La noche de los seis ojos de sangre

Akari salió de la habitación. El frío del exterior le pegó de lleno, estaba los shoji abiertos (1). Tenía un poco de mareo por la falta de sangre en la cabeza. Miro hacia arriba para enfocar la hora; había un reloj por el pasillo de su cuarto a su sala. Eran las 4:24 de la madrugada; no la impresionó, sabía que debía de ser temprano, en menos de una hora amanecería.

Su concentración cambio a un diferente rumbo. La sala de estar estaba con la luz encendida. Se seguían unos murmullos, pero no era tan audible. Se fue acercando lentamente al shoji que separaba el pasillo de la sala; por cada paso que daba se crecía su propia tensión, empezó a sudar frío por todo el cuerpo, desde cara hasta la palma de las manos y sus piernitas. Sus movimientos eran rígidos; decir que estaba aterrada sería un eufemismo; el solo hecho de la luz y los ruidos le daba una mala espina sin precedente.

Quería parar, pero algo le decía que debía continuar, que debía estar en ese lugar y momento dado; debía ser otra parte de su cuerpo que no fuera su instinto perspicaz porque le seguía gritando a la cara una y otra vez: lo que encontrarás será la muerte.

Por fin llego al shoji. Agarró la saliente para abrirla, pero se quedó estática: un ruido sordo, silencio absoluto y la luz aun prendida; solo se veía a través de la luz el cuerpo inerte de alguien. Esto a Akari en pánico. La niña derramó un par de lágrimas inaudibles e involuntarias, ni se dio cuenta de ellas; no quería esperar que detrás de la puerta pasara algo que se arrepentiría de ver. Con todas sus fuerzas y una voluntad inhumana, empujo el shoji y vio el contenido de la habitación.

— A-Ak-Akari, ¿Q-Qué haces despierta cielo? — Ahí estaba, su madre, su Okāsan. Ignoro la pregunta y simplemente se lanzó para brindarle un abrazo. Lya reaccionó rápido, abriendo sus brazos para agarrar a su hija; le estaba partiendo el cuerpo con tremendo agarre que le daba. Sollozaba, del alivio que su imaginación e intuición le hacían sentir con los escenarios de lo que estaba detrás del shoji.

— Akari, qué… ¿Qué te pasa? ¿Tuviste una pesadilla? — Akari no sabia que responder a esa pregunta. Podría decir que si por el inicio de su sueño; aun le dolía los efectos de este, ya sabía que los raspones de los que tanto se quejaba no eran nada comparado al dolor real; pero el resto del sueño no era tan malo. Levantó la vista y negó con la cabeza.

— No… No… So-Solo… Fue e-extraño, es todo — Lo decía no tan convencida de sus palabras, pero lo que contaba era la verdad, al menos la verdad que ella sentía que era. Su madre, por otro lado, no le daba la importancia suficiente, no la acostumbrada; y Akari lo noto.

Lya miraba al techo de forma pausada, pero con terror en sus ojos, como si estuviera siendo acechada por un animal salvaje dentro de las sombras. Ese primer consuelo de ver a su madre poco a poco se fue desvaneciendo, dejando la duda y la incertidumbre. Akari intento mirar las mismas esquinas y zonas oscuras de la sala, pero no logro ver nada. Aun sin poder ver nada, su percepción susurraba que algo no andaba bien.

— O-Okāsan, ¿Qué está pasando? — Conectaron vistas. Lya observó a su hija detenidamente, sin parpadear o dejar el contacto visual, Akari solo la imito, sin entender mucho de lo que pasa. — ¿Qué es lo que tanto…

No termino la frase, su madre le puso su mano en la boca rápida. Esto desconcertó aún más a Akari, pero sin duda no era algo bueno. Sus antiguos nervios empezaron a volver. En un segundo, se pudo ver como lo que parecía una persona se movía por arriba del tejado. La niña soltó un gemido de pánico. Lya agarró a su hija y rápidamente la llevó a su habitación, se separaron y Lya selló el cuarto con una estantería del cuarto de la pequeña. Ambas, aunque no lo querían decir, estaban mortificadas del miedo; Akari por los ruidos y su propia paranoia causada por su propios instintos y Lya… Porque sabía lo que pasaba, y estaba aterrada de lo que seguiría.

— Akari… Akari mírame… — No respondía. Estaba en una esquina de su habitación tiritando. Lya se acercó poco a poco y solo pudo volver a abrazar a su hija — E-Escúchame con atención l-lo que estoy a punto de decirte, está bien —

— Okāsan, p-pero no entiendo qué… qué pasa. E-Es un ladrón o, o es a-alguien enfadado. ¡Okāsan, ¿Qué pasa?! — Lya se quedó muda casi un minuto. Las quejas de su hija eran razonables, pero no ayudaban en nada por lo que pasaba, pero tenía que decirle lo que iba a pasar… Y decirle que no iba a ser agradable.

— Akari… Ni siquiera sé por dónde empezar…—

— ¡POR FAVOR, NO QUIERO…! — Lya tuvo que volver a poner su mano en la mano; Akari no la escuchaba en ese momento. El simple gesto ya llamó la atención de la niña, se calló, seguía temblando, pero contuvo las mil y un preguntas que tenía.

— Akari, escucha. Las personas que están afuera… Son malas, muy malas, esta bien. Tienes que esconderte, que hagas el mínimo ruido posible. Se que debes de tener muchas preguntas, pero este no es el momento. Tendrás que hacer esto; vas a esta bien. Lo más importante es que tu sigas con vida. Confía en mí… una última vez — Esa última la frase se la dijo a sí misma. Akari entendió; perdiendo un poco el equilibrio se escondió en su armario, que era el único lugar donde esconderse. Se metió, su madre la acompañó hasta la puerta del closet, pero ella no entró.

— Okāsan, n-no vas a entrar — No recibió respuesta, solo una gentil sonrisa y una negación con la cabeza. Su madre le puso su mano derecha en la mejilla, tenía los ojos acuosos, a un leve impulso de estallar a lágrimas, pero estas no nunca salieron. Separando el contacto y apretando los puños, cerró la puerta y dijo

— Recuerda, quédate en silencio en todo momento, ¡En todo momento! Si no lo haces estarás castigada, ¿entendido? —

— P-Pero ¿y tú? ¿Dónde te esconderás? — Tampoco respondió, simplemente se quedó en sentó en la cama de Akari, y ella comprendió lo que pasaba.

— ¡OKĀSAN, QUÉ HACES! — En respuesta, cambió su vista de nuevo al armario; no se levantó, pero le dejó una señal con su dedo que guardara silencio con una sonrisa cálida, algo que solo desespero aun mas a Akari. Estaba dispuesta a salir, pero el closet no abría; su madre debió de atrancarla con algo o usar la llave para que ella no saliera — ¡OKĀS…!

No pudo terminar su frase, un estrépito causado por la destrucción de la puerta le congeló la sangre. Intento gritar, pero solo se escucho un inaudible gemido de pavor. Se escondió en la esquina del armario, temblaba a morir y sus movimientos se volvían rígidos.

A través de la rendilla del armario pudo ver el causante del estrépito. Eran dos hombres, no tres; todos parecían llevar una especie de traje militar azul, con una gorra negra con una cinta roja rodeando su cabeza y botas negras. En cierto modo le recordaba al traje que usa su padre solo con una sutil diferencia: tenían una espada en la cintura de cada uno.

— Hum… Esto es demasiado fácil. ¡¿Qué opinan muchachos?! — Las carcajadas de todos se escuchaban por todo el lugar. Era evidente que había más que tres hombres, pero Akari no podía verlos.

— Debo decirlo, tu casa esta bien cuidada. Aun no puedo creer que sacrificaran una vida cómoda por completa avaricia. Vivir aquí es un lujo y lo desperdician, es simplemente lamentable — Lya no respondía, no hacia contacto visual y se quedaba a media vista del pecho del hombre, no queriendo ver la expresión de su rostro.

— Eso ya no importa, ¡Capitán! — un soldado, con el uniforme mas reforzado y con la línea del gorro de color rojo en vez de dorado entro en la habitación. Se mostraba firme y su semblante era imponente. Caminó unos pasos, apartando a los soldados de la habitación solo para pararse en frente de la madre de Akari. Su mano se posaba sobre el mango de la espada, y Akari entendió ese gesto; puede no ser una experta, pero todo se sabe lo que continua con el solo agarrar el mango.

— La traición es un delito imperdonable, solo puede ser redimido con la pena capital. Tadao fue un iluso al pensar que podía salirse con la suya, terminar impune. Fue esta misma espada que atravesó su corazón. Tu, que tenias conocimiento de este golpe, no revelaste nada. Esta acusada de complicidad contra ¡directamente! El emperador Tennō. — dijo el capitán, para la risa de algunos de sus subordinados.

En ese momento la mente de Akari se separo de un plano físico. Escuchando repetidamente las palabras del supuesto "capitán". ¿Crimen, emperador, golpe? Pero sobre todo ¿Tadao muerto? Era el nombre de su padre; no, eso es imposible, debe referirse a otro Tadao, es un nombre relativamente común… ¿cierto?; agito la cabeza, ignorando cualquier pensamiento para concentrarse en el qué hacer ahora, pero… ¿Qué podía hacer una niña de 7 años rodeada de soldados altamente armados que no están aquí para protegerlos?

— ¿Q-Qué es lo que me van a hacer? —

— La traición es un delito imperdonable, solo puede ser redimido con la pena capital — Repitió como disco rayado, pero el punto estaba claro para el horror de Lya.

— P-Pero… ¡No! ¡Eso es ilegal! ¡No me pueden matar aquí sin pruebas de nada! ¡Están cometiendo un error! ¡Esta mal! — Diciendo cuál argumento se inventaba del camino, replicaba la ilegalidad de su accionar, solamente para hacer explotar en una risotada vacilona y exagerada de los soldados en el área; el mismo capitán no pudo contener una risa contenida.

— Puede ser verdad o no lo que estas diciendo. Sin embargo… — Separándose un poco, desenfundo su katana, oprimiendo la punta directamente al corazón de Lya.

— ¡¿M-Me van a-a mm-matar?! —Exclamo aterrada, con la imposibilidad de ignorar la espada que apuntaba su cuerpo, encogiéndose un poco e intentando alejarse lo más que podía del filo de la espada.

— No es obvio. Tu nombre, creo recordar que es Lya, si mi memoria no me falla. Te contare un secreto; la justicia esta vacía en un país como Japón, el emperador toma medidas para acudir ayuda al extranjero, pero en realidad es un cobarde que no sabe como dirigir su pueblo, solo hacerlo crecer. ¿Sabes que significa eso? ¡Que me importa una mierda esa clase de justicia! Es lenta y torpe; puedes ejecutar perfectamente a tus victimas sin tanta diplomacia y política. Eres culpable de un crimen atroz, uno que merece la muerte, eso ¡Es suficiente para mí! —

No tenia palabras, era peor que en sus mas profundos sueños. Iba a morir, se lo aseguraban. Se volvió hacia el armario; aunque no podía ver a su hija se imaginaba lo que estaba pasando por su cabeza y solo se lamentaba en el fondo de su corazón que todo esto pasara. No tenia la culpa, cualquiera se puede despertar a la mitad de la noche, pero no quería idealizar el estado en que quedara su hija… Si es que sale de esta.

— Aclarado mi punto, creo que debemos terminar con esto. ¡AH NO! Espera, nos faltaba un elemento fundamental — Moviendo un poco la cabeza, envió una señal a los otros dos hombres de la habitación. Entendiendo sus órdenes, desenvainaron sus Tantō, unas pequeñas espadas apenas mas largas que el cuchillo promedio y asintieron con la cabeza.

—¿Creías que no invitaríamos a tu hija a presenciar tu fallecimiento? — En ese momento, dos soldados destrozaron la puerta del armario con sus Tantō. Akari no tuvo tiempo de reacción para nada, en primeras por su mente divagando sin poder procesar la cantidad de información y conceptos que nada entendía; aun estando estable, esos hombres fueron muy rápidos. Le pegaron en los cartílagos de las rodillas, haciéndola caer y que soltara un gemido de dolor

— ¡NO, DEJENLA! ¡ELLA NO TIENE NADA QUE VER! ¡POR FAVOR! — Grito su madre desesperada. Sus gritos despertaron a Akari, ya solo se concentro en su madre, pero con ella, en el dolor producido por su rodilla. Akari sufría un pavor, su corazón estaba a mil y solo quería salir de esta pesadilla, mucho peor que la pesadilla que acababa de tener.

— ¡Suéltenme! ¡Okāsan, diles que me suelten! — No sabía lo que hacia o decía; intentaba forcejear, pero no lograba nada, los soldados eran mucho mas fuerte que ella. Lloraba a cantaros por el miedo y la impotencia de no poder hacer nada, de no defender a su madre. El miedo de la muerte se desvanecía poco a poco, solo quería rescatar a su madre, que tenia una espada a escasos centímetros de su corazón

— Por favor, te lo imploro, ¡Déjala ir! —

— ¡Okāsan! — Intento gritar con todas sus fuerzas, pero la voz quebradiza no le permitió

— ¡Akari! ¡Lo lamento! — Fue lo ultimo que dijo. En ese instante la mente de Akari adquirió un nuevo poder, el de ver las cosas a cámara lenta, y a una muy lenta. Lo que algunos les parecían algo genial, solo era una tortura en los jóvenes ojos de la niña, como poco a poco la afilada espada atravesaba capa por capa del cuerpo de su madre; llegado al punto que parecieron horas antes que una navaja ensangrentada atravesara por completo el pecho de su madre.

— ¡OKĀSAN! — Grito con aun mayor fuerza, tristeza y frustración. Los soldados la soltaron, corriendo a brazos de su madre y verla agonizar en el suelo cercano a su cama.

— A-Ah…Aka..Ah-Ri — Fueron sus ultimas palabras. Sus sentidos se apagaron y todos sus músculos dejaron de moverse. Akari gritaba como una maniática, implorando que se despertara y agitándola para buscar el mínimo de movimiento

— ¡NO! ¡¿QUÉ HACEN?! ¡ES MI OKĀSAN! ¡AYUDENLA, POR FAVOR! ¡ALGUIEN! — Suplicaba con todas sus fuerzas, pero nadie movía un dedo. Intentaba moverla, aplico sus técnicas de respiración que le enseñó Miyu para tener la mínima chance de moverla; funcionaba, pero eso solo causo que se ganara un golpe en toda su cara. Los soldados no querían que ni ella ni el cadáver de su madre se fueran a ningún lado.

— ¡POR FAVOR, DESPIERTA! — Chillaba, ahogada por la mayor cantidad de lágrimas que derramó esa noche. Lo que era un momento devastador para la niña, los soldados no lo veían más que el zumbido de moscas bastante molesta, pero supieron ignorarlo para solo quedar unos tres hombres, incluido el capitán, dentro de la habitación.

— Capitán, ¿Qué hacemos con ella? ¿deberíamos de matarla? — Dijo el primer soldado mientras mantenía la mirada fija en la escena que se montaba la pequeña, dando una pataleta llena de furia para hacer la mínima reacción de su madre.

— De que hablas Lyco, no ves el material que hay ahí. Podemos darle… Un gran uso — Su imaginación volaba a flote, y su compañero no se quedaba atrás.

— Ohhhh… Entiendo. Puede ser, seria efectivo — No señor, nunca.

— ¿Están tomando decisiones a mis espaldas? — Reprimiendo a sus hombres por su actitud infantil. Les dio una mirada despectiva y negó con la cabeza.

— N-No señor, c-cómo se le ocurre. Solo barajábamos opciones para actuar de la mejor manera —

— Eso pensé. En cuanto a la niña — Caminó rumbo Akari. Se levantó rápidamente antes de ser agarrada por las manos del hombre que asesinó a su madre. Esta intentó alejar su cara, pero la fuerza del hombre fue muy superior a la de la niña — No lo niego, puede ser hermosa cuando crezca. Tal vez dejarla como mi "sirvienta personal" no sería tan mala idea; le ayudará a controlar ese "carácter salvaje". Pero bueno, en cierto sentido prefiero que lo mantenga que vuelva a chillar como cualquier malcriada de la zona —

— Capitááán, no sabíamos que tenía ese lado tan "juguetón" — El pícaro comentario solo motivo a una nueva risa de los soldados, extasiados de la situación y la mala suerte de la niña. Todos reían, menos el capitán, que aun miraba a Akari y no le gustaba que sus subordinados se lo tomaran a la ligera

— Silencio Lyco, quien te ha permitido hablar — Replicó, para mantener el orden

— L-Lo siento capitán — contestó el soldado, alejándose un poco de su superior y la niña

— Tu y yo nos vamos a llevar muy bien — En respuesta, Akari le escupe en la cara. El capitán se limpia la cara lentamente con su mano libre y responde con una pequeña carcajada — veremos qué tanto puedes mantener esa actitud, una semana, un mes, un año, ¿acaso importa? Al final todas terminan siendo sumisas esclavas —

Esto pintaba feo. Akari intentaba ser fuerte pero no quería pensar en lo que harían con ella. En su mente se veían los peores dolores que haya podido ver en la vida, como cortes y quemaduras y no le gustaba la sensación; no se imaginaba que seria peor que eso, mucho peor. ¿Qué pasaría después? Nadie lo sabría, pues los dioses se apiadaron de su alma y le enviaron un ángel, un guía que la salvara… Pero mas que un ángel, era un demonio.

— ¡CAPITÁN, UN DEMONIO! — Retumbo en la puerta sin escrúpulos y sin formalidades militares. Sudaba a borbotones y su cara gritaba peligro exterior. Rugidos de dolor se escuchaban por afuera de la habitación para la nula importancia del capitán, pero si la preocupación de sus allegados.

— Uhh, ¿De qué hablas, sargento? ¿No me digas que en serio crees en esas patrañas? — Se volvió hacia Akari, que intentaba volver a zafarse de las sucias manos que manchaba su cara, aun con las manos extendidas para impedir el paso entre ella y su madre

— ¡SE LO QUE VI! ¡ES UN DEMONIO Y ESTÁ EN LA PU…! — No termino la frase. Su cabeza explotó, dejando una lluvia de sangre en las paredes de la casa. Nadie supo qué fue lo que lo atacó, pero entraron en pánico. Por mero instinto, todos desenvainaron sus espadas; desde katanas hasta bokken; otros, por otro lado, sacaron armas de fuego para volarle los sesos a cristo que se asomara a la puerta

— Pero qué… Posiciones, nos están atacando — No tuvo que decirlo, pues todos ya estaban preparados para cualquier ataque y lo hizo para aún mantener el orden. Pero… Lo siguiente nadie lo vio venir.

Una masacre, en toda regla. Cabezas, cuerpos desmembrados y gritos de dolor y lamento solo se escuchaban en esa pequeñita habitación para todos los acontecimientos que estaban pasando

— ¡AAARGH! — Fue la expresión de todos. Todos los soldados que acompañaban al capitán estaban destrozados, sin mucha diferencia entre una carnicería y un escuadrón de asalto imperial. El demonio se mostraba alto, elegante, como un antiguo samurái en tiempos de gloria, pero sin la armadura. El capitán, a pesar de todo, no lo dudo; desenvaino y envió una estocada frontal con dirección al corazón del demonio. Lo sorprendente es que impactó, pero el demonio no pareció inmutarse.

— No te tengo miedo, demonio — Pero sus palabras sonaron vacías. El demonio lo agarró del cuello, y como si fuera papel lo despedazo con el solo hecho de cerrar su puño, dejando un cuerpo inerte sin cabeza de por medio.

— No merecías ni desenfundar mi espada. Eras débil. Al final fue una pérdida de tiempo — La escena no podía ser peor, ni por que Kami intentara no la podía hacer peor que esto. Akari estaba petrificada, aun con su posición de brazos alzados protectores pero su miedo volvió como un relámpago.

Por fin pudo verlo de frente, pero con poca luz. Era alto, majestuoso, usaba un kimono de patrones de cuadros entre morado y un negro no tan profundo, con un Haneri (2) de color blanco, un Hakama (3) blanco y un cinturón blanco estilo obi. Su tez era sumamente blanca, y el cabello negro inmensamente largo. Eso era increíble, pero lo que más sorprendió fueron sus ojos; seis ojos mirando fijamente a una niña de siete años en un patético intento de defender a su madre muerta.

— ¡Atrás! — No se inmuto. Siguió mirando con cierta curiosidad a Akari. Desenvaino su espada, de un aspecto grotesco, pareciendo venir de su propia carne y la posó en el hombro de Akari, dejando un pequeño corte en su hombro derecho producto del tremendo filo que posee la espada.

— ¿Qué crees que estás haciendo? — Preguntó, con una mirada severa, pero manteniendo una compostura fría. Dio un paso más al frente, clavando un poco mas la espada. El dolor se intensificó lo que causó una hiperventilación de dolor por parte de Akari. La niña soportaba el dolor bien, recordaba una y otra vez "esto no es nada, lo sé. ¡Mantente firme, por favor!"

— ¡Dije atrás! — reuniendo todo el orgullo que poseía en esos momentos. Debía enfocarse, no permitiría que nadie más tocará a su madre, aun en el fondo saber que no era más que un cadáver. El demonio empujó aún más la espada, pasando de un simple corte a una herida importante, considerando la profundidad de esta. Akari no le dio el gusto de verla gritar, pero si apretaba los ojos y los puños para intentar amortiguar el dolor.

— No lo entiendo, soportas todo el dolor en vano. Lo que estás protegiendo ahí no es más que un cadáver, y aún así sufres por algo sin valor; que inocencia, apegándose a algo sin motivo aparente —

— No es cierto, no es nada cierto, mentiroso — La respuesta fue inmediata. En ese momento se arrepintió de sus palabras y un escalofrío recorrió su espalda. Aún mantenía su recta postura a pesar de todo, pero un poco del terror que sintió hace unos momentos estaba sintiendo regreso y la preocupación de morir se acrecencia. El demonio se tomó su tiempo, pero finalmente habló.

— Dime entonces, ¿En que miento? — Señalando el cadáver y moviendo ligeramente la espada para que la reacción de dolor de Akari se dirigiera a su madre muerta. Akari le dio un vistazo rápido y apartó la mirada; no quería verlo por ningún motivo del mundo, más de la cuenta si se refiere; intentaba ser fuerte pero no lo lograría si su mente movía los ejes para mantener el pensamiento de su madre siendo atravesada y que nunca escucharía su voz de nuevo — Te repetiré, ¿Qué fue lo que dije para que me llamaras mentiroso? Es un cadáver y lo proteges, ¿no es así? —

— P-Pero Ese… Ese… Ese Ca… — no tuvo la fuerza para pronunciar esas palabras; si las mencionara todo su coraje se desvanecería en llanto, ella lo sabía — Esa persona tiene mucho valor, es mi Okāsan, es lo que más quiero en el mundo. Nadie la tocara, nadie, solo yo —

— Niña necia, ¿Sacrificaras tu vida por proteger a un muerto? — Akari exhalo, pensó sus ideas un momento. Podría decir tantas cosas para intentar defenderse, pero sabía que era inútil.

— No me importa… Pronto me reuniré con ella — Es un demonio, que acabó con todo un escuadrón de soldados como si fuera papel, no tenía muchas esperanzas de salir con vida, aun así, se dibujó una sonrisa en el rostro, pues pronto se reuniría con su mamá. El demonio siguió observándola, fría e impasible, pero la niña no le dirigía la mirada; no tenía la cabeza baja, pero se limitó a mirar al frente sin hacer contacto visual.

— Tal vez, pero no será por mi espada la razón de su reencuentro; no hoy —

— ¿Q-Qué? — Las palabras la dejaron atónita, pues esperaba que la matara como basura como lo hizo con todas las personas de su hogar. Motivos daba, la herida de su hombro no apareció de la nada. Desenterró la espada del hombro de Akari, dejando una herida profunda. Akari pudo apreciar lo filosa, no solo en cuerpo, pues su ligero movimiento causó una ráfaga de viento casi imperceptible, partiendo su cama en dos como si nada.

— Ya está amaneciendo — Guardando nuevamente su monstruosa espada, caminó tranquilamente hasta la puerta de la habitación. Antes de irse, volvió a mirar a la niña, cubierta de sangre por todo su cuerpo, su propia sangre y el de muchos otros y aun manteniendo una mirada determinada, sin odio, pero firme para luchar— Tal vez Yoriichi tenía ra… No, esas palabras aún no tienen un peso… ¡Pequeña! Saluda al pilar de las llamas de mi parte, nómbrame como 'Kokushibo', ya la conoces. — Tras esto, abandonó el hogar.

La habitación quedó en un profundo silencio. La adrenalina que produjo Akari en ese momento fue inhumana, pero tenía que terminar en algún punto. Sin ningún amortiguador, por fin presenció la terrorífica escena en donde fue dejada. El olor a muerte, su propio dolor que poco a poco crecía hasta el punto de ser insoportable y la grotesca imagen resultante, dilató aún más los sentidos que poco a poco retornaban a la normalidad para su desgracia.

Se sostuvo el dolor, agitándose violentamente para intentar que se quitara el dolor, pero lo único que resultó fue en la intensificación de este y un agonizante y aterrador grito que nadie más que ella. Dejo los gritos a un lado y empezó a expulsar bilis al no tener nada en el estómago, vomitando todo lo que su cuerpo podía contener solamente para gritar aun mas de dolor solo que con un sentimiento asqueroso en su tracto.

Cayó inconsciente, la intensidad y duración del dolor por fin pudo con su cerebro, que no soportó con la presión tanto física como mental que sufrió en esa hora infernal; necesitaba un descanso, posiblemente desangrándose por la herida producida que debió de cortar alguna arteria importante y completamente sola.

Lo que pasará luego ya no importaba, no tenía consciencia en ese punto y si llegara su muerte la recordaría como algo trágico, pero solo fue efímero para una vida pacífica en el otro lado. Lastimosamente, Kami tenía unos planes muy diferentes para la pequeña prodigio, unos que puede llevar a una vida de tragedia.


Vieron los numeritos entre paréntesis en el fanfic. Esos son conceptos o cosas que pienso que no quedan nada claros pues no doy indicios de lo que son; así que se van hasta abajo y explico en palabras más o menos lo que son (Esto se lo copie de otro fanfic que me molo la idea, que quieres que os diga).

1. Los Shoji son las puertas deslizables de las casas japonesas. Ves en tu tipico anime tradicional o antiguo esas puertas que se deslizan a la par o de un solo lado, pues eso es un shoji.

2. El Haneri son las camisas que se ponen por debajo del kimono, como una camisa extra para aguatarse el calor y quedar comoditos.

3. El hakama es lo que parece una falda que utilizan los samuráis o los espadachines tipo Kenshin. Esas faldas superlargas que le llegan hasta los pies y que casi siempre de color negro, pues ahi te apañas.

Si no entendieron a lo que me refiero, pues ni modo, google es de fácil uso.

Ahora hablando del capítulo:

Sean honestos, ¿se lo esperaban? No lo se, queria hacer un giro a lo establecido en Kimetsu no Yaiba, además que solo estoy usando su universo para crear mi propia historia así que me pongo las buenas drogas y descrebajo la historia del nipón de antaño; porque se me da la gana, que les digo.

Sobre Kokushibo no matara a mi prota. Si ven solo el manga podrán pensar que es completamente incoherente, pero este es mi propio canon. Se los digo, tendrá su explicación pero ahí dejo pistas del porqué no despedazo a Akari a las primera de cambio. Dejen sus teorias en reviews o comentarios, o lo que sea.

En fin, espero que les haya gustado y los veo en otra ocasión, bye.