VI. Calentando motores

El Hogwarts Express había dejado atrás el ajetreado bullicio de la capital rumbo al norte. El sol todavía se dejaba ver entre las nubes que cada vez cubrían más zonas del cielo, mientras los árboles se sucedían a un ritmo frenético al otro lado de la ventana. Sin embargo, la belleza de la flora inglesa estaba pasando completamente desapercibida en el último compartimento del tren.

- A ver, a ver. Explícamelo otra vez, ¿gaso qué?

- Gasolina -repitió Remus con paciencia, divertido ante la completa ignorancia de Sirius acerca de la tecnología muggle-. La extraen del petróleo.

- ¿Y eso hace que lo coches funcionen?

- Entre muchas otras cosas, sí -Sirius estaba completamente fascinado-. ¿No te has preguntado cómo funciona este tren?

El joven Black quedó confuso. Creía que la respuesta era obvia: magia. Pero su instinto le decía que igual estaba equivocado, así que se encogió de hombros.

- ¿Gasolina? -la carcajada de Remus resonó por todo el compartimento.

- Buen intento, pero no. Carbón. Queman el carbón y la combustión pone en marcha el sistema de turbinas que hace que…

- Para, para. Te creo -no estaba interesado en el funcionamiento del Hogwarts Express. Lo único que Sirius necesitaba saber de ese tren era que a cada minuto que pasaba lo alejaba más y más de su infierno personal. Había algo, sin embargo, que sí le interesaba-. Oye la gasolina esa, ¿podría hacer funcionar… Cómo lo llaman... ? ¿Moto…?

- ¿Motocicleta? Sí, claro.

Una chispa se encendió en los ojos de Sirius. Cuando era pequeño, su padre le ayudó a meter de contrabando en su casa un puñado de películas muggles que su hermano y él se habían dedicado a ver una y otra vez. De todas, su favorita era, sin duda alguna, La Gran Evasión.

Trataba sobre un grupo de soldados que estaban encerrados en una especie de campamento nazi -a saber qué significaba eso- y que trazaban un plan para escaparse cavando túneles. Su personaje favorito, una vez fuera se hacía con una de esas motocicletas y cruzaba los prados saltando cercados de alambre y demás obstáculos.

Al final terminaba muerto, pero eso era totalmente secundario para Sirius. Había quedado fascinado con ese aparato de dos ruedas y se juró a sí mismo que algún día se haría con una.

- ¿Y dónde podría conseguir una?

Remus alzó las cejas sorprendido. La impulsividad del muchacho era difícil de ignorar. Su respuesta fue cortada antes de empezar por un par de suaves golpes en la puerta del compartimento. Se tensó de forma instantánea. Encogió el cuello y volvió a estirarse las mangas.

La conversación con Sirius le había hecho bajar la guardia, algo en él le inspiraba seguridad. Pero la llegada de más gente desconocida le puso de nuevo en alerta. Un detalle que no pasó desapercibido ante su compañero de viaje, que le dedicó una mirada inquisitiva. La ignoró deliveradamente para dar una cordial bienvenida a la chica de melena pelirroja y sonrisa amable y a su acompañante.

- ¿Os importa que nos sentemos? Esos parecen ser los únicos asientos que quedan libres en todo el tren.

- Oh claro -respondió Remus, todavía nervioso. La mirada de esa chica parecía demasiado atenta para sus intenciones de mantener su gran secreto oculto.

Sirius por su parte, parecía mucho más interesado en inspeccionar al muchacho que la acompañaba. Las aletas de su nariz se abrieron y cerraron un par de veces mientras observaba como el chico tomaba asiento a su lado. Remus reprimió una sonrisa, le recordaba a un perro guardián olfateando a los invitados para tratar de discernir si vienen con buenas o malas intenciones.

- Me llamo Lily Evans, encantada -Remus podría haber jurado que la sonrisa de aquella chica sería capaz de iluminar una habitación oscura. Le inspiraba confianza. Y no sabía cómo de bueno era eso. Por lo que a él respectaba, no podía -no debía- confiar en nadie.

- Yo soy Remus Lupin y este es Sirius…

- Black. ¿Y tú eres…? -los ojos de Sirius seguían clavados en el escuálido muchacho que le devolvía la mirada con aire amenazante.

- ¿A ti qué te importa, Black? -Lily suspiró. Conocía a su amigo demasiado bien y sabía que ese tono no iba a traer nada bueno a la conversación. No pasaron ni dos segundos antes de que Sirius le diera la razón.

- Oye tú, ¿qué mierda has querido decir con eso de Black? -él era el primero que odiaba su apellido, y por eso no podía soportar que la gente lo juzgara por él. Y mucho menos un esmirriado de cara pálida y aires altivos.

- Sé muy bien cómo os las gastáis tú y los tuyos. Lily vámonos…

- ¿Perdona? -Sirius se había puesto de pie de un salto- ¡No tienes ni idea de quién soy!

- Sé que eres un Black y con eso me basta.

Remus, con un temple bastante más desarrollado que el de su nuevo amigo, pudo percibir algo extraño en los ojos del chico. Sin embargo, Sirius ya había explotado, y lo tenía agarrado por el cuello de la camisa.

- Yo no soy como mi familia, ¿te enteras? -lo sacudió, alarmando a Lily que se dispuso a intervenir, pero Sirius no le dio tiempo de reacción- Que tu ascendencia y tu sangre vayan a definirte toda tu vida es tu problema. Yo no soy así.

Sin saberlo, Sirius acababa de meter el dedo en una llaga que llevaba tiempo abierta. La furia brilló en los ojos de Severus, que sacó su varita, apuntando directamente a la barbilla de Sirius.

- Con que esas tenemos… -el joven Black hizo lo propio.

- ¡Basta! -exclamaron Lily y Remus a la vez

- Suéltalo -Sirius miró a Lily confundido por un segundo, hasta que se dio cuenta de que todavía tenía al esmirriado sujeto con su mano libre y lo soltó -. Creo que será mejor que nos vayamos.

- Yo también lo creo -respondió Sirius, con la mirada todavía fija en el chico.

Remus y Lily intercambiaron una mirada entre la disculpa y el desconcierto, y la chica y su compañero salieron del compartimento.

Sirius se dejó caer de nuevo en su asiento, guardando su varita con un movimiento ágil.

- Odio a ese tipo.

Remus guardó silencio, a pesar de su curiosidad. Se preguntaba qué clase de relación tendría Sirius con su familia para que las palabras de aquel chico le hubieran calado tan hondo. A pesar de que algo le decía que no se necesitaba mucho para hacer saltar al muchacho, esa reacción le había parecido desproporcionada. Se hizo una nota mental para investigar acerca de la familia Black en cuanto tuviera ocasión.

La puerta del compartimento se abrió de nuevo y Remus se temió lo peor. Sin embargo, las caras de ambos muchachos se iluminaron al ver el carrito repleto de incontables variedades de dulces que empuja una entrañable señora.

- ¿Algo del carrito, niños?

Sirius ya estaba sacando su dinero cuando Remus todavía se planteaba hasta qué punto se podía permitir comprar algo.

- Deme dos barras de chocolate con leche de Honeydukes, y cuatro ranas de chocolate. ¡Ah! Y un par de regalices. Te van a encantar -la sonrisa de Sirius en aquel momento era indescriptible- ¡Oh! Y una bolsa de súper hinchables. ¿Qué es eso?

- Galletas de cerveza de mantequilla.

- ¡Hala! Pues deme dos paquetes también. ¡Muchas gracias!

Remus se quedó sin palabras. Sirius le dejó sobre el regazo la mitad del tremendo botín que acababa de adquirir. Se había gastado el equivalente a un mes de su paga en dulces sin pestañear y lo estaba compartiendo con él.

- Bueno, ¿por dónde íbamos? ¡Ah! Las motocicletas...