Las palabras que Kiki había arremetido contra Marin cayeron como una pesada losa sobre la guerrera. Sí…tenía razón, había sido egoísta. En ningún momento había pensado en las consecuencias de sus actos, ni siquiera se había imaginado que con ellos arrastraría a otros . Y ahora un inmenso sentimiento de culpa la carcomía por dentro. No había reparado en un pequeño, pero sumamente importante, detalle. Si había caído inconsciente en medio del jardín de rosas venenosas, alguien la tuvo que rescatar de allí, y no había pensado ni un momento en que este alguien había sido Kanon. Tan vulnerable al veneno como lo era cualquier mortal. Y ahora, el letal veneno se estaba cebando con él…Las duras palabras que ella había lanzado contra Kanon la estaban ahogando por dentro. ¿Cómo había podido ser tan egoísta? Decirle, a quién se había adentrado en esa mortal trampa sin protección alguna para salvarla, que no le importaba nadie…¿cómo se había atrevido? ¿cómo había podido estar tan ciega?

Marin se había negado a abandonar el templo de Géminis. Estaba sentada en el suelo, con las rodillas recogidas y sus delicados pero fuertes brazos rodeándolas. Necesitaba disculparse, era vital disculparse…por demasiadas cosas. Y en esos instantes, más que nunca hasta el momento, extrañaba a Aioria. Extrañaba unos brazos amigos que la consolaran, una grave, pero suave voz, que le dijera que no pasaba nada, que era fuerte, que podía seguir adelante. Que debía seguir adelante. Que no estaba sola…Sola…No pudo retener las lágrimas por más tiempo, hundiendo la cabeza entre sus rodillas, abrazándolas con fuerza. Y por fin apareció el tan temido y rechazado duelo. Todos los sentimientos que se había negado sentir, aguardando entre falsas esperanzas la llegada de Aioria, habían aflorado como un torrente imparable, asimilando de una vez por todas, que lo único que conservaría de él serían los recuerdos guardados bajo llave en su corazón. Odiaba la soledad que la estaba acompañando desde que todo el Santuario fue destruido y deshabitado, pero no era la única que se sentía así.

El alma más joven y pura del Santuario no pudo estar castigando por más tiempo a Marin. El repentino ataque de rabia que había sentido con anterioridad se había diluido incluso antes de llegar a Aries, pero había decidido dejar a la guerrera a solas un tiempo prudencial antes de acudir, tímidamente, de nuevo a su encuentro. No se sorprendió de hallarla en el mismo lugar dónde le espetó esas palabras cargadas de irritación. En silencio se acercó a ella y tomó asiento en el suelo, mirándola con una gran tristeza impresa en sus infantiles ojos. Al saberse acompañada, Marin se secó las lágrimas contra sus rodillas, y lentamente enfocó su enrojecida mirada hacia el muchacho.

- Kiki…- dijo intentando esbozar una frágil sonrisa.

- Lo siento…- dijo Kiki, con un hilillo de voz, mirando de reojo por un instante la abatida figura de Marin, para volver la vista en frente de inmediato.

Los dos permanecieron callados unos minutos, hasta que la quebrada voz de Marin rompió el silencio.

- Extraño a Aioria, Kiki. Muchísimo…- dijo sin desviar la mirada del horizonte que se extendía ante sí.

Kiki se volteó ligeramente, observándola, tan fuerte y tan perdida a la vez…

- Y yo a mi maestro Mu…- dijo el menor, intentando aparentar serenidad, cruzándose de piernas y apoyando sus brazos en ellas.

Marin volvió la vista hacia Kiki, mirándolo con tristeza. Él también había perdido mucho, y aún así siempre estaba alegre, entregado a los demás. Y se maldijo de nuevo por haber estado tan ciega, por creerse que su sufrimiento era el único.

- Nos hemos quedado solos…Kiki. Hemos perdido demasiado.

- Es el precio que tenemos que pagar los guerreros…pero no estamos solos. Tenemos a Seiya y a todos los demás. Le tenemos a él – dijo Kiki, señalando el interior del templo con un ligero movimiento de cabeza.

- Kanon…

Al mismo momento que se entretejía esa conversación a las afueras de Géminis, en el interior del templo la perturbación de Kanon iba remetiendo. El estómago parecía haberle dado una tregua, momento que éste aprovechó para deshacerse de la capa de sudor envenenado que había cubierto todo su cuerpo. Se había sumergido en la siempre reparadora agua, intentando mitigar su propia fiebre, liberándose de ese veneno que había invadido todo su ser. La palidez de su rostro todavía no se había desvanecido por completo, sus extremidades se sentían abandonadas de toda fuerza y el dolor impreso en sus abdominales era bastante agudo. Pero lo peor creía que había pasado. No se expuso al veneno de las rosas el tiempo suficiente para que éste acabara con un cuerpo tan fuerte y poderoso. Pero ese episodio le recordó que no era intocable. Que seguía siendo humano. Que no podía bajar la guardia frente a nada. Ni nadie.

Una vez vestido con ropas secas decidió dirigirse a la entrada de su templo y respirar algo de aire limpio. Pero por su desagrado descubrió que Géminis no estaba sumido en la soledad a la que le tenía acostumbrado. Kanon se refugió en las sombras que proyectaban las columnas de piedra, que avanzaban al ritmo que descendía el sol en el horizonte. Marin y Kiki estaban sentados fuera, hablando calmadamente, y la curiosidad pudo más que él. Camufló su débil cosmos y agudizó el oído para saber cuáles eran las palabras que estaban compartiendo. Pudo escuchar cómo hablaban de los sentimientos que embargaban a cada uno, como lidiaban con ellos…y se percató de la gran soledad que estaban sintiendo los dos, cada uno a su manera. Sintió la añoranza con la que hablaban de los seres queridos que habían perdido, del dolor de tener que seguir adelante cuando uno se encuentra, en cierta manera, abandonado. Hablaban de sentimientos que él no había experimentado nunca. No al menos en esta vida. Y sintió como le invadía la envidia. Les envidió por no ser capaz de descifrar el significado de esas emociones. Notó como envidiaba a unos seres que alguna vez se habían sabido importantes para alguien. Él nunca se había sentido importante para nadie, ni para su propio hermano Saga, que se había encargado muy bien de librarse de él una vez obtuvo el valor suficiente para hacerlo.

Pero lo que más le incomodó fue cuando escuchó aparecer su propio nombre en la conversación. Tragó saliva al momento que agudizaba su vista y oído para intentar no perder detalle de lo que sus supuestos camaradas pensaban de él. Y no se esperaba que fuera nada bueno.

- Sí, Kanon. Él también está solo…tenemos que confiar en él – dijo Kiki, convencido de sus palabras.

- Lo intento Kiki, lo intento…pero no puedo olvidar su pasado. Yo misma le dije que le apoyaría, que le ayudaría en todo lo que estuviera en mis manos, pero cada vez que estoy a punto de seguirle sin vacilar…aparecen dudas…- el silencio embargó por un momento a Marin, dándole tiempo de buscar las palabras adecuadas para describir lo que sentía, pero no las encontraba - ...Abandonó el Santuario…traicionó a su propio hermano, nos traicionó a todos…- sentenció finalmente.

- Te equivocas. Él no abandonó el Santuario. El Santuario nunca lo quiso aquí….por ser el gemelo menor no tenía ningún derecho a ser caballero dorado, aunque sí todas las cualidades para serlo. Mi maestro Mu me lo contó una vez. Me dijo que todas las personas se merecen una segunda oportunidad, más si reconocen sus errores. Nosotros nos encontramos solos ahora, pero creo que Kanon lo ha estado toda la vida.

Kanon no pudo evitar sentir una punzada de rabia en su pecho al escuchar estas palabras. ¿Cómo podía ser tan boca suelta Kiki? Frunció el ceño y apagó las ganas de salir a su encuentro para detenerle en su verborrea. Pero llegados a este punto necesitaba averiguar qué más sabía el maldito chiquillo acerca de su pasado. Un pasado que le estaba persiguiendo y aplastando sin consideración. Un pasado del que no se podía liberar del todo, por mucho que lo intentara.

- Además, he hecho algo que no debería…- siguió Kiki, bajando la voz, hablando como quién se sabe que está a punto de confesar un crimen. Marin lo escuchaba con suma atención -…en mi pueblo, en Jamir, nos enseñan que las armaduras albergan recuerdos de todas las almas que las han defendido una vez. Y yo aprendí esta técnica…mirando cómo lo hacía otros caballeros…y un día leí a Géminis…

Al oír esto, Kanon no pudo reprimir un gruñido. Ese crío le ofrecía demasiadas malas sorpresas.

- Y… ¿qué viste? – preguntó Marin, presa de una enorme curiosidad.

- No mucho…la verdad…yo no domino esta técnica…- respondió Kiki, que estaba entrelazándose los nerviosos dedos de la mano entre los cordeles de su calzado.

- ¿Pero? – insistió Marin.

- Pero vi mucha oscuridad…y sangre. Demasiada sangre, y no provenía de batallas. Era como si surgiera del mismo interior de la armadura – soltó finalmente, mirando a los ojos de Marin, que se había quedado aún más confusa de lo que estaba antes.

Kanon no podía dejar que la conversación continuara por esos derroteros. Kiki había hablado demasiado, y había conseguido enojarlo de nuevo, como ya era costumbre. Decidió salir a su encuentro y cortar con esa conversación radicalmente. Se estaba sintiendo sumamente invadido en su privacidad, no soportaba que se estuviera hablando de la oscuridad que desde siglos había perseguido a Géminis…pero algo en su interior le detuvo. Una voz que provenía de lo más profundo de su alma le recordó que del pasado se debe aprender, y que para superarlo hay que aceptarlo. Y compartirlo. Sólo así podría ser posible avanzar hacia algo distinto. Nuevo. Mejor.

Antes de salir de las conocidas sombras de su templo respiró hondo repetidas veces, aplacando su enfado, para intentar no mandar escalinata abajo a Kiki de sólo un vistazo. Se dirigió decidido hacia la entrada, intentando disimular la debilidad que tenía preso a su cuerpo, haciendo sonar sus pasos adrede para no sorprender del todo a los dos jóvenes que estaban, en cierta manera, aguardando por él.

Al escuchar el sonido de los pasos sobre la piedra, Marin y Kiki enmudecieron de golpe, sabiéndose descubiertos en un momento poco propicio para ello. Marin escondió su mirada entre sus mechones de cabello castaño. Kiki palideció de inmediato, sintiéndose el corazón palpitar con tanta fuerza que parecía que le fuera a saltar del pecho. Kanon se acercó a ellos, intentando no rendirse a la furia que lo estaba atacando por dentro, y haciendo uso del tono más suave del que fue capaz, se dirigió a Kiki.

- Creo que por hoy ya has hablado suficiente, ¿no te parece? – dijo, con la mirada clavada en el cuerpo encogido del joven.

Kiki únicamente fue capaz de asentir al momento que tragaba saliva, esperando la reprimenda que sinceramente se creía merecer. Pero por su sorpresa Kanon no se encaró con él. Incluso le pareció que le observaba con cierto atisbo de respeto.

- Kiki…¿por qué no vas a descansar? Después de todo, te lo mereces.

Kiki no daba crédito al comportamiento de Kanon, pero obedeció de inmediato, no sin antes mostrar cierta duda sobre el estado de Marin y del propio Kanon.

- De verdad, puedes irte a Aries. Nosotros dos no vamos a morir en ésta – dijo Kanon, haciendo uso de cierto humor negro, hecho que sorprendió a todos.

El joven asintió, y empezó a descender la escalinata hacia la Casa de Aries, no pudiendo evitar volverse de tanto en tanto para ver qué sería lo que le esperaba a Marin en ese momento.

Kanon tomó asiento a cierta distancia de Marin, que seguía inmutable en su posición, intentado mirar a Kanon. Sintiéndose incapaz de ello.

- Querías hablar conmigo, ¿no, Marin?

Continuará