El vuelo no se había hecho pesado, esas tres horas pasaron con rapidez. Marin se había enfrascado en descubrir todos los secretos que le revelaba una de las guías que les había proporcionado Kiki, y Kanon misteriosamente despertó de su sueño cuando escuchó acercarse el carrito de las bebidas. El trayecto no daba para mucho, pero sí tuvo tiempo de dar cuenta de un par de cafés solos. Marin se pidió un zumo de naranja, quedándose estupefacta de ver cómo Kanon bebía ese café, que no tenía ni olor ni casi color de café, como si fuera lo mejor que había probado en su vida.

- ¿Pero cómo te puede gustar ésto, si parece lo más insípido que hay? – preguntó asombrada.

- Tienes razón, no está para nada bueno, pero adoro el café, y hasta con éste me conformo – había respondido él.

- Pues según dice la guía, en París hay un café buenísimo – continuó ella, buscando la página dónde hablaba de la gastronomía.

- Bueno, será cuestión de probarlo – dijo Kanon, conectándose de nuevo a su atronadora música.

Una vez en tierra, y después de pasar por la zona de recogida de equipajes, se dirigieron a buscar el tren lanzadera que los llevaría desde el aeropuerto de París-Orly hasta el centro de la ciudad, más o menos. Allí se vieron obligados a empezar a hacer trasbordo de líneas de metro hasta llegar a la estación de Abbesses, a la falda de Montmartre, dónde Kiki les había buscado el hotel, diciéndoles que era una zona hermosa de la ciudad, bohemia, pintoresca, o al menos eso había encontrado en la información buscada. En realidad el barrio no pintaba nada mal, lleno de pequeños cafés con un sinfín de colores, que dotaban a las calles de una vivacidad espectacular. No les costó mucho encontrar el hotel, también debían reconocerlo, gracias a todos los mapas de transportes y al callejero que Kiki les había proporcionado.

- ¡Kiki es un genio! – exclamó Marin, emocionada, antes de entrar al hotelito que tenían reservado - ¡Ha pensado en todo! Nadie lo podría haber preparado mejor.

Kanon simplemente la miró de reojo, suspirando, pensando en que quizás tenía razón. Si se hubiera ocupado él de todo, todavía estarían buscando dónde alojarse.

Una vez entregados los papeles de la reserva, la cual no tenía fecha de finalización, el chico de la recepción les entregó la llave, indicándoles que la habitación se encontraba en el segundo piso, puerta número siete.

- Merci – dijo Kanon, agarrando su valija, algo indefinido entre bolsa de deporte y maleta.

- Espera, espera un momento – dijo Marin, palideciendo de golpe – ¿y la llave de la otra habitación?

- La reserva es de una habitación doble, mademoiselle – dijo el muchacho de la recepción, con rostro impasible. – Si lo desea, le aviso cuando haya una libre, pero me temo que ahora es imposible.

- Pero esto no puede ser, debe ser un error…- dijo, al momento que empezaba a seguir a Kanon escaleras arriba, cargando con su maleta.

- ¿No decías que Kiki era un genio? Pues las quejas a él, yo no tengo nada que ver con esto.

La palidez del rostro de Marin se esfumó de un plumazo, dejando paso a un intenso sonrojo, al descubrir que dentro de la habitación no había dos camas separadas, sino una sola. Grande, pero una.

- Maldito crío…- masculló entre dientes – ésta me la pagarás cuando te vuelva a ver…

- Venga, Marin…tampoco es tan grave…Si hubiera un sofá te dejaba la cama para ti sola, pero no lo hay. Y al suelo no voy a dormir – dijo Kanon, dejando caer al suelo su bolsa, sin ningún cuidado, sentándose en la cama – es ancha…te prometo que no me voy a mover mucho. Ni notarás mi presencia – dijo, tragándose las ganas de reír al ver como Marin no sabía ni cómo esconder su rostro detrás de sus mechones de cabello castaño.

A Marin le costó un buen rato hacerse pasar el enfado que le había provocado la jugarreta de Kiki. Al final no quiso pensar más en la embarazosa situación que les había creado el joven caballero de Aries, situación que a Kanon no parecía importarle en absoluto, y eso le daba más rabia aún. Intentó concentrarse en otras cuestiones, y una de ellas era en qué iban a hacer a partir de ese momento.

- ¿Cómo vamos a encontrar a la persona que buscamos? No sabemos absolutamente nada…

- No lo sé. Ya que acabamos de llegar a una ciudad que no conocemos, que tenemos un montón de información turística a nuestra disposición, y que el tiempo acompaña, propongo que hagamos algo de turismo, y ya se nos ocurrirá por dónde podemos empezar – dijo Kanon, mostrando una calma a la que Marin no estaba acostumbrada – además, si como dicen las estrellas el cosmos ha despertado, en algún momento lo tendremos que notar.

- Tienes razón – respondió Marin, pensativa, mientras iba deshaciendo su maleta y ordenando todas sus pertenencias minuciosamente.

- ¿Qué me dices? ¿Por dónde quieres empezar? – le preguntó Kanon, que se había recostado sobre las almohadas, poniendo los pies encima la cama, observándola en sus tareas de reorganización de ropa.

Marin le miró de reojo, dándose cuenta que el gran cuerpo de Kanon ocupaba casi toda la cama, y que con toda seguridad los pies le saldrían de ella, pero intentó sacar estos pensamientos de su cabeza con rapidez.

- Tú has estado leyendo la guía durante todo el vuelo, por algún sitio te gustaría empezar, ¿no? – continuó él, sumamente divertido por la turbación que había embargado a Marin.

- La Torre Eiffel – respondió ella, al fin – Si, la Torre Eiffel, me muero de ganas de conocerla.

- Pues no esperemos más, vayamos a verla – dijo Kanon, levantándose de la cama, para seguidamente abrir la valija y sacar una chaqueta negra de cuero, que había pertenecido a su hermano Saga y que él había encontrado olvidada en su armario.

Marin se abrigó con una sudadera con capucha que le daba un aspecto incluso un tanto infantil, pero que dejaba entrever las marcadas líneas de su esbelto cuerpo de mujer.

Al salir a la calle, Kanon sacó otro de sus cigarrillos, que fue apurando antes de llegar a la parada del metro. El aire en París era bastante más fresco que el que se notaba en Grecia, pero todavía no era lo suficientemente frío para ser molesto. Bajaron por las escaleras del metro y se adentraron en ese laberinto de túneles y líneas de colores que les acabarían acercando a la tan mundialmente admirada Torre Eiffel.

Subieron a la torre, ese montón de acero colocado tan exquisitamente que quitaba la respiración a cualquiera de lo imponente y bello que era. Marin no paraba de mirar de un lado para otro, reconociendo en las vistas todo lo que estaba marcado en los mapas, incluso se había llevado una cámara de fotos que no dejó de funcionar ni un solo momento. Su rostro estaba preso de una gran emoción. Y alegría. Kanon no había visto nunca que le brillaran los ojos de la manera que lo hacían en ese instante, y supo que Kiki lo había tenido todo pensado desde un primer momento. El muchacho adoraba a Marin, y la metió en esta aventura para sacarla de su tristeza, de su pesadumbre, para que disfrutara de la vida. De una vida dónde el sufrimiento también había estado demasiado presente. Y Kanon ahora la veía disfrutar como una chiquilla. Y ¿no era eso en realidad? ¿no seguía siendo una chiquilla, después de todo? Marin apenas debía rondar los veinte años, y ahora entendía lo que ella le había tratado de explicar en demasiadas ocasiones frustradas. Necesitaba vivir intensamente, tanto como su edad lo demandaba. ¿Acaso no lo había hecho él también? Durante los años fuera del Santuario, no podía decir que había sido un santo. Había visitado los peores tugurios, frecuentado compañías de todo tipo, había bebido hasta no recordar ni cómo se llamaba. Había vivido en un frenesí sin fin, aunque quizás los caminos elegidos no habían sido los mejores. Y Marin era toda una mujer en su aspecto físico, pero su alma todavía necesitaba sentirse desbordada por las emociones, ansiaba dejarse llevar por todo lo que le ofrecía la vida. Mientras esta no fuera truncada. Y esto, en el Santuario, nunca se podía predecir.

Kanon salió rápidamente de su ensimismamiento cuando se dio cuenta había estado mirando fijamente a Marin sin que ella fuera consciente de ello, y que sus ojos habían reparado en una belleza que hasta ahora no se había atrevido a apreciar. Quiso borrar rápidamente estos últimos pensamientos de su mente, y se acercó a la barandilla del tercer piso de la Torre Eiffel, dejando que el viento jugara maliciosamente con su largo cabello azul, observando la majestuosa ciudad que se extendía a sus pies y notando, de repente, que una punzada de dolor se había instalado en su estómago.

- Marin, ¿qué te parece si vamos a probar algo de la gastronomía francesa?

Continuará