- Kanon...

Esta fue la única palabra que Marin fue capaz de pronunciar antes que los labios de Kanon se cerraran sobre los suyos, saboreándolos lentamente, recreándose en la cálida sensación que le otorgaba su suave tacto. La tíbia agua, que seguía cayendo sobre ellos sin interrupción, los había empapado completamente. La escasa ropa que cubría el cuerpo de Marin se adhería sobre su piel de manera deliciosa, dejando entrever esas firmes curvas que enloquecían a Kanon. El cabello de Marin estaba completamente mojado, y le caía alrededor de su rostro, ocultándole esa mirada encendida por el fuego. Esa mirada que no tenía tiempo de absorver toda la belleza del cuerpo que tenía frente sí. Kanon rompió el contacto de sus labios por un instante, para apartar con delicadeza los mechones de cabello cobrizo que escondían ese suave rostro. Para perderse dentro de esos grandes ojos que le observaban con admiración, con deseo. Con pasión. Sus miradas se encontraron por un segundo, se observaron profundamente antes de permitir que sus labios se entregaran de nuevo a su particular batalla. Con la misma urgencia que se había apoderado de ellos la noche anterior. Las manos de Kanon recorrían por encima de la mojada ropa cada curva del cuerpo de Marin como si fuera un mapa que debían aprenderse de memoria. Los dedos de Marin hacían lo mismo a través del pecho de Kanon, reconociendo cada centímetro de su piel, descendiendo hasta el ombligo, recorriendo ese camino de vello azul que les condujo directamente al objeto de pecado, rozándolo primero con delicadeza, sintiendo cómo la bestia iba despertando a cada carícia, imprimiendo una dulce tortura con cada roce, cada vez más decidido, más urgente.

Un leve jadeo escapó de los labios de Kanon al sentir cómo las gráciles manos de Marin le torturaban tan divinamente. Con brusquedad cortó el largo beso que les había unido bajo el torrente de agua que caía sin cesar, despojando el cuerpo de Marin de las pocas telas que lo cubrían, y con un repentino arrebato tomó a Marin entre sus brazos, alzándola con fuerza por su cintura, aprisionándola contra la pared...El contacto de la fría pared contra la ahora desnuda espalda de Marin hizo que su cuerpo se curvara sensualmente, apretándose contra las caderas de Kanon, rodeándolas con sus piernas, notando contra su piel esa gran excitación que demandaba ser saciada. Marin pasó sus brazos alrededor del cuello de Kanon, enterrando sus manos entre sus largos cabellos azules, golpeando su oído con su entrecortada respiración.

Notar como las piernas de Marin rodeaban su cuerpo con fuerza enloqueció a Kanon sin medida. Su fuerte brazo sostenía a Marin contra la pared, al tiempo que con su otra mano acariciaba con avidez su muslo, apretándolo contra sí, besando cada centímetro de esos firmes pechos que se ofrecían sin reservas a sus labios. Y Kanon no pudo reprimir más sus deseos de poseer ese joven cuerpo de nuevo. Marin jadeó levemente al sentirse invadida de repente, agarrándose con fuerza en los cabellos de Kanon, dejándose llevar por la pasión, rindiéndose a la embriagante furia que les dominaba a ambos. Sucumbieron al deseo, se dejaron adueñar por él...se perdieron en ese torbellino de sensaciones que les recorrían cada célula de sus cuerpos. Volvieron a perder el norte, la razón y la vergüenza, hasta que la excitación llegó a su cumbre, haciendo ese momento delicioso, abandonándolos más rápidamente de lo que hubieran deseado.

La descarga de energía que había sacudido el cuerpo de Kanon hizo que sus piernas flaquearan, y sus rodillas cedieron, quedándose arrodillado bajo el torrente de agua, arrastrando a Marin con él, abrazándola con fuerza al tiempo que hundía el rostro contra su cuello. Marin permanecía a horcajadas sobre Kanon, respirando pesadamente, acariciando lentamente las recientes quemaduras que tatuaban los brazos de ese hombre que la confundía sin medida, sintiendo el aliento rozarle su desnudo cuello. Permanecieron así unos instantes, dejando que el agua se llevara todos los rastros de su pasión desatada, recuperando la serenidad poco a poco. Marin no dijo nada, ya había descubierto que a Kanon le sobraban las palabras. Simplemente acariciaba sus heridas, como si su leve contacto con la yema de los dedos ayudara a sanarlas. Finalmente Kanon levantó el rostro y miró a Marin con ternura...y tristeza. Algo había cruzado por su mente que hizo que su semblante se vistiera de seriedad, y eso asustó a Marin, que notó como Kanon la soltaba suavemente de su abrazo y se ponía en pie, en silencio. Marin se quedó sentada, aún bajo el agua, tratando de cubrir su desnudez con sus brazos y piernas, observando como Kanon agarraba una toalla para cubrirse con ella, disponiéndose a abandonar el baño.

- Lo siento...- fue lo único que dijo Kanon antes de salir por la puerta, sin voltearse.

Una punzada de consternación cruzó el pecho de Marin, que no entendía por qué Kanon había abandonado el lugar de esa manera. Escuchó como se vestía y salía de la habitación, dejándola completamente desnuda y a solas. No...eso no podía quedar así...Marin no entendía nada y necesitaba una explicación. Sin dudarlo, se puso en pie, cerró el agua, se secó rápidamente, se vistió y también salió de la habitación en busca de una respuesta a ese comportamiento tan...brusco e imcomprensible. Al salir por la puerta del hotel, con su rostro contraído por la rabia y la vergüenza, buscó con la mirada a Kanon y lo divisó sentado en un portal, unos metros más abajo, devorando un cigarrillo. Marin notó como la rabia le subía por la garganta y se dirigió hacia él con determinación. Kanon no se inmutó al escuchar su presencia aproximarse. Simplemente propinó una nueva calada al cigarrillo. Marin se quedó de pie a su lado, observándole con dureza, esperando unas palabras...un gesto...algo.

- Lo siento Marin...no...no quiero hacerte daño - soltó Kanon sin más. Mirando a Marin con la misma tristeza que había nacido en su mirada momentos antes.

- Pero...¿por qué dices ésto? - dijo Marin, notando como su pecho se estaba agitando de nerviosismo.

- Tu eres muy buena persona...tienes un alma pura...no te mereces que te arrastre conmigo. Y me temo que es lo que estoy consiguiendo - contestó Kanon, aspirando el cigarrillo una vez más.

Marin no cabía en sí de confusión. Se sentó lentamente a su lado, encogiendo las piernas, abrazándolas.

- Kanon...no me arrastrarás a ningún lado...soy perfectamente consciente de lo que hago - dijo, intentando disimular el creciente temblor en su voz.

- Sé que amaste a Aioria - dijo Kanon, sin rodeos. Estas simples palabras ensombrecieron el semblante de Marin. - Yo no soy como Aioria...él era un hombre noble, firme. La pureza de su corazón eran tan grande que ni siquiera Saga pudo dominarle con todo su poder. - Marin perdió su mirada en la negra noche, recordando a un hombre que sí que había amado profundamente, pero el cuál nunca lo supo. - En cambio yo soy...malvado. Mi vida está llena de oscuridad y de sombras. Nunca ha habido pureza en mi corazón, y menos en mis acciones.

Kanon decía todo esto sin mirar a Marin, como si se estuviera recordando a él mismo que la felicidad que ahora sentía no era merecida. Marin notaba como se le estaba atando un nudo en la garganta, y sus ojos no tardaron en humedecerse. Otra vez.

- No...no eres Aioria. No espero que lo seas. No quiero que te le parezcas...- dijo, armándose de valor, masticando el nudo que la estaba ahogando - Es verdad que le amé profundamente...y es verdad que te odié cuando regresaste del inframundo. Odiaba que fueras tú el que hubiera vuelto con vida y no Aioria - continuó, hablando con una helada sinceridad.

Al escuchar estas palabras, Kanon observó a Marin sin decir nada, sin encontrar su mirada. Sin culparla por esos sentimientos que ahora estaba liberando sin freno.

- Intentaba confiar en tí, pero no podía. Cada vez que te veía recordaba que Aioria había muerto, y tú, un traidor...seguías con vida. - sentenció, devolviendo la mirada a Kanon. Una mirada que estaba impregnada de lágrimas de tristeza, de rabia, de dolor...de confusión. - Por culpa de todos estos sentimientos cometí una estupidez que casi acaba con mi vida - continuó, mirando a Kanon fijamente - pero tú me salvaste...arriesgando tu propia vida...Y por fin pude descubrir que no todo lo que hay en tí es maldad...Y me alegré. - dijo, esbozando una tímida sonrisa mezclada con lágrimas. - Y agradecí inmensamente que compartieras conmigo tu historia...tus sombras y oscuridades. Porqué por fin, a través de ellas, pude ver lo humano que eres. Porqué sólo en la oscuridad una luz se hace visible...y supe que no tenía ningún derecho a juzgar...a condenar un atisbo de luz sólo porqué la oscuridad de la que procedía era demasiado densa...Aceptaste tus errores, Kanon. Quisiste rectificar...No hay condena para un acto tan noble - dijo, secándose las lágrimas con la mano, aguantando la mirada a Kanon.

- Pero no sabes cuando la oscuridad me llamará de nuevo...ni yo mismo estoy seguro de no rendirme a ella nunca más - se justificó Kanon, sonriendo amargamente. - Y lo último que deseo es arrastrarte conmigo a unas profundidades de las que es muy difícil salir ileso. Marin...eres muy joven...demasiado buena...tu companía me da la luz que nunca he sentido, pero temo contaminarla. Y me maldigo por haber propiciado que te acercaras a mí...lo intenté...intenté alejarte de mí...y lo único que he conseguido es que nos quememos los dos con algo que no tiene ningún sentido. No puedo prometerte nada Marin...no soy así...no puedes buscar en mí lo que perdiste una vez, porqué yo no soy capaz de entregártelo.- sentenció, tragando saliva, volviendo a aspirar lo que quedaba del cigarrillo, lanzando la colilla lejos de ellos. Exhalando el humo lentamente, desviando la mirada.

- No espero que me ames - dijo Marin con firmeza - solo espero que me dejes acompañarte en tus sombras cuando ellas se hagan densas, y que podamos vivir como deseemos mientras la vida nos ofrezca nuevos días para vivirla. Nada más. - sus ojos ahora transmitían ternura - Y no me arrepiento de nada de lo que hemos pasado juntos. Después de mucho tiempo me he sentido...viva. No necesito falsas promesas para sentirme así cada vez que nuestros pasos se busquen.- dijo, poniéndose en pie, mirando por última vez a Kanon antes de deshacer su camino hacia el hotel.

Kanon estaba sorprendido por todo lo que le acababa de confiar Marin. En silencio agradeció sus palabras, tan directas. Tan sinceras. En realidad...¿cómo iba él a renunciar ahora a la compañía de Marin? Últimamente se había convertido en su mano derecha en el Santuario, y no quería renunciar a ella. En cierta manera, ella le equilibraba, y estos últimos días había aprendido a necesitarla...Quizás había llegado el momento de perdonarse a sí mismo, de levantarse el castigo de autoimpuesta soledad que desde siempre se había infringido. Y en ese momento odió profundamente tener que volver a Grecia.

Con lentitud se prendió otro cigarrillo, y dejó que el humo se llevara con él todas sus contradicciones.

Continuará