Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.
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Jazz, balas y champagne
Por St. Yukiona.
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2231 Imperial Road, River North.
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—Entonces eres japonés pero siempre viviste aquí —pregunta Viktor mientras mueve su mano que Yuuri ha servido animadamente con ron. Se lo han traído del Caribe a su padre y su padre le ha mandado el artículo a su hijo a sabiendas que Yuuri tenía más contactos con occidentales, el regalo llegó con una nota: "Ya regresa a casa", pero Yuuri solo agradeció con un amable: "No".
—Sí —responde sin mucho misterio el oriental ahora sentado con cuidado en el sillón frente al de Viktor.
Ya es completamente de noche, pero Viktor no siente la urgencia de irse. No quiere irse. Yuuri le parece un personaje intrigante, sobre todo ahora que conoce el hogar de Yuuri. Un extranjero cualquiera no podría vivir en una zona como River North, hasta la propia mafia prefería mantener sus asuntos lejos de River North debido a que ahí se codeaban los altos mandos del gobierno y millonarios del mundo occidental, esto no se debía o respeto, sino porque mucho de los personajes de ese mundillo se encontraban coludidos con sus negocios o eran potenciales inversionistas. River North era una esfera de cristal protegida por gobierno y el propio crimen organizado. Y Yuuri, tranquilamente vivía ahí, con una criada china que respetuosamente se despedía de ellos y salía por la puerta trasera.
Veía a Yuuri frente a él acomodar su brazo sobre el descanso del sillón y lo veía como alguien bastante simple, un "chinito" más de los miles que podías encontrar en el barrio Chino más al norte de la ciudad. Debía de reconocer que era meticuloso con su aspecto físico, fácilmente amedrentado por los superiores pero alguien que podía quitarse el abrigo de cobarde (o esconderlo) cuando el momento requería ser valiente. Ciertamente creyó que era alguien aburrido que no le gustaba convivir con el resto ni para beber, comer o mover las lentejuelas de la falda de alguna chica de cabarete. Sin embargo, ahora que entraba a casa de Yuuri, observaba su entorno, probaba la comida y bebía su licor, entendía que él prefería prescindir de todos los placeres mundanos que la prole disfrutaba para escapar de su triste y llana realidad, Yuuri no vivía en una realidad ni triste, ni pobre, ni llana. Vivía en una aparente opulencia con un delicioso plato de comida en la mesa, fino alcohol en su licorera y probablemente el dulce calor de una hermosa chica de renombre.
Yuuri no era aburrido, no era "cualquiera", no era cobarde, no era un pelele como Chris y los chicos decían entre burlas entradas las copas en la cantina cerca del edificio del Tesoro Nacional, todo lo contrario, era una criatura distinta llena de clase y natural elegancia, sólo que eso era algo que los ojos simplones y comunes del resto jamás habían visto por lo que no lograban entenderlo del todo. Viktor bebe otro sorbo del licor que debe de reconocer es extremadamente delicioso.
—Es el vodka del Caribe —dice Yuuri después de terminar de acomodar su brazo, el hombro aún le duele un demonio y lo siente arder, como si una flama hubiera sido fecundada gracias a la bala que ya le habían retirado. Menciona aquello porque nota la sonrisita de Viktor, es la misma que le nota después de dar un trago al supuesto licor que Viktor señala como vodka allá en el trabajo.
—¿Qué dices? —pregunta Viktor cantarín después de dar un largo trago a la copa que le han servido—. Es cierto que esto puede compararse con el vodka, pero jamás le va a llegar a la altura al vodka —comenta.
El japonés se ríe cantarinamente y Viktor se sorprende, es quizás la primera vez que lo ve reír. Se acomoda en su para apreciar el espectáculo.
—Obviamente no es vodka, sólo hago la referencia de que probablemente sea el vodka del Caribe —señala—. No que eso se llame vodka, no seas tonto... —aunque ha tardado en encontrar la mejor posición para su brazo se incorpora para ir por la botella y rellenar generosamente la copa de su invitado. Viktor sonríe inevitablemente por el alcohol y vuelve a beber—. Es ron.
—¿Esta cosa es ron? No sabe igual a la basura que venden en las tabernas —confiesa y Yuuri asiente. No quiere contarle la historia de cómo lo obtuvo, ni mucho menos cómo la obtuvo su padre. Pero el silencio se hace presente y Yuuri empieza a impacientarse porque no sabe cómo reaccionar.
—Bueno, ¿y cómo lo obtuviste? —pregunta Viktor y Yuuri quiere soltar una carcajada pero no está tan borracho como Viktor, suspira mientras desvía la mirada.
—Mi papá me lo regaló y a él se lo regaló... un amigo —omite la parte que fue parte del regalo de ingleses que residían como estudiosos en la República de Cuba así que aclara la garganta.
—Tu papá tiene buenos amigos —señala Viktor animadamente bebiendo su trago—. Y tú también tienes buenos amigos.
—¿Yo? —el japonés cruza la pierna entretenido porque probablemente Viktor no lo note pero se está empezando a ponerse borracho y es hilarante ver al fuerte ruso empezar a balbucear entre palabras.
—Sí, tú... —sonríe abiertamente el de la raza aria—. Yo soy un buen amigo tuyo —sentenció—. Los otros piensan que eres un pendejete sin chiste pero yo creo que eres muy bien parecido como una persona distinguida, los ricos de aquí son una mierda que nos miran como perros... —cuenta—. Pero los americanos solo son las putas de los ingleses, ¿sabías que los estúpidos se independizaron de los ingleses? —Yuuri asiente, sabe sobre eso hizo todo un seminario en Harvard, pero deja que Viktor continúe—. Sin embargo ser inglés tienen ventaja... tienen un rey y él los cuida aunque ahorita el estúpido está haciendo un desastre con las deudas posteriores a la guerra —dijo ofendido mientras que se aflojaba la corbata y a Yuuri le pareció entretenido, sonrió pero disimuló la sonrisita tras sus movimientos e intenciones de encender un cigarrillo, se gira a tirar el cerillo al cenicero que tiene a un costado en una mesita. Es un cenicero grande, pesado y grueso de cristal trabajado que su padre compró en Turquía en una parada mientras huían de Japón, pero al girarse los dedos de Viktor, que silencioso como gato se ha parado frente a él, le retiran el cigarrillo. Yuuri queda sorprendido porque una mano lo sostiene de la nuca y otro retira el cigarrillo. El corazón de Yuuri se desboca. El ruso mete el cigarrillo hasta su boca y regresa a su lugar de antes vuelve a tomar la copa que dejó en el piso y la bebe sin mucha ceremonia—. Te decía... Inglaterra se endeudó con todo el asunto de la guerra —y sigue balbuceando más cosas que Yuuri no alcanza a comprender porque su cabeza sigue en blanco hasta que vuelve a encender otro cigarrillo y trata de relajarse.
Viktor es una criatura interesante. Cuando Katsuki era niño le temía a los rusos por lo que sus abuelos le habían contado sobre el conflicto bélico ruso-japonésde 1904-1905 por los territorios en Manchuria y Corea, sin embargo, Viktor no parecía ser el tipo de ruso que su abuelo había contado. No era un monstruo de dos metros con los ojos llenos de hielo. Ciertamente era alto y sus ojos eran azules, pero no lo veía como un monstruo.
—¿Tu familia huyó de Rusia por la guerra que tuvieron con Japón? —cuestiona directamente el japonés y el ruso asiente.
—Sí o algo así —contesta Viktor titubeante después da un largo trago—. Mi familia creció muy de cerca del abrigo del imperialismo, se podrían decir que eran ricos pero... tras la guerra con los japoneses allá por 1905 el poder del zar empezó a caer y el dinero de mi familia empezó a faltar —dice sin fijarse mucho—, hace diez años en 1917 el zarismo cayó y las familias acaudaladas de "la alta" tuvieron que entregar sus posesiones al nuevo régimen o morir, yo tenía como 10 u 11 años pero no recuerdo un sólo día donde no tuvieramos que racionarnos la comida, mis padres se vestían de gala pero en la despensa sólo había pan —comenta con voz suave—. La familia Nikiforo tuvo mucha influencia, mi papá sólo formaba parte del cuadro familiar, por eso nos perdonaron la vida y logramos salir en 1920 aproximadamente —da una larga calada a su cigarrillo—. Mi hermano Vladimir murió en el intento por tifoidea y mi hermana Olga fue la moneda de cambio para que los demás pudiéramos escapar... los comunistas son unos cerdos —infiere pensativo y puede ver el rostro de su querida hermana al final de la copa, por lo que da un trago con el cuál se termina todo el contenido buscando ver a su hermana con más claridad. Sonríe con secretismo y tristeza—. Hicimos una parada en Inglaterra con unos conocidos, aprendí el idioma y después llegamos a New York donde crecí y me enlisté a los 15 porque no había dinero para ir a la escuela y nadie quería cerdos comunistas para trabajar con ellos... —se burla y toma la botella dando un largo trago se recarga de sus rodillas mirando a Yuuri que solo ha dejado que el cigarro se consuma sin más, lo está escuchando—. En la academia casi mató a un tipo a golpes y un instructor me cambió el nombre y me dio un boleto de autobús, me dijo: Chico, eres Samuel Smith... tus abuelos fueron rusos pero tú, tú eres un jodido americano, pondrás el culo para que Norteamérica se venga sobre ti si es necesario... —se ríe divertido y se acomoda—. Sí... eso pasó...
—¿Entonces vives solo aquí? —masculla y Viktor baja la cabeza asintiendo, el mechón largo de su cabello plateado parece una cortina y Yuuri puede notar a través de él los ojos azules que le observan. Yuuri desvía la mirada y da un trago a la única copa que se ha servido de ron.
—¿Y cuál es tu historia? —susurra el ruso incorporándose un poco.
—Desde el era Edo mi familia trabajó en la industria de la seda y la confección de kimonos, cuando inició la restauración Meiji sobrevivimos, cuando vinieron las guerras con China, sobrevivimos... hubieron muchas pérdidas en mi familia porque eran los primeros en saltar a la línea de fuego, guerreros, si lo quieres llamar, pero mi abuelo creía que vivir para morir no era vivir, es decir, de nada sirve la valentía si al final terminarás por sacrificarte dejando desprotegidos a los que amas... así que cuando comenzó la guerra entre Rusia y Japón, mi abuelo nos envió a mi padre, madre, hermana y a mí a América... el patrimonio de mi familia y la tradición aún existen, estudié en una universidad y entré a la policía para tener un trabajo y no depender de las riquezas de mi familia —no hay mucho misterio, sólo una de las muchas familias que huyeron de la eminente guerra para preservar su cultura y patrimonio.
—¿Osea que tus papis si son ricos? ¿No como los míos que solo viven obsesionados con el pasado? —pregunta sonriendo con el carisma de un zorro.
—Sí, son ricos —responde también sonriendo—. ¿Por qué preguntas? ¿Acaso te quieres volver mi amante para que te mantenga y dejes de exponer tu vida? —quiere sonar jocoso y bromista pero Viktor se incorpora sin dejar la botella de ron, la cual ya sólo tiene un cuarto de su contenido, el cigarrillo cayó a la alfombra y empezó a deshacerse el nudo de la corbata. Yuuri abre mucho los ojos, de pronto la alfombra prende un inocente fuego y Yuuri se apresura a hacer un lado a Viktor para empezar a apagar el indicio de incendio con su pie. Quiere reclamarle a Viktor pero es empujado contra la columna que hay a un costado de él, siente el calor de la chimenea encendida cerca de su pie y su pierna, no sabe en qué sensación concentrarse: si en el calor de su pie, el dolor de su hombro o el regusto de ron de la lengua de Viktor que se escabulle en su garganta cual maliciosa serpiente envenenándolo. Lo intenta empujar pero Viktor lo vuelve a obligar a besarle otra vez. Yuuri insiste en alejarlo y cuando lo logra, propina una bofetada que hace que el rostro del ruso gire. Yuuri está sinceramente asustado, pero una parte pequeña de él está excitado. Mucho muy excitado. No es una pequeña parte de él, es una grande, una que debería de estar enclaustrada en su cerebro. Traga saliva.
—¿Qué mierda estás haciendo? —pregunta Yuuri ofendido.
—Estoy a punto de follarte.
Los colores se le suben a Yuuri al rostro y niega.
—¿Qué clase de enfermo eres?
Viktor le sostiene el rostro con fuerza y Yuuri está frío por completo, su cuerpo no le reacciona al ataque que quiere hacerle, debería ser pan comido derribarlo para echarlo de su casa, no obstante solo está ahí plantado viendo a Viktor terminarse de un trago el resto de la botella. Lo espanta más el ruido del grueso vidrio romperse contra el piso al ser arrojada con fuerza.
—No me digas que tú no quieres —rezonga.
—No, no quiero —responde Yuuri y Viktor se ríe, el hedor a alcohol le llena la nariz al tope y se siente también embriagado.
—Sí quieres... he visto cómo ignoras a las mujeres, y cómo nos miras cuando nos cambiamos... —susurra—. Así que esto sólo será algo pasajero, por hoy... te ayudaré a sacar el estrés y el susto que pasaste —se excusa ahora volviéndose a acercar para morder el cuello ajeno, a Yuuri la fuerza de voluntad le flaquea y sigue empujando -con débil fuerza- a Viktor por los hombros.
Yuuri abre la boca y la cierra, traga saliva. El corazón se acelera aún más. Siente que muere y gime.
—Estoy comprometido —reza.
Viktor se queda estático un momento con la lengua sobre el cuello del asiático, que siente apenas un alivio cuando se detiene pero se da cuenta que el ruso sólo se detuvo para desabrocharle el pantalón. Yuuri siente desfallecer pero la cabeza se le distrae cuando los dientes del ruso otra vez le hieren el cuello. Yuuri gime sonoramente y se aferra al chaleco que usa Viktor. No importa lo que diga de ahora en más, Viktor parece no querer detenerse, cualquier excusa será como una vara de madera en el camino de un tren que ha salido descontrolado. Cierra los ojos Yuuri, y baja la mano tratando de luchar contra la mano del ruso que ha encontrado la debilidad que se le endurece tras cada movimiento.
—Tengo... una prometida...
—Cierra la maldita boca —amenaza Viktor volviendo a poseer su boca, mordiendo su labio—. Deja de decir mentiras —insiste halando el labio de una.
El sexo es un va y ven de débiles forcejeos, susurros de suplicas que se convierten en gemidos mientras la madera de la cama cruje cada tanto. Las lunas que aparecen en los hombros de Yuuri mientras el sudor hace arder el cuerpo en general hacen que su piel se sienta como fuego.
El ruso ha olvidado el camino que hizo hasta la habitación del japonés, sospecha que fue el propio japonés el que lo guió, probablemente en el camino tiraron algún elegante retrato o jarrón, algo cayó y se rompió pero ninguno de los dos se giró a ver qué fue. Tampoco notaron cuando las camas los recibió y las ropas quedaron regadas en el piso. Yuuri fue consciente del dolor inicial y la torpeza evidente de un borracho al querer entrar en él, aunque también fue consciente del instante en que el placer se hizo presente y todo los años de perfecta abstinencia y "curación" se echaron a la basura. Rezar a los dioses, las citas con el médico, la mirada de reproche silencioso de sus padres y el autocastigo condenado por su enfermedad se iba a la basura. Como mierda en el retrete después de que la cadena era halada.
Gime alto cuando Viktor se empuja a él y sus pieles se sirven el festín del placer. El cuerpo esbelto y trabajado de Yuuri hacen que Viktor ponga los pies en la tierra, y ve con ojos celosos la apertura de Yuuri, aunque también le parece tierno y encantador el modo en que trató de oponerse a él.
Corre suficiente tiempo como para que a Viktor la borrachera, el cansancio del día y el sexo lo dejen exahusto contra la cama abrazando a Yuuri, que con su semen escurriendo sobre su muslo, no sabe lo que acaba de ocurrir, aunque también cierra los ojos y queda completamente dormido. Las gotas de la esencia de Viktor y Yuuri que escurre manchan las finas sábanas de la cama junto con las gotas de la sangre de la herida que se ha abierto por el movimiento. Su fuerza de voluntad, comparable con un lápiz, se ha visto rota por la insistencia casi ilegal de Viktor. Decir que lo forzó sería correcto pero también es correcto que se pudo haber opuesto apenas en el primer momento, haber cortado la conversación y haberlo despedido en la puerta de su casa. Pero Viktor ha visto a través de él, y al parecer ha pillado cada una de las migajas que él descuidadamente ha dejado.
El trino de los pájaros en el árbol que hay cerca de su ventana son el que le hace abrir los ojos. No bebió más allá de media copa de licor pero se siente molido. Se cubre el rostro con el antebrazo, siente muchas ganas de llorar porque sin importar lo que haga él sigue siendo un maldito enfermo.
Escucha ruido en el piso inferior de su casa, es la señora Mei. Se restriega el rostro con el llanto pero la cama está vacía, cuando se sienta con un terrible dolor en las caderas y en el ano, todo arde, todo está en desorden. La ropa en el suelo de Viktor no está, ni su arma, ni sus zapatos. Suspira profundamente se incorpora para ir lentamente hacia el baño y la puerta de su pieza es abierta cuando él está debajo del chorro del agua.
—Por los dioses, Katsuki —escupe la señora Mei y dice algo en chino que probablemente no es nada agradable. Yuuri cierra los ojos. La ventana es abierta para que el olor contenido a sexo desaparezca, pero mientras abre la ventana Mei es capaz de ver a Akiyama Yuko, la prometida del señor de la casa y la futura señora de ese hogar. Mei se apresura para recoger todo el desorden de la evidente infidelidad de su patrón. Aunque es un japonés, no lo detesta como al resto de los japoneses, y le promete una extraña lealtad, no muerde la mano que le da de comer aunque eso significa servir cómo sábana para cubrir las imperfecciones. Con una ama en la casa tendrá menos trabajo y podrá cobrar más porque tendrá que atender a dos personas en lugar de una, eso es una ventaja para ella sobre todo con Yuko que es una muchacha muy amable, servicial y carismática. Es hija de un importante importador de joyería y piedras preciosas, así que es bastante educada y recatada.
Baja con las cobijas en el canasto, abajo ya recogió todo y también ha abierto las ventanas así que no hay rastro de lo ocurrido. Se encuentra con Yuko en el recibidor mientras Mei va al sótano para organizar todo y llevarse a hacer la colada. Le pagan extra por ello.
—Buenos días, Mei —dice apresurada Yuko mientras se quita el sombrero tipo cloché que deja sobre el perchero donde observa una gabardina desconocida. Sabe que no es de Yuuri porque se ve un poco desgastada.
—Buenos días —responde Mei entretienes apresurándose.
—¿El señor Yuuri está con alguien? —cuestiona sacándose los guantes y el abrigo también.
Mei bufa sin responder, y Yuko se apresura al segundo piso. Entra cuando Yuuri se está tratando de colocar una gasa en la herida, Yuko se cubre la boca y corre a asistirlo.
La culpa le come la cabeza a Yuuri, y explota cuando le besa los labios, lo sostiene entre sus manos y empieza a llorar preocupada por la herida de su hombro. Eso era un maldito calvario.
No hay música sonando, sólo silencio y el llanto de Yuko que se trata de controlar para ayudar al que será su marido.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
