El rostro de Kanon se ensombreció de repente con sólo pronunciar ese nombre. Todavía le dolía intensamente evocar su recuerdo. Pero había llegado el momento de hacer justicia al recuerdo de ese caballero, de ese hombre torturado y humillado sin medida por el Santuario doscientos años atrás. Sentía que tenía que compartir su historia, por mucho que le costara. Por difícil que se le hiciera transmitirla. No estaba seguro hasta qué punto podría hacerse entender…Agarró otro de sus cigarrillos con dedos visiblemente temblorosos, y se lo colocó en los labios lentamente, cerrando los ojos, ordenando en su mente la historia, pensando en cómo sería mejor transmitir todo lo que había acontecido, desde que él mismo despertó en Jamir después de la guerra contra Hades.

Marin aguardaba en silencio, observando la figura pensativa y apesadumbrada de Kanon. Y le pareció descubrir en él una fragilidad que nunca hubiera imaginado ver en su rostro. Su mirada iba y venía sin cesar de Kanon a la lápida del caballero Defteros. Y como un relámpago cruzándole la mente, recordó dónde la había visto antes…Esa era la losa de piedra que Kanon llevaba consigo, guardándola celosamente, el día que regresó al Santuario, después de sus días en la isla que lucía su mismo nombre. Recordó el fugaz encuentro que habían tenido ellos dos, y cómo Kanon se retiró casi de inmediato, alegando que había algo que le urgía hacer...¿acudió entonces a la necrópolis a depositar la lápida de ese caballero que vivió en los años de la anterior guerra Santa contra Hades?...¿por qué sentía que Kanon profería un intenso respeto hacia ese caballero?...¿qué relación tenían uno con el otro?...Cada vez más preguntas se formulaban en su mente, y le atemorizaban las respuestas que ellas pudieran tener.

Kanon prendió el mechero con dificultad, debido al temblor que se había apoderado de sus manos. Se lo acercó lo suficiente para dar vida al cigarrillo que sujetaban sus labios. Por un instante, su rostro pareció cobrar vitalidad, para sumirse en las tinieblas tan rápidamente como se apagó la frágil llama. Ambos apenas habían cambiado su posición, y cuando Kanon hubo propinado la primera calada, dejó que sus brazos volvieran a descansar sobre sus rodillas.

- ¿Crees en la reencarnación de las almas, Marin? – le preguntó repentinamente, exhalando el humo al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras.

Esta pregunta sorprendió sobremanera a la joven, que se quedó sospesando su respuesta durante unos instantes.

- Claro…nuestra diosa Athena se reencarna cada cierto tiempo…

- No me refiero a las reencarnaciones divinas…sino a las humanas – le cortó Kanon, con la sequedad que los tenía acostumbrados.

- Si se reencarnan los dioses…no veo por qué no lo pueden hacer nuestras almas – dijo, esperando haber contentado a Kanon con su respuesta.

- Pues yo no creía en absoluto en tal posibilidad – dijo él, escondiendo de nuevo su mirada bajo sus salvajes mechones de cabello azul – hasta que no tuve más remedio que verlo, sentirlo…creerlo…y aceptarlo.

Marin no había estado nunca tan desconcertada como en ese momento.

- Perdona…pero no te entiendo…no sé dónde pretendes llegar…- dijo tímidamente.

Kanon volvió a aspirar el humo de su cigarrillo, para seguidamente cambiar su posición, doblando una pierna, manteniendo la otra flexionada, sirviendo todavía de apoyo a su brazo, con el cigarrillo sujeto entre sus dedos, dejando descansar el otro brazo sobre su pierna recogida. El humo que lentamente se escapaba de sus labios hacía que su aspecto pareciera tenebroso.

- Todo empezó poco después de mi regreso al Santuario y del encuentro con el cosmos de Athena en Star Hill. Incomprensiblemente para mí, Athena me confió la reconstrucción de su orden…pese a mi traición. Pese a mi maldad y rebeldía. Me había perdonado anteriormente, y en ese momento se reafirmó en su perdón. Simple y llanamente. Me habló de muchas cosas que en aquél momento yo fui incapaz de comprender. Me dijo que nunca había sido justa conmigo, ni ahora, ni en otras eras…y que necesitaba enmendar ese error. Por ese motivo me otorgó toda la autoridad sobre el Santuario, confiando plenamente en las decisiones que yo podría tomar. Ese encuentro me dejó con más dudas de las que nunca había sentido en mi vida, se me hacía difícil asimilar todo lo que estaba aconteciendo, y más aún, tratar de entender unas palabras que para mí, en ese momento, carecían de significado.

Kanon hizo una pausa. Marin se frotaba el dorso de sus brazos con ambas manos para intentar hacer desaparecer los escalofríos que le recorrían el cuerpo.

- Fueron pasando los días y yo me fui concentrando en lo que se suponían eran las tareas del Patriarca, a decir verdad sin mucho éxito. Todo era nuevo para mí y me resultaba incómoda la nueva situación en la que me encontraba. Mi única compañía en esos momentos era Kiki, que supongo se refugió en mí tratando de superar la añoranza que sentía por la pérdida de Mu. Aunque su presencia a veces me resulta un poco irritante, debo reconocer que se lo agradezco. Y mucho. Todos los días transcurrían con la misma monotonía, hasta que una noche, un objeto nefasto proveniente de otro siglo, se cruzó en mi camino. Y me revolvió las entrañas como nada lo había hecho hasta el momento. Ni mi odio hacia el Santuario ni hacia Saga había sido nunca tan repugnante como lo fue la aparición de ese objeto en mi vida. Ese inmundo objeto que traía impresas sobre sí unas memorias que yo sentí como propias desde el mismo instante que mis dedos rozaron su asqueroso tacto.

La voz de Kanon calló. El corazón le latía con fuerza, la mandíbula le dolía de la presión que ejercía sobre sus apretados dientes. Había cerrado los ojos, no sabía si para recordar o para borrar de su mente todas las visiones que irremediablemente revivía noche tras noche. Marin notaba como la atmósfera que los rodeaba se había vuelto tan pesada que hacía difícil el simple acto de respirar. La tensión que había embargado a Kanon era evidente, y ella apenas se atrevía a moverse.

- ¿Qué…qué era…ese objeto? – preguntó en un susurro, con voz apenas audible, rogando no desatar la furia en Kanon.

- Los restos de una máscara. Una nauseabunda máscara – contestó Kanon bruscamente, clavando su fría mirada sobre los sorprendidos ojos de Marin – El inmundo bozal que el Santuario había impuesto sobre el rostro de Defteros. Para amarrarlo a las sombras. Para recordarle que era el hermano gemelo menor del caballero Aspros de Géminis. Para que no olvidara que su existencia era un crimen.

Kanon mantenía su agudizada mirada sobre Marin, no siendo consciente que sus verdes ojos se estaban humedeciendo por momentos. Sus palabras habían impactado duramente sobre la joven, que no pudo hacer otra cosa que recogerse más sobre sí misma, abrazándose las piernas con más fuerza, intentando esquivar esos incisivos ojos que la observaban con furia…con desesperación…con tristeza…con necesidad de ser comprendidos. Ella misma notaba como su propio corazón latía violentamente, y no supo por qué, pero sus ojos también se llenaron al instante de las ya tan odiadas lágrimas. Kanon se acercó de nuevo el cigarrillo a los labios, sin intentar disimular el temblor que se había adueñado de sus manos. De su cuerpo. De su alma. Pero ahora ya no había marcha atrás, debía compartirlo todo. Por muy doloroso que fuera.

Sus labios dieron voz a toda la historia, desde su llegada a la isla Kanon, el terror que su presencia despertó entre los habitantes, la subida al volcán...y lo familiar que le pareció ese lugar, las visiones, las voces, los temblores, la lava…la desesperación…la locura. El dolor. El inmenso dolor de un hombre que él sentía como propio. E Ikki y su oportuna presencia en ese lugar. Sus ruegos para que le ayudase a poner algo de claridad entre tanta enajenación e incomprensión. La revelación de la oscura y amarga historia de Defteros, de la tragedia que le llevó a destruirse mutuamente con su hermano Aspros…la revelación del origen de toda la sangre que brotaba de las mismas entrañas de la armadura de Géminis…y la absoluta certeza que el alma de Defteros había decidido nacer otra vez, en esta era, cerca del Santuario. Pero no para sufrir el mismo destino de nuevo. Sino para cambiarlo. Ahora esa alma se había endurecido, se negaba a aceptar con sumisión el destino que el Patriarca Shion había decretado para Kanon. Shion…conocedor de la existencia de Defteros y su maldición, no fue capaz de hacer justicia. Y el infundado odio que Kanon siempre había sentido hacia el antiguo caballero de Aries era el resultado de la infantil esperanza decepcionada. De la soledad impuesta. De la humillación de ser uno con las sombras.

- Yo ya no sé cuáles son mis sueños y cuáles son los de Defteros…Cada vez que cierro los ojos le veo con esa maldita máscara estrujándole el alma…y siento mi propio aliento asfixiándome entre la oscuridad de la negación de mi existencia.

El cigarrillo que sostenían sus dedos se había consumido por completo. Al darse cuenta lo tiró lejos de ellos, y dejó que su rostro se ocultara completamente bajo los mechones de su largo cabello azul, sumiéndose en un pesado silencio. Olvidando que no se encontraba solo. Recogiéndose en su dolor y en sus recuerdos, pasados y presentes.

Marin había notado como se le helaba la sangre con cada palabra que escapaba de los labios de Kanon. No podía creerse que el Santuario hubiera albergado tanta maldad durante siglos, que hubiera humillado a dignos hombres sólo porqué las estrellas así lo decretaban…Sentía un inmenso dolor oprimiéndole el pecho, y notaba como las lágrimas rodaban libres por sus mejillas. Pero ya no le importaba. Kanon permanecía inmóvil frente a ella, y le pareció ver que una tímida lágrima resbalaba por su mentón y se perdía en la oscuridad que los rodeaba. Y, por primera vez, vio a Kanon completamente derrotado, abatido…solo. Y humano. Muy humano. Lleno de un torrente de sentimientos que su orgullo había intentado mantener en las más profundas sombras. Quizás porqué el Santuario así lo había forjado. Quizás por temor a no ser comprendido.

La joven se había quedado sin palabras. No había nada que pudiera decir que aplacara el sufrimiento del hombre que tenía ante sí. Y sin pensarlo, se rindió al impulso más sincero que en ese momento podía sentir. Se arrodilló en frente de Kanon y lo abrazó. Cómo nunca antes se había atrevido a hacer con nadie. Lo abrazó con fuerza, pasando sus delicados brazos alrededor de su cuello, hundiendo su rostro entre sus revueltos cabellos, humedeciéndolos con sus propias lágrimas.

El repentino contacto de Marin sobresaltó a Kanon, completamente sorprendido por ese simple acto. Tan sencillo. Tan reconfortante. Tan desconocido…y tan deseado tantas veces en su vida. Y por primera vez se dejó guiar por algo que los demás llamaban afecto. Alzó sus brazos y con ellos rodeó el pequeño cuerpo de Marin, manteniéndolo cerca de su pecho, notando cómo se sentía la calidez de la complicidad de un igual. No tanto la proximidad del cuerpo, sino la proximidad de las almas, de la comprensión, del respeto...del perdón.

Continuará