Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.
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Jazz, balas y champagne
Por St. Yukiona.
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Yuuri Katsuki, el Ninja cuatro ojos.
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Harvard fue fundada en 1636 , y es la institución de enseñanza universitaria más antigua de Estados Unidos, por tal motivo, no es de extrañarse que consagre a los docentes y maestros mejor cotizados en cada una de las áreas que ofrece dentro de sus carreras. Yuuri Katsuki es egresado de dicha institución, sin embargo, lo que para algunos es una dicha digna de presunción para Yuuri Katsuki es el estandarte mínimo que le ha servido para lograr acomodarse en un privilegiado puesto gubernamental. Acaba de egresar, con honores, así que ha sido relativamente fácil acceder a dicho puesto. No es nada emocionante, no está salvando al mundo, ni mucho menos haciendo historia, sólo es lo suficiente para poder pagarse el alquiler, los trajes y la comida cada mañana y cada noche.
Sus padres no requieren dinero de él, su hermana ya se casó. A pesar de ser una familia de inmigrantes japoneses que llegaron tras la primer gran guerra lograron mantener el estatus socio-económico que tenían en el país del sol naciente. Su padre fue bastante sabio al empacar varios metros de tela al momento de abordar la avioneta que los sacó del país. Y cuando se decía varios metros, era un eufemismo pues en realidad la familia no llevó nada más que cajas y cajas con seda de la mejor calidad, lo último que le quedó a la familia antes de perderlo todo. No obstante, Toshiya Katsuki solía consolarse diciendo que de haberse quedado en Japón simpatizando con la guerra (con la que él no estaba de acuerdo y por lo cuál tuvieron que huir en primer lugar) jamás habrían logrado amasar todo el dinero que la familia actualmente poseía. Fortuna que tarde o temprano pasaría a manos de Yuuri, el negocios de las sedas y los bordados no eran para Yuuri, pero le gustaba pensar en las posibilidades que tendría cuando llegara el momento de suceder la cabeza familiar. Quizás él no sabía moda, pero si sobre números y con ese principio, en esencia, había optado por estudiar una carrera en contaduría.
Dicha carrera fue la que le abrió las puertas al gobierno donde actualmente desempeñaba y le había dado el acceso, también, a una vida lejos del cuidado familiar. Allá, en Chicago.
"¡Pero es peligroso con todos esos mafiosos!" —fue lo primero en lo que su madre pensó cuando Yuuri llegó con la noticia de su asignación meses después de haberse graduado.
—No creo que tenga que enfrentarme a ninguno de ellos, además los italianos tienen su barrio y pocas veces se acercan a las oficinas gubernamentales... es como si una zorra corriera a la trampa —explicó Yuuri con tranquilidad—, es ilógico.
Y aunque su madre no quedó conforme, no tuvo más opción que brindarle su bendición para permitir que por lo menos unos años más su hijo cumpliera su sueño de independencia.
Llegado el momento de suceder la fortuna familiar, vendería a un buen costo (sabría cuánto era lo justo y los procedimientos) las acciones de la empresa y después dividiría las ganancias entre él, su hermana y los trabajadores con más tiempo en la empresa. Después viviría de su pensión por sus propios años de trabajo para el gobierno. Un trabajo monótono, sereno y rutinario.
O al menos eso creyó hasta el momento en que Yakov se paró frente a él.
—¿Perdón? —pregunta Yuuri confundido. Tiene en sus manos unos documentos, los importes de una empresa y el registro de recaudación de los últimos tres años fiscales de dicho negocio. Acomoda sus lentes confundidos por la forma en que el inspector en jefe irrumpió en su oficina.
—Que si tienes placa, Katsuki, ¿tienes placas? —repite Yakov mientras que Yuuri tarda en captar la pregunta y asiente. Todos los trabajadores de recaudación de fondos, es decir, del Departamento del Tesoro, tienen una placa con la cual se validan sus acciones cuando llega el momento de revisar documentos de ingresos y egresos de los negocios que deben de supervisar.
—Sí, tengo una —responde, aún aturdido porque es algo por hecho que Yakov debe de saber.
—Excelente, ven acá —ordena Yakov mientras le tira al escritorio lo que Yuuri reconoce como una escopeta. El japonés mira el arma casi con terror antes de tomarla—. Date prisa, tu ninja cuatro ojos —grita Yakov mientras sale del cubículo de Katsuki y éste salta en su silla antes de incorporarse, tomando el arma. Siente su peso y lo cálida que está, Yakov la había llevado debajo de su cálido abrigo.
—Perdón... ¿a dónde vamos? —pregunta el japonés siguiendo a Yakov y a otros tres hombres que miran con cierta pena al japonés.
—Vamos a hacer una redada —dice alguien a su lado mientras que lo empuja del hombro para que se dé prisa.
—Yakov... ¿Qué demonios es esto? —interroga el jefe de la oficina, Celestino Cialdini que iba entrando a la sección de cubícalo.
—Iremos a hacer una maldita redada, estoy harto de la situación con Peregrini —responde Yakov encarando al italiano, están de la misma estatura y Yuuri se siente pequeñito cuando tiene que pasar entre ambos, alguien lo empujó cuando se intentó detener, resistiéndose así un poco.
—¿Quién lo autorizó? —Celestino ve pasar a los subordinados. Todos vestidos de traje, gabardina, sombreros y armas.
—Le pregunté al inspector en jefe y me dijo que podía ir —contesta Yakov.
El último subordinado en pasar entre ellos se ríe entre dientes mientras alcanza a sus compañeros que frente al elevador esperan a que éste suba para poder llevarlos a la primer planta del edificio donde se encuentran.
—Pe-pero... tú eres el inspector en jefe —comenta contrariado el italiano.
—Lo sé —refuta de inmediato Yakov quitándose el sombrero para despedirse y alcanzar a sus muchachos.
Los cinco hombres llenan el pequeño espacio del ascensor y éste baja. Uno enciende un cigarro y el humo pronto termina de rellenar los espacios libres entre todos esos cuerpos. Yuuri tuvo que hacer un breve entrenamiento policíaco, brevísimo de un mes o quizás menos, antes de poder entrar al Departamento de Tesoro, así que tiene las nociones básicas de cómo usar un arma, sin embargo su adrenalina se dispara cuando las puertas del elevador se abren y todos avanzan, lo vuelven a empujar, ha quedado atrapado entre todos los cuerpos. Apenas reconoce a unos cuántos porque los ha visto de lejos pasar delante de su cubículo que quedaba a la altura de la mitad del pasillo que llevaba hacia las oficinas del Jefe del departamento y el Inspector en jefe del departamento, los dos peces gordos del departamento, sin contar al comisionado, pero él tenía su oficina en el último piso en un gran despacho con la mejor vista de Chicago. Es fácil de recordar a esas personas que ahora lo suben, casi como si fuera un secuestro, a un Ford Modelo A que los espera en el estacionamiento del Inspector, debido a que todos eran jóvenes, el más grande de edad quizás tendría unos 38, de ahí en fuera todos eran "carne joven", la mayoría de las personas en el Departamento del Tesoro en el piso donde Katsuki trabajaba eran contadores de edad avanzada que tenían mucho tiempo en el negocio de los números, Yuuri era el más joven en ese piso aunque a pesar de estar en una edad dinámica se había adaptado perfectamente al resto de sus compañeros.
—Katsuki, ¿sabes manejar? —pregunta Yakov.
—No tengo licencia —responde de inmediato desde el asiento de atrás, a acomodado el arma entre sus piernas como los otros dos hombres que lo flanquean.
—Pues mañana irás con Tyler del departamento de tráfico y transporte y le dirás que yo le ordeno que te dé una licencia, ¿me escuchaste?
—Sí, señor... pe-pero no sé manejar... —trata de obviar las cosas el japonés y los otros hombres se ríen.
—Pues para mañana que saques la licencia ya debes de saber... o te pondré a sacar copias hasta que te retires —sentencia el ruso antes de encender el auto y empezar a manejar—. Zorro Nikiforov, hay unos papeles en la guantera, dáselos al Ninja cuatro ojos —ordena el inspector y Yuuri suspira porque, es muy triste pero, está acostumbrado a ese tipo de apodos, ni siquiera se ofende. Durante su paso por la universidad sufrió toda clase de abuso tanto verbal cómo físico, indirecto y directo, por profesores y compañeros por su calidad de inmigrante. Así que el apodo del Inspector en jefe Yakov es una leve caricia. El chico que está en el asiento de copiloto le entrega dichos documentos y Yuuri los recibe, los empieza a leer—. ¿Los estás leyendo?
—Sí.
—Excelente —resuelve Yakov—. Memoriza los cargos, los nombres y las cantidades para la incautación, serás el hombre a la cabeza —Yuuri alza la cara totalmente aterrado porque eso significa que será el que entre primero anunciando la redada—. ¿Qué haces, Katsuki? No me mires como si tuvieras las bolas en la garganta y ya no pudieras respirar, sigue leyendo que ya casi llegamos —regaña Yakov y el japonés vuelve a clavar su mirada en el documento. Se enfoca sólo en los datos más importante que por suerte están subrayados con pulso tembloroso.
Cuando llegan al inmueble, todos bajan y Yuuri se siente caminar sobre nubes viendo la espalda de Yakov, todos llevan sus armas, listas. Uno de los chicos se queda afuera de la puerta principal, el lugar parece una bodega o una fábrica, y debe de serlo porque están en la zona industrial de la ciudad. Los demás compañeros de Yuuri y él mismo entran tras una patada que Yakov ha dado a la puerta, ésta cede sin más en un estruendo violento, da un disparó al techo y la bala hace estallar en chispas una de las lamparas que está colgada sobre las cabezas de todos, el hecho llama la atención de los trabajadores que petrificados solo se atreven a observar a los hombres que enseguida se desplazan apuntando a todos.
—¡Nadie se mueva! ¡Esto es una redada! —grita Yakov y todos los trabajadores alzan la mano.
—Por orden del Gobierno Federal el inmueble queda a disposición del Departamento del Tesoro —dice Yuuri mostrando su placa.
—¿Pero qué rayos están... —alguien se intenta acercar pero el Zorro Nikiforov corta cartucho de su escopeta y apunta hacia el sujeto que se mueve.
—Quédate donde está o ve a buscar a tu jefe —ordena el ruso.
El hombre agredido se queda quieto.
Yuuri mira de reojo al que le ha ayudado y sonríe débilmente como agradecimiento mientras que los procedimientos de incautación inician. Yakov le da algunas palmadas a Yuuri y a Nikiforov antes de adelantarse. Llama a Yuuri y son llevados ante el encargado mientras otro compañero obliga a los empleados a detener las máquinas y después alinea a todos los presentes contra la pared, son unos quince trabajadores y tres supervisores. En la oficina del gerente hay tres personas más.
—Zorro Nikiforov, ven acá —llama Yakov desde la puerta de aquella oficina y Viktor corre—. Este muchacho es capaz de volarle los sesos tres veces antes de que mueran así que no lo hagan enojar —explica Feltsman.
—Pero es contra la ley lo que están haciendo —resuelve uno de los afectados y Yakov lo golpea con la cacha de su escopeta.
—Yo soy la ley, maldito bastardo... —escupe viendo al pobre diablo que ha caído de espaldas contra la pared sosteniéndose la nariz que le sangra, Yakov mira su reloj y frunce el ceño—. Yuuri, tienes diez minutos para encontrar la evidencia suficiente del lavado de dinero —reza el mayor y los tres hombres que están siendo amenazados por Viktor "el Zorro" Nikiforov abren tanto sus párpados que la sorpresa no termina de entrar ahí, pero ninguno se atreve a decir nada.
Yuuri asiente aún con el vértigo corriéndole por todo el cuerpo, se mueve entre los archiveros saca papeles los lee, sus ojos repasan números. Intenta abrir un archivero pero no es posible abrirlo y suspira profundamente. Viktor hinca a los tres hombres con las manos en la cabeza para vigilarlos mejor.
—Necesito que abran ese archivero —suplica Yuuri con calma a los acusados.
—¿Por qué debería de... —se queda callado porque Viktor lo apunta directamente al rostro y el sujeto mira al japonés y luego al ruso.
—Si colaboran con nosotros es probable que puedan conseguir un mejor resultado durante su juicio, mencionaré al fiscal que colaboró con nosotros —promete y Yakov rueda los ojos aunque no interviene en la negociación.
—Asqueroso japonés —reza el sujeto y Yuuri suspira incorporándose—. Jamás ayudaría a un- —la frase queda a medias cuando estrella su zapato contra el rostro del sujeto, así, lo patea como un balón de Fútbol y los otros dos indignados ven al pequeño hombrecito.
—¿Alguien más quiere negociar? —susurra con calma Yuuri y el que no ha sido dañado aún señala el cajón del escritorio. Yuuri encuentra unas llaves y es capaz de abrir el archivero.
Yakov aprovecha a colocar algunas bolsas de un polvo blanco en los cajones, y para cuando llega la policía de Chicago excusan por torpeza propia las heridas de dos de los detenidos. En la cajuela del Ford Modelo A una caja llena de documentos, suficiente material para incriminar y llevar a juicio a Orlando Peregrini por lavado de dinero y evación de impuesto. Mientras arrestan a todo el mundo, de momento por posesión de droga, Yuuri vomita en el callejón junto al edificio, se sostiene de la pared y del estómago, está temblando con lágrimas en los ojos. Siente todo su cuerpo frío y vuelve a sentir el asco recorrerle el estómago, vuelve a vomitar. Alguien está a su lado.
—¿Te sientes bien? —susurra una voz que reconoce el japonés.
—Algo así... —masculla Yuuri secándose el vomito con uno de sus pañuelos, el cual tiene que tirar porque apestaría su camisa si lo guarda así sucio, tarde se da cuenta que la persona a su lado le ha ofrecido un pañuelo, sonríe apenas con debilidad—. Gracias...
—No te preocupes... supongo que no estás acostumbrado a esto... —dice el hombre y Yuuri niega aún sonriendo, recargando su mano en la pared.
—En realidad no... —confiesa—. Aplique para este trabajo porque... estaría a salvo del mundo detrás de mi escritorio con lidiando con papeles y números, no con armas y gritos —susurra.
—Hmp... aún así lo hiciste muy bien, me sorprendiste cuando pateaste al sujeto...
La risa de Yuuri a Viktor le parece contagiosa.
—Lo siento... —se disculpa por el pequeño escándalo y se cruza de brazos suspirando el japonés—. Tuve que aprender a defenderme, durante cinco años lidié con toda clase de idiotas y bueno... era eso o volverme la perra de unos veinticinco sujetos dispuestos a sacar su estrés contra el que se dejara —alza los hombros restándole importancia—, supongo que... eso lo tengo bien asimilado.
—Eso suena aterrador —murmura el contrario y Yuuri sigue sonriendo, mira que Yakov sale.
—Supongo que sí... —repite y le hace un movimiento de cabeza para que lo siga pues llegó la hora de irse—. Por cierto, soy Yuuri Katsuki.
—Mucho gusto, Yuuri, yo soy... Viktor Nikiforov —lo piensa un poco antes de decirle su nombre.
—Nikiforov, Zorro Nikiforov —agrega Yuuri y Viktor está a punto de decir algo de buen humor pero Yakov los apremia con un grito.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
