Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 11

Sábado, 1:18 p.m.

—No vamos a llevarnos tu limusina. —Isabella se cruzó de brazos.

Intentando no sonreír, Edward se mantuvo en las escaleras de la puerta principal junto a ella y decidió no preguntar por qué tenía tantos prejuicios en contra de su limusina.

—No dije que fuéramos a hacerlo, cielo.

—Le dijiste a Ben que trajera el coche.

Un Mercedes Benz SLK amarillo dobló la esquina de la casa y se detuvo delante de ellos.

—Sí, pero no dije cuál.

—¿James Bond no conducía un BMW o algo así? —preguntó ella, dirigiéndose al lado del pasajero mientras Ben ocupaba el asiento del conductor—. Amarillo plátano. ¡Pero qué discreto!

—No soy James Bond. Calla y sube.

Le gustaba el coche; Ed pudo notarlo en la sonrisa burlona de Bella cuando tomó asiento. Isabella pasó la mano por el salpicadero, lo cual era otra buena señal. Parecía aprender por mediación de la sensación táctil. Resultaría interesante ver si aquello era igual en el dormitorio. Se removió en el asiento, sintiéndose de pronto incómodo. «Ducha fría. Piensa en una ducha fría.»

Finalmente, ella se abrochó el cinturón y le sonrió.

—¿Podemos bajar la capota del plátano?

Ed, solícito, pulsó un botón del salpicadero. La puerta del maletero se abrió y el techo se levantó, se plegó hacia atrás y se introdujo en el maletero en un único y fluido movimiento.

—¿Mejor?

—Genial —fue cuánto ella dijo, mientras recorrían el camino de entrada.

La policía seguía apostada fuera de la casa, pero comenzaban a parecer más aburridos que esperanzados de atrapar al que colocó la bomba. Naturalmente que ya habían encontrado al sujeto que fue arrastrado a la playa, tanto si lo habían comprendido como si no. Ed miró a Isabella, que tenía un brazo reclinado sobre el marco de la ventanilla y la barbilla apoyada en él.

—La policía ha identificado a Da Revin y le considera sospechoso —dijo él—, pero, dado que yo describí a una mujer dentro de mi casa, no han abandonado la búsqueda.

—Posiblemente se imaginen que tenía un socio. Seguirle el rastro no los va a llevar hasta mí, pero no estoy en absoluto libre de sospecha. —Le lanzó una mirada—. Aún.

—¿Había usado explosivos antes?

—No conozco todos los trabajos que ha realizado, pero no me sorprendería. No habría llamado para advertirme que me mantuviera al margen si hubiéramos estado compitiendo por un simple objeto. —Se encogió de hombros—. Él ya había dado golpes con anterioridad, pero siempre decía que no suponían un desafío demasiado grande. La gente va de un lado a otro y se vuelven vulnerables. Los objetos son inanimados y eres tú quien tiene que ir a por ellos.

—¿Alguna vez Da Revin y tú fuisteis… cómplices?

Bella se recostó y encendió el estéreo con brusquedad.

—¡Ah, ésta sí que es buena! —Frunció el ceño mientras Mozart se colaba dentro del coche—. Cómplices. Supongo que te refieres a si lo fuimos en la cama igual que en el trabajo. En el trabajo, no.

Edward asintió, aferrándose al volante; el estómago se le contrajo por un ataque de celos tan inesperado como ridículo.

—Entonces, lo siento.

—Deja de disculparte. No fue culpa tuya. La gente entra y sale de mi vida sin parar. Estoy acostumbrada a ello.

—Estamos en plan cínico, ¿verdad?

—Intento ceñirme a aquello en lo que soy buena. Además, no deberías quejarte. Tú estás dentro en este momento.

«¿Por cuánto tiempo?», se preguntó Ed.

—Era un comentario. No una queja.

Isabella le lanzó una sonrisa errática.

—Bien. Sea como sea, sólo espero que Black sepa quién contrató a Laurent. Si no, estaremos atascados casi en el mismo punto en que lo está la policía. —Su cabello caoba le azotaba la cara, y Bella sacó una goma de su bolso Gucci para recogerse la ondulada masa en una elegante coleta.

—Creía que estábamos intentando no desentonar —comentó—. ¿A qué viene el bolso caro?

—Era lo único que llevaba conmigo. Además, me ayudará a parecer una turista. Espero que hayas traído un gorra cursi de béisbol o algo similar.

—Lo siento, no rebusqué en la sección cursi de mi guardarropa esta mañana.

Bella contempló con atención su perfil por un instante, mientras él fingía seguir concentrado en la carretera. Gracias a Dios que el tráfico era ligero.

—Limítate a llevar las gafas de sol puestas. No llevas traje, así que eso debería ser de ayuda. Te conseguiremos un sombrero tipo Gilligan o algo parecido.

—No, de eso nada.

Isabella guardó silencio durante un momento, aunque ojeó el estéreo con una expresión de decepción tan intensa que casi resultaba cómica.

—Le has dicho a tu perro guardián Hale adónde íbamos, ¿verdad?

—Confío en él, Isabella. Y…

—Yo no. Nunca confío en alguien que sabe lo mucho que vales.

—Todo el mundo sabe cuánto valgo.

—Claro, pero no todo el mundo dispone de la clase de acceso que él tiene. —Tamborileó con los dedos sobre el marco de la ventanilla—. Tu muerte le reportaría un enorme beneficio adicional.

Edward frunció el ceño, y enseguida desechó la idea de su cabeza. Jasper Hale era su amigo más íntimo. La idea era absurda. Y guardaba cierta cautela en lo referente a quién dejaba entrar en su vida en estos momentos… con una excepción evidente.

—Confío en él —repitió Ed—. Olvídalo.

—De acuerdo. Si te hace sentir mejor, si fuera tú, yo tampoco habría ido a ninguna parte conmigo a menos que se lo contará a alguien en quien confiase. Lo que sucede es que no habría elegido a Hale.

El cumplido, aun con su doble sentido, le complació.

—Puedes cambiar el cd si quieres —dijo él—, pero…

Ella se abalanzó sobre el estéreo. Mozart dejó de sonar abruptamente para ser reemplazado por Beethoven, después Haydn. Recostándose, se cruzó de brazos.

—¿Es que sólo tienes muertos en la bandeja del cd?

—A ti te gustan las antigüedades. Pensaba que apreciarías la música clásica.

—Sí… pero no en un coche descapotable a lo James Bond.

—No soy el maldito Ja…

Apagó el cd con un movimiento rápido y comenzó a sintonizar cadenas de radio hasta que algo con una fuerte percusión, guitarras eléctricas y alaridos apenas afinados hizo que se iluminara el ecualizador. Bella subió el volumen y se acomodó de nuevo mientras él reía.

—¿Qué demonios es eso?

—¿A quién le importa? Tiene ritmo.

Apoyando una vez más la barbilla en el brazo, Bella entornó los ojos para protegerse de la cálida brisa que se colaba bruscamente dentro del coche. Adoraba Florida. Europa era acreedora del premio a las villas pintorescas alojadas en antiguos pinares y robledales, pero la dicotomía de aquí le fascinaba. Pasaron como una exhalación por delante de largas y verdes extensiones pantanosas, interrumpidas por diminutas casas apartadas de la autopista en caminos de tierra con coches oxidados decorando el césped delantero. Más arboledas dispersas de robles de doscientos años de antigüedad y sauces llorones se extendían a lo largo de las orillas de los riachuelos, gigantescas figuras combadas por la acción de los huracanes se mostraban empequeñecidas por torres de vidrio y acero en las áreas comerciales.

Y Palm Beach, aun sin el encanto de las residencias más acaudaladas del país comprimidas en unos pocos kilómetros de paraíso, le fascinaba, si cabía, todavía más. Belleza y antigüedad aisladas y corrupción moderna… el lugar perfecto para un ladrón de guante blanco. Echó de nuevo un fugaz vistazo a Cullen. En su trabajo, se suponía que a Bella no debían gustarle las sorpresas. Otra sorpresa más.

Por otra parte, la sorpresa tenía sus inconvenientes. Bella ladeó la cabeza un poco para ver el reflejo del retrovisor.

—Cambia de carril —le dijo.

—¿Para qué?

Mantuvo la postura relajada, recordándose que Cullen era un hombre de negocios y no un ladrón.

—Porque quiero ver si el coche de detrás también cambia de carril.

Él mantuvo la mirada en la carretera.

—¿El sedán beis?

—¿Te has fijado? —preguntó, tan sorprendida que se enderezó.

Cullen asintió.

—Lleva detrás de nosotros desde antes de que tomáramos la autopista, pero ésta es una vía principal, cielo.

—De acuerdo, eres observador, pero tienes que practicar con la paranoia. Cambia de carril. Dirígete a la salida.

—¿Te sucede esto a menudo?

Ella le lanzó una sonrisa.

—Sólo desde la pasada semana, más o menos. Por lo general, se supone que nadie sabe quién soy.

—Demasiado tarde para eso. —Deslizó la mirada al retrovisor. Medio minuto después, el sedán cambió de carril para unirse a ellos.

—Todavía puede tratarse de una coincidencia —murmuró, pero mantuvo la atención en el espejo mientras se desplazaba al carril exterior. El sedán les siguió—. O no.

—¿Ves?, la paranoia puede salvarte la vida. Acelera.

—¿No quieres saber quién es?

—¡Pues no! La curiosidad mató al gato, Cullen, y yo soy un gato.

—Yo soy un lobo —repuso él, y pisó el freno.

Con sistema de frenos antibloqueo de alta tecnología o sin él, los neumáticos del SLK echaban humo cuando se detuvieron en seco. El tráfico era bastante ligero, pero Bella no pudo evitar ahogar un grito cuando un camión articulado les corteó, el conductor les sacó el dedo como saludo y tocó la bocina.

—¡Joder!

El sedán, que no tenía frenos antibloqueo, corcoveó violentamente, mientras éstos no dejaban de chirriar, y pasó a escasos centímetros de ellos hasta el barro que había más allá del estrecho carril de servicio. El conductor logró controlarlo antes de que se fuera a la mojada hierba. El tipo sabía conducir, y aquello respondía a unas cuantas preguntas. Se detuvo bruscamente a un lado de la carretera y a unos cien metros delante de ellos.

Voilá —dijo Cullen, acelerando de nuevo y deteniéndose delante del sedán.

—De acuerdo, a menos que estén armados.

Cullen se dispuso a desabrocharse el cinturón al tiempo que de la guantera sacaba lo que parecía una pistola modelo Glock del calibre 30.

—Me gusta estar preparado.

—Nada de pistolas —espetó Bella, desabrochándose su propio cinturón y saliendo apresuradamente del coche—. Además, sólo conseguirías que te arrestasen. —La puerta de copiloto del sedán se abrió con un chirrido—. Buenas tardes, detective McCarty —exclamó, acercándose mientras éste salía. «Muéstrate amable», se dijo.

—¿Qué demonios ha sido todo eso? —gruñó el detective.

—Es culpa mía —respondió Bella, al darse cuenta de que Cullen iba detrás de ella—. Noté que nos estaban siguiendo y le sugerí al señor Cullen que se detuviera —reprimió una sonrisa de reproche—. Me temo que le entró el pánico.

—Y una mierda —interrumpió Cullen—. ¿Por qué me siguen?

—No te están siguiendo a ti; me están siguiendo a mí —contestó Bella—. Pero ya le dije que soy una buena chica, detective. Aunque debo decir que podría haber puesto sobre aviso a cualquiera que estuviera siguiendo al señor Cullen. —Señaló al sedán sin tener que ocultar su desprecio—. Nadie alquila un Buik del 91 a los turistas, y ningún ladrón o matón que se precie conduciría un viejo coche color beis. Conduce usted mejor que los periodistas, de modo que tenían que ser policías.

—Ah. Entonces, ¿por qué ha intentado matarnos?

Cullen se puso delante de ella.

—No fue ella. Me entró pánico, ¿recuerda? ¿Se le ofrece algo, detective?

—No. Nada en particular. Pero recuerde, señor Cullen, si a usted le matan, a mí me despiden. No debería andar por ahí.

—Iré con cuidado. —Cullen tomó a Bella del brazo—. ¿Nos vamos, Isabella? Llegaremos tarde.

—Claro. Y no se preocupe, McCarty. Mi trabajo es mantenerlo a salvo —le dirigió una amplia sonrisa—. Por muy irritante que esto sea.

El bigote del hombre se movió nerviosamente.

—Casi la creo, Swan.

—Pues tendré que emplearme a fondo.

Ambos se metieron en el SLK y Cullen puso el motor en marcha.

—¿Crees que se dará por vencido? —preguntó con la atención puesta en el espejo retrovisor.

—Probablemente, pero en caso de que algún otro tenga la misma idea que McCarty, ¿cuánto corre esta cosa?

Edward regresó a la autopista marcha atrás, subió el volumen de la insufrible cadena de rock que había puesto ella, y pisó el acelerador.

—Averigüémoslo.

McCarty observó el brillante coche amarillo dirigirse al sur y convertirse en una especie de cohete.

—¡Mierda!

Cuando regresó al asiento del pasajero, el agente Peter Morgan a su lado encendió el motor del Buik.

—¿Los seguimos?

—No.

—Podría llamar a una patrulla de carretera y hacer que los detuvieran por exceso de velocidad.

—No.

—¿Pues qué hacemos?

—Regresar a la comisaría y sacar las declaraciones de daños de los objetos de Cullen. Que sea un hombre rico no significa que yo no pueda llevar esta maldita investigación.

—¿Cree que está en el ajo?

El detective miró la expresión entusiasta del rostro de su chófer.

—Creo que ella sí lo está y que él está con ella por su propia voluntad. Esto es mucho más que un robo y una bomba. Pero creerlo no me sirve de nada, y quedarme aquí sentado es perder el tiempo.

Morgan dio media vuelta carretera abajo hacia la rampa de acceso dirección norte.

—¡Ja! Le dije a su abogado que debería haberme contratado para ocuparme de su seguridad. Debe de estar escondiendo algo o no habría contratado a esa muñequita.

McCarty sacó una tira de chicle del bolsillo y abrió el envoltorio.

—Teniendo en cuenta a quién sacamos del agua esta mañana, puede que esa muñequita sea la mejor ladrona del mundo. Muestra algún respeto.

Cuando la policía giró en dirección norte por la autopista 95, un BMW negro con los cristales tintados salió de la gasolinera al otro lado de la carretera y se dirigió al sur a todo gas.

El aparcamiento del Butterfly World estaba bastante concurrido los jueves por la tarde, pero por lo que a Bella respectaba, aquello era algo bueno. Pasar desapercibida yendo con Cullen era suficientemente complicado de por sí sin tener que preocuparse, además, por una atracción turística desierta.

—Por allí estará bien —dijo, señalando con el dedo.

Cullen se dirigió hacia el punto indicado.

—¿Cualquier lugar es una trampa en potencia? —preguntó, desabrochándose el cinturón de seguridad y bajando del coche—. Supongo que por eso estamos a un metro de la salida y a cuatrocientos metros de la entrada.

—Hoy cualquier lugar lo es —respondió, colgándose el bolso en el hombro y cerrando la puerta del coche amarillo—. Tuvimos suerte de que se tratara de la policía.

—Pero eso ya lo sabías antes de detenernos, ¿verdad?

El tono de su voz la acusaba de algo poco honesto, pero ella se negó a dejar que aquello le hiciera mella. Bella se encogió de hombros.

—Como he dicho, ninguno de tus amigos… o enemigos tendría un viejo coche beis, y la gente que yo conozco tienen más autoestima. Lo cual nos deja dos opciones: la policía o la prensa. Y me alegra que no fueran estos últimos.

Una sonrisa apareció en su sensual boca.

—Me parece, querida, que eres más tímida con las cámaras que yo.

Bella asintió.

—De ahí que nos mezclemos.

—Mezclarse. Claro. —Le ofreció la mano y ella vaciló—. Somos alegres turistas, ¿recuerdas? —Bromeó, flexionando los dedos para indicarle que se acercara más—. Tal vez seamos recién casados en nuestra luna de miel.

—Le das demasiadas vueltas a esto, Cullen —dijo, tomando su mano y fingiendo que su propia imaginación no estaba desbocada.

Sus cálidos dedos aferraron los de Bella.

—Ed.

Ella asintió, porque no estaba preparada para decirlo aún.

—Vamos. A las cuatro ya no dejan entrar a nadie y a las cinco te echan a patadas.

—Para que nadie pueda seguirnos.

—Ésa es la idea.

Edward parecía ir comprendiendo sus pequeños trucos y peculiaridades con alarmante celeridad, pero Bella ya había advertido que no era ningún inepto. Black y ella tendrían que cambiar todas sus contraseñas y claves, pero eso ya lo habían hecho antes, cuando su padre fue arrestado. Era un latazo, aunque imprescindible para seguir a salvo.

Bella no pudo evitar echar un vistazo por encima del hombro ruando llegaron a la taquilla, pero no entró ningún coche beis en el aparcamiento. Cullen había superado el récord de velocidad terrestre, de modo que no creía que nadie que no fuera de la NASA pudiera haberles seguido. Sin embargo, no echar una mirada le hubiera puesto nerviosa.

—Dos adultos, por favor —le decía Cullen a la joven de la taquilla.

—Sólo les queda una hora antes de cerrar —dijo la chica con un suave acento sureño.

—Está bien.

—Son 29,90$.

Él sacó los billetes del bolsillo de sus ajustados vaqueros antes de que Bella pudiera objetar, y cogió las entradas y el cambio con una sonrisa. Volvió a tomarla de la mano, conduciéndola haría la entrada.

—Fíjate que he pagado al contado —murmuró, acercándose más—, porque alguien podría rastrear una compra realizada con tarjeta de crédito.

A Bella se le puso la carne de gallina en los brazos.

—Aprendes rápido, Cullen —dijo, esperando que Black no les estuviera observando. Se estremeció cuando su boca le rozó la oreja. Los músculos se le contrajeron y se obligó a respirar lentamente. «¡Basta!», se ordenó mientras entraban en el Butterfly World.

Unas puertas dobles protegían el aviario, impidiendo que escaparan las mariposas. Cruzaron la primera y quedaron atrapados en medio cuando Cullen la acercó más a sí.

—Di mi nombre —le ordenó con voz grave.

—Vamos, Black estará esperando.

—Dilo.

—Tenemos que…

—Dilo, Isabella.

—Tienes que controlarlo todo, ¿verdad? —Se obligó a reír entre dientes—. Tío, debe sacarte de quicio no poder obligarme a hacer algo que no quie…

Él bajó la boca hasta la suya, rodeándole la cintura con la mano libre y apretándola contra su plano y musculoso abdomen. El calor descendió como un rayo por su espalda mientras los labios de Ed se amoldaban a los suyos. No era un beso indeciso como aquel primero que le había dado en su jardín. Este beso le decía exactamente lo que quería y cuánto la deseaba. Y lo mejor y peor de todo era que ella también lo deseaba.

La cálida humedad del aviario pendía en el oscuro vestíbulo, silencioso, tenue y cerrado. Ed le empujó la espalda contra la puerta interior, su boca implacable y exigente contra la de ella, cambiando de posición, moviéndose y absorbiéndola.

—Tranquilo, Tarzán —acertó a decir, tragando una bocanada de aire húmedo y caliente—. Alguien podría vern…

—Di mi nombre —repitió, buscando su labio inferior con los dientes.

«¡Dios bendito!»

—Ed —farfulló con voz gutural, su mente se iba sumiendo en la húmeda bruma de Cullen mientras la apretaba con más fuerza contra la puerta—. ¿Estás conte…?

Su trasero topó contra el pomo y la puerta interior se abrió, impulsada por la presión de los dos. Ambos entraron torpemente en el aviario con las bocas todavía unidas.

Algunos de los rezagados turistas se volvieron a mirarlos con curiosidad, y ella rio despreocupadamente, tomándole de la mano y meciéndola con aire juguetón.

—Somos recién casados —dijo a nadie en particular. Aquello no resultó nada fácil, sobre todo cuando no tenía resuello y prácticamente estaba teniendo un orgasmo sólo con un beso suyo, pero pareció funcionar.

No había dado más de tres pasos cuando Ed volvió a atraerla hacia sí.

—Quédate cerca, Isabella.

—Hum, ¿También éste ha sido un beso de admiración, Cullen? —le respondió en un susurro.

—No, ha sido de lujuria. ¿A qué ha venido eso de tararear y balancear las manos?

—Nos mezclamos. Y fuiste tú quien empezó. Yo acababa de sugerir lo del sombrero, pero entonces tuviste que devorarme entera.

—También tú me devorabas. ¿Acaso ha sido fingido? ¿Debería agradecerte que no me arrojaras a la piscina? —continuó en voz baja.

—Lo habría hecho si hubiera querido —replicó entre susurros, tirando de él—. Vamos, cariño.

—¿Fue fingido, Swan? —insistió.

—Tal vez —«¡Hombres!»—. No dejes que la testosterona se te dispare, Cullen. Ya va a ser suficientemente difícil de lograr contigo como compañero. No necesito otra complicación más en estos momentos.

De nuevo se acercó lentamente a ella, su mirada oscura y ardiente.

—Ya tienes una.

«¡Mierda!»

—¿Quieres cortar el rollo? ¡Dios! ¿A qué viene esto? En el coche te mostrabas civilizado.

—Llevo así todo el día —dijo con algo más de humor—, pero entonces iba al volante. Ahora, no.

Varias de las turistas lanzaron fugaces miradas a Cullen por encima del hombro de sus esposos o por entre los helechos de bosques tropicales. Bella no estaba segura de sí se debía a que le habían reconocido o a que estaba particularmente guapo, de un modo depredador y cavernícola, pero hubo de reconocer una fugaz sensación de satisfacción. Él desbaba a Isabella M. Swan. «¡Moríos de envidia, chatas!»

—Mira las mariposas —le indicó—. Para eso hemos venido aquí.

Su mano se tensó en la de ella y acto seguido se relajó.

—¿Alguna señal de tu colega?

—Todavía no. Es probable que esté en los jardines detrás del aviario principal. —Una brillante mariposa azul del tamaño de una postal revoloteó y se posó en el oscuro pelo de Cullen—. No te muevas. Tienes un amigo.

—Genial.

Bella rio entre dientes.

—Ojalá tuviera una cámara de fotos. ¿Cómo son los excrementos de las mariposas?

Ed sacudió la cabeza con cuidado y la mariposa se alejó revoloteando por la cálida selva artificial. La música clásica que sonaba suavemente de fondo parecía apropiada y divertida a la vez… todo el mundo llevaba un crítico en su interior. Bajo el alto techo abovedado cientos de mariposas de todos los colores y tamaños aleteaban entre los árboles y las flores, mientras una fina y cálida neblina brotaba de unos dispositivos ocultos en las paredes y entre el follaje tropical.

—Esto es muy bonito —dijo Cullen, haciéndose eco de sus pensamientos.

—Tal vez deberíamos haber venido antes.

—Quizá debamos regresar y hacer turismo de verdad.

—Mmm. ¿Como una cita? —murmuró.

—Podría alquilarlo después de cerrar. Lo tendríamos todo para nosotros solos.

Bella no pudo evitar imaginarse despatarrada entre los helechos con Cullen sobre ella y las mariposas revoloteando sobre sus cabezas.

—Muestra un poco de comedimiento, ¿quieres?

Su sonrisa hizo que se humedeciera.

—Estoy haciendo gala de una gran dosis de comedimiento. —Se encaminaron por el serpenteante sendero de la cúpula hacia las puertas del fondo procurando no apresurarse—. ¿No vas a decirme cómo es Black?

Isabella le divisó a través de la alambrada transparente de la bóveda, sentado en un banco en el jardín de rosas. El alivio que se apoderó de ella fue tan intenso que le hizo estremecerse. Cullen, que la tenía cogida de la mano, redujo el paso y bajó la mirada hacia ella.

—¿Qué sucede?

—Black es una mezcla de Hulk Hogan —dijo, soltándose de su mano y poniéndose nuevamente en marcha— y Diana Ross, con una nariz que le han roto un centenar de veces y una pequeña cruz de plata colgada del cuello.

Atravesó las dos puertas y tomó el camino de la izquierda, junto al letrero que rezaba JARDÍN DE ROSAS INGLESAS. Redujo el paso cuando Cullen se puso de nuevo a su par. Las precauciones que había tomado para concertar la cita no servirían de nada si ahora ella se precipitaba.

Black la vio y se puso en pie, luego avistó a Cullen de su brazo. Dio media vuelta de inmediato y comenzó a caminar en dirección contraria. Tenían una palabra clave para decir «todo despejado», pero Bella dudó antes de pronunciarla en alto. Nada estaba despejado y que Cullen estuviera allí no les hacía bien a ninguno de los dos. Pero había dado su palabra de que el tipo rico y ella eran compañeros, y si se marchaba sin hablar con Black, iba a explotar por dentro.

—¿Qué me dices de los Dolphins? —dijo, mirando a Cullen y alzando la voz lo suficiente para que la oyera.

—¿Qué?

—Cierra el pico y sígueme el juego —le dijo entre dientes—. ¿Crees que esta vez se harán con la Súper Copa?

—Ah, bueno, ahora que Dan Quayle…

—Marino.

—… que Marino se ha retirado, no lo sé.

—Eres fan de los Dolphins, ¿verdad? —dijo una profunda y musical voz por encima del hombro de Bella.

Ella apuntó a Cullen con el dedo.

—Oh, es foráneo, pero estoy trabajando en ello. Te presento a Edward Cullen.

—Soy Billy. —Black le ofreció la mano de modo amistoso a pesar de la bofetada que suponían sus palabras—. Te has vuelto loca, Bella. No pueden vernos a los tres juntos.

Después de que Cullen le estrechara la mano a Black, Bella hizo lo mismo, el hombre le apretó sus largos y ágiles dedos un momento más de lo necesario.

—¿Te has enterado de lo de Laurent?

—Lo he oído. Y hasta que me llamaste pensé que tu cadáver sería el siguiente en aparecer en la playa. —La emoción estaba profundamente enterrada en su voz, pero Bella le conocía lo suficiente para apreciarlo.

—Me telefoneó justo antes de que la pasma apareciera en mi casa, y básicamente me dijo que yo estaba de mierda hasta el cuello. ¿Sabes para quién trabajaba? —El sentimentalismo podía esperar hasta más tarde.

Black echó una ojeada a Cullen.

—Primero necesito una pequeña explicación, cariño.

—Isabella y yo tenemos un acuerdo —intercedió Cullen—. Ella me ayuda a descubrir quién trató de volar mi casa por los aires y por qué, y yo la libro de cualquier cargo por allanamiento de morada y homicidio.

—Ella te salvó la vida, ¿sabes?

—Lo sé. Por eso estoy aquí.

—Le dije que perder el tiempo en arrastrarte escaleras abajo no podía ser buena idea, y es posible que se haya metido en problemas por ser amable; pero Bella no puede soportar matar siquiera a una mosca.

—Black, cierra el pico —dijo bruscamente. Estupendo. Sus más profundos secretos al descubierto—. Supongo que el cliente de Laurent o el intruso es quien lo mató. ¿Tienes alguna idea de para quién trabajaba?

—Está bien. De acuerdo. Para alguien europeo. Laurent llegó en avión desde el extranjero. Si estaba trabajando por mediación de un agente, lo descubriré, pero no creo que fuera así. Odiaba tener que compartir la comisión como intermediario.

Cullen resopló con indignación ante el modo de expresarse de Black, pero ella apenas le dedicó un breve vistazo.

—Y ahora la arriesgada pregunta final, Black. ¿Quién nos contrató?

—¿No lo sabes? —susurró Cullen, agarrándola del codo.

Black dio medio paso atrás y se aclaró la garganta.

—Recibí una llamada a través de O'Hannon. Le telefoneé tan pronto ocurrió esta mierda, pero me colgó. Ya no responde al teléfono.

Bella fulminó con la mirada a su intermediario. «¡Maldita sea!»

—¿Aceptaste un trabajo de terceros? ¿Por qué no lo dijiste?

—Porque el dinero era mucho y porque no lo hubieras aceptado si te lo hubiera dicho. Conozco a O'Hannon desde hace quince años.

—Tienes razón. Jamás habría trabajado para O'Hannon. ¡Joder! Es escoria, Black. Averigua para quién estaba intercediendo.

El armario de dos puertas asintió.

—¿Cómo me pongo en contacto contigo?

—Llámame al móvil —dijo Cullen, anotando el número en el dorso de su entrada—. No está registrado.

—¿Te parece bien, Bella?

—No me lo parece, pero es el modo más seguro de hacerlo. Tenemos que desentrañar esto, Black. Cuanto antes mejor.

Black se la quedó mirando durante un momento.

—¿Puedo hablarte en privado, Bella?

—Nada de secretos —replicó Cullen, apretando la mandíbula.

—Vamos —espetó, zafándose de él—. Enseguida vuelvo.

—Isabella…

—Espera aquí —regalándole una lenta sonrisa, se acercó más a él—. Ed —ronroneó.

Black y ella se alejaron unos cuantos metros por el camino, y continuaron paseando entre las fragantes rosas. Cullen se sentó en el banco vacío, lo bastante cabreado como para masticar ladrillos, pero se merecía al menos un punto o dos por quejarse ahí.

—¿Qué coño te pasa, Bella? —gruñó Black, tan pronto como no pudieron oírles.

No tenía tiempo para hacerse la tonta.

—Supongo que te refieres al tipo rico. Es… necesario, por el momento.

Él la miró ladeando la cabeza.

—¿Necesario, para qué? ¿Para tu seguridad? Cielo, hay dos hombres muertos, ambos vinculados con esa losa de piedra, con esa casa… y con ese tipo.

—Lo sé.

Black la tomó nuevamente de la mano con el ceño fruncido.

—No lo entiendo, pero confío en ti.

Ella le dio un apretoncito en los dedos.

—Bueno, me alegra oírlo.

—Todo ha ido mal desde el principio, y es culpa mía, pero sabes que enredarte con él es buscar problemas.

—¿Qué es lo que sabes? —respondió—. En serio.

—Algo se fue a la mierda. O'Hannon estaba aterrorizado cuando le llamé, y no se me ocurre un solo motivo por el que Laurent empleara algo tan chapucero como los explosivos sin razón alguna.

—Todo este asunto me preocupa. Continúa indagando. Esa tablilla de piedra desapareció de la finca, así que a menos que Laurent la escondiera, alguien la tiene. Avísame si te enteras de que alguien la ofrece o la compra. Tú te enteras de todo, avísame.

—¿Y vas a quedarte con el chico rico hasta que resuelvas este misterio?

—No lo sé.

—Está bien, me he dado cuenta de cómo te mira, Bella. No está pensando en lo que es mejor para ti. Es un tipo que consigue lo que quiere, sin importarle las consecuencias.

Bella no estaba muy segura de eso, pero estaba fantaseando con tener sexo con Cullen.

—Tendré cuidado, Black, Siempre lo tengo. Haz lo que puedas.

—De acuerdo. ¡Joder!

Se dio media vuelta, pero ella le agarró del brazo.

—Y ten cuidado, ¿de acuerdo? —susurró—. Eres mi única familia.

Black le brindó una rápida sonrisa preocupada.

—Nena, lo siento por ti.

Le vio perderse de vista, luego volvió con Cullen.

—¿Terminamos el recorrido por el jardín?

—No me gustan los secretos, Isabella. —Tenía el rostro inmutable y no dio señales de levantarse del banco.

—Tú tienes una vida aparte de esto —respondió acaloradamente—. Bueno, pues yo también. Conozco a Black de toda lo vida. Está preocupado por mí, ¿de acuerdo? —Se retiró un mechón de pelo de la cara con un soplido y le ofreció la mano.

Edward alzó el brazo y la tomó de los dedos.

—Para mi sorpresa —dijo, poniéndose en pie—. Resulta que yo también me preocupo por ti.