No me quiero hacer pesada, pero muchas gracias a todos los que seguís la historia, y a todos los reviews que me hacéis llegar a cada capítulo. Y Yaz, te comprendo perfectamente, y te agradezco de corazón tus críticas tan sinceras, reconfortantes y constructivas :). Aquí va una nueva entrega, espero que os guste.

Kanon se encontró de repente cautivo de las manos de Marin, que con una decisión que le sorprendió, tomó su rostro entre ellas y lo atrajo lo suficiente para rozar sus labios. Y él no se resistió. Aceptó el beso. Lo correspondió. Deslizando sus manos desde los hombros de Marin hasta su cintura, que sujetó con firmeza. Al notar cómo Kanon respondía a su acto, Marin sufrió un ataque de lucidez, de timidez...de vergüenza por lo que acababa de hacer. Cortó el contacto bruscamente, apartando su rostro, ocultándolo entre sus mechones castaños, soltando el rostro de Kanon, esquivando su mirada de incomprensión...deshaciéndose de las manos que le habían tomado la cintura. La respiración se le había acelerado repentinamene, y el corazón le latía con tal fuerza que parecía que le iba a saltar del pecho.

- Lo...lo siento mucho... - balbuceó Marin en un susurro, mirando a cualquier parte menos a los ojos de Kanon - ...no debí hacer esto... - continuó, mostrando la intención de salir corriendo de allí, llevada por la vergüenza, por el miedo a la reacción que pudiera tener Kanon por su atrevimiento.

Kanon no entendía a qué venían esos cambios tan bruscos de actitud, pero el mal ya estaba hecho...y no estaba dispuesto a dejar que la llama que se había encendido por un instante se esfumara sin más. Marin le inspiraba muchas cosas...y una de ellas era deseo. Deseo de poseer ese joven y bello cuerpo, deseo de desatar su pasión como hacía tiempo que no podía...deseo de sentirse, aunque fuera por unos momentos, amado. Así que sin pensarlo dos veces, agarró a Marin por el brazo, impediendo que escapara, volviéndola a arrinconar contra la pared, acercándose peligrosamente a su sonrojado rostro, notando palpitar su agitado pecho.

- No...no debiste hacerlo...- afirmó con una convicción aplastante, antes de atrapar con pasión desatada los labios de Marin.

Y Marin no tuvo otra opción que rendirse. Sucumbió a sus besos, cada vez más profundos. Los correspondió con la misma pasión que los recibía, dejó que sus manos se enredaran libres entre el salvaje cabello de Kanon, agradeció esos brazos que la rodeaban con fuerza, esas manos que buscaban reconocer cada curva de su espalda...Kanon cortó el beso para susurrarle al oído, acariciándolo con su aliento...Subamos...para seguidamente tomarla de la mano, arrastrándola tras de sí escaleras arriba, hasta alcanzar la habitación, cerrando la puerta de golpe, volviéndola a besar con urgencia. Las manos de ambos no tenían suficiente tiempo para deshacerse de sus ropas. Los dedos temblorosos de Marin no acertaban a desabrochar la camisa de Kanon, y fue él mismo que acabó sacándosela por la cabeza, lanzándola al suelo sin ningún cuidado, alcanzando con desición la camiseta de Marin, deslizándola hacia arriba a través de su agitado cuerpo, tirándola también dónde buenamente quisiera caer, devorando con la vista ese pequeño torso cubierto aún por una sugerente ropa interior. Las manos de Marin recorrían con avidez cada centímetro del cuerpo de Kanon, al momento que sus labios se volvían a encontrar, cayendo de espaldas sobre la cama, sabiéndose irremediablemente prisionera de Kanon, que se había posicionado encima de ella, sucumbiendo a los escalofríos que le producía el simple roce de sus largos cabellos azules sobre su piel medio desnuda, notando contra su cuerpo como la excitación de Kanon demandaba ser liberada de la prisión de sus gastados vaqueros. Kanon, que apoyaba todo su peso sobre un solo brazo, había desabrochado el cinturón de Marin con la mano que le quedaba libre, mostrando una habilidad sobrenatural para ello. Luego fueron el botón y la cremallera los que sucumbieron a sus dedos, y por fin su mano tuvo el camino algo más libre para explorar esa tersa piel, que se iba erizando a cada roce, a cada carícia. Las manos de Marin acariciaban con ansias la espalda de Kanon, reconociendo en ella algunas cicatrices que ya nunca se iban a borrar, deleitándose en ellas, deslizándose hasta su cintura. Fue entonces cuando Kanon tomó una de las manos de Marin y la acompañó hacia la hebilla del cinturón de sus vaqueros...Quítamelos...le susurró al oído, respirando agitadamente, besándole el cuello, notando cómo las manos de Marin obedecían con impaciencia...

La pasión se apoderó sin piedad alguna de esos dos cuerpos, de esas dos almas, tan distintas, tan fuertes y tan necesitadas de contacto humano. Por unos momentos se olvidaron por completo de quiénes eran, del Santuario, de París, de Vincent...y de todo lo que les había conducido a acabar allí. Se entregaron al deseo, se fundieron con él, se saciaron uno del otro como nunca hubieran imaginado hacer. Hasta que la excitación llegó a su punto álgido, para seguidamente dejarlos tendidos cuerpo sobre cuerpo...exhaustos...derrotados...sin apenas fuerzas para ir recuperando la respiración. Y la cordura...esa que momentos antes los había abandonado por completo.

Quedaron tumbados sobre la cama, uno al lado del otro, en silencio. Únicamente sus respiraciones llenaban la estancia. Sus ojos se encontraron, se observaron, se sonrieron, y cuando Marin mostró la intención de romper ese silencio cómplice de sus pasiones, Kanon la detuvo con un simple gesto. Una ligera negación con su rostro, acompañada de una cálida sonrisa le dio a entender a Marin que no lo rompiera, que no mancillaran ese momento con palabras vacías que no llevarían a ningún lado. Marin asintió con su mirada, aún encendida, aún recorriendo ese cuerpo masculino que tenía tendido al lado, perdiéndose en la línia de vello azul que descendía desde el ombligo de Kanon hasta perderse entre las arrugadas sábanas que a duras penas cubrían a ambos. Finalmente el cansancio se apoderó de ellos, cerró sus ojos y los dejó a la merced de los sueños.

Cuando Kanon despertó Marin estaba todavía sumida en su profundo sueño, y él se deleitó en la vista que le ofrecía su pequeño cuerpo, despojado de cualquier rastro de ropa, apenas cubierto por las sábanas. Y pudo apreciar que era simplemente hermoso. Se perdió en esa suave belleza que horas antes había podido saborear, pero que el desenfreno del momento había hecho imposible de admirar con atención. No se arrepentía de lo que había pasado. En absoluto. Pero no estaba seguro de cuál iba a ser la reacción de Marin...Había sucedido todo de una manera tan...extraña...Sin dar más vueltas al asunto se levantó de la cama sigilosamente, y sin cubrir su desnudez, se dirigió al baño para tomarse una merecida ducha. Al salir del baño Marin aún estaba dormida, y él optó por vestirse y abandonar la habitación en silencio, no sin antes echar una última ojeada a ese cuerpo que le había desenterrado su pasión más olvidada.

Al poco rato que Kanon hubiera abandonado la habitación Marin fue despertando lentamente. Al abrir sus soñolientos ojos pudo ver que se encontraba sola. Y completamente desnuda. El rubor volvió a atacarla sin consideración mientras su mente revivía una y otra vez lo que había pasado la noche anterior. No podía creerse la osadía que había tenido, y menos aún, las consecuencias que ésta había desencadenado. Pero se había sentido viva. Más viva que nunca. Y se recordó a ella misma que renunciar a envenenarse con las rosas de Piscis había sido la mejor decisión que pudo haber tomado. La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral. La puerta del baño estaba abierta, con la luz apagada y un charco de agua asomaba por el umbral. Kanon se había ido, y no sabía si por vergüenza de lo que había pasado o porqué simplemente no quería participar en un intercambio de frases forzadas. En cierta manera, ella le agradeció el gesto. Al dirigirse también hacia el baño, pisando de lleno el irremediable charco de agua, volvió a pensar en Kanon y en cómo su asombroso cuerpo y su indescifrable personalidad la habían atrapado de lleno. Nunca nadie en su vida le había provocado ese intenso cóctel de emociones encontradas. Y lo más curioso de todo, era que esa intensidad la fascinaba si medida.

Después de tomarse una larga y reconfortante ducha, se armó de valor para bajar al comedor y afrontar, por primera vez después de lo acontecido, la profunda mirada de ese hombre que por unas horas le había hecho olvidar todo el sufrimiento que la muerte de Aioria le había instalado en su corazón. Cuando se adentró a la sala de los desayunos no le costó nada ubicar a Kanon, sentado de espaldas al acceso, bebiéndose seguramente el segundo o tercero café de la mañana. Ella se sirvió lo mismo que el día anterior, y se unió a él en la mesa, notando con rabia como sus mejillas volvían a arder, sentándose frente a él sin saber muy bien qué decir.

- Buenos días - dijo Kanon, sonriente.

- Buenos días - respondió ella, con timidez, sin levantar la mirada, buscando el valor suficiente para encarar sus verdes ojos sin parecer todo lo estúpida que en ese momento se sentía - Kanon...yo...- su tono de voz estaba teñido de vergüenza.

- Shhh...- la silenció él - no digas nada, por favor - añadió - no pienses, no te justifiques...pasó lo que tenía que pasar. Somos dueños de nuestros actos, y eso es todo lo que importa, nada más - continuó, intentando evitar cualquier asomo de conversación vacía.

- Sí...tienes razón...- contestó ella, sonriendo, mirando por fin dentro de esos ojos que la desarmaban sin piedad.

- Te recomiendo que recuperes todas tus fuerzas, porqué intuyo que hoy va a ser un día muy largo - dijo Kanon, cambiando de tema, tomando un sorbo de su adorado café solo.

- Lo sé...y no te voy a mentir...me da miedo lo que pueda pasar...- respondió Marin, vistiendo su rostro de seriedad.

- Confía en mí...no le voy a lastimar...pero tú sabes mejor que nadie que para que la verdadera fuerza brote de las profundidades, primero hay que llegar a ellas - dijo Kanon, con tranquilidad. Con calma.

Con esa calma que siempre precede a la tempestad.

Continuará