El pasado 11 de Julio de ese año, el día había sido muy caluroso, igual como lo fue dieciocho años antes, cuando Vincent nacía en el seno de una familia de trabajadores. Una familia que no tardó mucho en romperse. La madre de Vincent y de Maurice, el hijo mayor, pronto abandonó el hogar familiar, alegando que no podía soportar más vivir rodeada de muerte, que era demasiado para ella. Jeremy, el padre de los muchachos, se quedó a cargo de los dos hijos, sin volver a ver nunca más a la mujer que una vez había amado. El hombre se pasaba el día trabajando en el Cementerio Père Lachaise. Era enterrador y encargado del cuidado del lugar. Pasaba más horas entre los muertos que entre los vivos. Y sus hijos le imitaron los pasos. Cuando de pequeños salían del colegio, su destino no era su casa. Era el cementerio, el único lugar dónde se encontraban seguros y en paz. Y lo más importante para ellos dos, hacían compañía a su padre. Un hombre que se había deslomado para subirlos y criarlos con dignidad. Aquí siempre estaréis seguros...les decía su padre...estamos rodeados por centenares de personas, pero todas estas personas que están aquí, con nosotros, nunca os van hacer daño...los que hay tras estos muros son los que debéis temer... Vincent y su hermano Maurice, un par de años mayor, eran inseparables. Los mejores amigos. Y unos hijos admirables, que nunca habían dificultado más de la cuenta la vida a su padre. Su infancia y adolescencia se había desarrollado en medio de muerte, sí, pero ésto hizo que nunca la temieran, aunque sí la respetaran profundamente. Se podía decir que su vida, a pesar del abandono de una madre que nunca más apareció, fue feliz. Hasta ese fatídico día...

Habían ido a celebrar el cumpleaños de Vincent, como hacían cada año cuando se celebraba el cumpleaños de uno de los tres. Habían hablado, habían reído...compartieron sus proyectos de futuro, sus sueños...Maurice estaba cursando medicina, y quería especializarse en ser forense, y Vincent había optado por la Filosofía. En septiembre iba a empezar su primer curso de universidad. Y Jeremy no cabía en orgullo de ver cómo habían crecido sus hijos. A pesar de las dificultades. A pesar de la soledad de saberse abandonado en la gran tarea de subirlos, a los dos. Habían celebrado los dieciocho años de Vincent, y habían brindado por todos los sueños que querían ver cumplidos en el futuro. Al salir del restaurante Vincent insistió en conducir él mismo el coche de regreso a casa. Maurice estaba reticente...venga, déjame conducir...sabes que sé hacerlo, tú mismo me has enseñado...insistía Vincent...pero aún no tienes el permiso, si nos para la policía la hemos liado buena...replicaba su hermano...iré con cuidado, no pasará nada...venga, por favor, déjame hacerlo como regalo de cumpleaños...insistía Vincent. Y finalmente Maurice aceptó. Se sentó en el asiento del copiloto, y su padre en la parte trasera. Vincent se puso al volante y arrancó el coche, como tantas veces había hecho cuando su hermano le enseñaba a manejarlo. Empezó a conducir despacio, pero poco a poco fue acelerando el vehículo, más y más, movido por una exitación desconocida. Quería sentirse vivo, quería sentirse poderoso...quería sentirse, por fin, adulto. Hasta que apareció aquella curva...demasiado cerrada...demasiado cerca...y un gran charco de aceite en el asfalto tomó el control de las ruedas. Vincent no fue capaz de dominar el coche, que inevitablemente se estrelló contra el muro, saliéndose a toda velocidad de la carretera, impactando brutalmente...Los cuerpos de Vincent y su hermano salieron despedidos a través de la luna delantera...pues no se habían abrochado los cinturones de seguridad. El cuerpo de su padre quedó aplastado dentro de los restos de lo que segundos antes había sido un coche. La muerte de ambos fue instantánea. Pero Vincent vivió. Aunque nadie se explicó como era eso posible. Había recibido golpes, cortes y fracturas, y estaba inconsciente cuando llegaron los servicios de emergencia. Pero su vida no peligró en ningún momento. Todo el mundo decía que había sido un milagro que no muriera. Lo que nadie sabía, ni siquera podían sospechar, era que una inmensa fuerza que había nacido de lo más profundo del ser de Vincent, le había salvado la vida. E irónicamente, en ese preciso momento, también lo había sumido en las más profundas tinieblas.

Cuando despertó en el hospital y supo que su padre y su hermano habían muerto, quiso morir él también. Ya no le quedaba nada en la vida que le valiera la pena. Habían muerto. Y por su culpa. Por su maldita inconsciencia se había convertido en un asesino. Y para hundirlo todavía más, llegaron las investigaciones sobre el accidente. Si sabían que era él el que conducía, podrían caerle unos cuantos años de cárcel. Por homicidio. Y allí le surgió un espíritu de supervivencia malvado. Maquiavélico. Antes la muerte que la cárcel. Por una parte deseaba, ansiaba unirse a ellos, dónde él mismo también tendría que estar, pero la sola idea de pasarse años encerrado entre cuatro paredes era algo que no podía concebir. De ninguna manera. En su defensa dijo que era su hermano el que conducía. Que él iba de copiloto...Los cuerpos fueron encontrados a gran distancia del lugar del impacto, y este hecho hacía imposible determinar si eran ciertas o no sus palabras. Y se cerró la investigación. Eludió la cárcel, pero desde el mismo día del siniestro, él se había sentenciado su propia condena. A partir de ese momento, Vincent se sumió en una impenetrable tristeza y melancolía. En más de una ocasión estuvo a punto de acabar él mismo con su vida. La culpa que le ahogaba por dentro era demasiado pesada. Pero cada vez que sostenía un cuchillo en sus manos para rasgar con él toda la vida que le fluía por las venas, una desconocida energía ardía en su interior e imposibilitaba que llevara a cabo tales actos.

Sus sueños de futuro se estrellaron también contra ese muro...él mismo se encargó de acabar con las ganas de vivir en esa maldita curva. No empezó la universidad. Y se buscó un trabajo que no le demandara mucha entrega ni esfuerzo. Así fue a parar a las taquillas de las Catacumbas, aguantando todos los turistas curiosos que cada día pagaban para rodearse de huesos, para sentirse poderosos por un tiempo, mirando a la muerte por encima del hombro, y fotografiándola com recuerdo. Sin ser conscientes que ese recuerdo que inmortalizaban, un día acabaría siendo una realidad. Le asqueaba profundamente el circo que había montado alrededor de algo tan...puro e infalible. Lentamente, empezó a amar a la muerte. La encontraba bella, reconfortante...y cada día pedía acariciarla, seducirla, convencerla que se lo llevara con ella, que le guiara hacia dónde estaban sus seres queridos. Su padre y su hermano. Para así perdirles perdón, cara a cara. Pero eso no ocurría...

Cuando salía del trabajo, acostumbraba a entrar en el cementerio Père Lachaise, donde su padre siempre había poseído un humilde panteón, donde ahora un ángel con lágrimas de mármol les lloraba día y noche. Se sentaba a los pies de la lápida que llevaba inscritos sus nombres, y pasaba allí horas y horas, recordando las palabras de su padre...las personas que están aquí nunca os van a hacer daño, los que hay tras estos muros son los que debéis temer...cuánta razón tenía su padre...cada vez que recordaba estas palabras una opresión estrujaba su pecho sin consideración, y las lágrimas brotaban sin cesar de esos infinitos ojos, que habían perdido toda la luz que un día albergaron. La rabia y el odio que sentía por él mismo arrancaban unos sollozos que únicamente escuchaban los tristes e inmóviles ángeles de piedra que le acompañaban noche tras noche.

Y las almas...

Cada sollozo, cada grito de dolor, arrancaba un alma de lo más profundo de su mundo, y acudían a consolarle, a acariciarle con su titilante luz...No sabía cómo ocurría eso, sólo que ocurría. Y las almas de todas las personas cuyos cuerpos descansaban a su alrededor le cantaban al oído, le contaban lo bien que se sentía estar en ese lugar, infinito, etéreo...y Vincent suplicaba unirse a ellas. Sus lágrimas intentaban purificarle el alma, pero no podían. El dolor era demasiado intenso, profundo. La culpa...desgarradora. Y las almas que despertaban con su dolor acudían a aplacar esos sentimientos tan lúgubres, tan despiadados. Y supo que entre aquellas insistentes lucecitas que le rodeaban sin descanso se encontraban las almas de su padre y de su hermano. Surgían de la nada, le acariciaban el rostro, le secaban las lágrimas cargadas de arrepentimiento, le susurraban que estaban bien, que no se castigara más, que viviera...que ellos lo cuidarían desde su nuevo mundo. Que nunca le habían culpado de lo ocurrido...Que tanto su muerte como su vida debían tener un significado. Y que él debía encontrarlo...

Vincent había quedado paralizado, con la mirada extraviada. El único movimiento que se percibía en su rostro eran las gotas de sudor que descendían surcando la piel hasta perderse entre su agitado pecho. Kanon suspiró profundamente después de haber leído todos los recuerdos que atormentaban a Vincent. Su historia era desgarradora...¿pero no era este el destino de los caballeros?. Volvió a suspirar antes de proceder a manipular esos recuerdos...debía hacerlo...y así liberar su poder. El poder del nuevo caballero de Cáncer.

En ese momento, la magnética mirada de Kanon no pudo evitar reflejar una inmensa tristeza por el muchacho. Y muy a su pesar, le dolía sin medida lo que estaba a punto de hacer. Aunque no se permitiría vacilar.

Continuará