Lentamente Marin se había ido recuperando de las consecuencias de la locura que había llevado a cabo, adentrándose completamente desprotegida en el jardín de rosas venenosas que custodiaba Piscis. La fiebre había desaparecido por completo y su organismo empezaba a recuperar el equilibrio que había perdido. Aunque la tristeza que la vestía últimamente seguía acompañándola, inquebrantable. Poco después de desaparecer junto a Kanon, Kiki volvió a su encuentro, y no la abandonó en ningún momento. Tenía órdenes estrictas de velar por ella, cuidarla e impedir que volviera a llevar a cabo acciones tan irracionales como las que anteriormente habían perturbado la tranquilidad del Santuario. Kiki intentó no contagiarse de la melancolía que embargaba a Marin, de la pesadumbre que se respiraba en la habitación, aún más pesada si cabía, después de las duras palabras intercambiadas con Kanon.

Marin se sentía terriblemente mal por haber osado encararse a él de la manera que lo hizo, pero su frialdad y rudeza hicieron aflorar una parte de Marin que ni ella misma era consciente que guardara dentro de su corazón. Quería disculparse. Debía hacerlo. Y también tenía derecho a escuchar unas disculpas por parte de Kanon. Pero de Kanon no se sabía nada desde que desapareció del umbral de su puerta. Y Kiki, incomprensiblemente fiel a él, no había mencionado ni una palabra al respecto. Marin sospechaba que Kanon, totalmente contrariado con la situación, se había refugiado en Géminis para digerir su furia. Podía sentir su cosmos palpitar, pero muy frágilmente. Y no le gustó esa sensación.

Kiki la estaba acompañando en su almuerzo, fingiendo charlar animadamente para intentar sacarla de su aflicción, al tiempo que controlaba que ingiriera algo de lo que les habían servido. Le contaba aspectos triviales de su entrenamiento y anécdotas que le ocurrían día tras día en el Santuario. Pero Marin no lo escuchaba con mucha atención. Tenía su mente focalizada en Kanon y en su súbita y misteriosa reclusión en Géminis.

- Kiki, voy a hacer una visita a Kanon – dijo con seriedad y convicción, cortando las explicaciones de Kiki sobre sus grandes progresos en la arena.

Al escuchar estas palabras Kiki casi se atraganta, palideciendo de inmediato.

- No puedes, Marin…debes descansar hasta que te recuperes del todo…Además, Kanon no quiere que nadie le moleste…nunca deja que nadie entre en su templo.

- Kiki, ya me siento mejor, de verdad – dijo Marin con ternura en su voz – y no puedo olvidar lo que ha pasado…debo disculparme. Y necesito escuchar unas disculpas de sus labios también. No fue justo conmigo.

- Tienes razón, no lo fue…pero no lo hizo con mala intención…- contestó Kiki, sin levantar la mirada, revolviendo con el tenedor la comida que quedaba en su plato.

- ¿Pero cómo puedes justificarlo después de lo que viste? – preguntó Marin, mostrando cierta incomprensión hacia las palabras de Kiki.

- Precisamente por lo que vi le justifico...

- No te entiendo, chico... – soltó Marin al borde del enfado ante la misteriosa actitud de Kiki - ¿y tú cómo permites que te hable como lo hace sin enojarte? Me he fijado como te trata, y no es precisamente amable contigo…

- Él es así…y lo acepto. En el fondo no tiene mal corazón…- dijo Kiki, encogiéndose de hombros.

Marin no estaba dispuesta a escuchar más excusas baratas de Kiki sobre la inusual lealtad que mostraba el joven hacia Kanon. No les entendía. Ni a Kiki, ni a Kanon. Se levantó de la silla, visiblemente débil aún, y haciendo caso omiso de los ruegos de Kiki para que no saliera de Piscis, abandonó el lugar en busca de una disculpa que fervientemente se creía merecer.

Marin bajó decidida las escalinatas templo tras templo hasta llegar a Géminis. La entrada estaba completamente desierta, así como su interior. No había las antorchas encendidas, y la frialdad que transpiraban las paredes era aplastante. Y se percató que ese templo también albergaba melancolía. Y soledad. Una enorme soledad. Totalmente ajena a la insistencia de Kiki, que la había seguido hasta la entrada para detenerla en sus intenciones, se dejó guiar por sus pasos hasta casi adentrarse a los aposentos privados de Kanon. Y lo que descubrió le pareció espeluznante. El aire estaba viciado y la oscuridad invadía el salón, que estaba sumido en un completo caos y desorden. Había ropa por el suelo, libros y papiros esparcidos por doquier, ceniceros desbordados de colillas, y más allá de todo esa anarquía, pudo sentir vacilar el débil cosmos de Kanon, que se irritó sobremanera al sentirse invadido en su privacidad.

Pero Kanon no tenía fuerzas para hacer frente a nada en ese momento. Se encontraba arrodillado frente al inodoro, atacado por la fiebre, con el cuerpo entero humedecido por un frío sudor, presa de unos vómitos que no dejaban que levantara cabeza. El impecable veneno de Piscis estaba haciendo mella en él. Y su cuerpo lo combatía con todas las armas que tenía a su disposición. Lo último que necesitaba era ser importunado, y notar como el cosmos de Marin había asaltado su privacidad le molestó sin medida. El corazón le latía aceleradamente, unas gotas de sudor le resbalaban por la nariz hasta perderse en el agua que se llevaba todos los desechos envenenados que su estómago expulsaba sin consideración. ¿Kanon?...¿Kanon, estás ahí?...necesito hablar contigo…La voz de Marin llegaba con dificultad a sus oídos, mientras intentaba incorporarse un poco, apoyando sus manos alrededor del inodoro, doblegado por un punzante dolor en los abdominales…

- Vete…Marin…- fue lo único que alcanzó a decir, pero parecía que la guerrera no tenía intención de obedecer. Notaba su presencia cada vez más cerca - ¡Que te largues de aquí! – gritó con todas las fuerzas que pudo, antes de sucumbir de nuevo a los dictados de su estómago…

Al escuchar su voz, Marin empezó a dirigirse sin dudar hacia donde se encontraba Kanon, no importaba cuanto le gritara que se fuera. Pero un joven brazo la retuvo con fuerza y determinación.

- Marin, vámonos de aquí – dijo Kiki, con un semblante terriblemente serio. Algo que la sorprendió bastante – no quiere que le molestemos, ¿que no lo ves?, larguémonos de una vez – continuó, dirigiendo sus pasos hacia la salida, arrastrando a Marin con él, con una fuerza que parecía imposible que proviniera de un cuerpo tan joven.

Marin no tuvo otra opción que desistir de su empeño y seguir a Kiki fuera de la casa de Géminis, no sin antes echar una última ojeada a todo el desconcierto que estaba sumido ese templo. Al notar que las dos presencias se alejaban de su privacidad Kanon respiró con alivio…no hubiera soportado que lo vieran en ese estado. Que Marin lo descubriera completamente desarmado. Completamente vulnerable...y humano.

- Gracias…Kiki…- susurró para sí, sentándose en el suelo y apoyándose contra la pared, mientras se apartaba los húmedos mechones de cabello que tenía pegados en el pálido rostro.

Una vez fuera del templo de Géminis, Kiki se encaró a Marin, preso de la rabia que sentía por la ceguera que ella mostraba frente a la situación.

- ¡¿Pero no te das cuenta que Kanon no está bien?! – le gritó, con el ceño fruncido, mirándola severamente. Marin no daba crédito al comportamiento de Kiki, tan alterado, tan contrariado... - ¡¿Cómo crees que saliste del maldito jardín de rosas?! - Marin se quedó sin habla, y su mente empezó a recapacitar sobre unos detalles que no había reparado hasta el momento - ¡Fue él que te sacó de allí! – continuó, señalando con su dedo índice el interior de Géminis – ¡Tú estabas inconsciente, con una fiebre que casi te arrebata la vida!...y él te fue a buscar, él te bajó la fiebre, él no te dejó sola ni un instante hasta que despertaste…- la rabia le había acelerado la respiración, su dedo seguía señalando el interior de templo, hasta que lentamente lo fue bajando, pronunciando unas últimas palabras, que sonaron como un aplastante reproche hacia el egoísmo que había mostrado Marin hasta entonces – ...él también se envenenó con tus rosas…para salvarte a ti.

Kiki echó una última y dura mirada a Marin antes de darle la espalda y desaparecer escalinata abajo, dirigiéndose a Aries.

Marin se quedó paralizada, dándose cuenta de repente de todas las consecuencias que su acto había desencadenado. Y un sentimiento de profunda culpabilidad se añadió a la abrumadora tristeza que la estaba embargando sin consideración. Sus hermosos ojos castaños se nublaron rápidamente, sus rodillas se rindieron hasta rozar el suelo, y sus delicadas manos escondieron el afligido rostro.

- Lo siento...lo siento...lo siento...

Eran las únicas palabras ahogadas por los sollozos que sus labios eran capaces de pronunciar.

Continuará