Habían llegado a un tipo de "trato" después de varios minutos de discusión; el azabache se encargaría de la mayoría del papeleo [o al menos, aquellos que no involucraran cargas legales significativas], y muy rara vez tendría total autoridad sobre los menores, esto para la protección de ellos, o de sí mismo; el programa no resistiría alguna demanda por maltrato, pese al anuncio de los productores de un alto índice de audiencia cuando esa pelea infantil salió en pantalla.
Gracias a todo, los niños ya se habían retirado a sus hogares, y su persona era de los pocos trabajadores que seguían en ese sitio. A comparación de los demás, el continuaba revisando algunos papeles que se acumulaban en su escritorio, repasando por encima los menos importantes y releyendo los que necesitaban de una atención más enfocada; sobó sus sienes, dio un sorbo al café que preparó y maldijo por lo bajo a sus superiores; se sentía como en un despacho, cosa que no le agradaba en absoluto.
Pero sus estudios previos al mundo del espectáculo le habían dado una considerable ventaja, eso, o su relación efímera con el ejército.
Lo mejor siempre era evitar darle lógica a tales incógnitas.
« ¿Interrumpo algo?»
Alzó su vista de las hojas, topándose con la mirada del de menor edad.
«Si dijera que sí, ¿te irías?»
«No».
Era innecesario agregar más conversación si ese nuevo individuo perpetuó la privacidad de su oficina, y sin importar las promesas de silencio, existía demasiado sonido que no se expresaba necesariamente con palabras; resonaban sus pasos, y en su cabeza se presenció la manera en que la pequeña cuchara chocaba contra las "paredes" de porcelana, sus suaves quejidos ante la quemadura de la misma bebida y el ruido sordo de ser vigilado por una curiosidad que no lograba catalogar.
Sostuvo el papel con más fuerza, se trató de concentrar, y pese a sus intentos de obligarse a mantener su atención, fracasó épicamente.
Los recuerdos comenzaron a enredarse entre las letras del documento, las oraciones coherentes se volvieron conversaciones lejanas de hace mucho tiempo, y toda la oficina se volvió un clásico puesto de escena escolar en un escenario teatral; se retiró los anteojos, posicionándolos sobre la mesa. No podía continuar si el pasado intervenía con un presente que jamás lo contempló, más que agradece, en lo profundo de sus pensamientos, que esté aquí después de tanto tiempo; era un respiro de aire nuevo pese a ser de antaño.
«Ha pasado un tiempo» comenzó, cuando se dignó a girarse sobre su lugar. «Luces diferente a lo que recuerdo».
«Tal vez es porque he crecido un poco más desde la última vez que nos vimos».
«No creo que hayas crecido siquiera tres centímetros, McLean» y parece ser que sigue sin acertar a un comentario correcto hacia este, ya que los gestos que intentan no fruncirse lo delatan.
Lo ve tratar de gesticular una respuesta posterior a tomar un lugar sobre su escritorio. «Ah, olvidaba lo dulce que eras. Siempre teniendo talento con las palabras».
Bufó, porque eso tiene tintes de verdad.
«Deberías invitarme, algún día, una comida después del programa».
« ¿Invitarte? ¿Por qué haría eso?»
«Porque soy solamente un repartidor de comida mal pagado» su sonrisa le removió algo dentro de sí, trayéndole calma, como a la vez, le consternaba que pudiera provocar ese sentimiento tan abrupto. «Y sigo siendo tú mejor amigo, ¿no?»
¿Lo eran? ¿Incluso cuando el tiempo siguió corriendo?
Dio una última mirada al adulto que cerraba sus ojos con fuerza al beber un café demasiado cargado y ausente de azúcar.
Quizás sí seguía siendo su mejor amigo.
