IV. Remus

Dos meses atrás

Remus estaba sentado en un sillón con la mirada perdida, mordiéndose el labio con nerviosismo. Esto es una mala idea. Hacía varios minutos minutos que había dejado de escuchar la conversación que estaba teniendo lugar entre sus padres y aquel extraño señor de túnica morada y barba plateada.

Se había presentado ante los Lupin como Albus Dumbledore, director de Hogwarts. Un detalle totalmente innecesario por su parte -aunque sí educado-, pues todo el mundo conocía a Dumbledore. Así se lo había indicado su padre en múltiples ocasiones, describiéndolo como una persona amable y comprensiva.

Ahora que Remus sabía por qué estaba allí, estaba convencido de que su padre había confundido la comprensión con locura.

- ¿Lo has oído cariño? ¡Podrás ir a Hogwarts! -Remus miró a su madre confundido por su alegría. ¿Acaso era el único que se daba cuenta de la magnitud de la locura que estaba proponiendo ese chiflado? -¿Te hace ilusión?

Pudo notarla. La mirada de Dumbledore se clavó en él como un puñal. No pudo evitarlo y lo miró. Se sintió completamente al descubierto, como si aquel par de ojos azules que lo observaban tras una gafas con forma de media luna pudieran leerle cada rincón del alma. De alguna forma que fue incapaz de explicar confió en él. Su sonrisa decía "todo va a salir bien" y Remus se lo creyó.


En la actualidad...

Encontró un compartimento vacío en el último vagón del tren y se atrincheró en él. Esto es una malísima idea. Había obligado a sus padres a levantarse a las seis de la mañana para asegurarse de estar en el andén 9 y ¾ lo suficientemente temprano como para no encontrarse con nadie.

Y lo había conseguido.

Su madre se había despedido de ambos en el cobertizo en el que Remus se encerraba para sus episodios, desde donde padre e hijo habían tomado un traslador que los había llevado a la parte trasera de King's Cross. La espesa humedad y la polución de la ciudad golpearon a los sentidos del muchacho como si de un mazazo se tratara, pero había logrado sobreponerse.

Para cuando habían cruzado la entrada al andén, la King's Cross muggle estaba prácticamente desierta. Y al otro lado sólo se encontraron con algunos trabajadores que estaban demasiado atareados en la puesta a punto del tren como para prestarles atención.

Tal y como Remus había planeado.

Tras insistir de forma vehemente, había logrado que su padre volviera a casa para cuidar de su madre, cuyo extraño resfriado se negaba a desaparecer. Sin embargo, ahora que el andén hervía de actividad y estaba repleto de rostros desconocidos, Remus habría agradecido encontrarse con la reconfortante mirada de su padre.

Cada minuto que pasaba su ansiedad iba en aumento. Podía notar como su respiración estaba ligeramente acelarada, acompañada por el intenso ritmo de su corazón. Sabía que tenía que calmarse, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Cada vez le era más difícil imaginarse un escenario en el que su presencia en Hogwarts no terminara en tragedia.

Entonces, la intensa mirada azul de Dumbledore apareció en su mente. Repasó el plan que el Director de Hogwarts había trazado para sus episodios y trató de convencerse a sí mismo de que todo iba a salir bien.

La puerta del compartimento se abrió, sobresaltando al muchacho, que se estiró las mangas tanto como la vieja tela de su suéter de cuello alto le permitió.

- ¿Te importa si me siento? -preguntó mientras masticaba- Estoy esquivando a familiares que desprecio y parientes a los que odio.

Lupin negó con la cabeza, sin duda impresionado por la extraña forma de presentarse -si es que podía llamarse así a lo que acababa de pasar- de aquel desconocido. Así, el recién llegado cerró la puerta tras de sí y se sentó en el banco que había frente a Remus, apoyando la espalda en la ventana y colocando los pies sobre el asiento contiguo.

Remus todavía no había podido apartar la vista de él cuando un pensamiento asaltó aparentemente la mente del chico, cuyo semblante se oscureció ligeramente al bajar los pies del banco y acercarse a la cara de Lupin con un gesto ligeramente amenazador.

- Dime una cosa… ¿Qué opinas acerca de los muggles?

Oh no. Su padre le había hablado de la gente de su calaña. Seguro que pertenecía a una de esas familias mágicas cuyo linaje ascendía a los tiempos de Merlín y que se consideraban seres superiores a todos los demás. Algo en él despertó las ganas de plantarle cara.

- Creo que son personas, como tú y como yo. Y si tienes algún comentario despectivo para ellos, será mejor que te lo guardes o te largues.

Para su sorpresa, la expresión en el rostro del desconocido cambió por completo. Una sonrisa que a Remus se le antojó de lo más sincera y cercana se apoderó de su boca mientras le daba unos suaves golpes en el hombro.

- ¡Bien dicho amigo, bien dicho! -Remus parpadeó algo confuso- Me llamó Sirius, encantado.

- Remus, un placer -dejó escapar una sombra de sonrisa.

- Remus… Algo me dice que tú y yo vamos a llevarnos bien. ¿Quieres?

- ¡Claro! -exclamó encantado, aceptando el dulce y fantástico manjar que Sirius le ofrecía.

Le encantaba el chocolate.