El sol se estaba poniendo con celeridad, dejando que la penumbra fuera ganando paso, al mismo tiempo que Kanon y Marin avanzaban hacia la necrópolis de los caballeros del Santuario. El silencio se había instalado sobre ambos. Kanon estaba sumergido en todos los recuerdos que le habían destapado las últimas palabras intercambiadas con Marin. Ella le seguía en silencio, intentando no perder su paso, esforzándose en seguirle de cerca. La curiosidad que la embargaba era enorme, casi tanto como el temor de haber forzado una situación de la que después se pudiera arrepentir. Pero necesitaba conocer a Kanon. No por todo lo que durante años se había contado de él en el Santuario, sino por su propia voz.
Marin estaba convencida que, por alguna razón, la guiaría hasta la tumba de Saga, pero su sorpresa fue mayúscula cuando se percató que habían cruzado el espacio donde descansaban las lápidas de los últimos guerreros fallecidos en el Santuario, y que ese no era el destino. Ahora sí que estaba completamente perdida en sus elucubraciones, pero se mantuvo en silencio. Kanon en ningún momento se había dado la vuelta para comprobar que ella seguía sus pasos. Era como si estuviera completamente perdido en otra de sus dimensiones.
De repente, los pasos de Kanon se detuvieron en seco. En frente de él se encontraba una lápida que Marin no recordaba que antes hubiera estado allí. La zona que los rodeaba pertenecía a las generaciones de caballeros del siglo XVIII, y no entendía por qué era ése su destino final. Ella se quedó unos pasos atrás, observando la figura de Kanon, envuelta en penumbra y tristeza. Podía ver cómo observaba con infinita ternura esa losa de piedra, y una pequeña punzada de dolor se le clavó en el pecho cuando vio como los dedos de Kanon la rozaban con suavidad…Con un inmenso respeto…Con amor.
La oscuridad había caído impecable sobre ellos. Únicamente la luz de la luna los acompañaba en una noche que parecía iba a ser fría. Marin agudizó la vista para intentar averiguar a quién pertenecía esa lápida, diferente de todas las demás, una losa de piedra que creía haber visto antes, aunque no conseguía recordar dónde. Pero el nombre estaba esculpido en griego, una lengua que ella aún no había conseguido dominar.
Kanon sacó sus inseparables cigarrillos del bolsillo trasero de sus gastados vaqueros, y seguidamente tomó asiento al lado de esa misteriosa lápida que tanto parecía respetar. Se colocó un cigarrillo entre los labios al tiempo que con un leve movimiento de cabeza indicaba a Marin que también tomara asiento. La llama del mechero, escondida entre sus manos, vacilando tímidamente al compás de la brisa que los acompañaba, iluminó de manera deliciosa el rostro de Kanon. Marin se sentó a una distancia prudencial del caballero, encogiendo sus piernas, rodeándolas con sus brazos, esperando que la grave voz de Kanon llenara el silencio de la noche.
- ¿Por dónde quieres que empiece, Marin? – preguntó Kanon, exhalando el humo de la primera calada. Él tenía las piernas ligeramente flexionadas y sus codos se apoyaban en ambas rodillas.
- Supongo que…por el principio – contestó Marin, un poco sorprendida por tal pregunta.
- ¿Por el principio de esta vida o de la anterior? – inquirió él, con cierto sarcasmo.
Marin no contestó. Esa pregunta le había confundido todavía más de lo que ya estaba.
- Muy bien. Por el principio – Kanon suspiró profundamente antes de proferir otra calada al cigarrillo – Como ya sabes, Saga y yo éramos gemelos. Saga era el mayor, nació sólo unos pocos minutos antes que yo. Un hecho insignificante en cualquier parte menos en el Santuario. A nuestro padre nunca le conocimos. Supuestamente murió antes de que naciéramos, aunque nunca supimos si esa era la verdad real, o era la verdad que nuestra madre se había inventado, e incluso creído ella misma, para protegernos. Proveníamos de una familia humilde pero pronto nos dimos cuenta que no éramos como los demás chicos. Teníamos algo en nuestro interior que ardía con una fuerza que atemorizaba a todo el pueblo. Y debido a este hecho inexplicable, no tardó en aparecer el Santuario con sus enviados. Le explicaron a nuestra madre que existían personas que llevaban dentro el cosmos del universo, y que habían sido elegidas por fuerzas divinas para defender a los dioses en la tierra, y protegerla de todas las amenazas inimaginables. Y los astros habían decretado que nosotros éramos unos de los elegidos. Le prometieron una y otra vez que cuidarían de nosotros, que no nos faltaría nada, que nos haríamos fuertes y seríamos poderosos y respetados caballeros de Athena. Con el llanto más doloroso y profundo que he visto nunca, nuestra madre renunció a nosotros para que pudiéramos tener futuro. Uno que ella no podía darnos. Convenciéndose que fuera del pueblo tendríamos una vida que ella no podía ni soñar para nosotros.
Kanon hizo una pequeña pausa, que aprovechó para propinar una nueva y larga calada al cigarrillo. Marin escuchaba con suma atención. Hasta el momento, la historia le resultaba incluso familiar. Todos los caballeros habían llegado al Santuario de maneras muy similares.
- El problema llegó al mismo tiempo que pusimos los pies en el Santuario. El entonces Patriarca Shion palideció al ver que no llegaba sólo un aspirante a caballero. Que éramos dos. Y las malditas estrellas decretaron que sólo el mayor tenía derecho a ser entrenado para ser Caballero de Athena. El menor, por haber nacido bajo una supuesta estrella de la desgracia, no debía tener derechos en el Santuario. En un primer momento, con mi inocencia todavía intacta, esperé que el Patriarca recapacitara, que me aceptara, que me diera una oportunidad para demostrar que tenía las mismas cualidades que Saga. Pero Shion pareció esconderse en sus propios temores, mirando hacia otro lado, relegándome a las sombras de las piedras del Santuario. Yo supliqué que me dejaran abandonar el lugar, que quería volver al pueblo con mi madre. Pero ese repetido ruego fue rechazado sin piedad, alegando que era un ser potencialmente peligroso, alguien que debían tener controlado y apartado de todo. A partir de ese mismo día, mi odio hacia Shion y el Santuario empezó a crecer dentro de mí sin control. Y ese odio pronto abarcó también a Saga. Saga…quién olvidó en el preciso instante que pisamos estas tierras cuál había sido nuestro origen. Quién sucumbió sin remedio a la ambición por llegar lo más pronto posible a obtener el oro de Géminis. A quién ya le estaba bien que yo no tuviera el derecho de hacerle sombra, arrebatarle la posición, el poder.
Kanon volvió a hacer una pausa, apurando lo poco que quedaba del cigarrillo que se había ido consumiendo entre sus dedos, expulsando el humo lentamente, recreándose en ese simple acto. Marin no se atrevía a interrumpir, pero notaba como el corazón se le había acelerado, como las palabras de Kiki iban cobrando veracidad. Kanon respiraba profundamente, como si escuchar su historia con su propia voz por primera vez, la hiciera más dolorosa, más real…más despiadada.
- Perdí mi infancia y mi inocencia rápidamente. Ya que éste no era lugar para mí, una noche decidí escaparme y volver a mi pueblo natal, al lado de mi madre. Pero cuando llegué descubrí que mi madre había muerto poco tiempo después de nuestra marcha. Supe que una terrible enfermedad se había cernido sobre ella, pero que en realidad su alma había muerto el mismo día que nos vio partir. Nunca se perdonó habernos dejado marchar, y aceptó la enfermedad como el castigo que se creía merecer. No luchó contra ella. Se entregó dócilmente a los despiadados brazos de la muerte, sin esperanza. Yo me sentí derrotado…hundido…abandonado…lleno de un odio que aumentaba por momentos. Y allí empezó mi plan: si el Santuario me lo había arrebatado todo, si no me dejaba evolucionar como guerrero, como persona, si siquiera me trataba como un ser humano, entonces…entonces yo lo destruiría desde dentro. Y empezaría por Saga.
Marin estaba inmóvil, escuchando con dolor las palabras que Kanon iba pronunciando, la historia que sus labios iban hilvanando. Su historia. Se percató que tenía los ojos fijos en él, como nunca antes había podido, y la imagen que veían era la de la dignidad derrotada, manchada por unas circunstancias y decisiones totalmente injustas. Kanon tenía su mirada perdida en el negro horizonte, escondida detrás de sus mechones de cabello azul que se revolvían al son de la brisa. De entre sus cabellos únicamente asomaba su recta nariz y sus labios contraídos en un rictus de dolor. Después de una pequeña pausa, Kanon prosiguió.
- Volví al Santuario, me arrestaron, me apalearon, me dejaron claro cuál debía ser mi rol aquí…me humillaron. Y Saga se regocijaba en la sensación de saberse importante, querido, digno. Digno de algo que yo no era. Y eso, a Saga le producía más placer que cualquier otra cosa. Pero Saga era débil de espíritu, indeciso, manipulable…tenía una brecha que mi odio supo aprovechar. Si yo estaba relegado a las sombras, él también sucumbiría a ellas. Costara lo que me costara. Empecé poco a poco, subliminalmente, recordándole que también podía conocer la maldad, que incluso se sentía bien…y él siempre me rechazaba, me insultaba, despreciaba. Pero yo sabía que las dudas sobre la ambición y el poder iban apareciendo en él, aunque luchara desesperadamente para no sucumbir a ellas. Y llegó el día, cuando contábamos con quince años de edad, que le propuse lo que más me hervía en el corazón. Matar a Shion. Y luego a Athena, aún bebé. Y hacernos con el poder del Santuario.
Marin palideció al momento de escuchar esta afirmación, pronunciada con una seguridad y una frialdad espeluznante. Tenía los ojos abiertos por la impresión que le produjeron estas palabras, sintiendo como se estaban volviendo acuosos por incipientes lágrimas. Unas lágrimas que no sabía si eran de dolor o de desprecio ante lo que acababa de escuchar. Antes de que se deslizaran por sus mejillas se las secó con el dorso de su mano, frotándose seguidamente los brazos con ambas manos debido al escalofrío que le había producido la brisa. O la revelación de tales actos. Kanon volvió su rostro levemente, descubriendo la impresión que sus palabras estaban causando en Marin, no sintiéndose sorprendido en absoluto. Simplemente esbozó una irónica sonrisa.
- Ya te dije que no te gustaría lo que ibas a descubrir – dijo, volviendo la vista al frente.
- No importa. Sigue – dijo Marin, con un atisbo de desprecio.
- A Saga no le pareció interesante mi propuesta. Y se encargó, él solo, de castigarme por mi atrevimiento. Me encerró en la cárcel de Cabo Sunion. Una cárcel de la que era imposible salir sin ayuda de los dioses. Y me dejó allí, esperando que me ahogara, deseando que el mar terminara lo que él había empezado, ahogando mi voz como amenazaban las olas hacer con mi cuerpo. Y nunca más volvió. Desaparecí de su vida y del Santuario. Esa fue la última vez que le vi con vida. Al final, yo no fui la mano ejecutora de Shion. Fue Saga, y su negada maldad. Quizás sí que tuve parte de responsabilidad. Pero un alma pura no se corrompe si no está predispuesta a hacerlo. Y Saga sólo necesitaba un pequeño empujón. Por aquél entonces, mi camino se dibujó lejos del Santuario, entre el salitre, bajo las aguas, al lado de Poseidón. Pero sin servir al Dios de los Mares. Únicamente me movía por egoísmo, por demostrar que yo también era poderoso, merecedor de respeto. Que no tenía nada que envidiar a Saga. Que hubiera podido ser un digno Caballero de Athena si el Santuario no hubiera manchado mi inocencia, mi alma…- dicho esto, Kanon suspiró profundamente, mirando a Marin - Y el resto, ya lo sabes.
Marin seguía con expresión seria en su rostro. Estaba asimilando poco a poco todo lo que Kanon le había contado hasta el momento. Nunca hubiera podido imaginar la soledad que siempre había rodeado a Kanon. Era asfixiante. Siempre rechazado, ninguneado, menospreciado...no había adjetivo que abarcara la compasión, el reconocimeitno...el amor. No podía decir que estuviera de acuerdo con sus actos, pero ahora entendía un poco más al poderoso e injustamente tratado caballero que tenía a su lado. Lentamente se estaba dando cuenta de las contradicciones del Santuario, y era lógico que Kanon deseara eliminarlas. Pero había algo que todavía no le había aclarado. Por qué su repulsión a que ella usara su máscara. Y por qué la había conducido hasta ese lugar…las dudas continuaban azotándola sin descanso, y no se iba a ir de allí sin resolverlas.
- Kanon…eso no es todo ¿verdad? – preguntó, abrazándose con más fuerza las piernas, regocijándose con la brisa que revoloteaba sus castaños cabellos a voluntad.
Kanon se tomó unos instantes antes de responder, como si reflexionara en si debía seguir hablando o no. Miró con tristeza la lápida que descansaba a su lado para, seguidamente, enfocar sus cansados ojos hacia Marin.
- No…no es todo – respondió, tragando el nudo que estaba por formarse en su garganta.
- ¿Por qué me has guiado hasta aquí?...¿A quién pertenece esta lápida? – insistió Marin, presintiendo que estaban a punto de cruzar un umbral que a Kanon le producía un inmenso dolor.
- Pertenece a Defteros…Defteros de Géminis…
Una punzada de dolor se clavó en las entrañas de Kanon con sólo pronunciar ese nombre.
Continuará
