I. James
Para los muggles, los unicornios, dragones y duendes sólo existen en los cuentos de hadas. Criaturas mitológicas. Para los magos que habitan el bonito y apartado pueblo del Valle de Godric, que un 1 de septiembre amaneciera soleado tenía la misma connotación de leyenda.
Y sin embargo, los rayos del sol apuñalaban sin piedad las paredes de aquella habitación forradas con pósters de equipos de quidditch de todas partes del mundo.
Faltaban tres minutos para las siete de la mañana cuando el rechoncho despertador que reposaba en la mesita de noche empezó a vibrar silenciosamente sobre sus cuatro patitas metálicas. A cada segundo que pasaba, el despertador se sacudía con más violencia, hasta que, con un ¡pop! mudo, se desdobló de manera que ahora eran dos los relojes que temblaban sin control.
¡Pop! Cuatro.
¡Pop! Ocho.
Faltaba un minuto para las siete de la mañana cuando los relojes saltaron de la mesilla a la cama, en la que un muchacho de pelo desgarbado y boca abierta dormía a pierna suelta. Con movimientos estudiados, el coro de despertadores rodearon el cuerpo de James y esperaron.
Tres… Dos… Uno…
El estruendo habría sido capaz de despertar a un muerto de su sueño eterno. El ¡RIIIIING! detuvo el corazón de James durante al menos un segundo, mientras su cuerpo sufría un sobresalto de los que hacen historia. Tanto fue así, que el muchacho rodó sobre sí mismo en la cama, cayendo de bruces en el suelo enmoquetado de su habitación.
Satisfechos con su trabajo, los relojes volvieron a su puesto en la mesilla de noche, fusionándose de nuevo hasta que sólo quedó uno.
Todavía algo desubicado, James se incorporó lo suficiente como para buscar a tientas sus gafas, vecinas del despertador que ahora roncaba plácidamente. Con un gran bostezo, se las encajó sobre el puente de la nariz y detrás de las orejas de forma perezosa.
Entonces algo hizo click en su cabeza. Abrió los ojos de par en par y se levantó de un salto.
- ¡HA LLEGADO EL DÍAAAAA! - gritó antes de salir corriendo de su habitación.
Derrapó al llegar al fondo del pasillo y girar para empezar a bajar, saltando los escalones de tres en tres. Al llegar al pie de las escaleras tuvo que saltar por encima del perro de la familia -una mezcla entre labrador y sabueso- que, contagiado por el entusiasmo del muchacho, se puso a ladrar mientras lo perseguía hasta la cocina.
- ¡Mamá…!
- ¡HA LLEGADO EL DÍA! -exclamaron sus padres al unísono, tan excitados como su hijo.
Los tres se fundieron en un eufórico abrazo al que Aquila intentó unirse saltando sobre James, logrando así derribar a los tres en un strike perfecto.
- ¡Aquila, por Merlín! -James era incapaz de quitarse de encima a su perro, que lo cubría a lamentones llenos de babas y amor- ¡No puedo respirar!
- ¡Ya vaaale! -Fleamont tiró con fuerza del collar del animal para sacárselo de encima a su único hijo.
- ¡Manos! -regañó Euphemia a su hijo, que ya se había lanzado a por el desayuno que ella misma había preparado.
Le tendió las manos con las palmas hacia, que quedaron limpias y relucientes tras un ligero movimiento de varita por parte de su madre. Ansioso por devorar los huevos revueltos con beicon que le esperaban, James tomó asiento en un taburete junto a su padre en la isla de gres que ocupaba el centro de la cocina.
- James, haz el favor de masticar, pareces un pato.
James siempre se había preguntado qué clase de magia era la que lograba que su madre hablara en un tono autoritario y a la vez tan afable.
- Perdón mamá -dijo con la boca todavía llena.
- ¿Estás preparado renacuajo? ¿Tienes el baúl hecho?
- Me falgtang un pag de cosas…
- James…
- Perdón mamá -dijo habiendo tragado por fin la cantidad masiva de revuelto que se había metido en la boca.
Más te vale terminar el equipaje rápido y que todo quede bien ordenado -continuó Fleamont-, ya sabes que a Slytherin no le gusta que los miembros de su casa sean un pequeño desastre.
- ¡No voy a ser Slytherin! -exclamó James, cayendo en la trampa de su padre, que ocultaba una pícara sonrisa tras el Profeta.
- Oh, claro que lo serás… ¿Qué si no?
- ¡Gryffindor!
- ¿Gryffindor? -Fleamont puso cara de sorpresa e incomprensión- ¿Qué te hace pensar que irás a parar a la noble casa de Godric Gryffindor?
- A veces no sé quién es más niño de los dos. -le recriminó Euphemia. James, por su parte, no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente.
- ¡Porque soy valiente!
- Con eso no basta…
- Y soy justo y… ¡tengo nervios de acero!
- No sé, no sé...
James frunció el ceño, apretando la mandíbula con fuerza. No tenía ninguna intención de reconocerlo, pero tenía miedo. Miedo a que el sombrero le mandara a una casa con la que no se sentía identificado. Él era Gryffindor, como todos sus antepasados antes que él, podía sentirlo en su corazón. Pero, y si…
Mientras James hacía acopio de todas sus fuerzas para evitar que las lágrimas empezaran a brotarle de los ojos, Euphemia compartió una mirada cómplice con su marido, que se dio cuenta que igual había ido demasiado lejos.
- Eh renacuajo -rodeó los hombros de su hijo con su brazo para consolarlo-, estoy seguro de que serás un Gryffindor de los que hacen historia.
James alzó la mirada para encontrarse con la sonrisa radiante y llena de confianza de su padre.
- Pero es muy importante que entiendas que tu casa en Hogwarts no te define -añadió Euphemia acercándose a la pareja-, y que no hay casas buenas ni malas en Hogwarts.
- Exacto. Todas las casas tienen algo que las hace únicas, son los cuatro pilares que sostienen Hogwarts. Si uno faltara… -dejó caer el brazo sobre la encimera, imitando el ruido que haría un castillo al derrumbarse y arrancando una sonrisa a su hijo.
- Entonces… ¿Me querríais igual si fuera Slytherin?
- Claro que sí.
- Con todo nuestro corazón -ambos progenitores sonrieron y James les imitó-. Ahora sube a terminar de llenar tu baúl, no querrás que lleguemos tarde, ¿verdad?
- ¡Nooo! -James salió corriendo de la cocina, seguido de cerca escaleras arriba por Aquila, tratando de recordar dónde había puesto su snitch.
