XII. Un pacto de caballeros
- Absolutamente no.
Los cuatro amigos se dirigían al invernadero número dos para su clase de herbología envueltos en sus túnicas. El cielo estaba completamente encapotado y tenían que caminar ligeramente agachados para combatir el viento helado que les entorpecía el camino.
James y Sirius acababan de contarle sus planes para la noche de Halloween a Remus, mientras Peter hacía lo posible para seguirles el ritmo.
Habían pasado un par de días desde que habían visitado de forma clandestina el sótano de Honeydukes y seguían excitados. Remus, por su parte, tenía un aspecto horrible. Estaba más pálido que de costumbre, parecía incluso más flaco de lo que ya lo estaba antes. Cuando sus amigos le preguntaron dónde se había metido les contestó que había estado en la enfermería, debido a una intoxicación alimenticia. "No os avisé porque no era bonito de ver".
James se compadeció de él dándole unos golpecitos de ánimo en el hombro, pero Sirius no parecía del todo convencido. No ayudó que al insistir en sus preguntas acerca de su salud, Remus respondiera con evasivas, evitando mirarle a los ojos.
Y ahora esto.
- Vamos Remus, ¡una casa encantada! ¡Tenemos que verlo! -James no se rendía ante la inauditamente rotunda negación de su amigo a formar parte de una nueva aventura sin precedentes.
- Lo siento, pero no comparto vuestros instintos suicidas. No pienso ir, y no creo que vosotros debáis ir tampoco. Es… Es muy peligroso.
Ya habían llegado al invernadero. Todos los alumnos agradecieron el calorcito con el que les recibió aquel cubículo de cristal, repleto de plantas de todos los tamaños. Una mezcla de olor a tierra húmeda y fertilizante flotaba en el aire. A pesar de la humedad y el calor, Remus se negó a quitarse la bufanda. Los cuatro amigos ocuparon su mesa habitual en uno de los extremos del invernadero. Gryffindor compartía la clase de Herbología con Slytherin, algo que los Merodeadores aborrecían y celebraban a partes iguales.
Mientras la profesora Sprout iniciaba su lección acerca de los bubotubérculos, James y Sirius volvieron a la carga:
- Imagínatelo Rem, una casa encantada… ¡la noche de Halloween! -Sirius expuso su argumento acompañando sus palabras con un exagerado movimiento de brazo que terminó por tumbar el tiesto de la mesa de al lado en la que, casualmente, estaba Severus.
- Mantén tus manazas lejos de mí Black.
- Perdona, ¿qué has dicho? Creo que tu desproporcionada nariz ha bloqueado tus palabras…
- ¡Prestad atención al fondo! -las palabras de la profesora llegaron a tiempo de detener al Slytherin, que ya se había encarado a Sirius- Severus, recoge ese desastre que has montado en tu mesa.
James, Sirius y Peter se aguantaron la risa disimuladamente. Remus por su parte estaba inusualmente serio.
- Bueno qué -retomó Sirius-, ¿te apuntas, verdad?
- ¡He dicho que no! -Remus alzó tanto la voz que el resto de la clase enmudeció mientras el Gryffindor cogía sus cosas y se cambiaba de mesa, colocándose junto a Lily.
- ¿Qué mosca le ha picado? -inquirió James, tan atónito como Sirius ante la reacción de su amigo.
- ¿Estás bien? -Lily apartó sus libros para hacerle hueco a Remus en la mesa.
- No quiero hablar de ello.
- De acuerdo. Toma -le tendió una pala-, tenemos que transplantar esta cosa.
La sonrisa de Lily, como siempre, le templó los nervios. ¿Por qué? ¿Por qué tenían que querer ir a la maldita casa? De todos los sitios que podrían visitar de forma furtiva, ¿por qué allí?
Cuando terminó la clase, Remus desapareció tan rápido del invernadero que sus amigos no tuvieron tiempo de alcanzarle. Durante el resto del día, se las ingenió para evitarlos. Necesitaba pensar.
Tenía los nervios a flor de piel. Peter era bastante inofensivo en ese aspecto. Pero que James y Sirius hubiesen descubierto la existencia de la Casa de los Gritos era un problema grave. Durante un segundo, estuvo tentado en acudir a Dumbledore para pedirle que le encontrara otro sitio en el que pasar sus episodios. Pero tenía la certeza de que el Director iba a leerle el por qué de su petición en la cara y no quería meter a sus amigos -los únicos que había tenido desde que tenía uso de memoria- en problemas.
James, Sirius y Peter trataron de dejarle a Remus el espacio que claramente necesitaba a lo largo del día. Estuvieron haciendo elucubraciones acerca de los motivos por los que su amigo no quería ir a la Casa de los Gritos, cada una más absurda que la anterior. Sin embargo, cuando a la hora de la cena Remus no apareció en el Gran Comedor, decidieron que había llegado el momento de hablar con su amigo y comunicarle su decisión.
Remus estaba recogido sobre sí mismo en su cama cuando la puerta de la habitación se abrió lentamente. James, Sirius y Peter entraron con sonrisas comedidas, cargando con ellos tres bandejas repletas de comida.
- Creímos que tendrías hambre y no queríamos que te perdieras la cena por nuestra culpa -dijo James, dejando la primera bandeja sobre la cama de su amigo.
- Sí, no creo que tu cuerpo pueda permitirse el lujo de perder un sólo gramo más de carne -continuó James
- Las patatas están súper ricas -concluyó Peter.
- Chicos yo…
- Tenemos algo que decirte Rem -lo interrumpió James, antes de que pudiera decir nada-.
- Sí, queremos que sepas bueno que…
- Que te queremos -dijo Peter. Tenían el discurso ensayado.
- Eso y que, bueno, que somos amigos.
- Inseparables -continuó James-.
- Sí tío, para siempre ya sabes…
- Los Merodeadores unidos jamás serán vencidos -las aportaciones del joven Potter atraían la sonrisa escondida que Remus se moría por liberar.
- Eso y bueno que, que hemos decidido que si tú no quieres ir a la Casa de los Gritos, no iremos.
- Sí, ya nos sentimos lo suficientemente mal al ir a Honeydukes sin que tú estuvieras.
- Exacto. Hemos hecho un pacto de caballeros, y es que no importa cómo de grande y excitante sea la aventura que se presente ante nosotros... -el tono de Sirius estaba adquiriendo un deje casi épico.
- O vamos todos los merodeadores…
- O no va ninguno -completaron los tres al unísono.
Remus tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano -alguno podía haber dicho que bestial- para evitar que el labio inferior le temblara y las lágrimas brotaran de sus ojos a causa de la emoción. Se sentía terriblemente culpable. Y, a la vez, enormemente agradecido.
Cada vez que sucedía algo que podía poner a prueba su amistad con aquellos chicos, sus compañeros Merodeadores le sorprendían con una comprensión y amabilidad a la que, sin duda, no estaba acostumbrado.
No se sentía preparado para compartir su secreto con ellos, y no sabía si alguna vez lo estaría. Pues el miedo, el miedo a hacerles daño, a el miedo a ver el desprecio en sus caras, el miedo a que le repudiaran. Ese miedo le atenazaba la lengua y le perseguía en sueños, evitando que pudiera contarles la verdad.
Sin embargo, el gesto que aquellos muchachos acababan de hacer con él se merecía una reacción por su parte. Tercera ley de Newton.
- Iremos.
Así de fácil era con ellos. No necesitaron explicación -a pesar de que la mirada inquisitiva de Sirius seguía clavada en su mente- de su reacción previa. Simplemente aceptaban su decisión. Y, en el caso de James, la celebrabó con un grito que bien podría haberse oído en el Gran Comedor.
