N/A: Los personajes y el mundo de Los juegos del hambre pertenecen a Suzanne Collins. Este fanfiction es creado sólo por diversión.
Siguiendo el juego
No sé cuánto tiempo pasé en el jardín, ni en qué momento Peeta dejó de espiarme desde su ventana, pero sabía que habían sido horas. Regresé a la mansión, y sólo porque Lavinia insistió en que servirían pronto el almuerzo. Vi que ella guardó la sombrilla en un pequeño clóset en una esquina del salón, y me dirigí automáticamente al área del comedor. La enorme mesa se veía aún mucho más enorme que en la mañana y completamente vacía. Tomé asiento en el mismo lugar y me pregunté en qué momento Peeta vendría a tomar el suyo. Pero el dueño de la casa no apareció en todo el almuerzo. Quizás debería estar feliz de comer sola, y lo estaba, pero sentía un pequeño fastidio que no me dejó disfrutar de mi soledad como hubiera querido.
Agradecí por el almuerzo y el mayordomo que recogió mi plato me sonrió cálidamente e hizo una pequeña reverencia. Parecía que todos los que trabajaban aquí lo hacían felices. Recordé a los Avox que me atendían cuando fui cosechada para los juegos, sus rostros, sus miradas y facciones eran sombrías y resignadas, sin esperanza de nada. Pero ellos eran esclavos, no había punto de comparación, aquí los sirvientes eran personas libres, como me lo había dicho Lavinia, pobres, pero libres.
Subí camino a mi habitación, pero antes de llegar a mi puerta pasé por una que estaba semi abierta, normalmente no era entrometida, pero Peeta no me había puesto límites en su mansión. Empujé la puerta suavemente y en un primer vistazo comprobé que no había nadie, aun así entré sigilosamente y exploré con mi vista el lugar. Era un estudio, quizás una oficina, había un escritorio pequeño, un par de muebles que se veían cómodos, y toda una pared estaba cubierta por una repisa de madera llena de una infinidad de libros, hacia la otra esquina cerca al ventanal había un caballete con un lienzo blanco encima, me acerqué y pude ver una mesita al lado, con pinturas, óleos y pinceles de varios tamaños, luego, a medida que me iba acercando vi que detrás del escritorio habían varios lienzos pintados. Cogí uno de ellos y vi una réplica hermosa del distrito 4, exactamente la vista desde el tren, donde se puede apreciar la ciudad y de fondo el azul del mar. Sonreí porque era casi como si hubiera sido una imagen tomada al momento de estar llegando a la ciudad. Cogí otro lienzo y esta vez era la orilla del mar, en la gira que hice por los distritos todo era tan rápido y tan programado que sólo pude ver el mar de lejos, pero en este cuadro podía sentirlo tan cerca y tan real. Cogí otro lienzo, uno que estaba de espaldas, y al verlo se me secó la boca.
Era Rue, en su cama de flores, sus ojos cerrados y de alguna manera sus labios arqueados ligeramente como si fuera una sonrisa de paz. Parpadeé varias veces para espantar las lágrimas que sentía formar en mis ojos y tragué saliva con dificultad, antes de pensarlo me llevé los tres dedos centrales de mi mano izquierda a mis labios y luego los posé sobre el rostro de Rue en el cuadro. Me obligué a apartar la vista porque si Peeta entraba en estos momentos al estudio me vería en mi forma más débil y sensible, y era algo que no podía permitir. Puse todo en su lugar, para no dejar rastro de mi intromisión, pero me di cuenta que el lienzo en el caballete no estaba en blanco, habían finas líneas tratando de dar forma algo, me acerqué para ver mejor, y las líneas ahora tenían sentido, reconocí el jardín trasero, los árboles al fondo, y el charco donde una persona estaba parada. Una mujer, con vestido y una línea de cabello que podría ser una trenza. Era yo. En el cuadro.
"¡El amo es muy talentoso! ¿Verdad, Srta. Katniss?" reconocí la entusiasta voz de Lavinia desde la puerta del estudio.
Me alejé del lienzo como un bólido y decidí ir a mi habitación. Sentía mi pecho pesado, y las mejillas me ardían, no sabía si porque Lavinia me descubrió curioseando entre las cosas de Peeta o por haber visto un dibujo que me tenía de protagonista. La pelirroja me siguió los pasos y cerró la puerta detrás de mí. Luego se dirigió al enorme clóset que me tenían preparado y empezó a sacar algunos vestidos de forma entusiasta y me lo enseñaba.
"¿Le gusta este vestido dorado de seda? ¿O quizás sea bueno un turquesa, tiene apliques de brillantes? Aunque he visto uno guinda con cuello halter, pero parece demasiado pomposo"
"Espera… ¿qué?"
"¡Oh, lo siento Srta. Katniss!, con la emoción había olvidado decirle que llamó el Sr. Mellark y dejó el mensaje de que esta noche cenarán fuera" me respondió con una gran sonrisa y los ojos brillantes, casi dando saltitos en su lugar, como si fuera ella quien fuera a salir. "¡Debemos prepararla desde ahora! Hay tantos vestidos hermosos…" ella siguió hablando pero yo dejé de escucharla.
Tenía muchas otras cosas que pensar en ese momento, como en el hecho de haber almorzado sola, sentí alivio al saber que se encontraba fuera, y no que estaba evadiendo mi presencia. Porque, si se hubiera disgustado conmigo, quizás le reclamaría a Snow mi pobre actitud. Inmediatamente mi peor temor de todos saltó a la luz, ¿había puesto a Prim en peligro con mi comportamiento desatinado? Pero luego me obligué a descartar esa idea, Peeta me había invitado a cenar. No me hubiera invitado si estuviera planeando cancelar el trato y regresarme con Snow.
Faltaban muchas horas para la cena, apenas había terminado de almorzar, pero no quise cortar con el entusiasmo de Lavinia. Aunque yo no lo compartía, sólo sonreía cada vez que me preguntaba algo sobre un color, o modelo, o tipo de tela, pero ella parecía estar en su propio mundo y sabía que se las arreglaría sola, como esta mañana cuando me había elegido un cambio de ropa. En lo único que debía preocuparme era en moderar mi conducta y ser lo más atenta posible, rogaba tener la capacidad de comportarme adecuadamente y no meter la pata. ¿Era por eso que Peeta me haría cenar afuera, porque sabía que frente a un público debía de guardar cierta apariencia?
Sentí una ola de rabia expandirse por mi columna vertebral, me sentía traicionada. Pero estaba dispuesta a seguirle el juego, no podía arriesgar mi familia.
Unas horas más tarde Cinna apareció en la mansión. Cuando anunciaron que había llegado salí corriendo y lo abracé, me encontré feliz de ver un amigo. Pero segundos más tarde caí en cuenta que él estaba consciente de todo, debía estarlo, después de todo había sido él quien envió mi guardarropa a esta residencia. Nunca dudaría de Cinna, mucho menos ahora, pero la pregunta se formulaba en mi cabeza y sabía que podía confiar en él para tener una respuesta sincera.
"¿Sabías que Peeta iba a comprarme? ¿Sabes por qué quiso comprarme? ¿Qué es lo que quiere?" le pregunté con la voz muy quieta, asegurándome que sólo él me oyera.
"Calma, calma" me dijo y me dio una sonrisa que en parte me tranquilizó, "Yo no tenía la certeza de que vendrías a esta mansión, pero ya tenía tu guardarropa listo en el departamento que te asignaron, tan sólo bastó una orden para enviar un poco aquí"
"Sólo me enviaste vestidos" le dije en broma, pero con cierto tono de reclamo.
"Y te asientan todos muy bien" me respondió como si dijera algo obvio y me guiñó el ojo, luego continuó "Por las intenciones de Peeta Mellark, estoy seguro que tiene las mejores y que no te hará daño"
"Pero…"
"¿O acaso te ha tratado mal?"
Me quedé callada porque sabía que mi respuesta le daría la razón. Peeta no se había portado conmigo de otra forma que no sea amable. ¿Era amable la palabra que había buscado? Respiré pesadamente con frustración al no poder encontrar otra palabra, la noche anterior había tratado de ser atento, pero obviamente yo rechacé toda atención posible, y aunque esta mañana me había ignorado por un rato, luego intentó tener una conversación amigable. Hasta ahora no había intentado hacerme daño, ni aun cuando me mostraba mi habitación y mi actitud hostil hizo que me inmovilizara agarrándome por las muñecas. Recordarlo hizo que mi corazón diera un salto, tuve sus ojos azules a pocos centímetros de los míos, se veían puros, limpios, sin maldad. Pero si iba a odiarlo, no debía ir pensando en sus actos nobles, sobre todo porque no sabía con exactitud qué quería demostrar con esta cena.
Se suponía que mi estancia aquí era de conocimiento cerrado, sólo quienes tenían el dinero suficiente para comprar un Vencedor sabían de los tratos que Snow hacía con nosotros, pero para el resto del Capitolio, Finnick era un rompecorazones, Johanna, Enobaria y Cashmere eran mujeres de espíritu liberal y yo seguía viviendo en mi departamento exclusivo para Vencedores. Esto no escapaba a mi equipo de preparación, quienes no estaban enterados de este alboroto, sólo Cinna estaba al tanto y vino sin ellos a visitarme. Pero estaba segura que Lavinia estaría más que dispuesta a asistirle en todo lo que pida.
Cinna se encargó de vestirme, maquillarme y peinarme, cuando sacó su maletín de maquillaje, apreté los labios, insegura.
"¿Pasa algo?" me preguntó al ver mi rostro, lo miré y traté de ordenar mis ideas para no balbucear.
"A Peeta… Peeta me dijo que el maquillaje me asentaba horrible." No fueron sus palabras exactas pero sentía la necesidad de hacerlo quedar peor de lo que realmente era.
"Oh, no lo culpo. Yo mismo odié mi trabajo la noche anterior, si no fuera porque el Presidente lo solicitó, jamás te habría maquillado de esa forma. Pero estoy seguro de que a Peeta Mellark le gustará un toque natural" Hice una mueca de derrota, era precisamente lo que Peeta me había dicho, que me veía mejor al natural. Estaba a punto de pedirle a Cinna que de nuevo me maquillara de esa forma horrible tan sólo por darle la contra, cuando él agregó, "Pero no te preocupes, Katniss, estás en las mejores manos".
¿Preocuparme? Claro que no me preocupaba, no me preocupaba en absoluto cómo me veía Peeta Mellark. No dije nada y dejé que Cinna trabaje en mí como mejor a él le parecía, yo no daría mi opinión. Mi apariencia no me preocupaba en lo más mínimo. Luego de maquillarme procedió a hacerme la trenza de siempre, pero con su toque, poniendo algunos pines brillantes por aquí y allá, dejando a propósito algunos mechones sueltos.
Lavinia se encargó de mis uñas y de tener todo listo a solicitud de mi estilista. No sé cuánto tiempo estuve en sus manos, pero entre ambos me dejaron lista para la cena que tendría con Peeta. Lavinia se separó de mí unos pasos y me admiró con los ojos brillantes y una sonrisa enorme, rodé los ojos de nuevo al pensar que ella se emocionaba demasiado, no dejaba lugar a dudas que era una capitolina. Salió de su pequeña burbuja cuando Cinna le solicitó el toque final, a lo que ella metió una mano en su delantal y sacó mi pin del sinsajo y se lo entregó.
Esta vez mi vestido era de color lavanda con tonos degradado y llegaba hasta las rodillas, era claro en la parte del pecho y se iba oscureciendo hacia la falda, las sandalias tenían un taco no muy alto y parecían ser de cristal, me los puse con cuidado temiendo que se rompieran, pero el material era muy resistente. Ahora entendía los brillantes en mi trenza. Pero lo que más resaltaba en mi atuendo era el broche del sinsajo, era un signo solo mío, era lo que me distinguía y me daba una personalidad propia en el Capitolio.
El tiempo pasó rápido, en lo que me había dado cuenta ya tenía la limusina esperándome en la entrada principal, y había otro vehículo esperando a Cinna, nos despedimos y lo vi abordar el auto que lo llevaría a su casa, Lavinia me despidió dando pequeños brincos de emoción, en ese momento no pude evitar compararla con una ardilla, entonces sonreí. El chofer me esperaba con la puerta abierta y al pasar a su lado agradeciéndole, sonrió e hizo una pequeña reverencia, pero su gesto ya no me pareció extraño. Minutos después salíamos por el portal de la mansión Mellark y no pude evitar sentir como gusanos retorciéndose en mi estómago.
El viaje se me hacía eterno, pero a la vez, terminó muy pronto. La limusina se estacionó frente a un edificio alto, no tenía caso contar los pisos, quizás fueran veinte o treinta, daba igual. Un mayordomo se acercó y abrió mi puerta, tomé la mano que me estrechó para salir y haciendo una reverencia, alzó su brazo para señalar por dónde debía de seguirlo. Mientras me acercaba a la puerta principal del edificio miré hacia todos lados, veía ciudadanos del Capitolio mirándome, se tapaban la boca y cuchicheaban entre ellos, los más atrevidos gritaban mi nombre y cuando giraba hacia ellos con una sonrisa se estremecían o gritaban más fuerte aún. Por fin crucé las puertas de cristal que estaban frente a mí y toda la gente que gritaba mi nombre se quedó afuera. El mayordomo me guio hasta un ascensor y me cedió la entrada. Creí que él entraría conmigo, pero tan sólo marcó el piso veinticinco y con otra pequeña reverencia dio un paso hacia atrás. Las puertas del ascensor se cerraron y empezó el recorrido hacia arriba.
Nuevamente tenía la sensación de gusanos revolcándose en mi estómago mientras veía los números parpadeantes. Once, doce, trece…. Parecía no llegar al final, no fue hasta que vi que se iluminó el piso veintitrés que cerré mis ojos y respiré profundamente y de forma lenta dejé salir el aire de mis pulmones. El sonido tintineante avisándome que habíamos llegado me hizo abrir los ojos de golpe. Las puertas del ascensor entonces se abrieron y frente a mi tenía esos puros e hipnotizantes ojos azules, pegados al hombre que más detestaba en este momento.
Peeta Mellark tenía una sonrisa en su rostro que lo hacía menos detestable, el hoyuelo en su mejilla izquierda lo hacía menos detestable, su mirada, sus ojos… que podían ver la belleza de Rue y transmitirla en un dibujo. Debía detenerme en este momento si aún quería seguir odiándolo hacia el final de la noche. ¡Me había comprado a Snow! Eso era lo que me tenía que repetir una y otra vez.
"Luce encantadora, Srta. Everdeen" me dijo a la vez que me ofrecía su mano. "Me alegra mucho que haya aceptado mi invitación esta noche" Noté en su voz, la forma de llamarme, en la actitud de su cuerpo una ligera advertencia, me decía que debía comportarme.
"El gusto es todo mío Sr. Mellark" le respondí y tomé su mano, un segundo después él había pasado mi brazo bajo el suyo y me dirigía hacia una mesa algo alejada del resto. Se notaba que el restaurant era de lujo, las mesas estaban todas con manteles de las más finas telas, los adornos eran todos exuberantes, los asistentes debían ser de alta sociedad debido a sus atuendos sofisticados, las paredes no eran de concreto, sino de vidrio que daba una vista espectacular del Capitolio. Sentí que la atención de los comensales se dirigía hacia nosotros mientras caminábamos, Peeta me hablaba sobre la comida del lugar, y yo sólo sonreía tontamente, consciente de las miradas poco discretas hacia nuestra dirección.
Al llegar a la mesa, Peeta se apresuró en sostener una silla para mí, tomé asiento y luego él tomó el lugar de enfrente. Estábamos muy cerca, un gran cambio desde el desayuno de esta mañana donde estábamos separados por metros. Seguíamos con la conversación superflua, más bien yo dejaba que él hable porque en realidad yo no tenía mucho que decir, o no tenía idea de qué decir, pero él parecía tenerlo todo bajo control. Por momentos rozaba mi mano con sus dedos, o hacía que me acerque para decirme algo en confidencia, yo sólo esbozaba la misma sonrisa tonta y vacía que me había programado para esta noche.
De pronto Peeta estira su brazo hacia el lado derecho de mi cabeza y parpadeé varias veces tratando de no hacer obvio mi sobresalto. "Se soltó uno de tus brillantes" me dijo suavemente, y sentí que acomodaba algo entre mis cabellos, al retirar su brazo lo hizo lentamente y por un momento se detuvo a la altura de mi mejilla y me dio una caricia suave con su dedo pulgar, "¿te he dicho lo encantadora que te ves esta noche?" me preguntó y terminó de retirar su brazo.
"Sólo unas diez veces" le contesté esbozando media sonrisa. Él también sonrió y fijó su mirada azul en mí por más de tres segundos. De hecho, no apartó sus ojos de los míos ni aun cuando el mozo puso nuestros platos sobre la mesa.
El lugar en mi mejilla donde había sentido su roce empezó a arder repentinamente, apreté mis dientes con fuerza porque no tenía sentido, todo este rato habíamos estado envueltos en una conversación vanamente cordial, con comentarios galantes, algunos roces de manos suaves y sonrisas de coquetería falsa, como si estuviera premeditado. Pero por un momento, entre su roce a mi mejilla y su mirada fija en mí, había visto algo auténtico, o por lo menos eso me había parecido y alguna parte de mi cabeza trataba de descifrarlo. La otra parte se concentraba en mantener la sonrisa de mi rostro, porque finalmente eso era lo que tenía que hacer esta noche, pretender que todo está bien y proteger a Prim, a mi familia.
Recordé la mirada amenazadora de Snow cuando dejé su oficina la noche anterior, prometía lo peor si no cumplía con mi parte del trato. Quizás ahora se sentiría satisfecho con mi comportamiento, estaba segura que me estaba vigilando, quizás no tuviera cámaras dentro de las propiedades Mellark, pero de seguro estaría al tanto de todos mis pasos en las afueras. Entonces la realidad me golpeó como una cachetada. La cena juntos, exponernos en público, el comportamiento galante.
Peeta no estaba jugando un juego, él me estaba haciendo un favor.
A continuar...
¡Hola! Nuevamente a expresarles mis agradecimientos por leerme y sobre todo por dejarme un review con sus opiniones. ¡Este capítulo no tardó mucho en actualizarse, eh! Pero el siguiente si tardará un poquito así que pido paciencia :)
¿Y cómo va hasta ahora? Déjame un review y coméntame qué te parece, sea bueno o malo ;)
Gracias!
