IX. La Sala de Trofeos
Aquel sábado de finales de septiembre los alumnos de Hogwarts -siguiendo acertadamente sus instintos- decidieron aprovechar el que sospechaban que sería uno de los últimos días soleados que iban a ver en mucho tiempo para pasar la tarde en los vastos jardines del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Aunque no todos podían gozar de ese lujo.
En el tercer piso del castillo, segundo corredor a la derecha, un grupo de cuatro muchachos de primer curso restregaba con fuerza los cepillos que les había proporcionado el celador sobre la superficie de los trofeos.
- Te dije que era una mala idea -Sirius se había recogido el flequillo con una goma que le había prestado una encandilada Hufflepuff para evitar que le cayera sobre los ojos mientras trabajaba.
- No es verdad -replicó James-. La idea era buena, pero tuvimos mala suerte.
- Explícame, por favor, en qué mundo es una buena idea intentar colarse en la Sala Común de Slyhterin a plena luz del día.
- Bueno, ¡es cuando menos se lo esperarían!
- Y supongo que la parte en la que tuvimos mala suerte fue cuando nos topamos con el prefecto de la casa nada más entrar -Remus intervino desde el fondo de la estancia, donde estaba frotando un espejo con esmero.
- ¡Exacto! ¿Ves Sirius? Remus me entiende -los interpelados compartieron una mirada de complicidad. James a veces podía resultar muy inocente.
Todavía con la sonrisa en la cara, Remus se acercó al cubo que tenía a un par de pasos para escurrir y limpiar de nuevo el trapo. Al levantarse, tuvo la mala suerte de tropezarse con su propio cordón, hecho que lo desestabilizó y a punto estuvo de caerse de no haber sido por la presencia del espejo que había estado limpiando: se apoyó en su voluminoso marco para no caer de bruces al suelo.
Plop
El corazón de Remus se paró durante el instante en que creyó que acababa de romperlo. Pero no estaba roto, simplemente se había separado ligeramente de la pared.
- ...y por culpa de tu estúpido plan estoy aquí dentro haciendo de elfo doméstico cuando podría estar ahí fuera disfrutando del Sol.
- Chicos…
- ¡El plan no era estúpido!
- ¿Chicos? -Remus empujó suavemente el espejo, que cedió lentamente a regañadientes.
- ¡El plan era casi tan estúpido como tú!
- ¡Chicos! -James y Sirius se detuvieron en seco justo antes de iniciar una escaramuza que bien podría haber acabado con más de un trofeo roto.
- ¿Qué es eso? -Peter se acercó a Remus encogido y alerta.
- ¿Qué pasa Rem? -la pareja se acercó a su amigo, olvidándose por completo de su reyerta- Wow…
- Creo que…
- ¿No será…?
- ¡Un pasadizo secreto! -exclamó James con estrellas brillándole en los ojos.
Remus había terminado de empujar el espejo, que finalmente había cedido a la presión del muchacho dejando al descubierto una oscura apertura en la pared.
- ¿Estáis pensando lo mismo que yo?
- Por supuesto que sí -contestó Sirius, deseando seguir a su amigo a través de esa boca del infierno que Remus había descubierto-.
- Parad el carro. No creo que sea una buena idea meternos ahí...
- Estoy de acuerdo -se apresuró a secundar Peter, que miraba al agujero con pánico en los ojos. James y Sirius mostraron su descontento e inconformidad-.
- Pensadlo bien chicos. No tenemos nuestras varitas y no sabemos qué podemos encontrarnos ahí dentro.
- Tienes razón Remus, para no variar -la decepción hizo presa de James, pero sólo le duró un segundo-. Entonces…
- Vendremos esta noche -dijo Sirius, completando la frase de su amigo, compartiendo el entusiasmo de James.
Oh, y esa es una idea brillante, claro, pensó Remus con cinismo.
Siguiendo el consejo de Remus, el cuarteto de amigos decidió retrasar su visita nocturna a la Sala de los Trofeos una semana más. Tiempo que invirtieron para planear la incursión como Merlín manda.
Se dividieron el trabajo.
Remus y Peter pasaron gran parte de su tiempo libre en la biblioteca, estudiando un plano de Hogwarts que consiguieron con la ayuda de la joven bibliotecaria Irma Pince, que estuvo encantada de ayudarles con su "trabajo voluntario" acerca de estructuras mágicas. James y Sirius, por su parte, emplearon su carismático carácter para conseguir hacerse con las zonas de patrulla de los prefectos de cada casa. Sirius consiguió el premio gordo con Matilda Rowenson, prefecta de Ravenclaw, que le reveló los lugares en los que se solía encontrar profesores durante su ronda.
Así fue como el primer sábado de octubre el cuarteto de leones estaba listo para descubrir qué se ocultaba tras aquel espejo.
- Peter, por última vez -el grupo de amigos estaba en su habitación, preparándose para salir, y James estaba preocupado por su compañero-, no hace falta que vengas si no quieres.
Las manos de Peter sudaban como si de una calurosa tarde de agosto se tratara.
- Claro Peter. Si tienes miedo, no vengas -Remus reprendió con la mirada a Sirius, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo.
- ¡No tengo miedo! Iré.
Era cerca de medianoche cuando los cuatro muchachos bajaron a la Sala Común de Gryffindor, que se encontraba totalmente desierta. La única luz de la estancia provenía de la luna que brillaba al otro lado de las ventanas, y de las brasas que quedaban en la chimenea como recuerdo del fuego que había brillado en ella horas atrás.
Se movían en una fila silenciosa. Primero James, seguido de Peter y Remus, con Sirius cerrando la comitiva. El cabeza de fila se detuvo al alcanzar el hueco en el que el retrato de la Dama Gorda hacía las veces de puerta.
- ¿Listos? -preguntó en un susurro.
- Listos -respondieron ellos al unísono.
