Gracias de nuevo por todos los reviews que recibo a cada capítulo. Aquí dejo otro, espero que os guste :).
Habían pasado un par de días hasta que Vincent se puso en contacto con ellos para decirles que estaba listo para partir. Para empezar una nueva vida. Para dejar atrás un pasado que se había vuelto demasiado pesado. Para dar comienzo a una nueva experiencia que quizás le daría las respuestas a todas las incógnitas que adornaban su existencia.
Durante ese par de días Marin y Kanon habían decidido seguir conociendo París como dos turistas más de tantos que visitaban esa magnífica ciudad todos los días del año. Habían intentado no pensar en el torbellino de emociones que les embargaba a ambos, no justificarlas...no buscarles un sentido que no era otro que simplemente disfrutar de su mútua compañía. Y que en el fondo no había nada de malo en ello. No había lugar para falsas promesas de amor eterno...eso estaba reservado para las novelas románticas. Y su vida no era precisamente una novela de amor. Era más parecida a una tragedia griega. No impedieron que la pasión y el deseo se apoderara de ellos durante las últimas horas que les quedaban en París. Y lo vivieron con más calma, menos urgencia...con la tranquilidad en su consciencia de saber que no había obligaciones entre ellos dos. Sabiéndose libres y dueños de sus actos sin esperar adornarlos con palabras vacías. Pero había llegado el momento de volver a Grecia. Al Santuario. Un lugar donde Marin no sabía como iban a manejar las emociones que habían nacido entre ellos dos. Quizás todo quedaría en París. Quizás no...Lo único que sabía con certeza era que no deseaba alejarse de la magnética presencia de Kanon. Por qué si algo había aprendido en París fue a deshacerse del miedo que anteriormente le habían despertado sus sombras. Y había constatado que Kanon, aunque él mismo se negara a reconocerlo, era muy humano. Con todas sus contradicciones. Como todo el resto de mortales.
Vincent les esperaba a la puerta del hotel, ataviado con sus inseparables vestimentas negras, con su mochila colgada de la espalda y una simple bolsa de deporte medio vacía aguardando a sus pies. Vincent estaba nervioso, no sabía lo que se iba a encontrar allí donde iba, e intentaba tranquilizarse pensando en que nada podría ser peor que el infierno en el que había vivido desde el día que el accidente cambió su vida. Cuando les vio aparecer por la puerta su expresión no cambió en nada. Simplemente recogió su bolsa del suelo para colgársela en el hombro. Marin y Kanon se acercaron a él, observándole detenidamente.
- ¿Listo? - le preguntó Kanon.
- Listo...- respondió Vincent, de manera escueta.
- ¿Tienes todo lo que te hace falta para el viaje? - le preguntó Marin, sorniéndole levemente, viendo que el equipaje que le acompañaba era liviano.
- Así es...no creo que necesite muchas cosas allí donde me lleváis - contestó él, sin perder la seriedad de su rostro, medio oculto por esos cabellos negros que le conferían un aspecto un poco tétrico. - Además...lo más importante viene conmigo - dijo, alzando su mano, abriéndola con la palma hacia arriba, emergiendo de ella esas dos almas que no le iban a abandonar nunca.
- Pues en marcha - dijo Kanon, dirigiendo sus pasos hacia la boca del metro, para zambullirse en los laberintos de las profundidades de París que los llevarían directamente hacia el aeropuerto.
Llegaron al aeropuerto, canjearon sus billetes, se tomaron unas bebidas mientras hacían tiempo para la llamada al embarque, Kanon se desesperaba porqué no era capaz de econtrar la maldita jaula de los fumadores, intentando aplacar su necesidad de vicio con un café tras otro. Y Marin se sentía terriblemente divertida ante la desesperación de Kanon.
- ¿No crees que ya has bebido bastante cafeína por hoy? - dijo, aguantándose la incipente risa - ¡Cuando lleguemos no habrá quién te aguante! Y ya es difícil lidiar contigo sin cafeína encima...- continuó, riéndose ya abiertamente.
- ¿Quieres hacer el favor de callarte? - replicó Kanon, fingiendo estar molesto por las palabras de Marin, viendo de reojo como esa cotidiana escena había arrancado una tímida sonrisa a Vincent, que intentó ocultarla con su desarreglado cabello.
Por fin dieron el aviso de embarque y subieron al avión que les llevaría de regreso a casa. Y de ida a una nueva vida. Marin se sentó al lado de la ventana sin preguntar siquiera las preferencias a los demás. Vincent se apresuró a ocupar el asiento que estaba en el lado contrario del pasillo, pegado también a la ventana. Y Kanon no tuvo más remedio que volverse a quedar en el asiento del medio del pasillo. Marin le dio sus pertenencias para que Kanon las subiera a la parte de arriba, y él refunfuñó mientras lo hacía, mirando a Marin con el ceño fruncido, sintiéndose un poco objeto de burla por su parte. Riéndose interiormente por ello.
- ¿Estás segura que tienes todo lo que necesitas para el vuelo? ¿No te hace falta nada que esté dentro de tu maldita bolsa? - dijo, fingiendo enfado, con las manos apoyadas en la puerta de cierre del compartimento superior. Marin se reía por lo bajo.
- No, creo que no...
Kanon cerró el compartimento y tomó asiento. Momento que Marin aprovechó para decirle, con toda la malícia del mundo...
- Espera...creo que me he dejado la chaqueta dentro la bolsa...está fresco aquí dentro - dijo, riéndose tremendamente para sus adentros viendo la descomposición del rostro de Kanon en ese momento, sabiéndose burlado.
Soltando un gruñido se puso en pie de nuevo, abrió la compuerta, sacó la chaqueta de Marin con brusquedad, hizo caer la bolsa del pasajero del asiento de enfrente encima de su cabeza, se disculpó como pudo, la recogió para volver a guardarla mientras era observado por su dueño con desaprobación, tiró la maldita chaqueta contra el rostro de Marin, golpeó con su trasero a una pasajera que estaba a punto de ocupar el asiento contiguo al de Kanon al otro lado del pasillo, haciendo que la mujer perdiera pie y se encontrara de bruces contra otro pasajero. Se disculpó a su vez, escuchando como la mujer murmuraba...jóvenes, que alocado que se ha vuelto el mundo...Marin no podía aguantarse las carcajadas, viendo como unas situaciones de lo más comunes y corrientes desarmaban a Kanon más que mil batallas en el inframundo. Vincent también se reía, mientras se conectaba sus auriculares de música y miraba a Marin, mostrándole, por fin, algo de alegría en esos ojos más azules que el cielo.
- Bueno...¡¿ya está bien de burla, no?! - espetó Kanon, mientras se sentaba con brusquedad, abrochándose el ridículo cinturón, empujando el asiendo de delante con sus rodillas, haciendo que el señor que segundos antes había sufrido el ataque de sus propias pertenencias se volteara y mirara a Kanon con rabia en sus ojos.
- Perdón...- le dijo Kanon, aparentando arrepentimiento, levantando ambas manos a modo de disculpa.
Parecía que por fin había llegado la calma, Vincent estaba sumergido en su mundo de atronadora música, Marin ojeaba los folletos informativos que encontró en su asiento y Kanon también se disponía a conectarse a su música cuando notó unos suaves golpecitos en el hombro, propinados por un insistente dedo. Se quitó los auriculares y se giró, descubriendo a una anciana, con un bolso en la mano, dirigiéndole la mirada más tierna y encantadora de la que era capaz. Kanon no dijo nada, únicamente aguardó a ver qué demonios querría esa mujer.
- ¿Joven...sería tan amable de subirme ésto arriba? - le dijo, mostrándole el bolso, sonriéndole cómo sólo las abuelas saben hacer - Es que yo no llego y usted es alto...- continuó, sin dejar su adorable sonrisa.
Kanon notó como la rabia le subía por la garganta, vió cómo la risa que atacaba a Marin y Vincent era ya imparable, y no tuvo más remedio que respirar hondo un par de veces, cerrando los ojos mientras lo hacía, desabrochándose el cinturón de seguridad y poniéndose en pie, mirando con una forzadísima cara de amabilidad a la anciana que le ofreció sus bártulos con decisión. Kanon abrió el compartimento, que estaba a rebosar de cosas, agarró de un tirón las pertenencias de la anciana y las puso dentro sin ninguna delicadeza, apretujando todas las cosas que ya había guardadas para hacer caber el maldito bolso de la vieja. Cerrando el compartimento con tal fuerza que todos los pasajeros se giraron para vér de dónde había salido ese tremendo golpe.
- Gracias joven...muy amable - dijo la señora, mientras tomaba asiento detrás de Kanon.
- De nada...- respondió Kanon, mostrándole la sonrisa más sarcástica y falsa que pudo encontrar.
Kanon volvió a sentarse, empujó de nuevo el asiento de enfrente con sus rodillas, el hombre sentado en él ya no podía aguantar más todo el alboroto que Kanon había montado en un momento y se giró amenazante.
- ¡Muchacho, ya está bien ¿no?! - le dijo, enfadadísimo - ¡¿Puedes estarte quieto de una vez?!
- Lo...lo siento...- dijo Kanon, notando como la vergüenza iba tomando posesión de su rostro. - Es que no sé por qué hacen los aviones tan estrechos...
- ¡Pues haberte pagado clase VIP! ¡A mí que me cuentas!
- Está bien...está bien...no se enfade hombre, ya no me voy a mover más...
El estómago de Marin dolía por la risa que le había causado toda esa escena creada en cuestión de segundos, y Vincent no sabía cómo tragarse unas carcajadas que hacía meses que le habían abandonado, y que finalmente querían volver a estar en su vida.
Finalmente el avión despegó. Parecía que todo estaba transcurriendo con tranquilidad. Y llegó el carrito de las bebidas, el cuál Kanon estaba esperando con ansias. Antes que la azafata pudiera preguntarles si deseaban tomar algo, Kanon se adelantó pidiendo su necesitado café solo.
- ¿Podrían ser dos? - le preguntó a la azafata, fingiendo inocencia - así le ahorro el trabajo de volver...- continuó, guiñándole un ojo, haciendo que el rubor tiñera las mejillas de la azafata y los celos las de Marin.
- Sí claro...cómo no - respondió la azafata, complaciéndolo en su demanda.
El resto del viaje transcurrió con calma y sin incidentes remarcables, y por fin tomaron tierra en Atenas. Todavía les quedaba algo de camino, pero el Santuario ya estaba cerca.
En el preciso instante que bajaron del avión, en medio de la soledad y oscuridad del cuarto templo del Santuario algo salió de su letargo. Una insistente energía empezó a embriagar todo el Santuario. Kiki lo notó enseguida, y corriendo se dirigió hacia el epicentro de ese revuelo de energías. Sus ojos se agrandaron de emoción cuando descubrieron el origen de eses cosmos...algo resonaba insistentemente, cada vez con más fuerza.
El cangrejo dorado parecía haber cobrado vida.
Reconociendo en la distancia la proximidad de su nuevo dueño.
Resonando.
Brillando.
Esperando a Vincent.
Continuará
