al acecho.
Algo más que le parecía intrigante en el cuadro era que, aunque los niños estaban jugando, dos de ellos parecían estar distraídos con algo, mientras que los otros cuatro veían directo hacia la espada. Tal vez habría una historia detrás de ello, pero por el momento, Sebastian tenía otras cosas en qué pensar, así que tomó el diario del abuelo de Susanna y volvió a leerlo, esperando encontrar algo que les ayudara a detener al ángel caído.
Un día después, el servicio funerario de Fer se llevó a cabo. Sólo Abby, el Sr. Haggard, los shingiamis, Sebastian y Susanna acudieron. Sería un entierro solitario, triste y en silencio. Ninguno se atrevió a decir palabra alguna y se limitaron a escuchar al párroco, quien decía algunas palabras antes de que el ataúd fuese sepultado.
Unos minutos después de que la fosa estuviera por completo cubierta, el párroco se marchó, dejando a los dolientes allí, todavía en silencio y con aire de derrota. Habían perdido a un miembro de la familia.
El llanto de Susanna no se escuchó. Sus lágrimas cayeron mientras apretaba los puños con una inmensa rabia e impotencia al no poder evitar la muerte del muchacho. Había sido un error, nunca debió dejar que la acompañara en aquel túnel. Otra vez había sido ella la causa de la muerte de una persona inocente, ignorante de todo lo que sucedía. Nunca había tenido la oportunidad de contarle todo.
¿Habría sido capaz de hacerlo?
El dolor continuaría por días. A pesar de haber perdido a su padre hacía menos de un mes, Susanna nunca podría acostumbrarse a perder a alguien, y esperaba nunca hacerlo. No quería imaginarse lo que sería ser tan insensible, como si parte de su humanidad desapareciera con ello. Un ejemplo claro eran los shinigamis, quienes estaban frente a ella con el rostro serio y actitud solemne, tal vez con un poco de preocupación o simpatía hacia ella, Abby o Thomas, pero nunca tristes por su muerte. Eso podría significar la muerte para ellos.
Lo cierto era que, la muerte solía ser algo de todos los días para los shinigamis. Ese era su trabajo, su penitencia por el gran pecado de quitarse la vida voluntariamente, pero el que Ferdinand perdiera la vida fue, sin duda, sorpresivo.
William detestaba ver a Susanna sufrir. Quería reconfortarla y protegerla de todos los males que la amenazaran, pero era impotente ante aquel deseo, ya que ella se encontraba bajo la sombra y protección de su mayordomo, quien en ese momento lo observaba como si pudiese leer sus pensamientos.
No era el momento de pelear o discutir, así que William se limitó a suspirar con discreción y mirar a su alrededor como un acto reflejo. Después miró Ronald y a Grell, diciéndoles con la mirada que era momento de marcharse.
Acto seguido, se despidieron y les dieron el pésame a los presentes. El último en despedirse fue el Supervisor, quien al acercarse a Susanna, la miró con dulzura y cierta decepción.
-Lamento mucho lo que pasó. Si necesitas algo… ya sabes en dónde encontrarme –sintió deseos de abrazarla, pero se contuvo y volvió a utilizar esa máscara de solemnidad que por tantos años había llevado.
-Te lo agradezco, Will. De verdad –Susanna se esforzó por sonreír y esconder las lágrimas que luchaban por salir de sus ojos- yo… sé que tenemos que ocuparnos de ese otro asunto… ¿podemos hacerlo mañana?
-Por supuesto- dijo con solemnidad y después miró a Sebastian, asintiendo con la cabeza y caminó junto con sus dos subordinados hacia la entrada del cementerio para después desaparecer. Aún debían terminar con el papeleo relacionado con la explosión en el estadio y el despacho de los shinigamis parecía un verdadero campo de batalla.
Thomas y Abby ya se habían ido hacia el auto, cabizbajos por la repentina muerte de su compañero. El día estaba despejado, sin nubes en el cielo y no había mucho aire. Ideal para disfrutar del verano, pero eso era lo único en lo que Susanna no pensaba.
Sebastian estaba junto a ella, en silencio, como si esperara a que la chica dijera algo, pero ni una palabra salió de su boca. El demonio deseaba tocarla, con la esperanza de que su tacto la reconfortara un poco, pero sabía que Thomas y Abby los estaban observando desde lejos, y se limitó a rozar su hombro con suavidad. No era momento de apresurar las cosas. No con ella en ese estado.
-¿Hay algo que pueda hacer por ti?
-Sólo… no me dejes caer- su mirada fue triste cuando buscó los ojos del demonio.
-Nunca –la abrazó con ternura y caminaron hacia el auto.
Susanna pasó el resto del día en su estudio, acompañada de papeleo de la empresa, un vaso de ron que se vaciaba con frecuencia y una gran desdicha que prefirió enfrentar sola, ordenándole a su mayordomo que no quería ser molestada por nadie, a menos que fuese urgente.
Por la noche, cenó un emparedado que ella misma insistió en prepararse y una taza de té. Su apetito había disminuido considerablemente, pero siempre había alguien que le recordaba lo importante que era no saltarse comidas en el día, y ese alguien, aunque mantuvo su distancia durante el día, se había mantenido al pendiente de ella en todo momento.
Más tarde, Susanna se preparó para ir a dormir, vistiendo una cómoda pijama y mirando hacia el techo, con la esperanza de aburrirse lo suficiente para poder quedarse dormida, sin embargo, no tuvo mucho éxito y una hora después de dar vueltas en la cama, fue al baño para servirse un poco de agua.
Las luces estaban apagadas y la casa parecía estar en total silencio. Ni siquiera los habituales sonidos de los insectos del jardín podían escucharse y de pronto, la chica sintió un escalofrío junto con una corriente de aire frío detrás de ella. Con un dubitativo movimiento, volteó para ver si había algo o alguien detrás de ella, y pudo jurar que su corazón se detuvo por dos segundos cuando se encontró con una silueta casi a su lado.
Como acto reflejo, dio un paso para alejarse y dejó caer el vaso con agua que sostenía, pero tan rápido como sucedió eso, la sombra se agachó para sostener el vaso y evitar que el líquido se cayera.
-¿No puedes dormir? –la chica se sintió aliviada en cuanto reconoció la voz de su mayordomo, quien le ofrecía el vaso.
-¡Sebastian! Creo que me acabo de hacer diez años más vieja –ella se quejó y bebió un sorbo de agua- casi me matas de un susto.
-Mil disculpas –el rio de manera seductora- no era mi intensión asustarte, aunque… -se acercó más a ella y le susurró el oído- esos escalofríos que sintió, fueron completamente intencionales.
-Y en eso tienes maestría –respondió con cierta resignación y caminó hacia su cama- pero quiero dormir.
-En eso también puedo ayudarte. Acuéstate… –ante la petición, ella lo miró con la ceja arqueada y muchas sospechas sobre sus verdaderas intenciones- descuida, no haré nada que no me pidas y, si conciliar el sueño es lo que deseas, estoy más que dispuesto a cumplir tus caprichos.
Susanna lo miró por uno segundos, tratando de decidir qué hacer. Confiaba en él, pero también sabía que era capaz de usar trucos para seducirla y no sabía si ella misma sería capaz de rechazarlo en una situación así.
Ella suspiró, se recostó en la cama y un instante después, sintió cómo el demonio se recostaba junto a ella. No era la primera ocasión que lo hacía, pero una ráfaga de emoción hizo que el corazón de Susanna se acelerara, ya que esta vez no sería necesario ocultar sus sentimientos ni negarlos.
Sebastian la miró por un momento, como si intentara adivinar lo que pensaba y después acarició su cabello, para relajarla un poco, mostrándole una sonrisa dulce y encantadora, para después hablar con voz sutil.
-¿Te hablé sobre la vez que fui de fiesta con Scott Fitzgerald?
-¿Lo dices en serio? –la chica se sentó en la cama, a causa de la gran sorpresa y miró al demonio con los ojos muy abiertos.
-¿Alguna vez te he mentido? –la sonrisa satisfecha del mayordomo, lo hizo verse más apuesto- pero si quieres una historia para dormir, deberás recostarte… -entonces tomo el brazo de la chica con un movimiento muy rápido, jalándola hacia él para abrazarla mientras ella se recostaba en su pecho, a lo que ella sólo pudo contestar con un ruido de desconcierto- así está mejor…
-Qué conveniente… -ella murmuró y se acurrucó mientras lo abrazaba.
-¿No estás cómoda? –la angustia en sus facciones podrían haber convencido a cualquiera.
-Mucho más de lo que me conviene aceptar –lo abrazó un poco más fuerte- pero dime ¿hablaste con Scott Fitzgerald?
-Por supuesto –sonrió y acarició el brazo de la chica con la mano izquierda, mientras que con la derecha subía la cobija para cubrir a Susanna- era la década de 1920, la I Guerra Mundial acababa de terminar y el mudo había cambiado. Muchas costumbres se volvieron arcaicas, y, creo que por primera vez en muchos siglos, los humanos se dieron cuenta de que ellos mismos pueden ser sus peores enemigos y de lo frágiles que son. Por desgracia, menos de veinte años después, volvieron a caer en lo miso… -suspiró y continuó acariciando a Susanna con mucha ternura- me pregunto si algún día aprenderán… pero te decía… los años veinte fueron algo interesante. Fue una época prolífera para el arte y, creo que te habría gustado vivir en esa época. Había jazz por todas partes. Me atrevería decir que, todo giraba en torno a esa música y había círculos sociales donde particularmente, proliferaban los artistas. Grandes escritores, músicos, pintores. Todos ellos dedicados a su pasión, dentro de una burbuja bohemia donde algunos caían en los vicios y otros se dejaban llevar por el romanticismo de la época. La moda comenzó a cambias y las mujeres se volvieron más liberales. Eso se notó, sobre todo, en los bailes…
Sebastian continuó describiendo las costumbres de aquel entonces y todo lo que sucedía cerca de él, describiendo a un par de personalidades de una manera muy peculiar. A Susanna le fascinaba escucharlo, como si su voz por sí sola pudiera aclarar su mente y llevarse sus preocupaciones, por el ritmo y la manera tan específica de pronunciar algunas palabras. Su voz nunca fallaba en arrullarla y darle paz a su turbulenta mente, pero esta vez las cosas fueron diferentes.
Ambos estaban muy cerca y Susanna lo estaba abrazando de una manera que nunca pesó llegar a hacer, pero se sentía bien; cómoda, segura y con la certeza de que él se quedaría junto a ella por el tiempo que necesitara. Ella deseaba escuchar la historia completa, pero la voz de Sebastian y lo rítmicos movimientos que hacía al acariciar su brazo, terminaron por surtir efecto y se quedó dormida.
-… Scott Fitzgerald tenía dos grandes debilidades: su esposa y el alcohol. Ambas, grandes fuentes de inspiración para escribir, pero en esa fiesta, pude observar que…-de pronto, se dio cuenta de que Susanna estaba profundamente dormida- … otro día será…
El demonio interrumpió su relato y, con mucho cuidado, se acomodó para poder ver mejor a la chica. Desde la primera vez que lo hizo, disfrutaba mucho de verla dormir. Su expresión era serena, pero dependiendo de lo que soñara, a veces fruncía el ceño o sonreía tiernamente, como si nada más le importara en el mundo. Era como si reflejara todo lo que significaba ser humano en una mueca o una expresión.
Los ojos de Sebastian adoptaron su aspecto original; rosado brillante. No tenía por qué aparentar en ese momento, así que se permitió mirarla tanto como quiso y de pronto, una sonrisa apareció en su rostro. Para entonces, ya comenzaba a acostumbrarse a pisar terrenos desconocidos para él; desde que conoció a Susanna, era cada vez más frecuente.
Cerca de las nueve de la mañana, Sebastian decidió que era hora para que Susanna despertara. Debían reunirse con los shinigamis, y además tenía planeado algo con ella para un poco más tarde, así que, con un suave movimiento, tomó su mano y la acarició.
La piel de la chica era cálida y él podía sentir su calmado pulso a través de su piel. Casi podía imaginarse cómo latía su corazón, de pronto, como si fuera un reflejo, ella estrechó su mano y se acomodó dentro de las sábanas, con una expresión muy serena y fue entonces que Sebastian usó su pulgar para acariciar más su mano, acercándose más a ella, con la intensión de que ella lo sintiera a su lado y despertarla.
Después, movió su mano, recorriendo el brazo de Susanna, con caricias suaves que casi llegaban hasta su hombro y, lentamente ella comenzó a despertar, pero antes de que pudiera abrir sus ojos, una pícara sonrisa apareció en los labios del mayordomo y, recordando lo que estaba contándole la noche anterior, comenzó a canturrear Let's do it, let's fall in love de Cole Porter.
-¿En verdad tienes que ser tan irresistible para pedirlo? Es demasiado temprano –evidentemente, ella se refería a la letra de la canción.
-Es interesante que utilices la palabra irresistible, considerando el tiempo que te llevó aceptar que sientes algo por mí.
-Sentir algo no dignifica enamorarse.
-Entonces tendré que convencerte.
Antes de que Susanna pudiera siquiera considerar lo que el demonio acababa de decir, sintió cómo sus labios comenzaban a besarla, y a pesar de que lo hacían de manera lenta, sintió su pulso acelerándose, como si le hubiesen inyectado adrenalina. Por su parte, Sebastian no parecía tener intensión de acelerar la situación; por el contrario, parecía que cada vez sus movimientos eran más lentos. Acarició la cintura y el muslo de Susanna, mientras se separaba de la chica, de modo que sus labios a penas se rozaban. Ella lo miró con los ojos entreabiertos y eso fue suficiente para que él volviera a cerrar el espacio entre ellos, besándola con un poco más de intensidad. Ella disfrutaba cada segundo que pasaba, saboreando al demonio en su boca, como si fuese su última oportunidad. Lo abrazó, acariciando su espalda y bajando poco a poco, imaginándose qué habría debajo de la camisa del demonio, pero antes de que ella pudiese llegar debajo de la cintura, él se detuvo y junto con una sonrisa traviesa, le dijo.
-Ahora que estás despierta, iré a preparar el desayuno.
Y, actuando como si nada hubiese ocurrido, Sebastian se levantó de la cama y abrió las cortinas, dejando a Susanna prácticamente anonadada por lo que acababa de ocurrir.
Unos minutos después, ya que Susanna decidió meterse al baño y entrar la regadera con el fin de despejar su mente de lo que había sucedido hacía un momento, comenzó a pensar en otras cosas, entre ellas, en posibles escondites dentro de la casa donde su abuelo podría haber dejado más pistas. De cualquier manera, supo que la mejor manera de honrar la memoria de Fer, sería destruyendo al ángel, así que se enfocaría en tener una gran determinación para ello.
Un par de horas después, Sebastian logró convencerla de que saliera al jardín a tomar una limonada que había hecho especialmente para ella. Tal vez, así se animaría un poco, así que decoró la mesa y preparó unos apetitosos bocadillos.
Por un momento, la chica pareció estar más serena y hasta sonriente mientras veía cómo algunos pájaros se bañaban en el pequeño estanque. Fue entonces que Sebastian se animó a acercársele.
-A pesar de haber tenido problemas para dormir, parece estar de mejor humor, señorita –dijo con la fachada de mayordomo, casi perfecto, pero después se acercó a ella y le susurró con voz seductora- aunque estoy seguro de que puedo ayudarle a que mejore todavía más.
-¿Ah sí, cómo? -Susanna sonrió y discretamente volteó hacia la casa, para ver si Abby o Thomas estaban cerca. Quería ser discreta frente a ellos.
-Despacito…quiero respirar tu cuello despacito, deja que te diga cosas al oído, para que te acuerdes si no estás conmigo… -ella de inmediato lo empujó y le reclamó.
-¡Sebastian, eres un pesado! –el rio, mientras disfrutaba de la sonrisa tímida que apareció en el rostro de Susanna, quien lo miró con cierto reproche- has estado escuchando e radio, ¿verdad?
-¿Qué clase de mayordomo sería, si no estuviera al tanto de las canciones de moda? En especial, con una joven ama a la que le gusta tanto la música –hizo una pequeña reverencia.
-¡Ay, que exagerado eres! –volvió a reír, agradeciendo que el demonio bromeara con ella.
-Lo que sea por poner una sonrisa en tu rostro –hizo una pausa- creo que ya comenzaba a extrañarla.
-Vaya, creo que pasar tiempo conmigo te está humanizando –ella dijo con incredulidad.
-Si eso es lo que quieres pensar… -sonrió para sí mismo y después de un momento, Susanna se levantó de la mesa.
-Voy a dar un paseo por el jardín.
-Bien, yo iré a ponerle más hielos a la limonada. Parece que será un día caluroso.
Ambos partieron en direcciones opuestas y la chica caminó hacia el fondo del jardín, entretenida con las diferentes flores que había en el camino. Gracias a las lluvias de los últimos días, el lugar parecía tener más vida, ya que había flores de distintos colores a su alrededor y el pasto tenía un tono de verde casi cautivador.
Se detuvo casi debajo de un alto árbol, buscando un poco de sombra, mientras sentía el aire refrescando su cara. Llevaba el cabello recogido en una cola de caballo, y acomodó un mechón de su fleco detrás de su oreja. Después miró a su alrededor, suspirando el aire fresco y con un poco de nostalgia. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y tomó la cadena con el dije que le había regalado Sebastian. Era lo único que quedaba de sus padres, pero lejos de causarle tristeza, sentía una enorme curiosidad por lo que estaba grabado en la piedra.
"Mi último aliento"
La piedra resplandecía de una manera única, como si emanara luz desde su interior, por más descabellado que pareciera. De pronto, la chica escuchó pasos acercándose y volteó para ver a Sebastian caminando hacia ella.
-¿Qué habrá querido decir con mi último aliento?
-Fue un regalo de tu padre para tu madre, ¿qué crees que le haya querido decir? –el rostro del demonio era serio y la miraba con atención.
-No estoy segura…. Podría ser una despedida, o una promesa. No tengo idea de cómo eran ellos, cómo pensaban, o cuál fue su historia, pero… su último aliento fue para ella –le mostró la piedra y él sonrió, acercándose más a ella para tomar el dije.
-Ignoro el verdadero significado de la piedra, pero –se paró detrás de ella, desamarrando la mascada que Susanna llevaba, para exponer su cuello. Sus manos no llevaban guantes, y con gran suavidad, movió su cabello para ponerle el collar- puedes pensar que es un juramento…- de pronto, la chica vio cómo la mascada caía al suelo como si lo hiciera en cámara lenta, el sentir las yemas de los dedos de Sebastian acariciando su cuello hicieron que perdiera la noción del tiempo por un instante- …de que yo te protegeré hasta mi último aliento…- la voz de Sebastian sonó justo en su oído izquierdo y su aliento le causó escalofríos.
Después, el demonio desató el cabello de la chica, tomando la liga que lo sostenía entre sus manos y dio dos pasos para mirarla de frente. Con una sonrisa coqueta en la comisura de sus labios, le mostró la liga, y cómo poco a poco la convertía en una rosa blanca.
Susanna estaba fascinada con lo que acababa de ver. Sabía que sus poderes de demonio eran increíbles, pero nunca pensó en que pudiese hacer algo así. Al notarlo, Sebastian habló con una voz encantadora.
-Quizás, el blanco sea demasiado simple para ti… -de pronto, la rosa comenzó a cambiar de color, volviéndose roja- y esto demasiado ordinario… -entonces, la rosa cambió de color, para volverse un tornasol que oscilaba entre el morado, azul y negro.
Ella estaba maravillada con lo que acababa de ver y Sebastian le ofreció la flor, rozando su mano cuando la tomó y después volvió a verla a los ojos. Había una sonrisa, no sólo en su boca, sino en sus ojos, que la miraban de una manera muy especial.
Sin pensarlo mucho, Susanna se acercó lentamente para besarlo, tratando de aumentar las ansias del demonio, quien disfrutó cada instante antes de que sus labios se juntaran, y cuando por fin lo hicieron, la sostuvo por la cintura mientras ella lo rodeaba por los hombros, sosteniendo la rosa que le acababa de dar y ansiosa por continuar lo que habían comenzado esa mañana.
El beso comenzó lento, ambos apenas moviéndose e intentando controlar sus respiraciones para saborear mejor el momento. La mano de Sebastian acarició la espalda de la chica y después regresó a su cintura, sosteniéndola suavemente, pero en cuanto sintió que ella le dio una pequeña mordida en el labio inferior, la atrajo más hacia él y dio un par de pasos para recargarla en el árbol detrás de ellos. De inmediato, la intensidad aumentó y el subió sus manos para acariciar el cuello de Susanna. Su piel se sentía cálida sobre la marca del contrato, causando placenteras sensaciones en ella, quien acarició la espalda del demonio con ansias, sintiéndolo cerca de ella, respirando con agitación.
Se separaron por un instante, para verse a los ojos, intentando adivinar lo que el otro estaría pensando, pero pronto volvieron a besarse. Ella acarició el negro cabello de su mayordomo y lo enredó entre sus dedos. Sebastian podía sentir el pulso acelerado de la chica, la sangre latiendo en su cuello y sus ojos de demonio lo traicionaron por un momento, mientras se separaba de ella para besar su cuello, y apenas puso sus labios sobre su piel, Susanna sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones ante la ardiente sensación, pero de pronto, se escuchó una voz acercándose.
-¿Señorita? –era Abby, quien se escuchaba cada vez más cerca- ¿está aquí? Los señores William, Grell y Ronald acaban de llegar…
-Abby… sí… -dijo Susanna, luchando porque su voz sonara lo más normal posible, ya que Sebastian continuaba besando su cuello, y ella casi podía sentir la pícara sonrisa en sus labios mientras lo hacía- ya voy…
-No he visto a Sebastian por ningún… -Abby la observó con curiosidad- ¿está bien? –parecía estar desconcertada, ya que Susanna estaba recargada contra el árbol y respirando con agitación. El demonio parecía haber desaparecido.
-Sí… sólo… hace demasiado calor… -respiró hondo y caminó hacia Abby, cuando Sebastian apareció detrás de Abby, con apariencia impecable, como si nada hubiese sucedido.
-Abby, veo que le has informado a la señorita que sus invitados han llegado… ¿podrías encargarte de preparar un poco de té para la reunión? –sonrió de manera triunfal y Abby asintió, mirándolo con cierta sospecha. Había aparecido tan de repente, que le pareció extraño, sin mencionar la actitud de Susanna, quien ahora parecía más calmada- señorita… -Sebastian miró a su ama con una sonrisa particularmente traviesa- la están esperando.
-Claro… -dijo mientras tragaba saliva y caminaba hacia la casa, llevando la rosa en su mano. Sebastian la siguió muy de cerca, pasando su mano por su cabello, para asegurarse por segunda vez que su apariencia fuera impecable.
Notas de la autora.
Estamos en la recta final de esta historia, y de corazón espero que les esté gustando. Esta vez tardé mucho en actualizar, y les pido una disculpa, pero tuve que asegurarme de comenzar a atar cavos sueltos y acomodar las cosas para llegar la conclusión de la historia, y eso me tomó un poco de tiempo, porque repasé todo, desde el inicio. Además, esta vez me costó más trabajo escribir las escenas de Sebastian. Quiero comenzar a incrementar la tensión sexual entre ellos, pero… no taaaanto y, es algo difícil de lograr, además de que quiero poner cosas románticas, sin sacarlo de personaje.
Por si a alguien le interesa, la banda sonora del capítulo fue:
While my guitar gently weeps para la escena del funeral, aunque no es la versión normal, sino una un poco más lenta.
Let's do it (let's fall in love) con Ella Fitzgerald, para la escena cuando Sebastian va a despertarla.
Crazy in love, versión de Ray Kont (Sí… lla versión de 50 sombras de Grey xD)
De cualquier forma, estoy también ordenando la playlist "oficial" del fanfic, la cual estará disponible en youtube y spotify. Muajajajaja.
¡Nos leemos pronto!
