Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Capítulo 6
Viernes, 4:33 p.m.
—No pienso subir a ese coche con usted. —Mientras estaban parados en la puerta de la tienda de Meissen, Isabella se dio cuenta de lo equivocada que había estado al pensar que Cullen le resultaría menos atractivo a la luz del día y con testigos.
—Es una limusina —corrigió Cullen—, y no pretendo secuestrarla.
—Preferiría encontrarme con usted en su casa, cuando anochezca. —Aquello adquiría más sentido por lo que a ella se refería. Entraría y saldría a su modo, y tendría un poco de control sobre cuánto se involucraba en esto—. Ya conozco el camino.
—No va a colarse en mi casa otra vez. Y no la imagino pasando por delante de la policía apostada en la verja de entrada.
—Me encantaría verlo —contestó Hale.
Ella le sonrió con satisfacción, sin tener que fingir irritación mientras ellos seguían discutiendo en Worth Avenue. Por marcado que fuera el instinto que le impulsaba a desear no estar al descubierto, no pensaba comprometer sus normas. Y, teniendo en cuenta que el calor masculino que emanaba Cullen estaba haciendo que se le secase la boca, no cabía la menor duda de que necesitaba mantener un poco de distancia… y de perspectiva. Obviamente, ya no era la única cazadora involucrada.
—Todas mis posesiones terrenales están a unas dos manzanas de aquí. No voy a dejarlas ahí.
Cullen comenzó a decir algo, pero luego cerró la boca de nuevo.
—¿Todas sus posesiones? —repitió un momento después, y ella sintió que le había sorprendido. Posiblemente, la idea de que alguien fuera capaz de contar sus posesiones, mucho menos transportarlas en una bolsa, le dejaba perplejo.
—Me temo que sí. —No era del todo cierto, puesto que tenía un almacén alquilado a las afueras de Miami, algún que otro refugio aquí y allá, y una considerable cuenta bancaria en Suiza, pero eso no era asunto suyo. Todo lo que necesitaba para subsistir día a día estaba en el maletero del Honda.
—Nos acercaremos a por ello.
Bella decididamente comenzaba a sentirse más la presa que el depredador, y no le gustaba aquello. Esta asociación había sido idea suya, no de él.
—Y un cuerno —espetó—. Iré a su propiedad en mi propio coche u olvídese. No es necesario que me haga los recados.
—Quiero hacerle los recados —insistió Cullen, su cálida voz estaba ligeramente teñida de irritación.
—La gente no discrepa muy a menudo con usted, ¿verdad? —preguntó.
—No, no lo hacen.
—Acostúmbrese a ello —repuso, sin tener la menor intención de ceder la posición de dominio. Era posible que pudiera hacerse plácidamente con el mando más tarde, pero con Cullen quería establecer algunas reglas.
—¿Por qué no se limita a cooperar y agradecer que no llamemos a la policía, señorita Wilson? —farfulló el abogado con los brazos cruzados. Recostado contra el lateral de la limusina, parecía un mafioso bronceado de cabello leonado y botas de vaquero.
—¿No tiene alguna ambulancia que perseguir? —replicó, contenta de no tener que poner en práctica ninguno de sus encantos con el abogado—. ¿O tiene que estar disponible para limpiarle el culo a Cullen?
—Yo me limpio mi propio trasero, muchas gracias —interpuso Cullen con suavidad—. Entre en el coche.
—Yo…
—No pienso seguir discutiendo. En este momento está libre porque no he llamado a las autoridades. Recogeremos sus cosas y luego volveremos a mi finca e iremos al grano. Es todo lo transigente que estoy dispuesto a ser, preciosa.
Por un momento quiso preguntarle qué clase de asunto tenía en mente, pero, dadas las circunstancias, no le pareció prudente. Llevaba razón en cuanto a tener ventaja. Aunque no había llamado a la policía, cuanto más tiempo estuvieran a descubierto en Worth Avenue, más posibilidades había de que acabara esposada.
—De acuerdo.
—Pues pongámonos en marcha —dijo el abogado, su expresión se ensombreció cuando miró más allá de ellos—. A menos que quieras utilizar las noticias de las seis para invitar a Drácula o Hannibal Lecter a cenar.
Bella echó un vistazo sobre su hombro, entornando los ojos contra el resplandor del sol vespertino. La vista de una caterva de cámaras de informativos acercándose apresuradamente en su dirección la hizo aullar. Sin molestarse en esperar a que alguien le abriera la puerta de la limusina, lo hizo ella misma y saltó adentro. «Nada de fotos. Jamás.» Una foto significaba que estas etiquetada, recordada y olvidada a conveniencia.
—Vamos —ordenó ella, deslizándose al centro del asiento, lejos de las ventanas.
—Y yo que creía que odiaba a la prensa —comentó Cullen, sentándose a su lado.
Hale ocupó el asiento contrario, y la limusina se internó velozmente con un ruido sordo entre el ligero tráfico. Bella no dejó salir el aire hasta que pasaron la última de las furgonetas de informativos.
—¿Nos seguirán?
—Claro que sí. Imagino que ahora mismo tenemos por lo menos un helicóptero de informativos siguiéndonos los pasos.
Ella frunció el ceño.
—Entonces, olvídese de mi coche. Volveré a por él más tarde.
—Mandaré a alguien a que lo recoja. ¿Le hará eso sentir mejor?
—Me sentiré mejor si soy la única que sabe dónde está.
—Está nerviosa, ¿verdad? —dijo el abogado, sacando una botella de agua de una nevera empotrada bajo el asiento. No le ofreció una a ella.
—¿Le persigue la policía? —repuso ella.
—No.
—Pues cierre el pico.
Cullen hizo caso omiso del intercambio, accionando en cambio el botón del pequeño panel de la puerta.
—Ben, llévanos a casa, por favor.
—Sí, señor.
Bella, con la mandíbula apretada con una combinación nauseabunda de nerviosismo, irritación y adrenalina, observó a Hale levantar la botella y tomar un largo trago, las gotitas condensadas bajaron por su pulgar y gotearon sobre su corbata.
—¿Hay de ésas para todos, o él es especial?
Con lo que sonó una risita contenida, Cullen se inclinó para coger otra botella fría y se la entregó.
—Él es especial, pero sírvase.
—Me alegra que te diviertas, Ed —farfulló Hale—. Esto no era lo que imaginé cuando dijiste que querías su ayuda. En ese momento pensaba más en una llamada o dos de teléfono… no en invitar a la zorra al gallinero.
—Todas las gallinas de Cullen están a salvo —replicó Bella—. ¿De verdad tiene que estar aquí? —Se volvió hacia Cullen, quien la estaba observando con esa divertida expresión tan atractiva en su rostro.
—Por ahora, sí.
—Genial. —Había pretendido sonar más irritada, pero ningún hombre tenía derecho a tener un aspecto tan increíble tres días después de que una bomba hubiera estado a punto de hacerle volar en pedazos. Se incrementaron sus dudas sobre todo este asunto, y trató de ahogar las mariposas que revoloteaban en su estómago con un trago de agua. «¿Incertidumbre o deseo, Bella?» Con las ardientes vibraciones que rebotaban entre ambos, tenía una idea muy acertada de qué se trataba.
—¿Qué le hizo cambiar de opinión sobre mí? —insistió.
—La curiosidad. —Se arrellanó, igual de tranquilo y relajado con su caro traje azul como lo había parecido la noche anterior en vaqueros y descalzo—. Así que, Isabella, ¿tiene idea de quién podría haberse llevado la tablilla de piedra y colocado la bomba?
Bella se quedó petrificada con la botella casi rozándole los labios.
—¿La tablilla ha desaparecido?
Él asintió.
—¿Decepcionada?
Se lo merecía, supuso ella, y dejó pasar el comentario.
—Eso lo cambia todo. —Miró la expresión cínica del abogado con el ceño fruncido, bebió un poco más de agua y maldijo a Laurent en silencio unas cuantas veces más. Y a quienquiera que lo hubiera contratado. Eso era lo que tenía que descubrir—. Cambia el propósito del delito. No cambia nada respecto a mí. Retomando esta cuestión, Cullen, ¿sabe ya cómo va a ayudarme?
—Se me ocurren un par de ideas. Pero, a cambio, espero su ayuda. No le daré algo a cambio de nada. No es así como hago negocios.
—Yo, tampoco.
En realidad, sacar algo a cambio de nada era precisamente el modo en que prefería hacer negocios. Pero esto era cualquier cosa menos negocios. Todo cuanto había aprendido en la vida le decía a gritos que no podía confiar en él, que no podía confiar en nadie. Su libertad y su vida eran responsabilidad propia. Sí, imaginaba casi con toda seguridad quién se había llevado la tablilla y, con toda probabilidad, colocado la bomba. Laurent no iba a confesar, y ella no iba a delatarle. No tenía ningún problema con arrojar al jefe de Laurent a los lobos, pero necesitaba tiempo para encontrar al bastardo antes de que la policía la encontrase a ella. Por tanto, había respondido a la invitación televisada de Cullen, y ahora iba montada en su limusina.
Cullen asintió, lanzando una mirada admonitoria al abolido.
—Todos nos esforzaremos por cooperar.
—Yo cumpliré con mi parte, pero me reservo el derecho de protestar y recordarte en un futuro eso de «ya te lo dije» —repuso Hale, calmándose nuevamente con un poco de agua.
—Menuda ayuda —apuntó Bella.
—No tendría que decirlo si usted no hubiera forzado la entrada, doña Buenos Modales.
—Pero seguiría teniendo un robo y una explosión, Harvard. Y a nadie que le ayudase a descubrirlo.
—Yale. Y usted…
—Basta, niños —interrumpió Cullen—, no me obliguéis a detener el coche.
Bella se recostó, y sonrió al abogado con regodeo. Su padre debía de estar revolviéndose en su tumba en ese preciso instante. Su hija iba en una limusina con un abogado y uno de los hombres más ricos del mundo. Sabía con exactitud lo que habría hecho Charlie Swan con esa oportunidad… robar a Edward Cullen sin pestañear y sin pensárselo dos veces. Sin embargo, esas ideas fueron la causa de que su padre hubiera pasado los últimos cinco años de su vida en la cárcel. Ella había aprendido a contenerse y a ser paciente, aun cuando él no lo hubiera hecho. Mirando nuevamente a Cullen, decidió que lo de la contención iba a resultarle muy útil.
Echó un vistazo por la ventana junto al abogado para ver las palmeras y la costa pasar volando, y se preguntó en qué se había metido. Cada kilómetro la alejaba más de sus cosas y de su coche, la alejaba más del respaldo seguro que le brindaba la ciudad y su gentío. Por el amor de Dios, ni siquiera tenía ropa para cambiarse. Pero podía jugar su juego; jugaría, porque no le quedaba otra opción.
Se aproximaron a la verja de entrada, guardada por un policía de uniforme en cada uno de los postes. Bella no pudo evitar hundirse más en el asiento cuando redujeron la velocidad. No, no le habría gustado hacer esto ella sola, pero claro, tampoco habría conducido hasta la entrada principal. El conductor de la limusina bajó el cristal de la ventanilla, mantuvo un breve intercambio con uno de los oficiales, y se abrieron las puertas.
—Ya ves que estás dentro sana y salva, tal como prometí. No es necesario trepar muros, cavar túneles ni nada por el estilo.
Isabella se volvió para observar las puertas cerrarse de nuevo.
—Tiene un servicio de seguridad pésimo.
—Tenemos dos policías en la verja de entrada —dijo Hale.
Con la vista al frente de nuevo, miró ceñuda al abogado.
—Y ni siquiera examinaron el maletero o a los pasajeros de la limusina. Si la idea es mantener a Cullen a salvo, puede que quiera sugerirles que comprueben la identificación de todos y se cercioren de que no llevan a nadie como rehén antes de abrir la verja. Sé que les dio mi descripción porque lo escuché en las noticias. Y aquí estoy sentada de todos modos.
Edward siguió mirando por la ventana. Isabella tenía razón. La deferencia con la que le trataba la policía de Palm Beach era de esperar, dado el estatus que ocupaba dentro de la cerrada comunidad de élite, pero sería tonto depender de ella para nada que no fuera mantener la prensa fuera de su puerta. La noche pasada no habían impedido la entrada de su visitante… ni tampoco ahora.
—¿Preocupada por mí? —preguntó.
—Es mi billete para salir de todo esto —repuso ella, su voz sonó burlona una vez más.
—Pues trate de ser honesta conmigo.
—Haré lo que pueda.
—Gracias.
Jasper parecía escéptico, pero Edward sospechaba que ella decía la verdad. Aun así, pretendía mantener cierta distancia. Puede que la mujer irradiara más calor que el sol de Florida, pero estaba jugando, al igual que él. La única diferencia era que ella deseaba quedar libre, y él… la deseaba a ella.
—De vez en cuando llevo a cabo negocios en la finca —dijo—. También recibo invitados. Los invitados son de esperar. Y tiene que admitir que en este momento no va vestida como una ladrona, precisamente. —Aprovechó la ocasión para recorrer sus largas piernas con la mirada.
Si ella se dio cuenta de su escrutinio, no dijo nada al respecto.
—Podría haber estado desnuda o llevar colgadas dos bandoleras con municiones, Cullen, y no habrían parpadeado.
—Comprendido. Y puesto que lo único que sé es su nombre de pila, puede llamarme Ed.
—Yo decidiré lo que puedo hacer —replicó, aunque su tono se suavizó un poco—. Pero gracias por la oferta, Cullen.
Así que había puesto algunos límites. Aquello era interesante… y aún más intrigante.
Ben ascendió el largo camino de entrada y se detuvo, después rodeó el vehículo para abrirles la puerta. Isabella salió primero, claramente aliviada de haber escapado intacta de la limusina. Edward la observó cuando se volvió en los escalones. Probablemente, no había visto la finca a la luz del día.
—Si quieres se la mostraré más tarde.
—No eres su maldito anfitrión, Ed —susurró Jasper, mientras la seguían hasta la puerta principal—. Eres un objetivo. Y puedes pensar que es una monada, pero yo no me fío de ella. Ya ha estado dos veces aquí. Sin ser invitada.
—Y ahora está invitada. Retrocede, Jasper. Me reuniré contigo en mi despacho dentro de unos minutos. Ponme con William Benton al teléfono.
—¿Benton? Tú…
—Jasper.
—Sí, sahib. —Hale atravesó el vestíbulo y subió las escaleras, y desde allí lanzó una última mirada a Isabella. Ella no pareció darse cuenta porque estaba muy ocupada deslizando los dedos por el jarrón de la mesa del recibidor.
—¿Por qué tiene un jarrón de ciento cincuenta años de antigüedad tan cerca de la puerta principal? ¿Este lugar está a salvo de las inclemencias de los huracanes o su verja también los mantiene a raya?
—Es…
Frunciendo el ceño, ella se acercó más para estudiar el dibujo, golpeando el borde con la punta de la uña.
—Ah. ¿Su propia falsificación?
—Me pareció que era bonito —dijo, sonriendo abiertamente e impresionado. Milani había tardado cerca de una hora en descubrirlo—. Y era una réplica, para una recaudación de fondos. ¿Cuánto sabe de arte?
—Puedo recitar la lista de los más vendidos, pero prefiero las antigüedades. ¿Qué tipo de personal tiene aquí?
—¿Es que los ladrones no saben ese tipo de cosas antes de forzar la entrada?
—Se suponía que usted no debía estar aquí. Mientras no está en Florida, su personal de servicio consta de seis personas durante el día y dos durante la noche, además de la seguridad contratada, y una habitación donde a veces se queda su asesor de arte cuando le hace trabajar hasta tarde. No sé quién entra y sale cuando está en casa.
—Una docena, más o menos, de personal a tiempo completo —informó—, aunque todavía no he pedido a la mayoría que vuelvan. La policía pensó que debía tener el personal mínimo imprescindible, y no quiero poner a nadie en peligro.
—Tiene sentido. ¿Tiene mayordomo?
—Sí.
—¿Se llama Jeeves?
Ed esbozó una sonrisa apreciativa. Estaba descubriendo rápidamente que el encanto que había visto en ella formaba parte de su carácter. Resultaba evidente que había descubierto cómo utilizarlo en beneficio propio, pero él no podía evitar disfrutarlo. Por otra parte, no podía olvidar lo buena que ella era en esto.
—Se llama Sykes. Pero es británico, si eso le hace sentir mejor.
—Así que, ¿viajan con usted por el mundo, de una casa a otra?
Mientras hablaba, Bella salió despacio del vestíbulo y entró en la salita de la planta baja. Varios muebles antiguos albergaban diversas figuritas y platos de porcelana china, y Edward la siguió para apoyarse contra el marco de la puerta. Ella parecía un poco más relajada sin la presencia de Jasper; dada su ocupación, comprendía por qué no le gustaban los abogados. De nuevo Bella recorrió con los dedos la veteada madera del escritorio del siglo xvii, como si tuviera que tocarlo para apreciar su valor.
La sensualidad de sus manos seguía distrayéndolo. Pero esto no era una maldita cita; era una investigación criminal. Tomó aire lentamente, y observó la fluida elegancia de sus movimientos. Maldita sea, era hipnótica.
—¿Es así?
Edward parpadeó.
—Perdone, ¿cómo dice?
—Los sirvientes, Cullen. ¿Van con usted de un lado a otro?
Él se aclaró la garganta.
—Algunos, sí. A la mayoría, igual que a Sykes, los tengo todo el año en nómina en una casa en particular. Él se queda en mi propiedad de Devon. Hay mucho que conservar en buen estado tanto si estoy allí como si no, y algunos tienen familias y no quieren desplazarse. ¿Por qué?
—Llámeme suspicaz.
—¿De mi personal de servicio?
—No me diga que la policía no le preguntó nada de esto —dijo Bella, mirándole por encima del hombro antes de desplazarse hasta el armario de la porcelana.
—Sí, lo hicieron. Sin embargo, nadie de mi personal encajaba con su descripción, y seguían concentrados en encontrarla.
Ella dejó escapar un suspiro.
—Menudas figuritas. Para mi información, entonces, ¿cuántos de entre su personal sabían que regresaba a Florida antes de lo previsto?
—Únicamente la tripulación del avión, mi chófer, Ben, y el mayordomo, Reinaldo. Me alojé en un hotel en Stuttgart, para no tener que informar a nadie de adónde iba. Pero no fue nadie de mi personal.
—¿Qué hay de sus familiares?
—No.
—Bueno, yo no fui. ¿Qué me dices de amigos… personales en Alemania?
—¿Se refieres a si tengo una fraulein en Stuttgart?
Él creyó que el rubor subía a sus mejillas, pero con el rostro en perfil no pudo estar seguro. Aquello le sorprendió. Parecía tan mundana y capaz, sin embargo, tenía la capacidad de sonrojarse.
—Claro. ¿La tiene?
—No en este viaje. Fui allí por negocios.
—Hum.
—¿Hum, qué?
—Estoy pensando. Deme un momento. —Deambuló por delante de él, entró otra vez en el vestíbulo y se acercó de nuevo a la puerta principal.
—¿Qué está pensando?
Ella le lanzó otra mirada, con una media sonrisa todavía en su cara,
—¿Qué piensa usted, Cullen? Jamás me habría invitado aquí si de verdad creyera que fui yo quien puso aquel explosivo, así que, ¿quiénes son sus sospechosos? ¿Cuáles cree que son sus motivos? ¿Algún otro signo de allanamiento? Bueno, dije que le ayudaría, pero usted tiene que hacer parte del trabajo.
El antiguo reloj de pie del vestíbulo principal sonó seis veces.
—No guardo una lista de enemigos. —Él sonrió brevemente, advirtiendo que ella seguía negándose a utilizar su nombre de pila. Se preguntó cuántos obstáculos más intentaría ella erigir y cuánto sería capaz de descubrir sobre ella. Conocía su nombre de pila, lo cual era más de lo que había sabido la noche anterior, pero dada la reticencia con la que se lo había proporcionado, esto no iba a ser fácil. Afortunadamente, le gustaban los retos—. Y no, la policía no encontró otras puertas o ventanas forzadas —prosiguió—. Supusimos que fue usted quien empleó los espejos de la verja de la entrada y abrió un agujero en la puerta acristalada de mi jardín. ¿Le apetece cenar?
Su expresión se hizo más tensa.
—No voy a quedarme.
—Aquí está más segura que en cualquier otro sitio, sobre todo hasta que podamos encontrar un modo de convencer al detective McCarty de su inocencia.
—Quiere decir que estoy segura a menos que alguien trate de volarle en pedazos otra vez. Es usted encantador, pero prefiero seguir respirando. —Dando un último paso hacia delante, curvó los dedos alrededor del tirador y abrió la puerta.
—Haré saltar la alarma si intenta marcharse —dijo él en voz queda. Ella no iba a marcharse. Todavía no.
Bella se detuvo con la mano todavía en la puerta.
—Creí que teníamos un acuerdo.
—Lo tenemos, encanto. Me ayudará y yo le ayudaré. Pensé que podía hacer algo de carne a la parrilla, ya que Jasper y usted están aquí.
—¿Es que Harvard también duerme a los pies de su cama?
—Es mi amigo, y cree que estoy siendo un imbécil. Por eso espero que me dé la lata hasta cierto punto. No se preocupe; se marchará pronto.
Isabella se dirigió de nuevo hacia él, sus hombros subieron y bajaron al suspirar.
—Lo del asado suena delicioso. Pero me temo que después debo partir hacia mi elegante finca.
—¿Su finca de Pompano Beach? Yo evitaría ir allí si fuera usted.
—Pompano Beach. Eso está cerca de aquí, ¿verdad? —preguntó sin parpadear siquiera—. ¿Ahí es dónde cree usted que vivo?
—Algunos piensan que sí. Ahora, venga conmigo y la acompañaré a su habitación. Me quedan unos minutos para hablar de negocios con Jasper y luego empezaremos con la cena.
—No puede retenerme aquí como si fuera una prisionera —dijo mientras pasaba junto a él, adentrándose en la casa.
—Simplemente, me aseguro de que ambos estemos en posición de cumplir el fin de nuestro trato. —Puso fin a la distancia que los separaba—. Es usted una ladrona confesa, Isabella. No espere que me olvide de eso.
—No lo espero. Pero yo tampoco voy a olvidar nada. ¿Dónde está mi celda?
No merecía la pena discutir sobre cómo elegía llamar a su alojamiento. Pero él podía cambiar de opinión sobre qué habitación le asignaba. Edward la precedió escaleras arriba hasta el segundo piso.
—Encontrará algo de ropa en el armario y los artículos de aseo oportunos en el baño.
—¿De su ex mujer?
Apretó la mandíbula para evitar replicar a eso.
—A menudo tengo invitados que avisan con poca antelación —dijo, en cambio—. Me parece sensato tener algunos artículos de más para asegurarme de que se encuentren cómodos aquí.
—¿No estará a la defensiva sobre todo eso del matrimonio fallido, verdad?
Ed comenzaba a tener la sensación de que a ella no se le escapaba nada. Hmnu, también él era muy observador. Ella lo siguió por el pasillo hasta la suite del fondo. Incapaz de evitar una leve sonrisa de satisfacción, él abrió la puerta.
—Aquí es.
Ed se inclinó para oler su cabello caoba cuando Bella pasó por su lado. Frambuesa. Muy agradable. Y sorprendentemente excitante.
Isabella se detuvo en medio de la habitación y él la observó mientras ella contemplaba el entorno. El reflejo de baldosas y espejos a su derecha apuntaba la existencia de un cuarto, de baño enorme, mientras que las puertas dobles de la izquierda, revelaban una gigantesca cama cubierta en tonos fríos de verde y gris. Una pequeña terraza se abría tras las puertas de madera y cristal justo delante, con un grupo de escalones curvos de piedra rojiza que bajaban desde ésta a la piscina. En la sala central, el mobiliario tapizado de estilo georgiano inglés la invitaba a sentarse delante de la chimenea o a ver la televisión de plasma empotrada en la pared sobre ésta.
—¿No será ésta la habitación verde? —preguntó Bella tras un prolongado silencio.
Él sonrió abiertamente.
—En efecto, lo es. ¿Le gusta?
Ella asintió, con una sonrisa sincera en los labios.
—Es bonita.
—¿Por qué no busca algo apropiado que ponerse para una barbacoa, y yo vuelvo a por usted en unos minutos? —dijo, complacido de que encontrase la habitación a su gusto.
—¿Va a cerrar la puerta con llave?
—¿La detendría eso?
Los labios de Bella se movieron nerviosamente.
—No.
—Entonces, no me molestaré en hacerlo.
—Pues me cambiaré, si usted se quita eso. —Le ajustó la corbata—. Me pone nerviosa.
—Dudo que algo la ponga nerviosa —respondió; el rápido contacto de los dedos de Bella contra su pecho le excitó más todavía. Sí, descifraría a aquella mujer. Y pronto—, no se mueva de aquí.
—Y no coja nada. Lo sé.
Dejó la llave de la habitación sobre la mesita de café, imaginando que ella se sentiría más segura con ella en su posesión. La llave maestra seguía en su bolsillo. Con una ligera sonrisa recorrió el pasillo hasta el extremo contrario y hasta su despacho. Esto era sin duda mucho más interesante que comprar una cadena de televisión por cable en la quiebra, como tenía previsto hacer esta semana. «¡Maldición!» Tendría que aplazar algunas citas… si había sido él el blanco de la bomba, no quería poner en peligro a nadie más. Y quería concentrarse en Isabella… y en su acuerdo.
Capítulo 7
Viernes, 6:18 p.m.
Isabella había observado a los suficientes ejecutivos poderosos y egocéntricos como para saber que esto era prácticamente un juego para Edward Cullen… sobre todo en lo que se refería a ella. Podía jugar a eso, si se veía obligada a hacerlo. Pero lo que de verdad le preocupaba en ese momento era mantener la atención de la policía apartada de ella, y de Black, para poder escapar de Florida durante un tiempo y poder así evitar ser perseguida por asesinato.
Black. Quería llamarlo desesperadamente para averiguar si la policía estaba haciendo algo más aparte de pinchar su teléfono. Tanto si la había ayudado, como si no, solamente habían tardado dos días en dar con él. Billy había trabajado en el límite de la legalidad, como él decía, durante treinta años. No lo había hecho, ni lo había convertido en un modo de vida, el ser descuidado. Lo que significaba que alguien se estaba yendo de la lengua.
Con los labios fruncidos, miró el teléfono que había en la mesilla de noche. Era evidente que las cosas se complicarían si rastreaban una llamada a Black desde la finca de Cullen. Sin embargo, tal como había dicho su ilustre anfitrión, de momento estaba a salvo. No se arriesgaría. Aún no, en cualquier caso.
Encontró el armario vestidor en la enorme habitación y hurgó en su interior. Llevar un vestido y tacones era algo que hacía con frecuencia, generalmente cuando tenía la oportunidad de examinar minuciosamente una casa y otro establecimiento. Habitualmente las cosas bonitas se guardaban en lugares bonitos, y ella tenía que armonizar. Aunque faldas y tacones dificultaban sus movimientos cuando estaba trabajando. Y a pesar de que esa noche no estuviera robando nada tangible, no cabía duda de que estaba trabajando.
Al parecer, la mayoría de los invitados que se alojaban en la habitación verde no traían sus propios albornoces, pero sí encontró algunos pantalones de chándal y camisetas casi al fondo del armario, e incluso algunos trajes de noche brillantes y un esmoquin. Él esperaba que se relajara, por lo que parecería relajada. Cerró casi del todo la puerta del armario, y se quitó el vestido. Lo dobló con cuidado, lo metió en su bolso y luego sacó una sencilla camiseta azul y unos pantalones cortos amarillos lo bastante largos como para cubrir el vendaje en la parte alta anterior de su muslo.
Apiladas en el suelo había un par de cajas de calzado deportivo de varios números, pero optó por unas chanclas. Encajaban con el ambiente relajado de la noche y, a juzgar por el modo en que Cullen había estado mirándole las piernas, cuanto más dejara a la vista, mejor. Esta noche jugaban a la distracción. Además, que un tipo tan guapo como él se la comiera con los ojos hacía maravillas con su ego… y con varias partes de su cuerpo.
Tomándose un momento para admirar con mayor atención el elegante mobiliario y las obras de arte de la suite, se acercó hasta las puertas de cristal que llevaban a la terraza. La luz del sol que restaba arrancaba destellos a la piscina de abajo, el extremo más próximo aparecía sombreado por frondosas palmeras y aves del paraíso. A la izquierda, cerca del ala oeste de la casa, había una barbacoa grande, rodeada de un hermoso conjunto de mesas y sillas de hierro forjado.
Así que iba a comer deliciosa carne a la parrilla cocinado por un multimillonario. Qué extraño… y no se asemejaba ni por asomo a lo que había esperado. Había eludido la cárcel descifrando rápidamente a las personas, y Cullen la frustraba. Los hombres ricos no trabajaban con sus manos. Se preguntó si su personal de servicio estaba al corriente de que le gustaba hacer barbacoas. Probablemente. La policía posiblemente no, porque, ¿quién sospecharía que a un hombre que podía permitirse comprar un país le gustase estar al aire libre, junto a la piscina, y darle la vuelta a su propio filete? Ella no, hasta ese mismo día.
Con el ceño fruncido, Bella abrió las puertas dobles y salió a la terraza. Sintió la brisa de la tarde que llegaba desde el océano, fresca y reconfortante, contra sus piernas desnudas, y respiró hondo. La tensión que atenazaba sus hombros no se mitigó, pero se estaba acostumbrando a la sensación.
Con las chanclas golpeteando contra sus talones, bajó los escalones de piedra rojiza hasta la piscina. Estaba siendo una idiota, arriesgándose de modo innecesario. Pero con esta alianza, Cullen había pasado de ser el único testigo en su contra a ser el único hombre que podía esclarecer su nombre, y hasta que eso ocurriera no lo quería muerto. Laurent casi lo había matado una vez, pero ella no podía permitirse el lujo de asumir que él u otro no fueran a intentarlo de nuevo.
La barbacoa de ladrillo y piedra era de estilo español, con una parrilla de acero inoxidable en la parte superior y una campana para el humo a un lado del módulo principal. El gas estaba apagado, tal como debía, y se arrodilló para palpar a lo largo de la tubería bajo el módulo. No estaba segura de qué esperaba; la bomba de la galería había sido montada de modo inteligente, aunque apresurado, y resultaba fácil de ver si sabías dónde mirar. No sabía prácticamente nada de explosivos a excepción de la variedad que servía para abrir una caja fuerte o reventar una cerradura, pero poseía un vasto conocimiento sobre subterfugios y distracciones.
La tubería se unía sin problemas y subía en dirección al compartimiento del carbón, y Bella se puso de nuevo en pie. Crujiendo debido al esfuerzo, levantó la parrilla y metió las manos en el polvoriento carbón, apartando pedazos a un lado y pasando los dedos a lo largo del dispositivo de encendido.
—Ponga las manos donde pueda verlas, y hágalo lentamente.
«Mierda.» Bella cerró los ojos durante un momento y sacó despacio sus ennegrecidas manos de la barbacoa. No debería haber sido tan tonta como para confiar en nadie. A dieciséis kilómetros de su coche y de sus cosas, no podía hacer mucho más que quitarse las chanclas de un puntapié y salir corriendo… y esperar que quienquiera que estaba a su espalda tuviera mala puntería.
—Dese la vuelta.
Se volvió con las manos bien apartadas de los costados. «Un policía», pensó de inmediato. Ropas sencillas, detective, posiblemente de Homicidios. Y no cabía la menor duda de que tenía su descripción bien apuntada en esa pequeña libreta en el bolsillo de su chaqueta.
—¿Lleva algún arma?
Ella sacudió la cabeza, obligando a su cerebro a que se pusiera en marcha.
—Trabajo aquí —apuntó, manteniendo la voz baja y serena—. Nadie comprobó la barbacoa, y el señor Cullen quiere utilizar la parrilla esta noche.
—¿No utilizó la misma historia la otra noche?
Bella frunció el ceño, el corazón le latía con fuerza.
—¿De qué está hablando? ¿Nos conocemos?
—Apártese de ahí y túmbese bocabajo en la tarima con los dedos entrelazados detrás de la cabeza.
Dejó escapar un suspiro, y adoptó una expresión irritada en su rostro.
—Me llenaré el pelo de carbón.
—No pienso repetirlo.
Mientras se arrodillaba sobre la zona empedrada junto a la piscina, divisó a Cullen que bajaba por las escaleras de la terraza. Por el bien del hombre, menos mal que el policía tenía una pistola. Nadie jugaba con ella. No podía creer que él lo hubiera hecho con tanta rapidez. Evidentemente, no había estado pensando con la cabeza. Las esposas que el detective sacó de su cinturón con la mano libre hicieron que la inundara el pánico. Nunca antes la habían atrapado.
—Detective McCarty —dijo Cullen, deteniéndose al pie de las escaleras—, no pasa nada.
—Ahora ya no —gruñó McCarty—. Manténgase alejado de aquí, señor Cullen. Voy a llamar al equipo de artificieros para que comprueben su barbacoa.
«Así que no había sido Cullen quien la había entregado.»
—Eso era lo que estaba haciendo, imbécil —espetó Bella, retomando de nuevo su representación—. ¿Puede hacer el favor de decírselo, señor Cullen?
—Trabaja para mí. Usted me sugirió que consiguiera seguridad privada y no tengo ya demasiada fe en Myerson-Schmidt. Hice que Hale la contratara.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
El detective miró a Cullen de soslayo.
—¿Ella es su vigilante? ¿Vestida de ese modo?
—Bueno, sí.
—No le importa que la investigue un poco, ¿verdad?
—Le entregué todas mis referencias al señor Cullen —interpuso ella, decidiendo cargar las tintas tanto como le fuera posible—. ¿Está usted fuera de sospecha, detective?
—Ésta es mi investigación. Y me gustaría ver esas referencias por mí mismo.
—Por supuesto, detective McCarty —interrumpió Cullen—. De hecho, insisto en ello… aunque estoy completamente satisfecho con sus credenciales. Puede que desee llamar a William Benton, en…
—¿Bill Benton, el agente secreto?
—Ex de la CIA. Jugamos juntos al golf. Él me la recomendó.
Por primera vez, McCarty pareció inseguro. Lanzándole otra mirada severa, enfundó la pistola.
—De acuerdo. Necesito su nombre.
«Mierda.» Era mejor malo conocido que alguien a quien no conoces en absoluto, decidió Isabella, lanzándole otra mirada a Cullen. Él había acudido en su ayuda… esta vez.
—Isabella —respondió, su mente funcionaba a toda velocidad. Estar conectada con Charlie Swan podría resultar perjudicial, o podría ser de utilidad, pues evidentemente ella frecuentaría la compañía del ex agente de la CIA—. Bella Swan. Estoy especializada en seguridad de objetos de valor, pero estoy ampliando el campo.
El detective la miró con dureza, y se llevó de nuevo la mano al arma.
Ella tomó aire. Mierda, cómo odiaba las pistolas.
—Soy su hija. Trato de compensar los malos hábitos de papá, podría decirse.
—No estaba al corriente de que tuviera una hija.
—Soy la oveja blanca de la familia. Nadie habla de mí.
Los dos se miraron durante un prolongado momento, cada uno evaluando al otro y recelosos al mismo tiempo, hasta que Cullen se interpuso entre ambos.
—¿Alguna cosa más, detective?
Frotándose el mostacho con el dedo, McCarty negó con la cabeza.
—No. Pero si tiene antecedentes, señorita Swan, volveré. Y, en cualquier caso, estaré pendiente de usted.
—Bien. Estoy deseando ampliar mi club de admiradores —repuso, observando al detective mientras éste conversaba en voz baja algunos minutos más con Cullen y abandonaba el jardín, dirigiéndose al camino de entrada. Su mirada no regresó a Cullen hasta que no le perdió de vista—. Se suponía que tenía que limpiar mi nombre, no convertirme en dos personas distintas.
Él se encogió de hombros.
—Nos proporciona cierto margen de tiempo. ¿Quién es su padre, Isabella Swan?
—No es asunto suyo, Edward Cullen —replicó, nerviosa. ¡Jesús! En cinco minutos todo Palm Beach sabría quién era ella y dónde estaba. Y diez minutos después de eso, la Interpol tendría su nombre y su localización.
—Vaya, vaya, ¿qué hay de la confianza?
—Le hablaré de él cuando usted me hable de su ex mujer. ¿Hecho?
La mirada de Cullen se endureció.
—Eso no…
—Y eso qué más da —gruñó otra voz a su espalda. Cuando ella se dio velozmente la vuelta, asustada, Hale la agarró del codo—. ¿Qué demonios estaba haciendo aquí?
—Suélteme —espetó.
—Jasper…
—Que quieras mentirle a la policía es una cosa, Ed. Pero ella estaba aquí abajo, sola, metida hasta los codos dentro de la barbacoa. Yo la vi. Ambos la vimos. Y quiero saber qué demonios se traía entre manos.
Bella tomó aire para serenarse. Buenas preguntas, pero no estaba de humor. No con el abogado.
—Voy a pedirle una vez más que me suelte —farfulló, quedándose inmóvil bajo su fuerte presa.
—Y yo voy a preguntárselo una vez más, ¿qué demonios estaba…?
Empujando hacia él, Bella se agachó y golpeó con su pierna izquierda las corvas del abogado. Tan pronto como éste perdió el equilibrio, ella se movió bruscamente hacia atrás y empujó hacia arriba. El abogado salió despedido por encima de su hombro y cayó de cabeza a la piscina.
—¿Kárate? —preguntó Cullen tan tranquilo, doblando los brazos y haciendo caso omiso del clamor de los chapoteos y las maldiciones provenientes de la piscina. Los ojos grises del hombre danzaban rebosantes de diversión.
Ya lo había notado con anterioridad, pero este inglés era un hombre increíblemente guapo.
—Tan sólo soy mala —respondió, y se dirigió escaleras arriba—. Voy a lavarme las manos. Y, por lo que he podido apreciar, su barbacoa está en perfectas condiciones. No creo que nadie la hubiera registrado.
Él le había conseguido cierta libertad con el estúpido cuento de la seguridad privada, pero no la había exculpado. Por otra parte, a menos que Cullen quisiera parecer un completo idiota y posiblemente ser acusado por interferir en una investigación policial, también se había atado sus propias manos.
Bella abrió la puerta del baño con el codo y metió sus manchadas manos en el lavabo de mármol verde. Ahora estaban los dos hasta el cuello de mierda y ella iba a quedarse a comer una parrillada de carne. Después de todo, un trato seguía siendo un trato.
Cuando volvió a bajar a la piscina, la tarima estaba desierta. Un rastro de gotas de agua se extendía desde el extremo menos profundo de la piscina hasta el otro grupo de escalones, que conducían, recordó por los planos, a un pasillo lleno de suites a ambos lados de éste, no tan grandes o elegantes como la que ella ocupaba. Sí, Cullen le gustaba. Con una leve sonrisa dio la vuelta a una de las sillas de hierro forjado, para no quedar de espaldas al refugio de Hale, y tomó asiento.
La humedad siempre disminuía por las tardes, cuando la brisa se levantaba, y tomó una profunda bocanada de aire perfumado de jazmín y mar. Por encima de su hombro, en medio del desperdigado grupo de aves del paraíso y el vergel de begonias, una rana comenzó a croar. ¡Qué bonito!
Un hombre joven de aspecto cubano dio la vuelta por un lateral de la casa hacia donde estaba ella.
—¿Le apetece algo de beber? —preguntó con un ligero acento.
—¿Té helado?
—¿Solo o afrutado?
—De frambuesa, Reinaldo —anunció la voz de Cullen cuando éste emergió de una de las puertas de la planta baja que daban a la zona de la piscina—. Para ambos. Y una cerveza para Jasper.
La tensión había desaparecido de su rostro, pero no podía decir que estuviera precisamente relajada. Para un observador casual probablemente parecía completamente relajada, pero un colega de juego como él podía apreciar una mínima señal de tensión en ella. Se preguntó si alguna vez se relajaba por entero.
—¿Sigue Harvard aún aquí?
—Jasper no se amilana con facilidad. Se está cambiando. —E hizo otra llamada telefónica a Bill Benton, para perfeccionar los detalles de la historia de Isabella ahora que tenía conocimiento de su apellido. Aquello le iba a costar unos abonos para los Dolphins y una bonita suite junto al estadio, pero, en cualquier caso, jamás había tenido demasiado tiempo, o predisposición, para asistir a los partidos.
—No pienso disculparme con él.
Él dejó la bandeja que llevaba en la barbacoa.
—No debería haberle agarrado. ¿Cómo prefiere la carne?
—No muy hecha, en su punto.
Mientras él encendía la barbacoa, Reinaldo regresó con sus bebidas. Edward no pudo evitar sonreír cuando Isabella cogió la cerveza y la desplazó al extremo más distante de la mesa de donde ella se encontraba. También advirtió que a su té helado se le permitió conservar el sitio, cerca del de ella. Aprovechándose de ese hecho, se aseguró de que los carbones estuvieran ardiendo y tomó asiento a su lado.
—¿Encontrará McCarty algún antecedente suyo? —preguntó, tomando un trago de su té de frambuesa.
Ella le miró, obviamente sopesando si la respuesta le incumbía o no.
—No. En cualquier caso, nada concluyente. Trabajo para museos y galerías. De modo legal.
—Bien. Eso facilitará las cosas.
—¿Qué cosas?
—Limpiar su nombre y descubrir qué ocurrió aquí. ¿A qué pensaba que me refería?
Se golpeó los dedos de los pies contra la pata de la mesa.
—Me gustaría ver su cuarto de vigilancia.
Estudiándola por encima del borde de su vaso, se preguntó si Hale no tendría razón y estaba pensando con la parte equivocada de su cuerpo. Mostrar su sistema de seguridad a una ladrona, proporcionarle acceso al control del vídeo y de los sensores, era una locura. Pero necesitaba que ella se quedara allí, a menos que quisiera cruzarse nuevamente de brazos y dejar que McCarty hiciera el trabajo.
—Muy bien. Si me enseña cómo consiguió entrar aquí la primera vez… y la segunda.
—No voy a abrir una academia para impartir clases sobre cómo forzar una entrada, Cullen.
—Pero la segunda vez no dejó señal alguna de entrada. Nuestro criminal podría haber entrado del mismo modo. —Ed frunció el ceño—. ¿Por qué no entró de la misma forma la primera vez?
Ella se encogió de hombros, como si la respuesta fuera tan evidente que no pudiera creer que él le hubiera formulado semejante pregunta.
—Por la ubicación del objetivo. Atravesar la cristalera del jardín la otra noche resultaba más rápido, y estaba esquivando a los guardias de seguridad.
—¿Por qué eligió la madrugada del martes?
Su mirada rozó la de él, divertida.
—Se suponía que usted no estaba, y había anunciado que iba a enviar la tablilla al Museo Británico.
—¿Cómo sabía que no iba a estar?
Ahora en su boca apareció una levísima sonrisa.
—Le anunció al Wall Street Journal que estaría en Stuttgart hasta el jueves.
—¿Qué es tan gracioso? —inquirió, preguntándose lo que ella diría si supiera que había cancelado una cena con una senadora y su esposo para cocinar para ella en la barbacoa junto a la piscina.
—Mi colega dijo que no se puede confiar en alguien que le miente al Journal.
—¿Su colega? —repitió suavemente él, alargando el final de la pregunta.
—Mi agente. Mi marchante. La persona que vende las cosas que robo.
—Ah. Suponía que podría tener un socio —dijo.
—No. Hoy por hoy, trabajo sola.
En realidad, se sentía más aliviado de la cuenta por la confirmación de que actuaba en solitario.
—¿Supongo que no sospecha que su colega esté metido en nada de esto?
—Antes sospecharía de Jasper Hale.
Él sacudió la cabeza de modo negativo.
—Jasper no es un ladrón.
—No, es abogado. Eso es peor. Y usted confía en él, lo cual es una estupidez.
Edward entornó los ojos.
—Estábamos hablando de su amigo… no del mío. ¿Tiene nombre ese colega?
—Supongo que sí —dijo despreocupadamente, y tomó otro trago de té helado—, pero le estoy confiando mi libertad, no la de él.
No podía deshacerse de la sensación de que ella sabía salgo específico sobre todo esto… y no toda esa gilipollez de la intuición de ladrón.
—Si está involucrado con esta investigación…
—Si lo está, Sherlock, entonces pensaré en ello. Pero no lo está. Yo… Genial.
Ed no tuvo que dar la vuelta para saber que Hale había vuelto a la piscina.
—Jasper, ¿cómo…?
—Estaré por aquí —interrumpió el abogado, y cogió su cerveza cuando se sentó en la mesa más apartada.
La mirada que le lanzó a Isabella no era nada amistosa, pero a Edward no le preocupó lo más mínimo. Hale sabía que se había pasado de la raya y, aunque lanzarle a la piscina pudiera haber sido extremo, también lo eran las circunstancias.
—Iba a preguntarte cómo querías el bistec.
—¿Vas a preparar la salsa esa de champiñones y cebolla?
—Hans está en la cocina preparándolo mientras hablamos.
—Entonces, al punto.
—Así que, ¿cocina mucho en la barbacoa? —preguntó Isabella, dividiendo su atención mientras seguía sin quitarle ojo a Hale. No había estado bromeando; a Bella Swan no le gustaban los abogados. Sin embargo, él sí parecía agradarle, y Ed descubrió que aquello le complacía de un modo perverso.
—Cuando estoy aquí —respondió—. Jasper y su familia son buenos objetivos para ser mis víctimas culinarias.
—Dudo que les importe.
Edward la miró cuando se disponía a echar un vistazo a los carbones.
—¿Qué quiere decir?
—Vamos. Si normalmente le tiene pegado al culo. ¿Cree que iba a quejarse de que le inviten a cenar en la versión del palacio de Buckingham que hay en Florida?
—¿Eso es un cumplido?
—A mí, que estoy pegado a su culo, no me lo ha parecido —gruñó Hale.
—Solano Dorado es bonita —declaró ella.
—Gracias.
Sus ojos verdes se cruzaron con los de Ed y seguidamente se apartaron de nuevo.
—De nada. Pero ya sabe que siempre miento.
Hale bebió otro trago de cerveza.
—Qué tierno, pero me gustaría saber quién intentó hacer volar a Ed en pedazos, si no os importa. Ya que no fue usted, Swan.
Edward comenzaba a desear que Jasper no se hubiera quedado a cenar. Aparte de que preferiría estar a solas con Isabella, deseaba que ella se relajase un poco, o jamás conseguiría más que una mínima parte de la información que quería.
—Después de que comamos, Jasper. Por ahora, pregunta a la señorita Swan qué piensa de las porcelanas de Meissen, ¿quieres?
—Preferiría preguntarle qué piensa de las tablillas de piedra troyanas. —Hale dejó su lata sobre la ornamentada mesa de hierro con un sonido metálico—. Pero no intentó robarla para usted, ¿verdad? ¿A quién se la iba a vender… o es que roba cosas para buscar un comprador después?
—Trabajo con contrato —respondió. Los dos hombres se mostraron sorprendidos—. Mi colega recibe la petición de un objeto, algunas veces un emplazamiento, convenimos un precio y los pasos a seguir, me documento un poco y luego voy a por ello.
Edward pensó en lo que ella había dicho al tiempo que colocaba los filetes de carne en la parrilla y los cubría con salsa de algarroba.
—La tablilla sólo iba a estar aquí quince días, pero no era ningún secreto. —Frunció los labios, considerando lo personal que podía hacer su interrogatorio antes de que ella lograra cambiar nuevamente de tema—. Sin traicionar ninguna confidencia, ¿apuntó su colega si este comprador pidió una pieza en especial?
—Las tablillas troyanas no son artículos que puedan encontrarse con facilidad —respondió, lanzándole una mirada de ligera superioridad, como si hubiera esperado que él supiera algo así. En realidad, lo sabía, pero le tocaba a Bella mostrar sus conocimientos—. Por lo que recuerdo, sólo existen tres —prosiguió, jugueteando con su vaso—. Pero sí, querían concretamente la suya.
—¿Por qué?
Ella permaneció en silencio por un instante.
—No lo sé. Conveniencia, supongo. Las otras dos están en colecciones privadas en Hamburgo y en alguna parte de Estambul. Y puede que por el precio.
Jasper resopló.
—¿Quiere decir que su tablilla era más asequible que las demás?
Los suaves labios de Bella se contrajeron. Al menos Edward imaginaba que serían suaves.
—Puede —contestó—. O puede que el comprador tenga su base en Estados Unidos. Conseguir objetos y pasarlos de contrabando de un país a otro puede ser caro… y delicado. Sobre todo, ahora.
—Hum —musitó Edward, dando la vuelta a los filetes—, en unos días estaría en Londres. Puede que tenga razón.
—Pero no vamos tras el comprador —señaló Isabella—. Vamos detrás de alguien que utiliza explosivos en lugares cerrados, y tras quienquiera que pueda haberle contratado. —Poniéndose en pie, se acercó a la barbacoa, y observó a Edward juguetear con los filetes—. Huele bien.
«También ella.»
—Es mi mejor receta.
—En serio me gustaría ver otra vez la galería. Podría darme algunas ideas.
—¿Sobre otros objetos que pueda "rescatar"? —sugirió Hale, desapasionadamente.
Isabella se apoyó contra la barbacoa y sonrió con dulzura.
—¿Le gustaría hacerle otra visita al fondo de la piscina?
—Niños —advirtió Edward, cogiendo el plato de cebollas y champiñones salteados que le ofrecía Reinaldo cuando el mayordomo apareció desde la cocina—. Comportaos.
—Di mi palabra de que nada desaparecería de este lugar, Hale. Yo cumplo mi palabra.
—Creí que siempre mentía.
Los ojos de Bella se endurecieron, pero su sonrisa se volvió más coqueta.
—Sólo sobre algunas cosas. Sabe una cosa, Cullen, puedo buscarle un loro que realice el mismo trabajo que Hale, y el único coste sería una jaula y algo de alpiste.
—Claro —repuso Hale—, pero el pájaro se cagaría sobre todos sus documentos.
Edward dio la vuelta a un filete.
—Declaro una tregua —dijo, presintiendo, aunque Hale no lo hiciera, que el abogado tenía todas las papeletas de acabar otra vez en la piscina—. Quien no desee acatarla puede salir de mi propiedad. —Sostuvo la mirada de Isabella—. Iremos a ver la galería después de que Jasper se marche.
—Genial. ¿Es que también vas a darle una llave?
Edward hizo caso omiso de la queja de su amigo. Además, esta invitada no necesitaba una llave.
—Siéntese, Isabella —dijo suavemente, sonriendo—. He conseguido que la carne esté exquisita, en su punto.
