Mientras tanto, en cierta taberna probablemente sin licencia, lo único que se pudo oír durante un rato bastante largo fue un coro de "oooohhhs" y "aaaahhhhs" emitido por una muy emocionada Compañía.

- ¡Sabíamos que tenías un corazoncito, tío! ¡Lo sabíamos!

- ¡Sólo hacía falta que Bilbo arriesgara tontamente su vida por ti!

- Lo que no sabíamos era que tus sentimientos hacia nuestro querido hobbit fuesen tan intensos, ¿eeehhh, pillín? ¡Qué calladito te lo tenías! – dijo Dwalin, que en calidad de uno de los mejores amigos del rey enano se veía a sí mismo en la obligación moral de no dejar pasar ninguna oportunidad de entrometerse en su vida personal, tal y como es el deber ancestral de todo amigo cercano. El hecho de que fuera verdad o no le daba un poco igual.

- Ya me parecía a mí que me cogías cariño con el tiempo, Thorin, pero no sabía que tanto, ¿eeehhh? – y Bilbo no podía evitar intervenir, ya que por una vez no era él el centro de todas las miradas.

El rey enano se iba poniendo más y más rojo por momentos, hasta llegar a tener un parecido más que razonable a un tomate con barba. No sabemos si porque había algo de verdad en que sus sentimientos hacia el hobbit fueran mayores de lo que jamás se atrevió a confesar, o porque simplemente no le gustaba ser el centro de tantas atenciones. El caso es que hizo lo que mejor se le daba, ignorarlos a todos a ver si le dejaban en paz, mientras ponía su mejor cara de altivez (el efecto de la cual quedó un tanto disminuido por el hecho de que la seguía teniendo roja como un tomate, pero no se lo tengamos en cuenta).

No le ayudaba en lo más mínimo el hecho de que la Compañía hubiera acogido la idea con mucho entusiasmo y algunos de sus miembros ya estuvieran discutiendo a voz en grito los detalles de una boda imaginaria. Incluyendo a Bilbo, que se había lanzado a planear una innovadora ceremonia que mezclaba tradiciones hobbits y enanas (y la promesa de abundante cerveza), para deleite de todos los asistentes. Incluso le preguntó a Frodo si le haría ilusión llevar las alianzas, a lo que el interpelado respondió que por supuesto (pues siempre había querido participar en una boda, y más en la de Bilbo). Con este panorama los dejamos, mientras el rey enano se pregunta en qué momento su leal Compañía empezó a tomarle por el pito del sereno.


De vuelta en lo más alto de la más alta piedra, un miembro de la Compañía tenía una duda existencial en medio de tanto regocijo:

- Señorita Ana, ¿qué es shippear? – preguntó Ori, con la curiosidad natural que le caracterizaba.

- ¿Eh?

- Acaba de decirlo usted, señorita.

Ana por su parte estaba bastante segura de que su último pensamiento había sido sólo eso, un pensamiento. Pero parece ser que su boca la había traicionado y lo había dicho en voz alta. O quizá fuera cosa de los diosecillos, que buscaban cualquier oportunidad para ponerla en un aprieto. En cualquier caso, no tenía muy claro cómo explicarle a Ori lo que significaba ese verbo sin desencadenar una espiral sin control de preguntas difíciles de responder. Sin embargo, Ana era una chica de recursos:

- Es una tradición de mi tierra, Ori, no puedo hablar mucho de ello.

Lo cual, bien mirado, tampoco se alejaba tanto de la verdad. Y como Ori entendía muy bien que había culturas celosas de sus secretos, los enanos entre ellas, no quiso insistir más en ese momento. Pero tranquilos, si creéis que nuestro inquisitivo enano se olvidó del asunto tan fácilmente, estáis muy equivocados. Esto sólo sirvió para intrigarle todavía más, y una mente inquieta como la suya enseguida se puso a urdir maneras de desentrañar más adelante el misterio del shippeo. Así fue como, con más cara que espalda, Ana consiguió librarse de tener que darle a Ori una explicación, o al menos por el momento. De lo que no había manera de librarse, por lo visto, era de la larga caminata que les esperaba hasta conseguir bajar del lugar en el que les habían dejado las águilas. Y por unos escalones estrechos y de mala muerte, ni más ni menos. "Qué les habría costado a las águilas dejarnos al menos al pie del pedrusco éste", se preguntaba la chica con exasperación. Por lo pronto no le quedaba más remedio que echarle ganas y empezar a bajar, por poco que le apeteciera.

Pasados unos momentillos para recomponerse y prepararse, el resto de la Compañía también emprendió la bajada. Puesto que se encontraban en un estado de ánimo general bastante bueno, dado que se habían salvado milagrosamente de una muerte casi segura, el descenso empezó bien. Iban todos tan animados bajando los escalones, hablando unos con otros y de vez en cuando algún iluminado se arrancaba a cantar cancioncillas como si aquello fuera una excursión de colegio.

Luego empezaron los resbalones, que estando todavía a tanta distancia del noble suelo pues como que no les hicieron mucha gracia. Thorin, como líder de la Compañía que era, decretó ir en fila y que cada cual cogiera de la manita a su compañero para evitar que algún despistado conociera de primera mano los placeres de la caída libre. No les hizo mucha gracia esta medida, pero en cuanto Thorin les echó una Mirada Generalizada de Obediencia al Rey Enano Chungo®, consintieron con un mínimo de refunfuños. Con esto, la Compañía quedó degradada de excursión de colegio a excursión de prescolar, cosa que les bajó el ánimo considerablemente.

Y por si fuera poco, las robustas piernas enanas debe ser que no están hechas para el montañismo, a juzgar por las quejas de tirones y agujetas que poco después empezaron a proferir en masa algunos miembros de la Compañía. Bilbo y Ana no tenían escapatoria a este coro de quejidos, a no ser que les apeteciera lanzarse al vacío, así que en su defecto se miraron entre ellos con cara de exasperación. Cada uno se consolaba con que al menos había otra persona en esa panda que le comprendía, pues se podía leer claramente en ambos rostros algo así como "por qué nos habrá tocado a nosotros ser las niñeras de esta panda de quejicas". Con Gandalf, por supuesto, no se podía contar, porque mientras ellos dos contemplaban cada vez más seriamente la posibilidad de empujar a los enanos más cansinos a ver si así de una vez llegaban más rápido al suelo, él iba de fondo riéndose así con esa sonrisilla picarona que tan bien se le da. Porque Gandalf es así, en todas las realidades, muy de reírse de los demás. Todo un señor.

De esta guisa llegaron por fin al pie de la roca…


Y en un bar que desafiaba todas las leyes del espacio-tiempo, alguien le robó el mando a Varda mientras ella estaba distraída con la majestuosidad de Thorin (porque la pobre todavía no había superado del todo sus tendencias fangirl), y le dio al botón de pausa.

Era, como no, Melkor, el genio del mal más estiloso según la revista Malvados del Ayer. Y tenía un par de interesantes propuestas para el resto de los allí presentes.

- A ver chavales, ahora no pasa nada interesante hasta que esta gente llega a casa del oso dopado de esteroides, ¿no?

- Melkor, no te pases, que tiene un nombre…

- Sssshhh, ¡a callar! Como iba diciendo, propongo que pasemos rápido hasta ese momento…

Y sin esperar el consentimiento de nadie, le dio al botón de fast-forward. Porque sí, él es así, un malvado rebelde e independiente.

La Compañía no tardó mucho en dejar de lado los planes de boda en los que se había enfrascado. Os podéis imaginar la confusión de sus miembros al ver imágenes de Azog y discípulos siguiéndoles la pista de cerca a sus otros yo de la pantalla. Especialmente cuando esas imágenes pasaban al triple de su velocidad normal. Sin embargo, ya empezaban a aceptar que en esa extraña pantalla iban a ver cosas muy raras, que la mayor parte de las veces no tenían por qué coincidir con las experiencias reales que ellos habían vivido, así que consiguieron mantener su desasosiego bajo control (ayudados por ciertas bebidas espirituosas, que fluían ya desde hace rato sin restricciones). Pero como suele suceder en esta historia, esa calma les duró más bien poco al oír la otra propuesta de Melkor:

- Además, chavales, ¿qué os parece si resucitamos y traemos aquí a Azog, eehh? ¿O a su querido hijo? Que estoy convencidísimo de que os apetece verlos a los dos, BWAHAHAHA HA.

Mientras Sauron se caía de la silla del gusto que le daba ver a su querido cuchirrifritín soltar una risa tan terrorífica para el común de los mortales, los enanos fluctuaban entre diversos estados que variaban entre el "ay no por favor que no los traigan que se lía pardísima" hasta el "traédmelos aquí que les reviento la cara a esos desgraciados" (según cuánta tirria les hubiera tenido cada cual en vida). Por su parte Melkor, que no por nada había llegado a ser el villano más inteligente y sexy según la revista Tendencias Malignas (editada por Sauron), estaba aplicando sus muy agudas capacidades de observación.

Y es que a los Valar se les había quedado la cara hecha un poema. Quizá os estéis preguntando el porqué, y posiblemente la conversación que tuvo lugar a continuación os lo aclare:

- A ver, digo yo que los tendréis por ahí guardados cuando se mueren, ¿no?

- Errrrmmm, estooo…

- En mis tiempos mozos los cree a partir de elfos y lágrimas de niños, así que deberían estar por alguna parte, ¿no? ¿Mandos, algo que decir?

El interpelado se limitó a mirar al techo, silbar, y hacer como que no había oído la pregunta. Muy maduro todo.

- ¿Me estáis diciendo que vosotros, los todopoderosos Valar, no sabéis que pasa con mis orcos cuando se mueren?

- Bueeeno, a ver, tenemos algunas teorías…

- Osea que no tenéis ni idea.

- Pues mira, no, ni idea. Para qué nos vamos a engañar.

- ¡No me lo puedo creer! ¡Qué discriminación! ¿Osea que podéis traer a este bar a elfos, enanos y hobbits, pero os sugiero un par de orcos y por ahí ya no pasáis? ¡Eso es racismo! ¡Me las pagaréis!

Y dicho esto, se sentó hecho una furia. Una interpretación magistral, por otra parte, porque como malo malísimo que era en realidad se la traía al pairo el destino que tuvieran sus antiguos esbirros, y lo único que quería era incomodar a los Valar. Cosa que había conseguido con creces, a juzgar por lo ruborizados que estaban y lo incómodos que se revolvían en sus asientos.

Todavía con el dominio del mando, Melkor volvió a poner las imágenes a su velocidad normal sin mediar palabra, haciéndose el ofendido. Por supuesto, por dentro se estaba riendo como un condenado. Todo un cabroncete, hay que quererle como es.


La Compañía iba correteando por territorio desconocido para salvar la vida, como ya venía siendo su costumbre. De tanto correr podrían haber montado tranquilamente un equipo de carreras de relevos y haber ganado con la gorra unas Olimpiadas cualquiera. Pero en fin, que ese no es el tema.

Esta vez, para añadirle más emoción al asunto, tenían la atención de dos perseguidores diferentes. Por una parte Azog y sus groupies habían dado con su rastro y querían demostrarle a esa panda de enanos insufribles quién era el jefe. Y es que Azog se tomaba muy a pecho que sus objetivos se le escaparan, vaya usted a saber por qué. Por otra parte, por lo poco que habían alcanzado a vislumbrar entre los árboles del bosque que iban atravesando, también les perseguía un ser que, o bien era un oso muy grande y muy cabreado; o bien era un señor con graves problemas en lo que a la depilación se refiere al que habían pillado con el día torcido. Cada cual que piense lo que quiera.

En cualquier caso, no estaban muy por la labor de dejarse atrapar por ninguna de las dos opciones. Así que corrieron y corrieron hasta dejar atrás el bosque y alcanzar una casa de proporciones llamativas, que habrían podido apreciar si no hubieran estado distraídos por hallarse en peligro inminente. Pasaron el seto y se abalanzaron como posesos a cometer un poquito de allanamiento de morada, pero en estas circunstancias se lo perdonamos.

Menos mal que como Compañía se dedicaban a recuperar su patria, porque lo que es como ladrones de casas no habrían tenido ningún éxito. Se tiraron sus buenos y dramáticos cinco minutos enteros intentando echar la puerta abajo sin discreción ninguna, hasta que a Thorin se le ocurrió saltar el cerrojo (se ve que es el único que muestra cierto talento para el noble arte del allanamiento). A estas alturas el oso les dio alcance, y les habría arrancado un buen cacho de sus preciadas barbas si no fuera porque consiguieron cerrarle la puerta en las narices (qué maleducados).

Ya con tiempo para respirar, Ana se tiró sin muchos miramientos sobre la primera cosa blanda que encontró para recuperar el aliento, mientras la Compañía se iba distribuyendo para descansar por la zona. La primera cosa blanda que encontró resultó ser Bombur, que en vez de ofenderse se sintió muy halagado porque Ana le dedicara sus atenciones, le dio un abrazo que no se quedó lejos de romperle a la chica tres costillas, y a punto estuvo de proponerle matrimonio si no fuera porque ella se levantó rápidamente entre disculpas y liberó al pobre enano de la influencia excesivamente directa de la MMS. Afortunadamente el resto de la Compañía estaba ocupada encontrando un buen sitio para tumbarse a la bartola, y nadie parecía haber visto nada (a excepción quizás de Gandalf, al que le había entrado un ataque de tos sospechosamente parecido a una risilla indiscreta). Así que Ana se tiró sobre la segunda cosa blanda que encontró, que esta vez resultó ser un saco en vez de un enano, viendo como Bombur se alejaba un tanto confundido por lo que acababa de ocurrir, el pobre. Los ataques de la MMS son traicioneros y terribles para todos los implicados, parece.

Cuando ya se fueron calmando las cosas, tener tiempo para que el oxígeno le llegara tranquilamente al cerebro le sirvió a Ana para darse cuenta de que estaba en un aprieto. Un marronazo. Y por qué no decirlo, un lío de agárrate y no te menees. Y es que a la luz de los recientes acontecimientos se estaba percatando de que sus escasos conocimientos llegaban hasta el final de la primera película. Más allá de eso sólo sabía algunos detalles sueltos con los que sus amigos habían tenido la desfachatez de hacerle spoiler, pero poca cosa. Así que por supuesto que no le sonaba de nada ni la reciente persecución, ni esta extraña casa, y mucho menos nada de lo que vendría a continuación. Tampoco es que hasta entonces lo poco que sabía le hubiera servido de mucho, pero oye, nunca estaba de más ir por la vida con una cierta seguridad sobre lo que iba a pasar. Sabiendo lo graciosillos que se creían el tal Manwë y sus amiguitos, estaba razonablemente segura de que podría intercambiar información a cambio de acatar la MMS sin rechistar y entretener a los diosecillos. Cualquiera diría que para ser dioses tienen unos entretenimientos muy barriobajeros, y cabría preguntarse si no tienen mejores cosas que hacer, pero en fin.

De todas maneras, algo en esa idea no acababa de sentarle bien. No le hacía ninguna gracia hacer de bufón voluntariamente para el disfrute de esa panda de creídos con superpoderes. Ya bastante tenía con que se rieran de sus desgracias sin haberlo pedido ella, así que no. Seguía sin estar dispuesta a seguirles el juego. Es más, cuantas más cosas se le ocurrieran para llevar la contraria, pues mejor. O eso pensaba ella.

Así pues, prefería desafiar a toda deidad que se le pusiera por delante. Toda resuelta, se levantó de golpe sólo para marearse y volver a caer. Es lo que tiene incorporarse demasiado rápido. Pero no se dejó amilanar por un comienzo tan accidentado, y volvió a levantarse (eso sí, esta vez con más calma). Al echar un vistazo a sus alrededores, se dio cuenta de un par de detallitos que se le habían pasado. Lo primero era que su gran plan no había llegado a madurar tanto como para saber qué hacer exactamente a continuación para desafiar a los diosecillos y su MMS. Y lo segundo, y quizá ligeramente más turbador, era que toda la Compañía la estaba mirando con diversos grados de preocupación en sus caras (excepto Gandalf, que como venía siendo su costumbre se había agenciado un rinconcito con buenas vistas para poder reírse de los demás disimuladamente en la distancia).

- Señorita Ana, ¿se encuentra bien?

- ¡Acaba usted de perder el equilibrio!

- ¿Qué extraña dolencia es ésta?

La MMS debía de estar haciendo efecto con mucha potencia si la Compañía se preocupaba por tamaña tontería sin importancia. No obstante, todas esas consideraciones se fueron al traste al notar Ana cierta sensación en sus partes nobles, acompañada por un cierto dolorcillo en la zona de los riñones que hasta ahora había podido ignorar pero que se iba intensificando.

Ante la atónita mirada de la Compañía, empezó a echar mano de todo lo que había a su alcance, incluyendo sacos, bártulos varios y dos cabras que pasaban por allí. Se construyó un muro que la escondiera de todas las miradas, porque tenía algo que comprobar y tampoco quería arriesgarse a servirle de merienda a un oso sólo por salir a buscar intimidad. Tras unos instantes de pelea con la ropa que llevaba (y con mucho asco, porque tras haber pasado por Trasgolandia la pobre tenía mugre acumulada para parar un tren), sus peores temores se vieron confirmados. Efectivamente, había recibido la visita de la dama de rojo. La visitante mensual (aunque últimamente no hubiera sido tan mensual). Hasta ahora, ella había creído que librarse de esto por un tiempo era una de las pocas ventajas de la MMS, ya que nunca se menciona en las historias que una Mary Sue tenga que pasar por molestias terrenales de este tipo. Debe ser que no queda bonito, oiga.

Pero la verdad era innegable. Hablando en plata, Ana tenía la regla y no tenía nada con lo que hacerle frente.

Ni un tampón, ni una mísera compresa. Por no hablar ya del ibuprofeno en cantidades industriales que solía necesitar en estas ocasiones. Le esperaban unos días maravillosos de dolor y desdicha…

Pero nuestra protagonista no se dejaba amilanar fácilmente. Era una mujer práctica, ante todo. Además, esto le presentaba una oportunidad perfecta para ser un poquito desagradable a ojos de los enanos (cosa que una Sue jamás haría intencionadamente) y así poner a prueba la MMS, como ella quería. Así que se recompuso, dio un par de respiraciones profundas para serenarse, y emergió desde detrás de su improvisado fuerte, poniendo su mejor cara de marimandona.

- A ver, necesito vuestras camisas, y también necesito que no me preguntéis por qué. Ah, y despedíos de ellas porque van a acabar destrozadas.

Está claro que Ana no tenía la mente hecha para el mal, ni de lejos, si lo que se le ocurrió entonces para rebelarse contra la MMS fue incautarles las camisas a los integrantes de la Compañía para rompérselas y hacerse compresas con ellas, intentando ser borde en el proceso. Pero es que no todos pueden ser unos genios del mal, eso está reservado sólo para unos pocos elegidos, oiga. Aun así, los allí presentes se miraron confusos, indecisos sobre qué hacer a continuación ante una petición tan fuera de lugar. Incluso se podían ver algunas mejillas ruborizadas tras los kilos de barba y mugre, cosa que Ana no se explicó hasta que Fili y Kili compartieron una mirada cómplice y empezaron a desvestirse más o menos a la vez.

- ¡Me refería a las de repuesto, so brutos! Por favor decidme que habéis traído alguna de repuesto…

- ¡Claro que sí, señorita Ana! Enseguida le busco la mía…

- Déjalo Kili, ya le doy yo la mía. Que seguro que está más limpia, hermanito.

- ¡No es verdad!

Y abandonando su intento de espectáculo nudista, los dos hermanos se lanzaron como posesos a rebuscar en sus macutos las susodichas prendas, compitiendo entre ellos y perdiendo la dignidad en el proceso, para suprema vergüenza de sus alter egos del bar y de su tío (que seguía pensando en desheredarlos). Y para el regocijo del resto, que ya sabemos cómo es esta panda.

Viendo lo mucho que se esforzaban, a Ana le dieron un poco de lástima, porque en el fondo tenía su corazoncito por mucho que a veces intentara molestarles. Su intento (por otra parte bastante flojito) de rebelarse de nuevo contra la MMS no había tenido ningún efecto y sólo había resultado en que Fili y Kili hicieran ridiculeces. Además, últimamente Ana estaba notando que se debatía cada vez más en un conflicto de emociones entre querer escapar de la MMS y no querer joderles la vida en el proceso a los demás, porque algo de cariño le había cogido a la Compañía. Iba a tener que esforzarse más si quería acabar rompiendo la MMS, estaba claro, tendría que ser más creativa e intentar otras cosas. Así que al final se apiadó y quiso ser más clara con ellos:

- Por favor chicos, tampoco os esforcéis tanto. Las necesito para hacerlas jirones, cualquier trozo de tela me vale en realidad, mientras esté medianamente limpio…

- ¡Usted no se preocupe, señorita Ana!

- ¡No nos importa!

- ¡Aquí tiene nuestras camisas para lo que usted quiera!

- ¿Necesita usted vendas, entonces? ¿Está herida?

La mención de que Ana pudiera haber sufrido algún daño trajo la preocupación de nuevo a los rostros de la Compañía. Oin estaba listo para actuar como responsable médico de la expedición, y ya se estaba abalanzando sobre Ana empuñando sus instrumentos médicos de dudoso aspecto. Vete tú a saber por qué, la susodicha prefirió no someterse a las innovaciones de la medicina enana, así que decidió escapar mientras aún pudiera…

- Erm, no estoy herida, no exactamente.

Y sin mediar más palabra Ana se retiró de nuevo, resguardándose de todas las miradas y dejando a la Compañía con el misterio (y a Oin agitando en el aire algo con un sospechoso parecido a una mezcla entre estetoscopio e instrumento medieval de tortura). La chica se disponía a rasgar la primera camisa cuando pudo oír como Fili le decía por lo bajini a su hermano:

- Ha mirado mi camisa dos segundos más que la tuya, Kili. Está claro que soy de su gusto.

- ¡Ésa era mi camisa, Fili! Está claro que YO soy de su gusto.

- ¡Pft! Ni en tus mejores sueños, hermanito.

Y, por si tener que lidiar con la aventura, la regla, y dos jóvenes príncipes enanos enamoradizos le parecía poco, para colmo de males una nota ya con bastante tufo a garrafón del malo y humo se materializó de la nada:

HOLA, CHAVALA.

Soy yo otra vez, Melkor, el más guay de los villanos. Que estaba yo pensando que hace mucho que no hablamos tú y yo, ¿eh, pringada?

Pues nada, oye, que como me hacen mucha gracia tus patéticos intentos de rebelarte contra la MMS te voy a dar una pista sobre lo que se te viene encima, que ya sé yo que no tienes ni idea y me he levantado hoy magnánimo.

La pista es la siguiente: ESTÁS JODIDA, SO TONTACA. BWAHAHAHAHA. HAHAHAHA. HAHÁ.

A ver si te pensabas que te iba a ayudar de verdad, inocente.

Ah, y disfruta de eso que los mortales llamáis regla. Fue idea de Sauron, que a veces hasta piensa y todo.

Hale, hasta más ver, tolai.

- Melkor, rebelde con causa

Como no podía ser de otra manera, la acumulación de todos estos factores arrancó de Ana la exasperada reacción que era de esperar:

- ¡AAARRRGGGGHH!


Nota de la autora: ¡buenas! Vuelvo de entre los muertos para desearos un feliz año nuevo y traeros este capítulo de regalo. Que tengáis un año estupendo y lleno de risas (y si esta historia contribuye un poquito a eso, puedo estar orgullosa :D)

¿Descubrirá Ori lo que es shippear? ¿Vosotros también queréis saber dónde se puede adquirir Malvados del Ayer? ¿Se aclararán los Valar sobre el destino final de los orcos? ¿Desheredará finalmente Thorin a sus sobrinos? ¿Dejará alguna vez Gandalf de reírse de los demás? ¿Conseguirán Fili y Kili dejar de perder la dignidad cuando Ana está cerca? Probablemente no, pero lo iremos descubriendo en los próximos episodios ;)

Como siempre, ¡gracias por leer y comentar! Me encanta saber lo que pensáis, y ya sabéis que intento responder siempre. Así que eso, para comentarios, críticas, sugerencias y/o sobornos, el buzón está abierto.

Que os vaya bien, ¡y hasta el próximo capítulo! ;D