Quiero aprovechar para dar las gracias a los reviews de Krista, Yaz, Sunnychan y Rosalie. Vuestras palabras me animan mucho a continuar con la historia. Aquí os dejo otro capítulo :).
Habían pasado el día haciendo turismo, como los miles de visitantes de todo el mundo que diariamente alberga París. Después de abandonar la Torre Eiffel hicieron parada en una cafetería cercana para hacerse con algo de comida que les llenara el estómago rápidamente. Eligieron unos croque-monsieur y un par de refrescos, que se llevaron para dar cuenta de ellos sentados en un banco, a los pies de la magnífica torre, desde dónde observaban un sin fin de gente que pacientemente hacía cola para subir a ella, igual que un par de horas antes habían hecho ellos mismos. Después de ese pequeño receso, los deseos de Marin les habían conducido a Notre Dame, esa excelencia de la arquitectura gótica que tantas novelas románticas había inspirado a lo largo de su existencia. No había palabras para describir esa obra de arte. Marin se quedó fascinada con las gárgolas de la fachada, que pudieron observar bien de cerca una vez llegaron a la parte alta de la catedral, después de subir por una estrecha escalera de caracol sin final, que casi mareó a Kanon en sus intentos de seguir el ritmo del incansable ascenso de la joven, movida por una vitalidad que le pareció sobrenatural.
El día había empezado a oscurecerse, y sus fuerzas los iban abandonando al mismo ritmo que se escondía el sol. Ese parecía que era el momento de tomarse un merecido descanso y comer, finalmente, relajados. Eligieron una brasserie que lucía el mismo nombre que la catedral, y desde la cuál pudieron ver cómo el monumento iba cobrando vida al mismo paso que se esfumaba la luz del día. La Ile de la Cité parecía arder gracias a la iluminación que iba emergiendo, reflejándose en las calmadas aguas del río Sena, mostrando una belleza totalmente distinta de la que se podía apreciar bajo la luz del día. Una vez hubieron tomado asiento en la terraza montada directamente sobre la calle, optaron por un menú cada uno, que consistía en una tabla de quesos para compartir, una sopa del día y un rico pollo asado, que bañaron, por insistencia de Kanon, con un delicioso vino tinto. Ese era el primer momento en todo el día que se encontraban cara a cara, sin otra opción que concentrarse uno con el otro. El apetito que sentían había borrado cualquier opción de conversación, y acabar con los platos que tenían en frente se había convertido en la prioridad. Pero había algo que a Marin le rondaba la cabeza desde hacía ya un rato, y era que no sentía que se hubiera disculpaldo como debía con Kanon.
- Kanon...de verdad que siento profundamente lo que tuviste que sufrir por mi culpa...- dijo, sin apenas levantar la vista, acabando con el último plato del menú.
- Olvídalo ya Marin, no pasó nada - dijo Kanon, antes de propinar un sorbo a su copa de vino.
- Es que...no me quiero ni imaginar todo lo que debiste sufrir después que tu cuerpo fuera atacado por el veneno de las rosas...- añadió ella, con un hilillo de voz.
- No fue peor que una mañada después de una noche de borrachera. Créeme - dijo Kanon, intentando tranquilizarla y hacer que Marin se olvidara de una vez por todas de ese tema. Aunque no le decía la verdad. Sí que fue peor que un día de resaca. Mucho peor, pero no estaba dispuesto a dejar que lo que ahora se había convertido en una simple anécdota entristeciera de nuevo a la defensora de Piscis - Bueno, ¿qué te parece si probamos los famosos cafés de París? - dijo, cambiando de tema, sacando sus cigarrillos para prenderse uno rápidamente, dando gracias de haberse sentado en la parte exterior del restaurante, recostándose en su silla y apoyando de manera relajada un brazo sobre el respaldo de la misma.
Los cafés llegaron enseguida, y con ellos, reaparecieron las dudas de Marin acerca de cómo encontrarían a la persona que estaban buscando.
- He estado pensando y se me han ocurrido unas cuantas opciones - dijo Kanon, expulsando lentamente el humo, recreándose en ello. Se reincorporó de su asiento, apoyando los codos en la mesa. Marin le escuchaba con atención - Cáncer es un signo que siempre está envuelto en muerte, ¿no?...me refiero a que todos los defensores de Cáncer siempre han dominado las almas, pueden manipularlas y moverse por el inframundo como por su casa - dicho esto se interrumpió para propinar otra calada al cigarrillo, gesticulando con la mano que lo sostenía mientras empezaba a hablar de nuevo - pues yo creo que deberíamos frecuentar los cementerios, como quizás también las facultades de medicina...o filosofía...o lugares donde los oficios y negocios giren alrededor de la muerte. Creo que estos son los hábitats más adecuados para empezar a buscar - Marin simplemente asintió en silencio, sospesando las propuestas, encontrándolas todas ellas lógicas. - Y como te dije, en algún momento tendremos que notar el cosmos. Nosotros estamos prevenidos, la persona que buscamos, no. Y ésto nos da ventaja. Si uno no se sabe buscado no tiene por qué concentrarse continuamente en ocultar su cosmos, y si nosotros estamos alerta, lo captaremos. Estoy convencido.
- Creo que has tenido unas muy buenas ideas - dijo Marin, sonriendo tímidamente, mientras revolvía el azúcar en su café.
Kanon se llevó a sus labios la tacita con el tan esperado café parisino, sin dejar de sostener el cigarrillo, y por fin saboreó ese preciado líquido de sabor amargo e intenso.
- Mmmm...simplemente delicioso - dijo Kanon, que se lo había tomado de un solo sorbo. Seguidamente apuró el cigarrillo, para luego apagarlo en el cenicero mientras vaciaba sus pulmones de todo rastro de humo - ¿que te parece si nos vamos a descansar? Mañana nos espera otro largo día...- añadió, buscando con la vista al camarero para pedirle la cuenta.
Marin asintió en silencio. Había estado evitando pensar en este momento durante todo el día. Le incomodaba terriblemente la idea de tener que compartir una cama con Kanon. La presencia de Kanon siempre le había resultado abrumadora. Y odiaba esa sensación. Más todavía después del abrazo que ella misma había iniciado en la necrópolis del Santuario. En ese momento se había dejado llevar por sus impulsos, abrazando a un ser que veía terriblemente abatido. Frágil. Pero notar como los brazos de Kanon la rodeaban en respuesta le había provocado un escalofrío que le recorrió el espinazo. Y tuvo miedo de esa sensación. Y tampoco le gustaba lo que había descubierto durante el día en París. Sin siquiera ser consciente de ello, Kanon se había convertido en el foco de todas las miradas de la gente que se cruzaba con ellos. Kanon había sido admirado tanto por hombres y mujeres, que se volteaban para observar su imponente figura, su belleza. Sí...su belleza. ¿Por qué no reconocerlo de una vez por todas?. Kanon era extremadamente atractivo, aunque él vivía totalmente ajeno a este hecho. Y descubrir como ese cuerpo varonil había sido recorrido de arriba abajo por miradas de admiración, e incluso lujuria y deseo, había hecho nacer unas punzadas de dolor en su corazón.
- ¿Nos vamos?
Fue la voz de Kanon que la sacó de sus pensamientos. Sus mejillas se habían ruborizado de nuevo, e intentó disimularlo levantándose con rapidez de la silla, recogiendo su mochila, evitando encontrar su mirada, sus ojos de un profundo color verde, tan profundo como el mar que él tanto amaba.
- Sí, vamos...
Una vez delante la puerta del hotel Marin se disponía a entrar, pero Kanon se detuvo en el umbral.
- ¿No subes? - preguntó ella, en un susurro.
- Ve pasando, yo me quedo a hacer el último - respondió Kanon, sacando del bolsillo de su chaqueta el magullado paquete de tabaco, sonriendo con calidez.
Marin también esbozó una sonrisa en respuesta antes de internarse en el hotel. Kanon se volvió a envolver en humo mientras observaba como Marin desaparecía más allá de la recepción. Darle esos minutos de intimidad era su manera de hacer que ella no se sintiera tan mal por el hecho de tener que compartir habitación. Tenía que reconocerlo, Kiki había sido muy malicioso, y seguro que Marin no se iba a olvidar de eso en mucho tiempo.
Habían pasado unos diez minutos cuando decidió subir a la habitación. Una vez abrió la puerta encontró la estancia sumida en una semi oscuridad que únicamente era rasgada por la tenue luz de la mesita de noche del lado libre de la cama. Marin estaba hecha un ovillo en el lado opuesto, tan pegada al borde que parecía que se iba a caer en cualquier momento. Kanon no dijo nada, se adentró al baño para asearse un poco, y cuando salió empezó a desvestirse, tirando la ropa al suelo sin ningún orden, quedando únicamente en calzoncillos. Apartó las sábanas con cuidado, viendo fugazmante el esbelto cuerpo de Marin cubierto por un pijama, apartando la vista rápidamente de esa imagen, tumbándose de espaldas a ella antes de apagar la frágil luz de su mesita.
- Buenas noches Marin - dijo, una vez sumidos en la total oscuridad.
Marin estaba atacada por un sonrojo monumental y el corazón le latía con fuerza. Pero era incapaz de moverse.
- Buenas noches - respondió, fingiendo estar medio dormida.
Kanon sucumbió rápidamente al sueño, su profunda y pausada respiración lo delató al instante. Gracias a los dioses no roncaba y parecía que, tal como le había prometido, no se iba a mover mucho. Aún así, Marin tardó mucho más en conseguir conciliar el sueño.
Continuará
