Dígase una cosa de Ana: estaba hasta las mismísimas narices. Había estado horas, HORAS, soportando al elfo cantarín, y cada vez que había intentado marcharse el elfo en cuestión no había dudado en placarla con indudable ferocidad. Pero conservando la elegancia y sin despeinarse, eso sí, que no era un elfo en vano. Al final, tras sendos placajes y un intento fallido de descolgarse por el balcón usando la cabellera del elfo (no se sabe qué pudo salir mal), Ana se dio por vencida, metió la cabeza entre las rodillas para intentar bloquear el sonido, y se limitó a mecerse atrás y adelante hasta que pasara el temporal. Y así pasaron minutos, muchos minutos, que se convirtieron en horas, y llegó un momento en que la pobre dejó de contar y se puso a pensar en cosas alegres, como fondues de chocolate o el lento y cruel desmembramiento de un cierto elfo cantarín. Sí, llegados a este punto, la pobre Ana estaba decididamente más afectada mentalmente que al principio. Nunca hagáis caso de las terapias élficas, niños.

Dígase otra cosa de Ana: cuando por fin volvió a alzar la vista y vio al elfo despedirse de ella y salir de la habitación, juró y perjuró que si volvía a oír una sola canción élfica en su vida, rodarían cabezas. No estaba de buen humor, por decirlo suavemente. Se ve que es un efecto secundario de las terapias élficas que las autoridades sanitarias de la Tierra Media debieran tener en cuenta.

Entre tanto cántico y tanta tontería, había caído la noche. Ana tenía toda la intención de irse a la habitación donde tomó su baño, meterse en la cama tranquilamente y sin molestar a nadie, y tratar de olvidar la experiencia traumática que acababa de vivir. Y si para ayudarla en tan noble tarea pillaba un poco de lo que fuera que tomaran los elfos para estar todo el santo día tan relajados, pues oye, no iba a decir que no. Pero, por supuesto, no estaba en su destino conseguirlo, ya se encargarían los Valar de eso. Así que se perdió, y acabó dando vueltas por esa maraña de pasillos y patios aleatorios que es Rivendell, que a saber en qué estaban pensando los elfos cuando lo construyeron. En laberintos y en reírse de la gente con mal sentido de la orientación, probablemente. El caso es que Ana dio con sus huesos en un patio interior, y como tenía la extraña sensación de que era al menos la cuarta vez que pasaba por ahí (casi juraría que la estatua de la elfa que había en medio del patio se estaba riendo de ella) y estaba bastante harta, decidió desahogarse como ella sabía tan bien. Gritando.

- ¡¿PORQUÉ YO?! ¡¿QUÉ HE HECHO PARA MERECER ESTO?! ¡SI ES UNA ESPECIE DE BROMA, YA ES DE MUY MAL GUSTO! ... ¡SI DE VERDAD HAY ALGUIEN AHÍ, MANDADME UNA SEÑAL O ALGO!

Dicho y hecho, como por arte de magia una notita doblada se materializó delante de sus ojos y fue descendiendo suavemente mecida por una brisa salida de la nada pero muy narrativamente apropiada, hasta posarse con delicadeza en sus manos extendidas. Así, como con recochineo.

HOLA, CHAVALA

Veo que no te ha hecho gracia el truquito de las notas que desaparecen cuando más las necesitas, ¿eh? ¡BWAHAHAHAHA! ¡HAHA! ¡Pues te aguantas!

Si es que los mortales no tenéis el más mínimo sentido del humor.

En fin, que ya era hora de que te convencieras de una vez por todas de que nosotros te hemos metido en este sarao, que anda que no te ha costado ni nada, ¿eh? ¡Lenta, so lenta, que te gana un caracol en una carrera! ¡HAHAHA! ¡HÁ!

Pues nada, a ver qué se te ocurre hacer ahora. Date un buen espectáculo y nos echamos todos unas risas, ¿eh, pringada? ¡BWAHAHAHA! ¡HAHAHA! ¡HAHÁ!

- Melkor, El Más Mejor de los Mejores

Ana ya no podía negar lo evidente. Es más, estaba harta de dudar tanto. La notita apareciendo mágicamente de la nada ya era la gota que colmaba el vaso. Tantas locuras habían hecho que estuviera por fin dispuesta a aceptar que una especie de diosecillos con los humos subidos la hubieran metido en este lío, sí. Pero eso no significaba que fuera a rendirse sin pelear.

Si era víctima de una maldición, como decían ellos, lo más seguro es que se pudiera romper de alguna manera, o eso quería creer. Y si no, al menos le quedaría el consuelo de haberlo intentado. Así que desde ese mismo momento se decidió a actuar lo menos parecido a una Mary Sue que pudiera, porque, reconozcámoslo, sabía cómo iban esas cosas. Había leído más de uno y más de dos fanfiction en sus tiempos mozos, había apoyado parejas imposibles, había perdido el sueño leyendo ratings M hasta altas horas de la noche. Por supuesto, también había escrito las infumables aventuras de su propia Mary Sue. Y la buena noticia es que había salido más fuerte de esa experiencia, y ahora podía usar esas largas horas para no cometer los mismos errores que sus personajes. Por supuesto, estaba por ver qué harían esos supuestos diosecillos por impedírselo, pero Ana se sentía embargada por una justa indignación, que le daba fuerzas para creer que podía enfrentarse a cualquier cosa. La muy ilusa. Con energías renovadas y un nuevo propósito en mente, echó a andar con paso vivo.

Como tenía ya bastante claro que al parecer su plan de meterse a la cama no había cuajado bien, que se ve que a los Valar eso les debe parecer demasiado soso, decidió dejarse llevar a donde la guiaran sus pies. Y así no tuvo que andar mucho hasta ir a parar a donde la Compañía estaba haciendo noche. Cómo no. Se ve que lo estaban pasando bien, a juzgar por el escándalo que montaban. Además, habían encendido una hoguera con muebles élficos, así, por las risas, que no se diga que los enanos no respetan el mobiliario de sus anfitriones. No se sabe muy bien cómo, pero se habían agenciado carne en alguna parte y estaban metiéndose entre pecho y espalda un poco de comida de verdad (es decir, sin siquiera media hoja de lechuga a la vista ni nada que se le pareciera). Justo en ese momento, las horas de terapia aguantadas sin probar bocado pasaron factura a nuestra aguerrida protagonista y le rugieron las tripas cual manada de leones hambrientos, anunciando su presencia.

- ¡Hola de nuevo, señorita Ana!- la saludaron a coro.

- ¡Siéntese y tenga, un poco de comida decente en vez de ese alpiste que nos han dado los elfos!- dijo Dori, tendiéndole una especie de pincho moruno cuyo contenido Ana no tenía ninguna intención de cuestionar.

- ¿Dónde se había metido usted, de todas maneras? ¡No la encontrábamos por ninguna parte!

- ¡Buena pregunta, Kili! ¿No habrán sido esos elfos, verdad? ¡Seguro que la han secuestrado para sacarle información de nuestra aventura!- a Fili, sólo de pensarlo, se le abrieron mucho los ojos del susto.

- ¡O para obligarla a comer más hojas verdes!

- ¡Uuuuughhh, no! ¡Eso es terrible, no te pases, Ori!- gritaron los hermanos a la vez. Personalmente, Ana casi habría preferido haber estado comiendo ensaladas sin aliñar ni nada en vez de soportando cancioncitas, pero nunca llueve a gusto de todos.

- Tranquilos, no me han obligado a comer verduras. Ni me han intentado sacar información. Aunque sí he tenido que soportar unas cuantas canciones élficas, pero no os preocupéis, que eso tenía una explicación…

Un grito ahogado la interrumpió a mitad de frase. Seguido por otros cuantos gritos no tan ahogados.

- ¡Rufianes!

- ¡Sinvergüenzas!

- ¡Mira que obligar a la señorita a escuchar esa porquería que llaman música!

- ¡No tienen honor!

- ¡Bofur, canta algo para que la pobre señorita pueda olvidar semejante maltrato!

Y ahí Bofur, que no perdía oportunidad, se lanzó a deleitarles con una canción enana tradicional de taberna, que afortunadamente era lo suficientemente alegre y movida como para que a Ana no le recordara en nada a su terapia, y por lo tanto no le entraran ganas de asesinar a nadie lenta y cruelmente, lo que siempre es de agradecer. La actuación acabó entre un aplauso muy entusiasta, y tanto había estado disfrutando Ana del espectáculo que lo que pasó a continuación la pilló desprevenida:

- Señorita Ana, ¿por qué ahora no nos canta usted algo típico de sus tierras lejanas? ¡Sentimos curiosidad!

- ¡Eso, eso! ¡Genial idea, Bofur!

Todas las alarmas empezaron a sonar en la cabeza de Ana. Y es que eso apestaba a lo que ella había dado en llamar Momento Mary Sue. Ahora, sin venir a cuento ella cantaría, y por supuesto su voz sonaría angelical a los oídos de los enanos, y por mucho que eligiera el último éxito de Britney Spears no se produciría un choque cultural ni nada. Sobra decir que los encandilaría a todos con su dulce voz, y ese sería un punto crucial de una historia de amor absurda capaz de provocarle una subida de azúcar a un diabético. Hablando del tema, aún no tenía muy claro quién exactamente iba a ser el pobre diablo al que le tocara caer rendido a sus pies. Teniendo en cuenta que más o menos todos por igual la habían "cortejado" a su peculiar manera, los Valar tampoco lo habían decidido. Pero en fin, el caso es que fuera quien fuera el desafortunado, ella no estaba muy por la labor de seguir por ese camino sin rechistar. Así que, claro está, cruzó los brazos y se negó en redondo a cantar.

Ahora bien, si estos enanos tienen algo, es perseverancia. Por no decir cabezonería pura y dura. Así que insistieron e insistieron, hasta que le levantaron tal dolor de cabeza a Ana que se planteó muy seriamente ceder, aunque sólo fuera para que se callaran.

Y ahí fue cuando se le ocurrió la idea. Podía cantar, oh sí, porqué no. Pero nadie dijo que no pudiera esforzarse como nunca se había esforzado en su vida en hacerlo mal. De hecho, pensaba hacerlo tan mal, tan mal, que si alguno de los enanos conseguía salir de aquello con los oídos indemnes jamás le volvería a pedir que entonara ni una sola nota.

Y ahí fue cuando puso cuerpo y alma en la interpretación más sentida que jamás se ha visto del Sarandonga. Eso sí, en versión death metal. Y desafinando como si le fuera la vida en ello.

La garganta se le quedó dolorida y rasposa, eso sí, pero parecía que había merecido la pena. O eso pensaba hasta que la Compañía prorrumpió en una salva de aplausos como pocas veces se ha visto. Algunos hasta se quitaban lagrimillas del rabillo de ojo.

- ¡Bravo, bravo! ¡Qué bonito!

- ¡Sonaba como un pico al raspar la piedra, qué recuerdos!

- ¡Señorita Ana, tiene usted una voz hermosísima! ¿Era usted juglar en su tierra?

Ana no se lo podía creer. Pero si lo había hecho fatal, estaba segura. A nadie con dos dedos de frente le podría haber gustado eso. Está claro, queridos lectores, que nuestra protagonista subestima el poder de la MMS y aún le queda mucho por aprender. O que los enanos tienen gustos muy raros, una de dos. Y sin embargo, aún había algo que podía agriarle aún más la noche.

Algún elfo trasnochador debía de haber oído el sarao que tenían montado, y al ser testigo de semejante cosa se ve que debía de haber pensado que tenía que defender el honor de su pueblo y enseñarles a los enanos lo que era la música de verdad. Así que empezó a canturrear una melodía así como suave, delicada y relajante, digna del mejor spa. Muy élfico todo. Lo que el elfo no podía haber previsto es que, tan pronto como las primeras notas alcanzaron los maltratados oídos de Ana, a la chica se le cruzaron los cables y se lanzó al ataque salvajemente cogiendo lo que encontró más a mano. Recordemos que había jurado no soportar ni media canción élfica más.

Fue una suerte que lo que usó para atacar fuera un cojín, y que el elfo estuviera rápido y en cuanto la vio cargar hacia él enloquecida cual animal salvaje saliera por patas, porque si lo hubiera pillado se podría haber montado un conflicto diplomático de agárrate y no te menees.

Hay que reconocerle a la chica el mérito, después de haber sufrido horas de tortura psicológica y musical aún le quedaban fuerzas para intentar sacarle los ojos a todo elfo que se atreviera a cantar en su entorno próximo. Sin embargo, además de hambre la terapia le había dejado otras secuelas, y si ya de por sí la pobre chica era un poco torpe, por decirlo suavemente, después de tanto sufrir andaba más descoordinada que un pato mareado. Así que no ha de extrañarnos que tropezara mientras perseguía al elfo (a pesar de que no había ningún obstáculo visible) y se fuera de cabeza al suelo, quedando inconsciente y salvando así al orejas picudas de un destino más que probablemente funesto. Ahí la dejamos, por el momento…


En la puerta de un bar muy muy lejano, un señor de los elfos miraba extrañado al suelo. Y es que Elrond había sentido una perturbación en la fuerza, un desbarajuste en su más que merecido descanso en Valinor después de tanto lío como había vivido en la Tierra Media. Percibía que en alguna parte se estaban cometiendo desaires hacia su persona, y se había puesto a investigar. O quizá simplemente le había sentado mal la comida y había salido a dar un paseíllo para despejarse, pero en fin, la primera opción suena más élfica, cada uno que crea lo que quiera. En cualquier caso seguir su 'sexto sentido' le había llevado hasta ese bar, y jamás podría haberse imaginado lo que se encontró ahí. Y eso que aún no había entrado ni nada.

Y es que, tirados en el suelo a ambos lados de la puerta, como dos borrachos que se han pasado de copas, e inconscientes por si fuera poco, estaban Manwë y Gandalf. Al primero alguien le había pintado un bigote con las puntas rizadas y unas cejas picudas con algo que parecía sospechosamente rotulador permanente negro, lo que le daba una expresión de sorpresa permanente. Al segundo no le habían pintado nada, quizá porque ya venía con bigote, barba y cejas prominentes de por sí y tampoco se podía empeorar mucho más.

Elrond vio a dos figuras de poder en tales circunstancias, sumidos en semejante pérdida de dignidad, e hizo lo único que podía hacer. Reírse como un condenado, claro está (que no había nadie a la vista que pudiera ver como un señor de los elfos serio y de bien perdía la compostura). Luego empezó a agitarles a los dos por los hombros hasta que se despabilaron, pero primero se echó sus buenas carcajadas, que él tenía sus prioridades muy claras. Además, no le dijo nada a Manwë sobre sus nuevos adornos faciales, porque sí, por las risas.

- ¡Hombre, Elrond, majo! ¿Cómo tú por aquí?- le saludó el mago con toda la familiaridad del mundo, cuando consiguió despejarse lo suficiente. Se ve que una eternidad de convivencia hace que se pierda el gusto por los tratamientos más formales.

- Pues ya ves, Mithrandir, aquí estamos. Pasaba a ver en qué estáis metidos, que estoy notando cosas muy raras…

- ¡Claro, hombre, claro, pasa! Justamente íbamos a llamarte cuando hemos sufrido un pequeño accidente, como puedes comprobar… - dijo el caradura de Gandalf, intentando disimular el hecho de que a nadie se le había ocurrido ir a avisar al señor de los elfos. Acto seguido abrió la puerta, y con un "¡tachán!" dejó entrar a Elrond al bar. Manwë, ya del todo recuperado, entro detrás de ellos y le explicó por encima la situación al recién llegado:

- Verás, nos hemos montado aquí un chiringuito y estamos vengándonos de una creadora de Mary Sues mandándola a sufrir a la Tierra Media. Y viéndolo todo por la tele para reírnos, claro. Pasa y ponte cómodo, ya irás pillando la historia.

No era la primera vez que Elrond oía hablar del tema de las Mary Sues, de hecho. Estaba al corriente de que incluso sus pobres hijos habían caído víctima de ellas en alguna que otra historia, aunque no tanto como otra gente que había tenido la suerte (o la desgracia) de salir en las películas. Sospechaba que él mismo quizá también fuera víctima, que ya no se respeta nada, pero eso había preferido no investigarlo muy a fondo para ahorrarse el tener que pagar a un psicólogo. Así que se puso a saludar a la gente sin más, incluyendo a los enanos (que contra este elfo en concreto no tenían demasiado rencor, en realidad), y a buscarse un sitio cómodo. Total, con una eternidad de tiempo por delante tampoco tenía nada mejor que hacer.

Mientras, algunos de los allí presentes comenzaban a murmurar, señalar a Manwë, darse codazos entre ellos y soltar risillas mal disimuladas. Y es que se estaban dando cuenta de los nuevos añadidos de su cara. Cuando Melkor se dio cuenta de que ya habían vuelto, no pudo evitar hurgar en la herida:

- ¿Qué pasa, Manwë? ¿Estás redefiniendo tu estilo? Sinceramente, yo pensaba que serías más de barba, pero la vida nos da sorpresas…

El coro de risas que siguió a esas impactantes declaraciones hizo a Manwë sospechar. Cuando notó que todas las miradas se dirigían con mucho énfasis a su cara, buscó la primera superficie reflectante a su alcance (que resultó ser la barra del bar, porque cuando los Valar montan un bar, lo cuidan bien) y se quedó horrorizado. Patidifuso. Nadie le iba a tomar en serio con esas pintas, y mucho menos a devolverle el poder y la responsabilidad de tener el mando a distancia. Maldita sea.

Por si alguien aún tenía alguna duda, Melkor se sacó un rotulador permanente del bolsillo y lo agitó en el aire, mirando socarronamente a Manwë.

- ¡Melkor, cabronazo! ¡Serás hijo de…!

Se habría abalanzado sobre el malo malísimo para demostrarle de primera mano lo que opinaba sobre el cambio de estilo que le había hecho a su hermosa cara, pero Varda le interceptó y consiguió calmarle, mientras Melkor se reía tan fuerte que le asomaron lagrimillas a los ojos.

Elrond, tan diplomático él, pidió que le hicieran un resumen de lo que había estado pasando, para distraer y apaciguar los ánimos. Y no sólo se lo hicieron, si no que le enseñaron los mejores momentos. Cuando llegaron a la parte de Rivendell pidió que se lo dejaran ver todo, porque oye, siempre da gustillo ver tu casa en la tele. Así fue como se dio cuenta de que algo había tenido que hacer esa panda de sinvergüenzas para que el Elrond de la pantalla se comportara tan raro. Ni él ni ninguna de sus representaciones alternativas habrían dejado jamás sin investigar a una individua tan extraña. Y esas paparruchas sobre las terapias élficas, por si fuera poco. Tonterías. Se le veía en el semblante que muy contento no estaba. Manwë captaba perfectamente el descontento de Elrond, y hay que reconocer que una mirada de mala leche bajo unas cejas tan poderosas como las del señor elfo en cuestión tiene efecto hasta en el jefazo de los Valar. Así que en un arranque de diplomacia decidió atajar la situación para intentar prevenir más líos:

- Hombre, Elrond, entiéndelo, era por echarnos unas risas…

- ¿Así que hacerme actuar como un redomado idiota os parece gracioso, eh?

- ¡Pero no eres tú, exactamente! ¡Es una… representación ficticia de ti, eso es!

- ¡Ya, claro! ¡Tú siempre tienes excusas, ¿eh, Manwë?!

Dicho lo cual, se cruzó de brazos y se puso a mirar la pantalla muy indignado. También es verdad que el enfurruñamiento no le duró mucho, en cuanto vio la oportunidad de reírse de otro. Y es que, por mucha apariencia de señor serio que quiera mantener, Elrond es tan gamberro en su interior como el resto de la panda.

Y esa oportunidad le vino poco después, como veremos, traída por una duda inocente por parte de Ori, que cuando salió la parte en la que Ana se reúne con los enanos, preguntó:

- ¡Señor Gandalf, está usted desaparecido desde hace un buen rato en esa pantalla! ¿Qué estaba usted haciendo?

- Cualquiera sabe, amigo Ori. Ayudar a descifrar el mapa de Thrór, si tengo que aventurar una respuesta. A pesar de que nuestra estancia en Rivendell fue muy distinta a lo que estamos viendo, eso fue lo más destacable. Pero viendo las rarezas de esta extraña aventura, quizá el otro yo está bailando desnudo a la luz de la luna, por todo lo que sé.

Tan perturbadora imagen mental hizo mella en todos los allí presentes, que se pusieron un poco pálidos de la impresión. Varda tuvo un poco más de presencia de ánimo que los demás, y como sabía cómo iban las películas, dijo:

- Eeeehhh, noooo. Eso no es lo que paaasa…

- ¡Afortunadamente!- nadie supo decir exactamente quién había dicho eso, pero hay que reconocer que todos estaban de acuerdo.

- Si queréeis lo podemos -hip- veer…- dijo la Dama de las Estrellas, apretando botones al azar en el mando a distancia (que es una técnica sorprendentemente eficaz y muy extendida entre los que no dominan la tecnología).

La tele perdió el sonido, se cambió el canal a uno de anuncios de productos extraños japoneses, y luego milagrosamente se estabilizó de nuevo en una imagen de Gandalf, Saruman, Elrond y Galadriel, para desconcierto de los implicados que se encontraban allí. Les vieron hablar de cosas muy serias, dragones y Nigromantes y demás, todo muy sorprendente para ellos no porque desconocieran lo que allí se hablaba, sino porque estaban bastante seguros de que ese Concilio no se había producido. Sin embargo, lo que más le llamó la atención a Elrond fue una cosa bien distinta:

- Mithrandir, muchas miraditas le echas en esa pantalla a la dama Galadriel, rufián- dijo el elfo, aprovechando la oportunidad de vacilar que había estado esperando.

- Ehh, nooo, qué va, yo no. Es todo completamente normal. NORMAL.

- Ya, ya. ¿Te tengo que recordar que está casada, eh, pilluelo?

- No sé qué estás insinuando, Elrond.

- Pues entonces no te importará que vaya a hablarle de esto a Celeborn, ¿no? – dijo el señor de los elfos, con una sonrisilla traviesa.

- ¡NO, POR FAVOR! Esto, digo… nooo, no hace falta, si estamos aquí todos la mar de bien, eh, jaja, jajá.

Elrond se levantó y se dirigió hacia la puerta. Estaba disfrutando como un niño, el condenado.

- Pero hombre, él también se merece que le invitemos, ¿no? Y ya de paso, si está por ahí la dama Galadriel, pues le digo que se venga también…

- ¡NOOOOOO, ESPERAAAA!- gritó el mago, saliendo a toda prisa del bar en pos del elfo, todo colorado, y dejando un mar de risas a sus espaldas.


Cuando Ana volvió en sí, lo primero que notó fue estar en movimiento. Lo segundo que notó fue que se encontraba en una posición así como horizontal, que ya le pareció bastante raro. Y lo tercero que notó, para su incomodidad y confusión, es que uno de los enanos la llevaba al hombro, como si fuera un saco de patatas. Además, la primera imagen que recibieron sus ojos nada más abrirlos fue la de una espalda, seguida de un culo, seguida de unas piernecillas robustas en movimiento sobre un camino alarmantemente estrecho. No es lo más agradable que ver así de primeras, pero qué se le va a hacer.

Le daba algo de vergüenza que la llevaran así, pero oye, al menos no tenía que moverse por sí misma, lo cual era de agradecer, sobre todo en un camino tan minúsculo y con un cierto mareíllo que aún le quedaba después del golpe que se había dado. Tenía la vaga sensación de que tal vez debería estar disgustada porque la hubieran alejado de la gente que quizá podría haberla ayudado a salir de allí, pero visto el caso que le había hecho Elrond cuando le había contado su historia, y sabiendo además que los diosecillos esos seguramente se empeñarían en que siguiera con la Compañía, tampoco iba a lamentarse mucho. Había que saber elegir las peleas y aprovechar las oportunidades. Además, si era del todo sincera consigo misma, no podía negar que sentía un cierto alivio al alejarse de cierto elfo y sus canciones…

- ¡Señorita Ana, está despierta! ¡Gloin, bájala!- dijo Dori, tan atento como siempre.

"Vaya, parece que ya se me ha acabado el chollo" se lamentó Ana, mientras la ponían de pie en el suelo.

- ¡Disculpe nuestros modales, pero no podíamos dejarla con esos torturadores sinvergüenzas! ¡Hemos salido apresuradamente y no hemos podido improvisar una manera mejor de transportarla!

- No pasa nada, lo entiendo. Pero contadme, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estamos?

La parte de la Compañía que la rodeaba, quizá en shock porque Ana no les hubiera pegado ni un solo grito como venía siendo su costumbre, tardó un poquillo en contestar.

- Esto… sí, em, resulta que Thorin consiguió sacarles a esos elfos traicioneros el significado del mapa de Thrór, así que en cuanto nos reunimos todos nos pusimos en marcha de nuevo hacia la Montaña Solitaria, y como usted seguía inconsciente después de perseguir a ese elfo malhadado, no podíamos dejarla atrás…

- ¡Ni un instante más en compañía de esos torturadores!

- ¡Hacia la gloria!

- ¡Hacia la patria!

- ¡A recuperar lo que nos fue arrebatado!

- ¡A fastidiar a un dragón!

- …

- Vaya cosas se te ocurren, Bilbo.

- Pues sí, no tenías porqué recordarnos ese detalle.

- Lo siento, me he dejado llevar…

- …

- En fin, señorita Ana, para que usted se oriente, lo más inmediato que tenemos que hacer es cruzar las Montañas Nubladas, y de ahí, veremos.

- ¿Y el mago, dónde está?

- Nadie lo sabe, no le encontramos y se ha debido de retrasar. Quizá nos alcance por su cuenta.

"Al menos así no tenemos que aguantar sus humos. En todos los sentidos." El tema del mapa que les tenía que servir de guía había salido a colación alguna que otra vez a lo largo del viaje. Además, Ana recordaba vagamente que, según la película, mientras algunos enanos le quemaban medio mobiliario a Elrond (y de muebles de los buenos, encima, que no se reponen con ir a Ikea), los demás se habían dedicado a hacer algo útil con sus vidas, buscando ayuda para descifrar el famoso mapa en Elrond, ni más ni menos. Anda que no habían pasado cosas interesantes mientras ella soportaba incidentes tan épicos como que le cantaran canciones o quedarse inconsciente. En fin. Pero mirando el lado bueno de las cosas, lo que le acababan de decir parecía cuadrar con lo que ella recordaba de las películas, y había hecho que se le ocurriera una idea…

- ¡Pues nada, estupendo! Creo que puedo andar sola, no os preocupéis por mí. ¡A la victoria, ¿eh, compañeros?!

Como tanto optimismo y tanta falta de gritos era inusual en ella, la Compañía la dejó alejarse unos pasos, por si acaso, para tenerla a una distancia prudencial. Se estaban preguntando muy seriamente si esos viles elfos no le habrían dado alguna sustancia además de cantarle sin piedad, pero no, la realidad era muy distinta. Y es que Ana, simplemente, estaba de mejor humor que lo habitual. Para empezar, el paisaje era impresionante, cosa que siempre se agradece. Pero sobre todo la animaba la idea de que se le había ocurrido una forma de vacilar a cierto señor enano que siempre la miraba mal. Venganza, oh dulce venganza. Y eso siempre consuela. Además, no era algo que las Mary Sues tuvieran por costumbre hacer, así que mataba dos pájaros de un tiro.

Así, observada por los ojos incrédulos del resto de la Compañía, se acercó alegremente a la cabecera de la expedición, donde marchaban Balin y Thorin, que se habían mantenido al margen hasta entonces, y le soltó al rey:

- ¿Qué pasa, Thorin, qué tal estamos? Mira, me estaba preguntando una cosa, a ver si me lo puedes aclarar, ¿cómo es que un señor enano, hecho y derecho, le ha tenido que acabar pidiendo ayuda a un elfo, de todas las cosas, para descifrar su mapa?

Él, sorprendido y extrañado de que así de pronto le tratara con tanta familiaridad, empezó por echarle una Mirada Confusa pero Regia®. Pero no podía dejar pasar que se intentaran reír de él así como así, claro:

- Para su información, señorita, las runas sólo eran visibles a la luz de una luna concreta en el mismo día en que fueron escritas, así que es puramente una coincidencia culpa del mago que haya sido un elfo quien las haya descubierto.

- ¿Así que debo entender que al Gran Thorin, Señor de las Miradas Despectivas, no se le había ocurrido mirar el mapa por la noche?

- ¡No es tan sencillo! ¡Sólo aparecen en una noche concreta! ¡Y el elfo tenía una mesa especial!- dijo él, empezando a perder la compostura. Al fin y al cabo, a él mismo le reconcomía no haber descubierto las runas por sí mismo.

- ¿Y cómo es que un elfo puede leer runas enanas antiguas y todo un señor enano no puede, eeeehhh? – le respondió ella, meneando las cejas socarronamente. Estaba disfrutando más de lo que era normal haciendo sufrir al pobre Thorin, pero en fin, en su defensa hay que decir que le había lanzado miradas muchas veces.

- ¡Basta ya! ¡Claro que puedo! ¡Y no tengo por qué darle más explicaciones, señorita!- exclamó él, hecho una furia. Acto seguido se cruzó de brazos y echó a andar más rápido, resoplando indignadísimo. Ana miró de refilón a Balin, y podría haber jurado que esa tos que se le escapó justo entonces intentaba disimular una risilla, pero quién sabe. No había que ofender al Rey de uno, al fin y al cabo.

Ella, por su parte, sí se estaba riendo. Abiertamente. "Esto va a ser divertido…"


Nota de la autora: ¡hola de nuevo a todos! Sí, sé que soy una persona horrible, que me merezco que Thorin me eche una o dos de sus Miradas® por no actualizar en meses, pero qué os voy a decir. He tenido menos tiempo libre del que es recomendable para mantener la cordura XD En cualquier caso, aquí os dejo el más reciente capítulo de las desventuras de estos pobres personajes, que no van a ganar para psicólogos después de lo que les hago pasar, BWAHAHAHA. Y os aseguro que la historia no está abandonada, ni mucho menos, así que no os preocupéis, que los capítulos irán llegando. En fechas impredecibles, pero llegarán XD

Y como siempre, ¡gracias por leer, y también por comentar! ¡Y por los favoritos y los follows! Siempre es muy útil saber lo que pensáis de la historia, además de que me alegráis el día con vuestros comentarios hasta límites insospechados ;D

Así que ya sabéis, decidme todo lo que se os pase por la cabeza en un review. Si os ha gustado la aparición estelar de Elrond en el bar, si queréis que ocurra alguna otra aparición estelar (nunca se sabe), si a partir de ahora no vais a ver las canciones élficas con los mismos ojos, o si se os han quitado las ganas de comer verduras de por vida. Todo lo que queráis comentarme sobre la historia y los personajes os lo agradeceré infinitamente. Además, dejar un review sigue siendo gratis y lo recomiendan 12 de cada 10 dentistas.

Que os vaya bien, ¡y hasta el próximo capítulo! ;D