Gracias de nuevo a todos los que me dais vuestro incondicional apoyo! De verdad, me animáis mucho a seguir adelante. Intentaré seguir actualizando rápido, pero se me agotan las vacaciones, el trabajo me reclama, y quizás no seré tan constante. Aunque me esforzaré en ello. Bueno, aquí va otro capítulo. Espero que lo disfrutéis!

Los primeros rayos de sol, que se filtraban sin piedad entre las cortinas de la habitación, arrancaron a Kanon de su sueño con rapidez. Tan pronto como la consciencia volvió a él, se movió de un respingo, apartándose de golpe al darse cuenta que una de sus piernas casi estaba aplastando a Marin, que por fortuna, seguía durmiendo plácidamente. Aunque parecía que no se había movido ni un ápice durante toda la noche. Se descubrió observándola con atención, fijándose en ese hermoso rostro que descansaba ajeno a los rayos de sol que lo iluminaban de manera exquisita. No quería despertarla, así que salió de la cama con toda la delicadeza de la que fue capaz y se dirigió al baño, para tomarse una larga ducha y dejar la habitación lo más pronto posible para que Marin no se sintiera incómoda en cuanto despertara.

A Marin le había costado mucho quedarse dormida. Había estado muy tensa por la proximidad de Kanon, que en un principio parecía que no se iba a mover mucho, pero una vez el sueño se hubo vuelto profundo, se había convertido en toda una pesadilla. Finalmente el cansancio pudo más que ella, y también se sumió en un intenso sueño. Cuando por fin despertó, se sentía incapaz de darse vuelta para comprobar si Kanon seguía allí, así que optó por mover un poco una pierna, explorando con ella sí estaba sola o no. Su pie no encontró resistencia alguna, así que decidió girarse y vio que el otro lado de la cama estaba completamente vacío. La habitación estaba en silencio, y no había rastro de Kanon por ninguna parte. Respiró aliviada, aprovechando para desperezarse antes de levantarse e irse a tomar una necesaria ducha. El sueño todavía no había abandonado sus ojos por completo, y al abrir la puerta del baño y adentrarse en él, se sintió atacada por una bocanada de vapor que se esfumó por toda la habitación. Sus desnudos pies habían pisado un inmenso charco de agua, y al levantar la vista descubrió a Kanon, completamente desnudo, de espaldas a ella, secándose con una toalla su largo cabello azul. El sueño se le fue de golpe, las mejillas le empezaron a arder de inmediato, y sus ojos se negaban a ser apartados de la vista que tenía frente sí. Kanon no parecía haberse dado cuenta de su presencia, y él seguía en su tarea de secarse su larga cabellera, dejando toda su espalda al descubierto, marcada por una serie de cicatrices que difícilmente se llegarían a borrar nunca, sin cubrirse un trasero que no tenía nada que envidiar a las esculturas de los más grandes artistas italianos. Cuando Marin fue capaz de reaccionar, salió de inmediato del baño, cerrando la puerta de un golpe, intentando respirar calmadamente para aplacar su susto.

- ¡¿Pero cómo se te ocurre meterte en el baño sin poner el pestillo?! – gritó desde la puerta, sintiéndose entre enfadada y sofocada por la situación que se había creado.

- Lo siento…no pensaba que fueras a despertar tan pronto…- dijo la voz de Kanon, desde el interior del baño.

- ¡Da igual! ¡Aunque vayas a medianoche, pon el pestillo! – replicó ella, apoyada todavía en la puerta, que se abrió de inmediato, provocando que casi perdiera el equilibrio.

- Lo siento, de verdad, no quería despertarte…- dijo la voz de Kanon, ahora directamente sobre sus espaldas.

Kanon salió del baño tranquilamente y Marin no sabía dónde mirar. Notó como él pasaba a su lado y se colocaba en frente de ella. Los ojos de Marin se clavaron en los de Kanon, reprochándole lo descuidado que había sido, no atreviéndose a bajar la mirada más allá de su rostro. Deseando poder hacerlo. Enfadándose con ella misma por lo estúpida que se estaba sintiendo en ese momento.

- Bueno…todo tuyo… - dijo, aguantándose una incipiente sonrisa que luchaba para abrirse paso, señalando con el brazo la entrada del baño. Con la misma parsimonia se dirigió hasta su lado de la cama, y los ojos de Marin volvieron a hacerle una mala pasada, fijándose de nuevo en ese imponente cuerpo, y muy a su pesar, descubriendo que de cintura para abajo estaba cuidadosamente cubierto por una toalla.

Marin no pudo soportar más la turbación que se estaba adueñando de ella, así que entró al baño rápidamente, cerrándose de un portazo, pasando el pestillo, pisando los charcos de agua que había por doquier, como si hubiera pasado por allí una manada de elefantes, no sabiendo dónde dejar su ropa para que no se mojara... Finalmente se adentró en la ducha y dejó que el agua se llevara toda la vergüenza que había sentido en esos pocos instantes. Mezclada con el ruido del agua al caer, Marin pudo escuchar la voz de Kanon avisándole que se dirigía al comedor para tomar el desauyno, que ya se encontrarían allí.

Cuando Marin bajó, Kanon ya había dado cuenta de un café y un par de croissants. Marin se dirigió hasta la sección de las bebidas para servirse un zumo de naranja, y seguidamente se sirvió otros dos croissanes, pero en su caso, rellenos de chocolate. Kanon la observaba desde la mesa, descubriendo que la ropa que había elegido para vestirse le daba un aspecto, como poco...apetecible. LLevaba unos vaqueros azules ceñidos a sus piernas, y una camiseta un poco ajustada, con un escote bastante generoso, que resaltaba todos los bellos atributos que Marin poseía. Además que su pelo todavía no se había secado del todo, y su tono castaño cobrízo medio humedecido le daba un aire un tanto salvaje. Kanon quiso desechar estos pensamientos con rapidez, y se levantó para servirse otro café. Cuando hubo tomado asiento de nuevo, Marin ya estaba allí, en silencio, con expresión seria, dedicándose a lo suyo. Fue la grave voz de Kanon la que rompió el momento.

- Buenos días, Marin - dijo sonriendo - ¿te parece que empecemos el día en este momento, y que olvidemos la primera media hora?

- Sí...me parece bien - respondió ella, antes de morder con ansias uno de sus croissanes, sin levantar la vista de la mesa - pero antes que nada ¿me podrías aclarar una cosa?

Esta pregunta descolocó a Kanon, que casi se atragantó con su segunda taza de café. ¿Que diablos sería lo que le tenía que aclarar?. Simplemente asintió, sin mediar palabra, mirándola con ojos interrogativos.

- ¡¿Cómo narices lo haces para ducharte?! - preguntó ella, divertida - el agua se salía por debajo de la puerta, y lo más curioso, ¡es que la ducha tiene mampara!

- Tienes razón...- admitió Kanon, fingiendo estar avergonzado - pero cuando la descubrí ya era demasiado tarde para remediarlo...

Una risa se escapó de sus labios, que rápidamente se contagió a Marin, acabando los dos riéndose cada vez más, y convirtiéndose en el centro de todas las miradas de la gente que, en silencio, intentaban desayunar con tranquilidad.

Habían decidido dirigirse a la zona universitaria dónde se encontraban las facultades de Historia y Filosofía, que se encontraban en el centro de París, en la zona de la Sorbonne. Pero para encontrarse con el bullicio de los estudiantes y profesores, todos ellos personas susceptibles de ser el objetivo, debían esperar a la llegada del mediodía, tiempo en que todo el mundo saldría para ir a comer. Hasta entonces su presencia allí hubiera resultado poco productiva, así que aprovecharon la mañana para subir al Monte Montmartre, que tenían justo detrás de su hotel, donde pudieron visitar la blanca Basílica del Sacré Coer, y la pintoresca Place du Tertre, sede de los bohemios pintores que cada día le dan vida con sus telas y pequeñas obras de arte. Ese elevado barrio bohemio les había encandilado a ambos, y descendieron hasta la parada del metro por sus empedradas callejuelas, repletas de pequeños cafés con sus mesitas de mármol situadas en la misma acera, resistiéndose a la tentación de sentarse en cada uno de ellos.

Sus intentos de notar algún cosmos durante el mediodía, ya en la zona de las universidades, habían fracasado estrepitosamente. No habían notado absolutamente nada, así que, por idea de Marin decidieron ir a visitar las Catacumbas.

- Las Catacumbas es una zona dónde la muerte está presente...quizás por allí notemos algo...y si no, una cosa más habremos conocido - había planteado, haciendo buen uso del sentido común.

Kanon aprobó la idea, y tomaron un metro que los condujo hasta la parada Denfert-Rochereau, muy cerca de las taquillas de las mismas catacumbas. Kanon fue a comprar las entradas, y se encontró con un muchacho apático, conectado a sus auriculares de música, con el pelo negro, largo hasta los hombros, no muy arreglado, con su apagada mirada escondida detrás de los largos mechones que cubrían parte de su rostro. Cuando notó que alguien estaba esperando para ser atendido simplemente se quitó un auricular y observó a Kanon, con una mirada cansada, triste, desganada. Kanon pidió dos entradas, y el muchacho empezó a imprimirlas sin decir nada.

- Vingt Euro - fue lo único que dijo, mientras le acercaba las dos entradas.

Kanon buscó el dinero y se lo entregó, fijándose en el nombre de la placa que identificaba al muchacho. Vincent. No sabía por qué, pero quizás Marin hubiera estado totalmente acertada en su proposición...ese chaval...tenía algo. Kanon recogió las entradas, observando aún al muchacho, que se había vuelto a colocar el auricular al oído, enfocando su vista al cómic que tenía en la mesa. Y lo puso a prueba. Ni una milésima de segundo, pero lo intentó. Encendió su cosmos y lo apagó casi sin darle tiempo a hacerse notar. En ese preciso momento algo empujó al muchacho a clavar su mirada en Kanon. Sólo un instante antes de concentrarse de nuevo en su cómic. Suficiente para que Kanon sonriera satisfecho.

Continuará