III. Sirius
Desde que recibiera su carta de aceptación en Hogwarts, Sirius había dedicado sus no pocas capacidades a intentar pensar en alguien que pudiera tener más ganas que él de subirse a ese tren y dejar Londres atrás durante nueve mágicos meses. No tardó en llegar a la conclusión de que tal persona, simplemente, no existía.
Sirius estaba contemplando desde la ventana de su habitación como Kreacher, el elfo de la familia, cargaba su baúl en el maletero del coche que iba a llevarlo a la estación de King's Cross, cuando la puerta de su habitación se abrió. Un Regulus visiblemente afectado cruzó la estancia en silencio, para unirse a su hermano mayor junto a la ventana. El ceño que se había mantenido fruncido, oculto bajo el largo flequillo ondulado de Sirius, se relajó. Su postura corporal cambió para dar la bienvenida a su hermano.
- ¿De verdad te tienes que ir?
Fue un susurro apenas audible, pero un puñetazo en el estómago habría sido menos doloroso. Haciendo acopio de todas sus fuerzas para que no le temblara la voz, se giró para dirigirse a su hermano.
- Me temo que sí, pequeñajo -la cara de Regulus se convirtió en un puchero de forma instantánea-. ¡Eh, no llores! Recuerda nuestro plan.
Inmediatamente, Regulus endureció el rostro.
Aquel renacuajo lo adoraba y él lo sabía, por eso se le hacía tan difícil dejarlo atrás. Sin embargo, Sirius había ideado la forma de que Regulus estuviera a salvo durante su estancia en Hogwarts y confiaba en la capacidad de su hermano pequeño para llevarlo a cabo. Eso le tranquilizaba.
Saldrá bien, se dijo a sí mismo.
La misma noche en que recibió su carta supo que la relación con su hermano tenía que cambiar si quería protegerlo. A Regulus se lo planteó como un juego, como si se acabara de convertir en una de esas películas muggles que veían por las noches ocultos bajo la colcha de Sirius. La consigna era fácil: iban a fingir una tremenda pelea y, a partir de ese momento Regulus tendría que actuar como si Sirius le diera asco, tenía que convertirse en el hijo modélico que su madre siempre había soñado. Un Black de corazón.
El pobre niño ni siquiera preguntó por qué, tal era la devoción que sentía hacia su hermano mayor.
Desde esa noche, la relación entre los hermanos Black cambió. Al menos de cara a la galería. Sirius se maravilló de las dotes de actor de su hermano, que no tardó en tener a su madre completamente convencida. Más te vale cuidarlo, vieja arpía.
No estaba preocupado. Ya no. Ahora que Regulus se había puesto la piel de lobo de los Black, sabía que se había ganado el favor de su madre y que podría gozar de las ventajas que eso suponía.
Consultó el reloj de bolsillo que le había regalado su tío Alphard -uno de los pocos miembros de la familia a los que toleraba. Y uno de los extremadamente escasos que le caían bien- por su décimo cumpleaños y vio que había llegado la hora de marcharse. Por Fin.
Llegó al vestíbulo con su media melena desgarbada, la camisa por fuera y sus botas de corte militar de cuero negro desabrochadas. El punto justo de dejadez para ganarse la familiar mirada de desprecio de su madre -que le producía mucho placer interior-, sin llegar a cruzar la línea esa línea imaginaria que conllevaba un doloroso castigo.
A lo largo de su infancia y el escaso tiempo que llevaba en la pre-adolescencia Sirius había llevado a cabo con su madre lo que los muggles conocían como un estudio sociológico. Había puesto a prueba la escasa paciencia y tolerancia de Walburga de todas las maneras posibles. Eso le había permitido trazar un mapa mental de todo lo que podía y no podía hacer, y las consecuencias que dichos actos tenían.
Su experimento le había valido una serie de dolorosos castigos, algunos de los cuales habían grabado una mella imborrable en su cuerpo. Si le preguntaban a Sirius, había valido la pena.
- Haz el favor de no deshonrar a toda la familia.
- Yo también te echaré de menos, madre -la sonrisa de suficiencia de su primogénito a punto estuvo de desatar la ira de la matriarca, pero su padre se interpuso en su línea visual, colocando una mano sobre el hombro de Sirius para acompañarlo hasta el coche.
Kreacher abrió la puerta de atrás imitando el desprecio de ama por el muchacho, hecho que Sirius apreció. Odiaba a esa criatura que estaba enamorada de la misma persona que lo tenía brutalmente esclavizado.
- Sirius… -el muchacho cortó la frase de su padre con una mirada penetrante.
- No. Todo esto -ambos sabían cuál era la magnitud de esto- es culpa tuya.
Sirius cerró la puerta sin darle a su padre la oportunidad de replicar. Era un buen hombre, pero un buen hombre cobarde. Un buen hombre que había aceptado un matrimonio concertado que lo había atado a una mala persona. Un buen hombre que había presenciado como sus hijos crecían en medio del miedo y el rencor y no había hecho nada por evitarlo.
- Richard, nos vamos. -el chófer de los Black era una de las pocas personas al servicio de la familia que le tenía aprecio a Sirius.
Con la ayuda secreta del muchacho había instalado y camuflado una radio operativa en el salpicadero del coche. Así, cuando habían doblado la esquina, lejos de oídos indiscretos, las notas de My Generation de The Who empezaron a sonar en la intimidad de aquel coche que se dirigía a una vida nueva para Sirius.
