Era imposible saber los instantes que habían permanecido de esa manera, abrazados, llorando en silencio. Marin, por toda la pena y consternación que sentía después de haber descubierto la aterradora historia de esos dos hombres unidos en una misma alma a lo largo de los siglos. Kanon por sentirse liberado, un poco más, de las sombras que vivían en su corazón. Lo siento…lo siento tanto…eran las únicas palabras que Marin era capaz de susurrar contra el oído de Kanon. Él únicamente respondió estrechando más contra sí el frágil, pero fuerte, cuerpo de la joven.

Poco a poco Marin se fue serenando, y con la recuperación de la compostura apareció un intenso rubor que tiñó sus mejillas con rapidez. Con decisión se separó de Kanon, rompiendo todo contacto, separándose de él unos palmos, escondiendo su sonrojo detrás de sus cabellos castaños. Kanon la soltó de su abrazo sin oponer resistencia, y la observó con su cansada y enrojecida mirada.

- ¿Entiendes ahora por qué no quiero que uses una máscara? – preguntó en un susurro, casi con ternura – Cada vez que veo un pedazo de metal cubrir el rostro de alguien veo la ignominia que se cometió con Defteros…y no lo puedo soportar…

- Lo comprendo Kanon…lo que me has contado…no se puede definir con palabras…tanta maldad…tanto sufrimiento...- dijo pausadamente, aclarándose la voz, secándose los surcos de las lágrimas con sus gráciles dedos – pero compréndeme tú a mí…- siguió, buscando su mirada. Encontrándola…manteniéndola – Defteros fue obligado…Yo…yo lo elijo. Por mi propio bien…- sentenció, tragando el nudo que se le había formado en su garganta.

- Marin…- dijo Kanon, como en un ruego.

- Si uso una máscara…porqué así yo lo decido…podré defender a Piscis sin necesidad de envenenar mi sangre…ni mi cuerpo…y podré vivir, hasta el día que me llegue la muerte, simples momentos como el que acabamos de compartir nosotros ahora mismo…sin miedo…sin peligro que mi proximidad o mi contacto sea nocivo para los demás. Es todo lo que pido…

Kanon había desviado la mirada hacia ninguna parte y la mantenía fija en algún punto imaginario. Sus labios se habían contraído en un rictus de seriedad, y por unos instantes cerró los ojos, sospesando la propuesta, tratando de comprenderla. Intentado aceptarla. En realidad, ¿qué derecho tenía él en decidir cómo debían vivir la vida los demás caballeros del Santuario? ¿no se había propuesto cambiar las normas, hacer que ese lugar estuviera formado por hombres y mujeres libres? ¿que cada persona que habitara allí fuera dueña de su destino?. Entonces no podía decidir por Marin. No podía obligarla a vivir en la más absoluta soledad sólo porqué a él le repugnaba la visión de una máscara.

- Qué ironía más cruel – dijo finalmente, volviendo a mirar a la guerrera que tenía frente sí – Una máscara fue lo que le quitó la humanidad a Defteros…y una máscara será lo que te la proporcione a ti.

Al escuchar estas palabras, Marin respiró profundamente, esbozando, al fin, una sonrisa.

- Gracias, Kanon.

Él se volvió a sumir en el silencio por un instante, dejando que su imaginación diera forma a una vaga idea que le había cruzado la mente.

- Está bien. Le pediremos a Kiki que moldee una máscara adecuada para la nueva protectora de Piscis. Seguro que estará contento de hacer este trabajo para ti. Pero prométeme una cosa…- Marin, que se había sentado a su lado, le miró desconcertada, temerosa de saber cuál debería ser la promesa a cumplir – que la máscara que te forje deje al descubierto tu mirada. Para que los enemigos que tengas la oportunidad de derrotar sepan cómo es de poderosa el alma que acabe con ellos.

Ella sintió cómo sus mejillas se sonrojaban de nuevo, y agradeció inmensamente la oscuridad que les envolvía.

- Hecho – respondió, intentando disimular la súbita timidez que se había apoderado de ella.

Ambos permanecieron sentados por un tiempo en medio de la necrópolis dónde descansaba el recuerdo de Defteros, no muy lejos de su también torturado hermano Aspros, cerca del recuerdo de su gran amigo Asmita. La noche era nítida, no había ni una nube cruzando el cielo, y todas las constelaciones se observaban perfectamente dibujadas sobres sus cuerpos. El silencio se había cernido sobre ellos de nuevo, pero ya no era incómodo. Era incluso reconfortante. Los dos tenían la vista fija en todo el manto de estrellas que rasgaban sin piedad la negrura de la medianoche. Las estrellas que tantas vidas habían cambiado. Para bien y para mal. Y algo le llamó poderosamente la atención a Marin. Había unas estrellas, una constelación, que brillaba con un fulgor fuera de lo normal.

- Kanon…¿has visto esa constelación? ¿la que resplandece con fuerza por encima de las demás? – dijo señalando con el dedo el firmamento.

- Sí…hace días que lo he visto…pero no estoy seguro de cuál es el significado que puede tener. Estaba intentando sacar algo en claro sobre esta constelación justo antes que…- justo antes que te adentraras en el jardín de rosas pensó para sí mismo, callando su voz antes de pronunciar unas palabras que ya no eran necesarias – Sinceramente…estoy perdido.

- Creo que…sí, debe ser…- decía Marin, con la vista fija en esas brillantes estrellas – es la constelación de Cáncer…creo que es una señal – dijo, mirando a Kanon con una chispa de alegría en sus ojos.

- ¿Cáncer?

- Sí, sí, estoy segura. Mira, ahí está la tuya, Géminis…¿la ves? – decía con unos ánimos que hacía semanas que no sentía, sin dejar de señalar el cielo – y ahí, más abajo, está Leo….estas estrellas están en medio de las dos, así que no hay duda, es Cáncer, ¡y creo que nos está indicando que el cosmos de su futuro defensor ha despertado!

Kanon estaba boquiabierto, y avergonzado. Por haber sido incapaz de leer el cielo. Un cielo que se suponía que tenía que dominar mejor que las líneas de la palma de su mano.

- ¿Y ahora qué? – preguntó con una vergüenza que lo devoraba entero - ¿Cómo vamos a saber dónde buscar? – su voz era apenas audible.

- Es muy sencillo – dijo Marin, emocionada – sólo hay que trasladar las coordenadas de la posición de las estrellas sobre un mapa, pero me atrevería a decir que no está muy lejos de aquí. Quizás están en Italia…o puede que en Francia…

Ahora eran las mejillas de Kanon las que se habían teñido con un intenso rubor, al saberse totalmente desconocedor de unos aspectos que se suponía tenía que dominar a la perfección.

- Creo…creo que me tendrás que ayudar en esto – dijo, tragándose la vergüenza de reconocer su ineptitud – me he pasado media vida con la vista puesta en el mar, y no en las estrellas…me temo que éste es un terreno que se me escapa…- dijo, mirando a la joven, esperando no parecer un ignorante.

- No hay problema. Te ayudaré – contestó Marin – y no te preocupes…no se lo contaré a nadie – continuó, con una divertida risa escapándose de sus labios, olvidando por fin su tristeza, olvidando un poco el dolor que le provocaba la añoranza de Aioria.

- Entonces…¿también vendrás conmigo a reclutar el nuevo defensor de Cáncer? – preguntó Kanon.

- ¿Cómo?...Eso es algo que te corresponde a ti…

- ¿Pero no ves cómo soy yo? – dijo, riéndose un poco de sí mismo – Le asustaré con mis modales, no tengo tacto, ni don de palabra…¡ni mucho menos de convicción!

- En eso tienes razón – dijo Marin, divertida – no sería bueno perder al nuevo caballero antes de reclutarlo por culpa de tu brusquedad – continuó, riéndose abiertamente.

Allí permanecieron, un tiempo más, observando las estrellas, descifrando los mensajes que ellas transmitían, olvidándose de sus respectivos pesares y sufrimientos. Sintiéndose libres, aunque solo fuera un poco, del dolor que habían albergado sus almas durante demasiado tiempo.

Continuará