N/A: Los personajes y el mundo de Los juegos del hambre pertenecen a Suzanne Collins. Este fanfiction es creado sólo por diversión.


Confundida

El camino a la mansión Mellark se me hizo interminable. No le había vuelto a dirigir la palabra a Peeta desde que salimos de la oficina de Snow. Él tampoco hizo ningún intento de hablarme en todo el camino, éramos como dos témpanos de hielo en el mismo asiento trasero de la limusina que nos transportaba. Nunca me giré a verlo, pero podía percibir por el rabillo del ojo que estaba entretenido en una especie de tableta electrónica, tipeaba incesantemente y de rato en rato chasqueaba la lengua. Cuando sentía que levantaba la mirada hacia mi lado yo simplemente giraba el rostro hacia la ventana, dejando en claro que no quería tener ningún contacto con él. Pero fallé en mi último intento de ignorarlo porque en la ventana vi su reflejo y nuestras miradas se cruzaron, aparté la vista rápidamente, esta vez hacia mis uñas pintadas de rojo. Preferí evitar la tentación del reflejo de la ventana y me dediqué a ver mis uñas el resto del camino.

Cuando sentí que la velocidad del vehículo bajó, levanté mi mirada y pude ver a lo lejos unas rejas enormes con la inconfundible letra M en medio, se abrieron ceremoniosamente y cruzamos el portal. Observé el enorme jardín, que más que jardín, parecía un mini bosque. ¿Quién tenía un centenar de árboles en su jardín? Claro, luego pensé con sorna, sólo un multimillonario se puede dar ese lujo. Finalmente llegamos a la mansión, enorme, imponente, con muros de mármol blanco y enormes ventanales rodeados de flores, una enredadera silvestre subía hacia un lado del muro y se extendía, terminándose de enredar sobre una enorme pérgola que cubría todo el balcón. Si no fuera porque lo consideraba mi prisión durante los siguientes días me habría parecido hermoso.

La limusina rodeó una pileta y se detuvo frente a unos escalones que dirigían a la puerta principal. Peeta salió del vehículo casi de inmediato, mantuvo la puerta abierta con una mano, y extendió su brazo libre para ayudarme a salir, pero mi terquedad no se lo iba a permitir. No tomé su mano, decidí hacerlo sola pero en cambio me costó un poco de esfuerzo salir del automóvil. Casi pude sentir su bufido de aburrimiento por mi conducta y sonreí para mis adentros, pero definitivamente la suerte no estaba de mi lado, cuando ya estaba afuera y quise dar un paso hacia el frente, la punta de uno de mis tacones se enredó con la tela de mi vestido y perdí el equilibrio.

Mis pasos eran perfectos, equilibrados, siempre medidos, en los bosques necesito ser precisa para pisar en los espacios correctos, un mal paso podía ahuyentar la presa de la semana. Pero nunca había ido a los bosques en tacones, mucho menos con vestidos. Me sentí tonta y podía verme patéticamente chocando contra el suelo, pero Peeta ya me tenía por un brazo y de nuevo enderezada. Me aparté de él con un movimiento rápido y violento, siempre ignorando verlo directamente. Oí que ahogaba una risa y sentí que mis cachetes se calentaban.

"Cuidado con los escalones" me dijo y extendió un brazo para indicarme que debíamos subir.

Había bailado varias piezas de bailes sin tropezar, había caminado de un lado a otro con Effie toda la noche sin tambalearme, pero decidí no tentar a la suerte y darle otra oportunidad de tumbarme al suelo, así que me agaché y me quité ambos tacones, lo último que me interesaba era el glamour, y mis pies me lo agradecieron. Con una mano tomé los zapatos, y con la otra cogí un poco del volado del vestido para darle mayor libertad a mis piernas. No esperé que me lo indicara dos veces y empecé a subir los escalones hasta llegar a la puerta principal. Por un momento cometí el error de observar a Peeta mientras abría la gran puerta y vi el hoyuelo que se formaba en su mejilla izquierda mientras sonreía. Obviamente algo le parecía divertido, pero a mí nada me caía en gracia. Bufé y miré hacia el lado contrario, los grandes árboles empezaban a llamarme tentadoramente.

¿Cuánto podría correr? ¿Podría Peeta alcanzarme? Pero, llegaría hasta las rejas, ¿y de ahí, qué? ¿A dónde iría? ¿Qué pasará con Prim si huyo? Un escalofrío recorrió mi columna como si fuera un rayo. No podía ir a ningún lado, excepto, cruzar la puerta que ahora Peeta sostenía abierta hacia dentro de su mansión.

Los lujos dentro de la mansión eran exquisitos. Ni siquiera encuentro en mi cabeza las palabras suficientes para describir todo. Alfombras en el piso, columnas de mármol, cortinas de la más fina seda, obras de arte, candelabros de oro, porque dudo que fuera oro falso.

"Por aquí" me indicó Peeta, y subimos por las escaleras caracol de mármol blanco. ¿Acaso toda su casa era de mármol?

Lo seguí y caminamos por un pasillo, poco antes de llegar al final del corredor, abrió una puerta y me indicó entrar. Era una habitación enorme, con un gran ventanal, más cortinas, algunos muebles, y una cama con dosel. Tragué saliva con dificultad cuando vi la cama, e instintivamente me alejé de Peeta unos pasos y lo observé con cautela. Me había prometido no dirigirle la palabra o mirarle a los ojos nuevamente. Pero si algo aprendí de tantos años de cacería, es que observar a tu presa, o tu enemigo, y leer sus movimientos puede hacer gran diferencia.

"Te preparé esta habitación" me dijo mientras señalaba con un movimiento circular de su mano todo el lugar, luego sonrió como si se hubiera acordado de un chiste "Bueno, no fui yo, pero el servicio de la mansión está al tanto de tu presencia aquí como mi invitada y estarán encantados de servirte en lo que necesites." Entrecerré mis ojos ante la palabra invitada, no era así como yo lo llamaría. Sentí mi cuerpo encresparse como un gato y mantuve mi mirada fija y vigilante sobre Peeta. Él seguía hablando "Tendrás una sirvienta personal, su nombre es Lavinia, pero ya la conocerás maña…"

"No necesito una sirvienta personal" le dije cortantemente.

"Entonces la despedirás mañana", me respondió como si fuera algo natural, "esa puerta" prosiguió señalando detrás de mí "conduce a tu habitación de cambio, ahí encontrarás todo lo que necesites en ropa, calzado, accesorios. Todo es de tu talla, fue el mismo Cinna quien se encargó de enviar todo. Pero si aun así te hace falta algo, tan solo pídelo. La puerta de este lado es de los servicios de aseo. Esta habitación es tuya, puedes decorarla a tu gusto, cambiar el color de cortinas, o lo que desees… Ok, deja de hacer eso" agregó con un tono cansado

"¿Hacer qué?"

"Mirarme como si fuera un maldito muto a punto de atacarte."

"Me compraste por esta noche. Por todo el mes. ¿Qué puedo esperar?"

Sabía que estaba cruzando un límite que no debería permitirme a mí misma, pero no estaba en mi naturaleza dejarme amilanar ni mucho menos ser dócil. Sabía que Peeta me tenía a su merced y que tarde o temprano tendría que acceder a lo que fuera que me pidiera. Sentía un nudo en mi estómago, pero tenía presente en mi mente a Finnick, lo que él hacía por quienes fueran los seres que él amaba, pensé en Prim, lo que yo haría por ella. Claro también mi madre y Gale y su familia. Pero más por mi hermana pequeña.

"No pienso hacerte daño" me dijo mirándome intensamente con esos ojos azules, que por un momento, tan sólo por un momento, lo creí sincero.

"¿Y se supone que debo creerte?" le contesté arqueando una ceja.

Peeta rodó los ojos exasperado, exhaló en frustración y con un par de zancadas estaba frente a mí. Fue veloz, pero además mis pies habían echado raíces y fui incapaz de moverme con anticipación, cuando me recuperé de la sorpresa, noté que sus manos me habían cogido ambas muñecas en un fuerte agarre y llevó mis brazos hacia mi espalda, ocasionando que nuestros rostros estén a escasos centímetros. Podía ver los pliegues sus labios, las aletas de su nariz abrirse al respirar, molesto por mis palabras arrebatadas, y sus ojos de un azul imposible tan cerca como nunca habría imaginado verlos. Se acercó aún más, por un momento se me congeló la sangre, mi corazón empezó a latir a mil. Me había dicho que no me dañaría. Quería creerle.

"Sabes," empezó a decirme al oído en un susurro "podría tomarte ahora mismo si quisiera"

Podía darle con una flecha certera en el corazón y acabar con su vida en un instante. Pero necesitaba un arco, y una flecha, y al menos unos metros de distancia. Incluso un cuchillo podría hacer el mismo trabajo si mi precisión no me fallaba. Pero si se trataba de una lucha cuerpo a cuerpo, estaba perdida. Más aún porque supe que no podría deshacerme de su agarre, intuí que podría romperme los brazos si le daba la gana. Forzarme no le sería difícil, yo llevaba las de perder, pero antes le daría pelea con lo único que tenía al alcance, mis palabras.

"Hazlo entonces" lo desafié mostrando más confianza de la que realmente tenía.

"El problema es… que no quiero" diciendo esto, soltó mis brazos, giró sobre sus talones y salió a zancadas de la habitación, en ningún momento volteó a verme, ni aún cuando cerró la puerta tras él.

Sus palabras me confundieron, pero aún más su comportamiento. Y aunque mis pulmones agradecieron cuando volví a respirar con alivio al verlo irse, empecé a sentir algo como indignación y rabia recorrer mi cuerpo en forma de ondas eléctricas. Pero lo que más me molestaba era que mi indignación se debía a su desprecio.

Esa noche desperté dos veces, la primera por pesadillas con explosiones en las minas de mi distrito, la segunda, con imágenes de la arena y las palabras suplicantes de Cato. Desperté sobresaltada, sudada y con la respiración agitada. Esperaba no haber gritado ni llamado la atención, como nadie vino a la habitación sospeché que mi pesadilla fue silenciosa. Me cambié de ropa de dormir y me volví a echar sobre la cama, no recuerdo el momento en que me volví a quedar dormida, pero cuando volví a abrir los ojos, una joven pelirroja me miraba sonriente.

"Buenos días, Srta. Everdeen" me saludó animosamente.

No le contesté en un principio, miré confundida a todos lados, hasta que la realidad me golpeó y caí en cuenta que estaba en la mansión Mellark, y esta joven no sería otra que Lavinia.

"Le preparé un baño tibio, con aromas florales. ¿Me dice qué le gustaría vestir el día de hoy para preparárselo?"

"Hum… eh, ¿Lavinia?" la pelirroja sonrió ampliamente y afirmó con mucho entusiasmo cuando la reconocí por su nombre "gracias, pero no necesito… que me atiendas" la decepción en sus ojos fue inmediata. Su sonrisa desapareció y creí sentir un aguijón de culpa pinchándome la espalda.

"U-usted… ¿no me… no necesita de mis servicios?" sacudí la cabeza negativamente, y por alguna razón sentí que estaba condenando esta jovencita, su mirada ahora se había vuelto depresiva. "Entiendo. Srta. Everdeen"

"Katniss" la corregí automáticamente. Me dedicó una sonrisa triste e hizo una pequeña reverencia. Recordé las palabras de Peeta la noche anterior, ¿acaso la iba a despedir si yo no necesitaba de ella? , se dispuso a salir de la habitación, pero la llamé "Lavinia. ¿Quizás podrías ayudar en algo más en la mansión? Yo puedo apañármelas sola, pero seguro hay mucho por hacer en este enorme lugar."

"Eh, toda labor ya tiene alguien a cargo, Srta. Katniss. Mi labor es atenderla a usted." Me respondió tímidamente y confirmé mis sospechas. Si yo no la necesitaba, la dejaría sin trabajo. Respiré profundamente y miré a mi alrededor, lo mejor era darle algo en qué ocuparse y justificar las monedas que ganaba para llevar a casa.

"¿De qué distrito vienes?" le pregunté casualmente, debía ser quizás del distrito 1 o 2, aunque parecía muy amable para ser de alguno de ellos.

"Yo soy capitolina, Srta. Katniss. Nací aquí" de repente la sonrisa y la alegría habían vuelto a su rostro. Me pareció extraño que una capitolina trabajara como sirvienta, Lavinia debió ver la expresión en mi rostro porque luego elaboró su historia, "Mi mamá era una Avox. A mí no me podían condenar como una, soy libre, pero pobre. Los hijos de Avox estamos destinados a trabajar como sirvientes para poder vivir. Por suerte terminé aquí. El Sr. Mellark es muy generoso y considerado con sus trabajadores." Terminó de contar ella con una sonrisa cálida. Yo sólo levanté una ceja y decidí que era hora de darme ese baño prometido. Pensar en un Peeta generoso y considerado estaba fuera de discusión. Me había comprado, como un objeto más en este podrido mundo. Eso era lo que importaba.

Lavinia me preparó un vestido verde, corto hasta las rodillas y con tiritas a los hombros. Unas sandalias color mostaza e insistió en que usara algunas alhajas doradas que miré con desdén en un principio, pero luego me encontré adicta al sonido tintineante que producían cuando movía las muñecas. Era una distracción tolerable. Pero mi cabello sí estuvo a mi propia decisión, a pesar de las protestantes sugerencias de Lavinia de hacerme ondas y llevarlo suelto, me hice mi eterna y cómoda trenza. Bajé al comedor y ahí se encontraba Peeta, leyendo un diario. Levantó su vista cuando escuchó el tintineo de mis pulseras y aunque por un momento pareció querer bajar la mirada a su diario nuevamente e ignorarme, se quedó observándome más tiempo del que yo misma habría esperado.

Sentí su mirada estudiándome, parecía estar pensativo y me dio la impresión que quiso decir algo, pero se calló en el último minuto. Me senté en el lado opuesto de la enorme mesa de comedor, poniendo la mayor distancia posible entre nosotros. Inmediatamente apareció una señora de edad media con una bandeja y colocó mi desayuno frente a mí.

"Gracias" le dije a la señora, quien me contestó con una sonrisa y bajó la cabeza como haciendo una pequeña reverencia. Tal como Lavinia lo hacía. Me incomodé al pensar que quizás debería acostumbrarme a ese tipo de trato entre los empleados de la mansión.

"Buenos días" finalmente escuché a Peeta saludarme desde el otro lado de la mesa. Decidí contestarle con un gruñido, sobre todo porque me di cuenta lo famélica que estaba de no haber probado bocado el día anterior, pero al final me decidí contestarle el saludo. Era su casa, e iba a comer de su comida, aunque en este momento lo detestara, no podía ser desagradecida.

"Buenos días" le respondí secamente antes de coger el tenedor y echarme a la boca lo que había en mi plato.

Mantenía mi vista fijamente en mi plato, pero de momentos lo miraba furtivamente, coger su taza de té y tomar un pequeño sorbo, sin apartar su vista del diario. Luego cogía una tostada, le daba un mordisco, y otra vez un sorbo de té. Estaba enfrascado completamente en el diario, ignorando mi presencia, como si nunca le hubiera dado a Snow un cuantioso cheque por mi compañía, inclusive, como si estar sentada en la misma mesa tomando desayuno fuera lo más normal del mundo. Y en mi cabeza se empezaban a arremolinar preguntas. ¿Qué quería Peeta de mí? ¿Por qué me había comprado? No es que me quejara, pero estoy segura que las intenciones de Snow al venderme no eran precisamente para tomar el té, y Peeta se había tomado la molestia de pagar por mí por todo un mes. No sabía qué esperar o en qué momento saldrían sus verdaderas intenciones o qué esperaba él obtener con todo esto, y no saber nada me irritaba profundamente.

"¿Pensando en cómo hacer pasar mi asesinato por un accidente?" le escuché decirme y me sacó de mis pensamientos. Sólo entonces me di cuenta de que me había quedado observando en su dirección fijamente. Parpadeé varias veces y volví a bajar mi mirada. Si no me había parecido mal, había usado un tono bromista. "¿Cómo amaneciste hoy?" me preguntó casualmente, como si no me hubiera ignorado todo este tiempo, tratando de parecer amigable.

"Confundida" le contesté y tomé un sorbo de té, estaba sin dulce, así que le eché un poco de azúcar y lo revolví lentamente.

"¿Confundida?"

"No sé qué quieres de mi" le solté de una forma directa y honesta. Debía saber si debía prepararme para algo.

Peeta me observó por un largo rato en silencio. En ese momento hubiera querido saber leer mentes, y saber qué estaba pensando, si me iba a dar una respuesta honesta o si estaba armando alguna artimaña.

"El maquillaje no te asienta, te ves mejor al natural." Me dijo y volvió su vista al diario, dejándome perpleja. Me había cambiado de tema sin más y supe que simplemente no me haría más caso.

Me paré de la mesa y me fui por donde vine, regresando a mi habitación. Lavinia había tendido mi cama y ordenado todo de forma impecable, me acerqué al ventanal y observé el jardín que yacía justo en la parte trasera de la mansión, era como una mini pradera, incluso había un charco donde me pareció ver algunos patos silvestres. Debí observarlo con tal aprehensión y olvido de todo, que la sirvienta pelirroja tuvo que darme unos toquecitos en el hombro para darme cuenta de que estaba a mi lado.

"¿Le gustaría salir a dar una vuelta por los jardines?" me preguntó como si mi deseo hubiera estado escrito en mi frente.

"¿Puedo?" le pregunté y un segundo después me sentí tonta. Pero me había tomado tan en serio mi rol como prisionera y esta mansión como una cárcel que por un momento había pensado que vería los jardines sólo desde las ventanas. Lavinia no me dijo nada, sólo sonrió y se dirigió al tocador para sacar una crema.

"¿Me permite ponerle protector solar?"

Al bajar nuevamente ya no vi a Peeta en el comedor, y la mesa se encontraba limpia e impecable. Nos dirigimos hacia la parte trasera del salón donde unas puertas de cristal me separaban de la ansiada pradera. Sentir la brisa en mi rostro fue refrescante, cerré los ojos e inspiré profundamente llenando mis pulmones del olor a flores silvestres y árboles mezclados. No era tan profundo como los bosques de mi distrito, pero era algo, y me daba cierta paz y alegría poder sentir un pedacito de mi hogar.

De pronto sentí una sombra sobre mi cabeza, me giré y vi que Lavinia había extendido una sombrilla floreada para protegerme, aún más, del sol. No me cabía duda que todos en el Capitolio tuvieran la piel tan blanca si es que evadían tanto el sol, a mí no me molestaba, y tampoco es que hiciera mi piel más oscura de lo que ya era. Simplemente nunca me importó. Le dije que no era necesario, pero ella insistió y me seguía con la sombrilla a todos lados. Incluso cuando me quité las sandalias para remojar mis pies en el charco, ella se quitó los mocasines y entró conmigo. Nos mantuvimos en la orilla, no era ni grande ni profundo, pero Lavinia parecía incómoda, incluso asustada del agua que apenas nos llegaba a las rodillas, por detrás de unas plantas acuáticas salieron dos patos silvestres, debieron percibir mi aire a cazadora, pues echaron vuelo al verme. Sonreí, pensando lo fácil que sería tener esas aves en la olla si tan solo tuviera un arco y un par de flechas.

Desde hace un rato, estaba ignorando la sensación de estar siendo vigilada, pero ahora se había vuelto más fuerte. Miré a todos lados pero los jardines estaban vacíos, sólo Lavinia y yo estábamos ahí fuera. Pero de pronto mi mirada subió unos metros y lo vi, parado frente a un ventanal en el segundo piso, no sabía si su oficina o su habitación, Peeta estaba observándome.

Entonces volvieron a mi cabeza, las dudas sobre Peeta. ¿Qué quería de mí?


A continuar...

¡Muchas gracias por sus reviews! Gracias por darle fav y seguir las actualizaciones, que espero no tomen demasiado entre capítulos.

En verdad gracias por tomarse el minutito extra de dejarme sus pensamientos :) ¡Me emociona leer sus opiniones! Hasta ahora Peeta está todo misterioso, algo se trae, sé que se porta de otra forma a como lo conocemos, pero paciencia, prometo que luego se revelará como el bomboncito que todas queremos jaja.

¿Te das otro minutito a dejarme un comentario? ;)