Habían pasado el día vagando por las maravillosas calles de París, recorriendo las orillas del Sena, puente tras puente, admirando la belleza de cada uno de ellos, tan distintos, tan magnificos. Parándose en las paraditas de color verde adosadas al muro del rio, llenas de recuerdos, postales y pinturas que inmortalizaban la ciudad de la luz. Aunque nada de ésto había sido suficiente para hacer olvidar a Marin lo que había vivido la noche pasada, ni mucho menos, para olvidar lo que estaban a punto de hacer. La tarde avanzaba con rapidez, y con su inminente huída llegaba la hora de ir en busca de Vincent.
Realmente Marin estaba atemorizada, carcomida por los nervios. Unos nervios que Kanon no tuvo intención de aplacar, y que su aparente calma aumentaban todavía más. Kanon se había mantenido en un silencio absoluto en lo que acontecía al muchacho. No había dado a Marin ni una pista de lo que tenía pensado hacer. Tampoco le había hablado de lo poco que le contó la camarera del bar. La información que obtuvo de la reciente muerte del padre y hermano del chico se la guardó para él. Estaba convencico que esa sería la principal carta a jugar. Y no quería que Marin tuviera conocimiento de ello, para así evitar conflictos. Sabía que Marin era muy propensa a empatizar con el dolor de los demás, y si tenía esta información le podría dificultar mucho sus intenciones.
Marin se había sumido en un impenetrable silencio mientras tomaban el metro que les acercaría a la plaza Denfert-Rochereau, donde muy cerca de allí se encotraba la taquilla de las Catacumbas donde trabajaba Vincent. Al ascender por las escaleras del metro hasta la superfície ya había oscurecido por completo, y la hora de la verdad se acercaba muy peligrosamente. Marin podía notar el temor como si tuviera una bestia respirándole en la nuca. Y Kanon transmitía una tranquilidad que a Marin le resultaba asfixiante. Aguardaron en silencio, fuera de la vista del muchacho. El corazón de Marin se desbocó cuando vio que Vincent abandonaba la garita, y como hizo el día anterior, la cerraba a conciencia, para seguidamente despedirse lángidamente de sus compañeros de trabajo. Vincent volvió a cubrirse su cabeza con la capucha de la sudadera negra que parecía no le abandonaba, se colgó su mochila a la espalda y empezó a andar con desgana.
Kanon y Marin se esperaban que sus pies andaran el mismo camino que el día anterior, pero para su sorpresa, el chico aparentemente cambió su destino, y sus pasos le acercaban hacia donde estaban acechando ellos dos. Parecía que su destino iba a ser el metro...y ellos estaban demasiado cerca de las escaleras de acceso. Kanon agarró a Marin, atrayéndola hacia sí, escondiéndose detrás de un gran árbol, rezando a los dioses que no les descubriera antes de tiempo.
- Marin...controla tu cosmos...por favor...- dijo Kanon en un susurro apenas audible, manteniéndola pegada a su pecho.
Y fue entonces cuando Marin descubrió que la aparente frialdad y calma de Kanon era sólo una fachada. Los fuertes latidos de su corazón no podían disimularse de ninguna manera, y fueron ellos los que, retumbando contra el oído de Marin, inconscientemente delataron que Kanon también estaba preso del nerviosismo. Esperaron con impaciencia que desapareciera en las escaleras antes de decidirse a seguirle. Ahora tenían que ser extremadamente cuatelosos...los planes de Kanon se habían ido al traste, y era necesario ver hacia dónde se dirigía antes de replantear su táctica. Descendieron hasta el andén intentando no llamar mucho la atención, y por fin lo divisaron. Estaba sentado en los bancos de piedra, con sus oídos conectados a los auriculares de música, toqueteando con celeridad en sus dedos lo que parecía ser su teléfono móvil. Por suerte parecía estar sumido en su propio mundo, ajeno a todo lo que le rodeaba. Pocos segundos tuvieron que esperar para ver aparecer el metro a toda velocidad, notando como el viento que éste desató revolvía con malícia sus cabellos. Se adentraron en él, intentando ocultarse entre la gente que lo llenaba por completo, ubicando a su objetivo en el siguiente vagón. Pudieron observar que subió al comboi sin siquiera levantar la mirada, quedando apoyado contra las puertas del lado que no se abrían, dejando pasar parada tras parada. Finalmente bajó, andando tranquilamente, dejando que todo el mundo le adelantara en sus ansias para llegar a sus respectivos destinos. Aparentemente, Vincent no tenía ninguna prisa. Sus pies eligieron el túnel que llevaba a otra línea de metro, y todo indicaba que tendrían que hacer un transbordo. Kanon refunfuñó al descubrir que su viaje bajo tierra todavía no terminaba, pero no iba a desistir, lo seguiría hasta ver dónde demonios tenía pensado ir. Y la revelación de la incógnita no tardaría en llegar. Vincent bajó en una parada que no albergaba mucho movimiento. Apenas salió gente, y menos aún subió. El andén estaba casi desierto, y tuvieron que dejar pasar unos segundos antes de empezar a seguir sus pasos de nuevo.
Una vez alcanzaron la superfície, los ojos de Kanon buscaron su figura desesperadamente, encontrádola andando por la acera que bordeaba el Cementerio Père Lachaise. En un momento dado, el muchacho se detuvo, mirando furtivamente la calle arriba y abajo, y Kanon se creyó descubierto, ocultándose con rapidez en las sombras que proyectaba el muro, arrastrando a Marin con él. Pero Vincent no les vigilaba a ellos...al menos eso creían. Lo que les sorprendió fue ver como con una agilidad asombrosa, trepó por el muro y se internó en el cementerio, que ya hacía rato estaba cerrado al público. Y Kanon sonrió maliciosamente.
- No me lo podías poner mejor, muchacho...- dijo para sí, sin ocultar su sonrisa de satisfacción - Vamos...veámos que nos ofrece - dijo a Marin, que asintió levemente, luciendo su rostro completamente pálido.
Ambos también treparon por el muro, con una facilidad casi inhumana, y se adentraron en la ciudad de los muertos, que los recibió con una total oscuridad, y con un silencio impropio de una zona localizada en medio del bullicio de París. Vincent parecía haberse esfumado, y aquella necrópolis era simplemente inmensa. Empezaron a andar por los tortuosos senderos, delimitados por pequeños y grandes panteones a cada lado, intentando no delatarse con el ruido de sus pisadas sobre los adoquines. Las exquisitas estatuas y esculturas de ángeles llorando sus seres queridos parecían ir cobrando vida a su paso, y casi podían sentir cómo sus miradas de mármol se clavaban sobre ellos. El corazón de Marin latía con fuerza, y no podía dejar de observar a Kanon, odiando la frialdad que mostraba en ese momento. Una frialdad que no tenía nada que ver con el fuego que había descubierto en él la noche anterior. Estaban avanzado sumidos en un profundo silencio, cuando Marin divisó a lo lejos lo que parecían ser unas luces que se movían titilantes.
- Kanon...- susurró, agarrándole con fuerza del brazo - allí...creo que está allí...
Kanon observó las luces que le señalaba Marin, y si todavía quedaba algo de sospechas sobre el muchacho, se desvanecieron de golpe.
- Veo que ya te gusta jugar con las almas.. - dijo Kanon, esbozando una sornisa, dirigiéndose hacia esos focos de luz con determinación. Dejando a Marin atrás.
A unos metros de distancia, Kanon descubrió a Vincent, sentado a los pies de un humilde panteón, con su dedo índice extendido, dejando que las luces...que las almas, le rozaran la yema del dedo, que danzaran a su alrededor, que se comunicaran con alguien capaz de dominar su mundo. Aunque él todavía no lo supiera. Al menos, no del todo. Vincent se había desconectado de la música y retirado la capucha de su cabeza, y su cabello negro, largo hasta los hombros, le confería un aspecto siniestro. Tenía la mirada completamente oculta por los mechones que cubrían su pálido rostro, y los labios dibujaban una tristeza infinita.
- Hola, Vincent - dijo Kanon, deteniéndose a unos metros de distancia, cruzándose de brazos mientras le obervaba con atención.
Al escuchar la grave voz de Kanon, Vincent se sobresaltó de inmediato y las almas desaparecieron al instante. No abandonó su posición, pero la sensación de amenaza que sintió hizo que agarrara su mochila, acercándosela a él, y sin soltarla de su agarre, lanzó una mirada llena de furia y temor hacia Kanon. Sus ojos, dotados de un transparente color azul, contrastaban inmensamente con su cabello negro y la palidez de su rostro.
- ¿Qué mierda quieres tú? - contestó Vincent, con brusquedad, tragándose la creciente inquietud que había nacido en su pecho, clavando sus clarísimos ojos en Kanon.
Marin lo observaba todo a unos metros de distancia, rezando ya no sabía a quién, que Kanon no fuera dominado por su lado más sombrío. Uno que ella ya había conocido y sabía lo cruel que podía llegar a ser.
- Jugar con las almas puede resultar muy peligroso, lo sabes ¿no? - dijo Kanon con una sonrisa maliciosa adornando sus labios - podrías acabar arrastrado por ellas...seducido por ellas...- continuó, avanzando lentamente hacia él.
- ¡Detente! - gritó Vincent, poniéndose en pie de repente, retrocediendo con temor, tropezando y encontrándose de nuevo en el suelo - ¡No sé quién eres! ¡¿Qué mierda quieres?!
- ¿Y este panteón...? - preguntó Kanon, haciendo caso omiso de las palabras de Vincent, acercándose más a él - ¿Pertenece a tu família, quizás?
- Vete. - dijo Vincent sintiendo una seguridad que lo iba embargando poco a poco, volviéndose a levantar.
- ¿Cómo dices? - replicó Kanon con sorna, mirándole directamente a los ojos.
- ¡Que te vayas, joder! - exclamó.
- ¿Quién descansa aquí?... ¿Tu padre?...¿Tu hermano?...- siguió Kanon rozando con sus dedos los nombres esculpidos en la piedra.
- ¡Cállate! ¡Lárgate de aquí! - insistió Vincent propinándole un empujón, apartándolo del panteón con una fuerza que sorprendió a Kanon, aunque insuficiente para derribarle.
Kanon únicamente sonrió, volviendo a mirar el panteón, fijándose en la fecha de defunción esculpida en la piedra. Muy reciente.
- ¿Acaso te sientes culpable por no estar unido a ellos? ¿Es por esta razón que no les permites descansar en paz? - inquirió Kanon con toda la malícia de la que fue capaz.
Y Vincent no se contuvo. Sintió arder dentro de sí una fuerza fuera de lo normal, y no dudó en levantar su puño y descargarlo contra el rostro de Kanon. Alcanzándolo. Y derribándolo.
Kanon se encontró de bruces al suelo, y pudo notar el sabor metálico de la sangre llenándole la boca. Con tranquilidad se incorporó, escupiendo la sangre, limpiándose con el dorso de su mano la viscosa humedad que le descendía de la nariz.
- Vamos mejorando - dijo Kanon para sí mismo, esbozando una maquiavélica sonrisa.
Continuará
