II. Peter

Estaba tan nervioso que apenas había podido desayunar y ahora sentía el estómago algo revuelto. Su madre le ofreció un pañuelo que él aceptó avergonzado. Sabía que cuando se ponía muy nervioso le sudaban las manos. Apenas unos pasos por delante de ellos, su padre arrastraba el pesado baúl sobre la adoquinada plaza que precede a la entrada de la estación de King's Cross.

Peter clavó los ojos sobre su padre con devoción. Ese hombre representaba todo lo que él quería en la vida: era alto, de porte imponente y mirada severa. Todos lo que lo conocían respetaban profundamente al Sr. Pettigrew y reconocían su gran valía como mago. Desvió los ojos entonces hacia su madre, también alta y esbelta, extremadamente atractiva. La Sra. Pettigrew era la personificación de la dulzura y la amabilidad y, desde que él naciera, se había dedicado en cuerpo y alma a criar y cuidar a Peter.

- Vamos a llegar tarde -dijo el Sr. Pettigrew, sin girarse.

Peter y su madre apremiaron el paso, sabiendo interpretar las palabras del cabeza de familia.

El muchacho no tardó en empezar a boquear. Jamás había sido un amante del deporte y su forma física podía clasificarse, en palabras de su propio padre, como "inexistente". Peter era consciente de su propio físico. No era ni alto, ni atlético, como su padre; ni guapo e inteligente como su madre.

Una decepción para la familia.

Su padre jamás lo había expresado en voz alta, pero Peter sabía que era así como se sentía. No podía culparle. La magia se manifestó en Peter a los 6 años, mucho más tarde lo que era habitual, y sus progresos habían sido lentos y mediocres.

Una noche se despertó al oír a sus padres discutir y se escabulló para escuchar a hurtadillas tras la puerta de su dormitorio. Su madre intentaba defenderlo ante su padre, que gritó con firmeza que "de seguir así me sorprendería que lo admitieran en Hogwarts". Esa fue la noche en la que Peter entendió lo que era el pánico.

Apenas un año más tarde, sus padres le sentaron en el salón para darle la peor noticia que un muchacho de nueve años podría recibir: iba a tener una hermanita. La idea de perder la atención completa de su madre, la única persona que había reconocido su existencia de forma plena, le horrorizó más que la posibilidad de no poder estudiar en Hogwarts.

Deseó que fuera squib. Lo deseó con todas sus fuerzas. Pero Merlín no cumplió sus deseos. Para la eterna desgracia del muchacho, el mismo día en que recibió su carta de aceptación en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería fue el momento en que su hermana Henelda mostró de forma inequívoca que era bruja.

Recordaría ese día durante el resto de su vida.

Era un acalorado viernes de julio en York. Su madre estaba dándole el desayuno a Henelda, mientras su padre se preparaba para salir a trabajar. La lechuza entró por la ventana abierta de la cocina para aterrizar justo enfrente del plato de macedonia que Peter se estaba comiendo.

El corazón se le aceleró en el mismo momento en que leyó su nombre en el verde escarlata del que su madre tanto le había hablado escrito, con una caligrafía impoluta. Tendió su rechoncha mano hacia la lechuza, que le cedió el sobre antes de picotear un poco de su plato y emprender el vuelo de vuelta.

- ¿Mamá…?

- ¡Ay mi niño! ¡Ábrela, vamos! -la sonrisa radiante de la Sra. Pettigrew era de lo más contagiosa.

Peter empezó a leer en voz alta su carta de aceptación en Hogwarts en el mismo momento en que su padre entraba a la cocina para despedirse. El Sr. Pettigrew se quedó en el linde de la puerta en silencio, imperturbable, pero con la mirada fija en su primogénito. Cuando terminó de leer, las manos de Peter temblaban como hojas al viento, pero vio en los ojos de su padre aquello que siempre había soñado: orgullo.

Una sonrisa a medio dibujar quedó congelada en el rostro del muchacho cuando la carta, su preciada carta, desapareció de sus manos para ir volando hasta las de su hermana pequeña por arte de -maldita sea- magia.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que pasar en ese mismo instante? Peter volvió a ser invisible a los ojos de su padre, cuyo pecho parecía que iba a estallar de orgullo al sostener a su pequeña bruja entre los brazos.

Cruzaron el portal que les llevaría al andén 9 y ¾ en silencio, mientras Peter se prometía a sí mismo que en Hogwarts se convertiría en alguien de quién su padre estaría orgulloso. Perdido como estaba en sus sueños de gloria, no se percató del destello dorado que pasó a escasos centímetros de su cara.

El empujón que lo siguió, haciendo que cayera de bruces al suelo fue imposible de ignorar. Peter estaba acostumbrado a que la gente se chocara con él, realmente parecía como si aquellos con los que compartía espacio no fueran capaces de verle. Era como un fantasma en vida, capaz de atravesar a las personas sin que estas se percataran apenas de su presencia.

No estaba preparado, sin embargo, para lo que pasó a continuación.

- ¡Por las barbas de Merlín! ¿Estás bien? -el muchacho que lo había empujado y que había acabado en el suelo como él ahora le ofrecía una mano para ayudarlo a levantarse- Perdón, es que casi se me escapa y me he tenido que tirar a por ella.

El chico, algo más alto que él, de pelo castaño, ojos marrones y gafas redondas, sostenía con orgullo una snitch entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha.

- Soy James, encantado.

- Pe… Peter, yo me llamo Peter.

Genial Peter. Oye, ¿has subido tus cosas al tren ya? -negó con la cabeza, abrumado por la atención que le estaba prestando aquel completo desconocido- Entonces insisto en ayudarte. Es lo mínimo que puedo hacer tras haberte obligado a presentar tus respetos a la madre tierra.

- Dirás al padre suelo… -respondió Peter con timidez y los ojos fijados en sus propios zapatos.

- ¿Qué? ¡Oh! -la carcajada de James al entender la broma le arrancó una sonrisa propia- Muy buena Peter…

- Gracias… Pero de verdad que no hace falta que me ayudes…

- ¡Por supuesto que sí! Es lo menos que un futuro Gryffindor podría hacer.

Y Peter decidió a qué casa de Hogwarts quería pertenecer.