XI. El origen de la leyenda

Paz. Muchísima paz. Eso era lo que sentía Sirius en aquel momento, tumbado como estaba a los pies de un árbol solitario cerca del estadio de quidditch. El otoño ya empezaba a hacer mella sobre los terrenos de Hogwarts, salpicando las copas de los árboles con tonos anaranjados y marrones.

Las temperaturas habían bajado lo suficiente como para que la gran mayoría de alumnos decidieran pasar su tiempo libre en la seguridad y templada comodidad que ofrecía el interior del castillo. Así, esa maravillosa tarde de viernes en los jardines de Hogwarts reinaba una calma de lo más satisfactoria.

A Sirius nunca le había molestado el frío, al contrario, le gustaba. Sentir la brisa fría sobre la piel le hacía sentirse vivo. Además, ahora que tenía plena libertad para vagar por donde quisiera, no tenía intención de quedarse encerrado. Aunque tenía que reconocer que Hogwarts escondía ciertas sorpresas que alimentaban su espíritu aventurero.

- ¡Por fin te encuentro! Tío, ¿no te estás congelando?

- Los Black tenemos la sangre fría, ¿no lo sabías? -estiró los brazos y las piernas para desperezarse.

- Lo que tú digas… Levanta, te va a encantar lo que he encontrado.

Sirius conocía ya de sobra esa excitación y brillo en la mirada de su amigo. Significaban aventuras y, muy probablemente, la infracción de alguna norma.

- ¿Se puede saber de dónde vienes? Estás hecho un asco -James le sonrió a modo de respuesta mientras se encaminaban hacia el castillo- ¿Y Peter?

- Está montando guardia. ¿Sabes dónde está Remus?

- No, no lo he visto en todo el día…

En realidad, ahora que lo pensaba, no lo veía desde antes de la cena del jueves. No había pasado la noche en el dormitorio de Gryffindor y se había perdido las clases del viernes, cosa que no era habitual en él -a no ser que se hubiese visto arrastrado por James y él mismo-.

Cuando alcanzaron el tercer piso, Sirius insistió en pasar por la Biblioteca para ver si Remus estaba allí. "Vale, pero no tardéis, ¡te va a encantar!", James se alejó corriendo hacia una estatua en la que Peter los esperaba y sirius enfiló las escaleras que lo llevarían al cuarto piso.

Al llegar la la Biblioteca, le preguntó a la señorita Pince si había visto a su amigo, pero no hubo suerte. Igualmente, Sirius decidió dar una vuelta, por si acaso el joven león había entrado sin que la bibliotecaria se diera cuenta.

Se acercó a la mesa favorita de Remus, pero una vez allí se topó con el Gryffindor equivocado. O mejor dicho, la Gryffindor equivocada.

- ¿Qué haces en la Biblioteca, Black? ¿Te has perdido? ¿O es que Potter te envía para espiarme de nuevo?

- Estoy buscando a Remus, para tu información, Evans. Pero estoy seguro de que James estará encantado de saber que has preguntado por él -Lily enrojeció al momento, y Sirius no supo discernir si era de ira o de vergüenza- Bueno, ¿le has visto? A Remus, ¿le has visto? Sé que esta es su mesa favorita…

- No lo he visto en todo el día -dijo en un tono más cortante de lo que le habría gustado. Al fin y al cabo, Remus también era su amigo y Sirius parecía genuinamente preocupado-, pero si lo veo le diré que le buscáis.

- Gracias -Sirius sonrió detrás de un mechón rebelde y Lily pudo entender por qué la mayoría de las chicas de su curso y algunas de los superiores lo encontraban "monísimo".

El joven Black se dio la vuelta con las manos metidas en los bolsillos y abandonó la Biblioteca. Seguía algo preocupado por Remus, pero la promesa de una aventura tiraba de él con más fuerza. Corrió pues para reunirse con James y Peter -que estaba igual de sucio que el primero- junto a la estatua de una vieja bruja jorobada.

- Te presento a la Bruja Tuerta -dijo James, radiante bajo un par de capas de polvo.

- Encantado… -respondió Sirius con cinismo- ¿Qué hago aquí?

- Espera y verás -le hizo una seña a Peter para que volviera a montar guardia mientras se encaramaba a la estatua y sacaba su varita-: Dissendium.

Para delicia de Sirius, la joroba que coronaba la espalda de la bruja desapareció ante el hechizo.

- ¿Es lo que creo que es? -inquirió Sirius, encaramándose a la apertura.

- Efectivamente, amigo mío. Un pasadizo secreto. ¡Ya van tres!

- ¡Es genial! ¿Cómo lo has encontrado?

- ¡Ha sido Peter! -el interpelado se sonrojó levemente al escuchar su nombre mientras vigilaba que nadie se acercara- Por lo visto algo le llamó la atención de los planos mientras estudiaban la estructura del castillo con Remus. Por cierto, ¿dónde está?

- Ni idea, pero Evans te manda saludos -el corazón de James se aceleró ligeramente, siendo su turno para sonrojarse.

- ¿En serio? Digo… Cómo si me importara… Pero es una pena que Remus se lo vaya a perder…

- Tío, no podemos explorarlo sin él. Los Merodeadores siempre unidos, ¿recuerdas?

- Unidos hasta la muerte, ya sabes que sí. ¡Pero estoy impaciente! Peter y yo hemos bajado antes para echar un primer vistazo y… -las palabras parecieron atragantarse en su boca debido a la emoción

- ¿Y, qué?

- Que creo… ¡Creo que este pasillo sale de Hogwarts! ¿Te imaginas? ¡Un pasadizo secreto que nos saque del castillo cuando queramos! ¡Es épico!

Por mucho que le doliera dejar a Remus atrás -donde quiera que estuviera-, estaba de acuerdo con James, aquello era demasiado épico como para dejarlo para más tarde. Así pues, asintió y sacó su varita. James llamó a Peter para que fuera el primero en pasar, Sirius lo siguió, y James se quedó el último para cerrar la apertura de la estatua tras de sí.

Los tres amigos cayeron por un tobogán resbaladizo y totalmente oscuro durante varios segundos. Era imposible saberlo a ciencia cierta, pero James estaba seguro que se encontraban a la altura de las mazmorras, ya que la humedad era mucho mayor de lo normal en la superficie.

- ¡Por aquí! -James se adelantó, ya con la varita iluminada, Sirius y Peter le siguieron de cerca.

Caminaron durante casi una hora, confirmando las sospechas de James acerca del destino final de aquel pasadizo. A cada paso que daban la excitación de los tres muchachos iba en aumento. Durante la caminata se cruzaron con un par de rata y algún que otro murciélago, pero no tuvieron que enfrentarse a ninguna criatura horrible, como dos de ellos esperaban en secreto.

Llegados a cierto punto, el grado de inclinación de la travesía cambió y empezaron a caminar cuesta arriba. Poco a poco, el aire se fue esclareciendo y el túnel se fue estrechando, hasta terminar en un muro de roca en el que colgaba una escalera de mano. Los tres amigos enfocaron con sus varitas hacia arriba para descubrir una trampilla al final de dicha escalera.

Las fosas nasales de Sirius se hincharon cuando captó un olor agradable y familiar. "No puede ser". Antes de que nadie llegara a reaccionar, se encaramó a la escalera y empezó a subir tan rápido como sus extremidades de niño de once años le permitieron.

Cuando alcanzó la trampilla, colocó la oreja sobre la madera para intentar descubrir si había alguien al otro lado. No escuchó nada, así que empujó con cuidado. Le costó un poco -las bisagras parecían estar un poco oxidadas-, pero finalmente la puerta cedió y Sirius desapareció de la vista de sus amigos.

- ¡Eh, Black! ¿Qué ves? -al no obtener respuesta, James decidió empezar a subir él mismo. Cuando estaba a mitad de camino, Sirius se asomó por la apertura de nuevo.

Dada la oscuridad del túnel habría sido imposible verlo pero la sonrisa más grande que había puesto jamás le enmarcaba el rostro.

- Te va a encantar -dijo, tendiéndole la mano a su amigo para ayudarle en el último tramo- ¡Vamos, Peter!

El paraíso. Estaban en el paraíso. También conocido como la bodega de Honeydukes, la tienda de golosinas de Hogsmeade. Los Merodeadores llevaban casi dos meses escuchando maravillas acerca de ese lugar por parte de los alumnos más mayores, y no eran pocas las veces que habían fantaseado con colarse en alguna excursión al pueblo.

Y ahora, ahí estaban.

Sirius escuchó un ruido proveniente de la escalera de mano que conducía al piso de arriba e instó a sus amigos a que se movieran. Los tres Gryffindors se ocultaron detrás de un barril lleno de gusanos de caramelo justo a tiempo. Una pareja bajó a la bodega, seguidos de varias cestas que flotaban en el aire tras de sí.

- Te digo que es verdad -decía la señora-, Rosmerta también lo escuchó.

- Tonterías, nunca ha vivido nadie en esa vieja chabola.

- No es ninguna tontería, te digo que yo misma escuché los aullidos y gritos, gritos desgarradores.

- ¿Estás segura de que no se trataba de una pesadilla, querida?

- ¡Estoy muy segura! Además, Rosmerta dice que el propio Dumbledore sugirió la posibilidad de que estuviera encantada anoche mismo cuando visitó su local.

- ¿En serio? -no quedó rastro del tono paternalista del viejo tendero ante la mención de Dumbledore.

- ¡Muy en serio! Dijo que es habitual en las casas abandonadas en medio de la afluencia de mucha gente y que era cuestión de tiempo, dada su cercanía a Hogwarts.

- Una casa encantada… ¿Crees que será peligroso?

- No, Dumbledore le aseguró a Rosmerta que los fantasmas de las casas encantadas no pueden salir de los lugares en los que aparecen.

- Toda la razón, es todo un sabio el señor Dumbledore. Y un buen cliente, además.

- ¿Y eso qué más da ahora?

- Sólo lo decía…

- Los vecinos le han puesto nombre, ¿sabes?

- ¿A Dumbledore? Pero si ya tiene nombre…

- ¡A Dumbledore no, besugo! ¡A la casa! La llaman la Casa de los Gritos.

James y Sirius intercambiaron una mirada cargada de complicidad desde su escondrijo. Esperaron a que el matrimonio terminara de llenar las cestas para reponer sus escaparates y salieron de su escondrijo. Se llenaron los bolsillos de golosinas antes de emprender su viaje de vuelta a Hogwarts, con una decisión tomada: iban a visitar la Casa de los Gritos.