La Compañía llevaba ya un tiempo marchando sin contratiempos, alcanzando ya las estribaciones de las Montañas Nubladas, por caminos que en opinión de Ana eran más apropiados para cabras que para gente. Pero aparte de las estrecheces, la chica estaba empezando a permitirse disfrutar de la experiencia. Ahora que había aceptado su situación (a regañadientes, todo hay que decirlo), estaba más animada. Los paisajes que atravesaban cautivarían a cualquiera, y además últimamente estaba disfrutando mucho más de la compañía de los miembros de la Compañía (valga la redundancia). Si esos supuestos diosecillos se empeñaban en que alguno de los pobres diablos cayera rendido bajo el influjo de la MMS, poco podía hacer ella para evitarlo, lo que no significaba que no fuera a intentar contrarrestarlo por todos los medios que se le ocurrieran. Desde que había tomado esta decisión estaba mucho menos a la defensiva (y la cantidad de gritos había descendido exponencialmente, para alivio de los tímpanos de todo el mundo). Además, en el fondo eran todo majísimos, exceptuando cuando intentaban halagarla mencionando su abundante peso o su gran figura (los pobres aún no entendían qué estaban haciendo mal). Sobre todo se había hecho más colega de Bilbo, que al pobre lo había pasado un poco por alto hasta entonces pero en el fondo era un cacho de pan, más majo que las pesetas una vez que se le conocía un poco; y además, si hacía memoria, era uno de los pocos miembros, junto con el Señor Rey de las Miradas® Asesinas, que no había intentado tirarle los tejos ni una sola vez, lo cual en su humilde opinión era de agradecer.

Sin embargo, tanta calma era inusual. Por eso, cuando Ana vio una tormenta terrible en el horizonte y comprobó que los enanos iban tan contentos de cabeza a meterse dentro, supo que se le había acabado la paz.

Recordaba bastante bien esta parte de la película. Gigantes peleándose, drama, buscar una cueva, más drama, caerse por una rampa hasta los dominios de los trasgos (cosa que no le hacía especial ilusión), peleas, persecuciones, afanamiento de joyas mágicas, etc, etc, etc. Ahora que estaba más o menos convencida de que lo que le pasaba era real y que le había cogido (relativo) cariño a la Compañía, pues no le hacía demasiada gracia que tuvieran que pasar por todas esas cosas desagradables. Por no mencionar que le daba una pereza tremenda sólo de pensar en todo el esfuerzo que iba a tener que hacer al huir de los trasgos, pero sobre todo por el tema del sufrimiento ajeno, claro que sí, que ella no era egoísta ni nada. Así que por primera vez en el viaje se preguntó si no debería decir algo de lo que sabía, o intentar evitar el berenjenal en el que se iban a meter de alguna manera.


Mientras Ana cavilaba sobre las paradojas espacio-temporales, líneas temporales alternativas, efectos mariposa y demás consecuencias imprevistas que podría tener el hecho de intentar cambiar el curso establecido de una historia, en cierto bar para no fumadores algunos parroquianos estaban expectantes.

- Chiiiicooos, chiiicooos, atendeeed. Se acerca el momento. Nuestra Mary Sue se enfrenta al Dileemaa – dijo Varda, con los ojos fijos en la pantalla.

Los menos iniciados de entre los presentes, que no entendían muy bien por qué los Valar y todos los que llevaban por allí un tiempo se habían puesto tan solemnes de repente, se quedaron bastante desconcertados:

- ¿Cuál es ese dilema, Señora?

- El Dileemaa, querido Ori. Con mayúscula. Es el momeeento en el que una Mary Sue que conoooce la historia se planteeea si intervenir y hacer uso de lo que saabe, o nooo.

- ¡Y anda que no le ha costado tiempo a la nuestra, qué lentita es la chavala! – intervino Melkor, tan majo como era su costumbre - Normalmente suelen ingeniárselas para que gracias a su intervención milagrosamente todo el mundo sobreviva y viva feliz para siempre…

- Pero veo en vuestras caras que no vais a dejar que sea así, ¿verdad? – dijo Bilbo, con cara de resignación.

-Verdad, chaval, veo que ya nos vamos conociendo todos. Pero no os ofendáis, no es nada personal. Sólo es para darle una lección a esa creadora de Sues. Para dar ejemplo. Y por las risas, para qué lo vamos a negar.

Risas había que reconocer que hasta entonces se estaban echando unas cuántas. Así que, a pesar de que ni siquiera las versiones alternativas de ellos iban a poder vivir felices para siempre, la Compañía no se quejó demasiado (después de ser invitada a una nueva ronda de cerveza, por supuesto). El hecho de que no acabaran de reconocerse en esas versiones alternativas de sí mismos ayudaba bastante. Así, todos los allí presentes pudieron seguir disfrutando del espectáculo, a la espera de ver cómo iban los Valar a frustrar los planes de Ana respecto a su Dilema.


Ana seguía sin decidirse sobre qué hacer. Por una parte estaría bien advertir del peligro, pero quién sabía qué consecuencias desastrosas podía tener cambiar los acontecimientos. Además, puede que no la creyeran, y siempre quedaba el tema de cómo explicar por qué sabía algunas cosas que iban a pasar. Dudaba mucho de que decir "soy capaz de ver el futuuuuroooo" fuera a convencerles. Aun así, quería hacer algo. Así que empezó sutilmente, para probar, y se dirigió a Balin como guía del grupo que era en esos momentos:

- Disculpa, Balin, ¿seguro que es una buena idea meterse de cabeza en una tormenta?

Así dicho sonaba hasta bastante razonable, creía ella.

- No se preocupe, señorita Ana. La tormenta aún está lejos.

- Pero de verdad que no creo que debamos meternos por caminos tan estrechos en medio de una tormenta, ¿no? ¿Y si acampamos por aquí y esperamos a que se pase, eehh?

- Puede estar tranquila, señorita. Sabemos lo que hacemos, y el tiempo apremia.

- Pues yo sigo teniendo la sensación de que algo malo va a pasar, que conste.

Balin le echó una miradita cargada de infinita paciencia, como quien mira a un niño un poco cansino al que se ve obligado a soportar. Y como a tal, para contentarla, le preguntó:

- ¿Qué teme usted exactamente, señorita Ana?

- A mí esa tormenta no me parece ni medio normal, yo creo que ahí hay algo más.

- ¿Ah, sí? ¿Algo como qué, si me permite la pregunta?

- ¡Algo como… algo! Yo sólo digo que esa tormenta me parece muy sospechosa cuando todo alrededor el cielo está despejado…

- Estas cosas son normales en las montañas, señorita. ¡Nadie como un enano para guiarla entre la piedra de las montañas, puede estar tranquila!

Como sabía lo que iba pasar, Ana no pudo evitar soltar una risilla por lo bajini, lo cual dejó a Balin mirándola entre ofendido y preocupado por las posibles secuelas de los tratamientos élficos (¡malditos sean!).

El siguiente paso lógico habría sido acercarse a Thorin como líder de la expedición que era, aunque los enanos solieran hacerle menos caso que a una ensalada de lechuga, y explicarle la situación de la forma más sutil posible. Y digo habría sido, porque en cuanto él percibió que Ana miraba en su dirección, miró al frente y echó a andar más rápido, forzando a Ana a corretear detrás de él si quería decirle algo. Sin dignarse a lanzarle una Mirada® ni nada. Qué maleducado. Puede que tuviera algo que ver el hecho de que en la última conversación que habían tenido Ana se hubiera metido con él por recurrir a elfos para leer runas enanas, o puede que estuviera teniendo una digestión pesada y quisiera hacer ejercicio, quién sabe.

De todas maneras, Ana tampoco ha destacado nunca por hacer las cosas de manera lógica, así que sin más ni más se dejó caer en medio del camino llevándose una mano a la frente, muy dramáticamente y al grito de "Oh, no puedo seguir avanzando". Con esta pequeña actuación de damisela en apuros esperaba que la MMS actuara a su favor por una vez y que los enanos, mientras se preocupaban por ella y acudían en su ayuda, dejaran pasar algo de tiempo hasta que las cosas se calmaran más adelante en el paso de las montañas. Y así, con un poco de suerte, podrían evitarse todo el tema de la Ciudad de los Trasgos, que tanta pereza le daba.

Por supuesto, no había tenido en cuenta que los enanos son muy suyos, y que ante una damisela en apuros no se les ocurrió mejor cosa que cargársela al hombro sin dejar de avanzar, mientras le hacían oler cosas que iban teniendo a mano a ver si recuperaba el sentido. Era éste un antiguo remedio enano que solía funcionar bastante bien, normalmente echando mano de olores que harían despertarse a todo buen enano, como un asado o todavía mejor, dos asados. Pero circunstancias extremas daban lugar a medidas extremas, y en medio del campo lejos de la civilización y de cualquier asador que se mereciera ese nombre, Ana tuvo la mala suerte de que lo que tenían más a mano resultara ser calcetines usados. Al segundo par la pobre chica había tenido bastante, y se reanimó tanto que se olvidó de todo peligro y echó a correr internándose en las montañas (los enanos pensaron que su remedio había funcionado tan bien que le había renovado las energías, pero en realidad lo único que pasaba por la cabeza de Ana era respirar aire puro). Hasta adelantó a Thorin, que al verla pasar tan veloz le echó encima una Mirada Confusa Pero Regia® a pesar de que se había propuesto firmemente no hacerle ni caso.

Ana se dio cuenta de que se había metido de cabeza en el problema que intentaba evitar cuando sintió las primeras gotas de agua en la cara. Seguidas de unos rayos y unos truenos que le hicieron desear tener una manta para poder esconderse bajo ella. Mientras ella se quedaba paralizada sin saber qué hacer, la Compañía la alcanzó y entre gritos se fueron dando cuenta de que aquello no era una tormenta normal. Ni mucho menos, oiga. Mientras los gigantes de piedra jugaban a tirarse piedras del tamaño de casas los unos a los otros (no podemos juzgarles por querer divertirse, pobrecillos), la Compañía entró un poquito en pánico, como es normal. La montaña se hacía trocitos a su alrededor, separando al grupo y haciendo que el pobre Bilbo se quedara colgando al borde del abismo, que ya es mala suerte.

Sorprendida por seguir de una pieza todavía, y tal y como habían ido las cosas hasta entonces, Ana veía tres posibilidades. Le daba la impresión de que éste era un momento ideal para que una Mary Sue sorprendiera a todos con una actuación estelar, o bien cayéndose también y teniendo que ser dramática e intensamente rescatada por el aguerrido enano que a los diosecillos les viniera en gana, o bien desarrollando de la nada habilidades acrobáticas directamente salidas del Circo del Sol y salvando a Bilbo sin despeinarse. La tercera opción, con su suerte, era que un gigante la confundiera con un trozo de roca y la usara como proyectil, lo que casi sería de agradecer en comparación.

Así que ella, como era una mujer de recursos, optó por la cuarta opción. Que, por supuesto, fue tumbarse en el suelo y hacerse una bola pequeñita mientras pensaba en cosas alegres, con la esperanza de pasar desapercibida. No era una opción particularmente valiente, no era una opción heroica, pero sí era la única opción que en principio no acababa con ningún enano rendido a sus pies ni con ella atravesando el aire a toda velocidad directa a impactar en el ojo de algún gigante.

Así que le tocó a Thorin tirarse a rescatar dramática e intensamente a Bilbo, y justo cuando Ana pensaba que igual el Rey de las Miradas Despectivas no era tan mala gente como ella se había creído, al susodicho no se le ocurrió mejor cosa que decir que empezar a hablar mal del hobbit y decirle que nunca debería haber venido y que no tenía lugar entre ellos.

Y así se fue por el retrete la buena impresión que le había causado a Ana. Antes de que nadie tuviera tiempo de protestar por tan maleducado tratamiento, el Rey de las Contestaciones Malhumoradas ya había echado a andar en busca de una cueva para guarecerse, y todos los demás no tuvieron más remedio que seguirle. Aunque igual hemos sido demasiado rápidos al juzgarle y simplemente estaba de mal humor porque la lluvia hace que se le rice el pelo, nunca lo sabremos.

Bofur y Ana intentaron consolar al alicaído hobbit, al parecer sin mucho éxito por la pinta de alma en pena que tenía el pobre cuando se dejó caer en el sitio que le habían dejado en la cueva. En medio de un ambiente tan depresivo que hay que agradecer a cierto señor enano al que habría que darle una charla sobre liderazgo positivo, todos los demás se fueron yendo a dormir poco a poco. Todos menos Bilbo, que comprensiblemente quería escabullirse de vuelta a Rivendel; Bofur, que le tocaba estar de guardia y demostrar que era más majo que las pesetas al intentar convencer a Bilbo de que sí era uno de los suyos; y Thorin, cuya majestad le impedía dormir como las personas normales, circunstancia que aprovechaba para espiar disimuladamente las conversaciones de los demás cual maruja incorregible.

Ana estaba ajena a todo esto, por supuesto, porque ella era una de esas personas con gran facilidad para quedarse dormida rápidamente en cualquier sitio. Y ahí estaba, roncando a pierna suelta, cuando tuvo el gran placer de despertarse al sentir una marcada falta de suelo bajo su cuerpo, seguida de una desagradable sensación de estar cayendo, rematada por la nada placentera circunstancia de acabar estampada siendo parte de un sándwich de enanos. Más o menos por entonces, todos estos estímulos sirvieron para recordarle que, oh vaya, había caído en la Ciudad de los Trasgos. Justo lo que quería evitar. Ante el fracaso absoluto de su primera tentativa de usar sus conocimientos de lo que estaba por venir para ayudar a la Compañía, Ana se prometió a sí misma que volvería a intentarlo, antes o después. Y esta vez con menos sutilezas. Y si a los diosecillos no les parecía bien, estaba dispuesta a enfrentarse a lo que sea que ingeniaran para pararla. Pero mientras tanto, un vistacillo a sus alrededores la obligó a concentrarse en su situación actual. No podía haber caído en el Pueblecito de las Mariposas, o en el Asentamiento de los Bebés Panda o algo así, nooo. El día que repartieron la buena suerte Ana debía de estar ocupada.

Para añadir a la confusión general, no tardaron en llegar unos seres bajitos y rematadamente feos desde el punto de vista humano (nadie les ha preguntado nunca a los trasgos por sus cánones de belleza y seguro que por eso son tan hostiles). Les rodearon y les quitaron todas las armas, no sin empujarlos, zarandearlos, y dedicarles lindezas a la altura de "me voy a comer tus higadillos a las finas hierbas" (porque podían ser un poco brutotes, sí, pero eso no quita que también hubiera trasgos sibaritas, no nos dejemos cegar por los prejuicios). El bueno de Bilbo, el más espabilado de todos los presentes por lo que se ve, aprovechó el alboroto para escabullirse disimuladamente sin que ni enanos ni trasgos lo notaran, con notorias excepciones. Nori lo vio y se quedó calladito, que no era cuestión de meter en más problemas al pobre Bilbo.

Pero también lo vio otro ser. Aquí empieza la desgarradora historia de Eleuterio el Trasgo, que había presenciado los hechos y, siendo como era uno de esos raros trasgos pacifistas incomprendidos por la sociedad en la que vivía, de los que pensaban que tanta brutalidad con los prisioneros era innecesaria, se fue a saludar a Bilbo antes de que nadie se lo impidiera. No se le había ocurrido que las diferencias culturales pudieran ser tan abismales, y que el simple gesto de saludo que estaba ejecutando pudiera ser visto por el hobbit como una amenaza. En honor a la verdad hay que decir que lo que los trasgos entendían por saludar era sacar la espada y agitarla de forma amenazante, así que por otra parte es normal que Bilbo se lo tomara a malas, se defendiera, y acabaran los dos pegándose y cayéndose al abismo. Aquí acaba la corta historia de Eleuterio el Trasgo, pacifista y amigo de sus amigos. Descanse en paz. Por suerte la historia de Bilbo no acaba aquí, de momento le dejamos en las profundidades de las montañas para que vuelva a aparecer cuando menos se le espere.

Mientras tanto, el resto de la Compañía seguía siendo llevada de muy malos modos, por qué no decirlo, atravesando túneles y puentes de madera que sobrevivían milagrosamente al peso de tanta gente a la vez. Con sutileza, Ana se había ido desplazando hacia el centro del grupo de los enanos, usándolos como escudo sin ningún tipo de vergüenza hasta tener una barrera de enanos malhumorados entre ella y los trasgos por los cuatro costados. No le hacía ninguna gracia que esos seres la tocaran, que no tenían pinta de ser los seres más limpios del mundo y a saber qué clase de gérmenes llevaban encima.

Pensar en gérmenes, enfermedades infecciosas y amebas que se comen tu cerebro (porque sí, porque Ana era un poquito dramática y exagerada a veces) no ayudaba en nada al pánico que estaba empezando a notar. Se había enfrentado en el pasado a trolls y orcos, aunque los descreídos digan que lo único que hizo fue gritar y correr, pero esto ya era otro nivel. Para empezar, había muchos más trasgos que cualquier otro enemigo al que hubiera tenido que hacer frente nunca. Para seguir, estaban en desventaja por estar en la guarida misma de sus adversarios. Y para rematar, allí olía a mil demonios, que el concepto de un buen baño no debía de causar mucho furor entre los trasgos.

Hay que decir que el pánico y Ana nunca se habían llevado bien, como se ha podido demostrar a lo largo de esta historia. O bien se quedaba paralizada, o bien empezaba a parlotear sin sentido. Al acercarse por fin a su destino, la visión del trasgo más feo de entre todos los trasgos, que de tan gordo era más fácil saltarle que rodearle, sentadito en su trono con todas esa masa de papadas meneándose sin razón aparente, fue la gota que colmó el vaso y la decantó por la segunda opción:

- Bueno chicos, ¿cuál es el plan de acción, eh? ¿Cómo nos vamos a enfrentar a ellos? ¡¿EEEEHHH?!

- ¡Ssshhh! ¡Señorita, cállese! ¡No atraiga la atención!

- ¿No tenéis un plan? ¡Yo tengo un plan! ¿Queréis que os lo cuente, hm?

- ¡Por la barba de Durin, señorita! ¡Calle!

- ¡Podemos vacilarles! Si les desafiamos y actuamos como macarras igual no nos hacen nada, ¿no? ¿NO? ¡Es infalible!

Ana no se dejó achantar ante la falta de entusiasmo de los enanos por su brillantísimo plan, ni mucho menos. Resuelta y embargada por un arranque de valentía, o quizá en pleno brote de locura transitoria (porque hay límites de miedo que una mente puede soportar antes de resquebrajarse, y quizá la de Ana los había sobrepasado hacía rato), avanzó hacia la delantera del grupo hasta que Thorin tuvo el buen juicio de pararla, se quedó mirando muy fijamente al Gran Trasgo y soltó:

- Venga chicos, empiezo yo. ¡Eh, tú, chaval! ¡Como me caliente te suelto dos hostias que se te van a saltar hasta los empastes! ¡En tu barrio te vacilo y en el mío marco estilo!

Tan impactantes declaraciones fueron recibidas con el más absoluto silencio. Por parte de los enanos, era un silencio del tipo resignado, porque no era la primera vez que aguantaban las tonterías de Ana y ya les empezaba a parecer medio normal. Por parte de los trasgos, era un silencio confuso, ya que ninguno de ellos había profundizado lo suficiente en los misterios del cuidado dental como para saber lo que era un empaste. Thorin, por su parte, le estaba echando a Ana una esmeradísima Mirada Majestuosa de Cállate la Boca de Una Maldita Vez®.

- ¡Buena idea, Thorin! ¡Podemos mirarles mal hasta que nos suelten! ¡Vamos, chicos, aprended del maestro! – dijo ella, animando a los demás a imitarle. No tuvo demasiado éxito, la verdad. Aunque el ataque de pánico le impedía ver la situación tal y como era.

- ¡Hay que reconocer que das mucho miedo! ¡Pero Thorin, que esto sólo funciona si miras a los trasgos, no a mí! ¿Cómo consigue tu entrecejo soportar la presión de mirar tan mal todo el rato? ¿Es cosa de familia? ¿Pueden hacerlo Fili y Kili?

Los susodichos no querían tener nada que ver en esto, así que disimularon y miraron para otro lado como gente sensata que son (a veces). A juzgar por la intensidad de la Mirada®, Thorin se estaba planteando muy seriamente si ofrecer a Ana como sacrificio. Afortunadamente, antes de que ésta pudiera seguir parloteando y de que al señor enano le diera tiempo a sacrificarla, una voz salió de algún punto de la masa grasa que era el jefecillo de los trasgos:

- ¿Quién es esta gente que osa desafiarme?

- Parecen enanos, Vuestra Malevolencia.

- ¿Enanos? ¿Es que ya no respetan nada? ¡Que estaba echándome la siesta, maldita sea!

Su parte de razón tenía, que despertar a alguien de la siesta es de mala educación y pone de muy mal humor.

- ¿Y qué es esa especie de enano depilado que ha osado hablarme de tan malos modos?

La Compañía se quedó boquiabierta y ojiplática ante la mera idea de que un enano se depilara. ¡Oh, el sacrilegio! Los más débiles de corazón a punto estuvieron de desmayarse, mientras que el resto veía como se renovaba su furia contra los trasgos y su jefe simplemente por sugerir semejante abyecto horror. Ana, por su parte, seguía en la cresta de la ola de su locura transitoria:

- ¡Me llamo Ana, y cuando la Ana te vacila tú te callas y lo asimilas! ¡Que eres más feo que pegarle a un padre!

Los trasgos no entendían qué tenía de feo pegarle a un padre, ya que esa era una de sus formas de demostrarse afecto, así que mientras Ana se lanzaba a deleitar a todos con una retahíla de insultos muy bien escogidos que quedarán a la merced de la imaginación del lector, los trasgos simplemente asumieron que ese extraño enano depilado no estaba muy bien de la cabeza. Lo cual no se alejaba mucho de la verdad, no nos engañemos. Acto seguido, procedieron a ignorarlo como buenamente pudieron, una sabia decisión sin duda, y el Gran Trasgo centró su limitada atención de nuevo en los demás miembros de la Compañía.

- ¿Y qué hacéis en mis dominios a la hora de la siesta, eh? ¡Hablad!

Ninguno de los enanos parecía muy por la labor de obedecer, hasta que empezaron las amenazas de desmembramiento y otras lindezas. Nada como la tortura para favorecer la comunicación, oiga.

- ¡Bueno, pues nada! ¡Ya me habéis arruinado la siesta! ¡Os lo habéis ganado! Rompedles un par de huesos a ver si hablan, y empezad por el más joven- dijo el Gran Trasgo, señalando a Ori.


En un bar para clientela selecta, una vocecilla interrumpió el silencio de concentración en que se había sumido la sala ante los últimos acontecimientos de la pantalla:

- ¡Eh, un momento! ¡Yo no soy el más joven! ¡El más joven es Kili!

- Pero hay que reconocer que lo pareces, amigo Ori.

- Con esa carita y esos mofletitos tan adorables, ¡oish! – dijo Aulë, estrujando los susodichos mofletes, y es que cuando le mentaban a cualquiera de sus creaciones le salían sus instintos más de madre y no lo podía evitar. Ori estaba muerto de la vergüenza, pero a ver quién era el guapo que le negaba nada a su creador, oiga. El resto de enanos le miraban con diversos grados de lástima, aunque siguiendo ancestrales instintos de conservación ninguno hizo nada, no sea que ellos fueran los siguientes.

Cuando Aulë se hubo quedado a gusto, todos fingieron que allí no había pasado nada y siguieron mirando la pantalla justo a tiempo de ver que cuando los trasgos ya estaban echando mano de Ori por ser el más joven e inocente (o al menos parecerlo), el señor Rey de las Miradas Despectivas decidió que ese era el mejor momento para intervenir. De forma majestuosa, por supuesto. Tan majestuosa que Melkor no pudo evitar la malvada tentación de romper el momento:

- ¡Pausa para ir al baño, chavales!

Y como la invocación del derecho ancestral de atender a la llamada de la naturaleza en una reunión de amigos es incontestable, Varda no tuvo más remedio que darle al botón de pausa, dejando al Thorin de la pantalla con la palabra en la boca. Y así los dejamos, unos refunfuñando por ver su diversión interrumpida y otros riéndose de los demás, hasta que las llamadas de la naturaleza sean atendidas.


Nota de la autora: ¡ey, podría parecer que no por la larga ausencia, pero sigo viva! No es excusa y debería planificarme mejor, pero he estado enterrada entre montañas de trabajo y cosas que hacer y me ha llevado mucho tiempo acabar el capítulo a base de escribir en ratitos pequeños. ¡Pero aquí está, espero que os guste y os hayáis echado unas risas para que la espera haya merecido la pena! ;D

Descanse en paz, Eleuterio el Trasgo, siempre te recordaremos. Y como siempre, ¡muchas gracias por leer y comentar! Me encanta leer lo que pensáis de las chorradas que escribo :)

Así que ya sabéis, si vosotros también queréis estrujarle los mofletes a Ori, queréis que Thorin me eche una Mirada® por tardar tanto en actualizar, o cualquier cosa que se os pase por las cabezas, dejádmelo en un review y me daréis un alegrón. Sigue siendo gratis y esta vez lo recomiendan un 111% de los encuestados (y como todo el mundo sabe, las estadísticas que salen en internet son sin duda verdad verdadera).

Que os vaya bien, ¡y hasta el próximo capítulo! ;D