Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 12

Sábado, 6:15 p.m.

Puede que la paciencia fuera una virtud, pero no era algo que Edward apreciara o en lo que tuviera experiencia. Quería respuestas. Isabella había subido el volumen de la radio del coche y Haydn resonaba suavemente en los altavoces mientras se dirigían en dirección norte. No había puesto ninguna objeción cuando había echado la capota del coche, algo que Edward atribuyó más a su estado de distracción que a que se hubiera hartado de la charada de los turistas.

Sus dedos tamborileaban contra la manilla de la puerta.

—Si empiezo a contarte todo lo que estimo que necesitas saber —dijo en el relativo silencio—, no es sólo mi libertad y seguridad la que estará en tus manos, Ed.

«Ed.» Le había dado acceso, un poco.

—Estás aquí para ayudarme a resolver esto.

—Bueno, en realidad estoy aquí para que tú me ayudes a… Pero intento cumplir con mi parte del trato.

—¿Qué es lo que quieres, mi palabra de que no revelaré nada de lo que me cuentes? No puedo hacer eso, Isabella. En primer lugar, no me gusta la idea de que todo lo que he ganado y coleccionado esté a disposición de quien lo quiera. En según…

—No —le interrumpió, sentándose erguida—. No voy contigo en este coche debido a un robo. Estoy aquí por una bomba. —Sus labios se movían nerviosamente al tiempo que sopesaba sus próximas palabras—. Haré un trato contigo. Utiliza cualquier información que quieras que tenga que ver con Laurent Da Revin. El resto de lo que le cuente o consigas dilucidar, úsalo para proteger tus cosas, pero no puedes contarle nada de todo ello a la policía.

—Nada de tratos.

—Pues para el coche y déjame bajar.

—No.

Bella accionó el botón que bajaba la ventanilla.

—De acuerdo. Saltaré.

—No seas ridícula. —Cullen subió de nuevo la ventanilla y bloqueó el control.

Mirándole furibunda, se desabrochó el cinturón de seguridad y volvió a alargar el brazo para abrir la puerta.

—No puedo proponerte un trato mejor. Si no te gusta, pues nos separamos. Ahora mismo.

A Bella le ofendía la idea de matar a alguien para obtener un objeto; Ed lo había notado casi desde el primer momento en que se conocieron. Suponía que aquello sería garantía suficiente por ahora. El hecho de que quisiera sexo con ella también contaba en su decisión, naturalmente, así como el que le resultara tan difícil creer que sus flirteos eran puramente mercenarios… no más que los suyos propios.

—Abróchate el maldito cinturón.

—¿Eso es un sí?

—Sí. Sujeto a más discusión.

Isabella asintió, abrochándoselo de nuevo.

—Esto es complicado.

«No tenía idea de cuánto.»

—Me gustan las complicaciones. Ahora bien, ¿vamos a cenar a Rooney's o llamo a Hans para que nos prepare algo de comida italiana?

—Sueles hacer eso —comentó.

—¿Hacer, qué?

—Dar opciones a una persona para que sienta que toma decisiones, pero en realidad eres tú quien lo controla todo.

Edward sonrió.

—¿Irlandés o italiano?

—¿Rooney's no se aparta un poco del estilo de James «Tengo Diamantes Hasta En El culo» Bond?

—No soy James Bond, ¡ay!, y deja de dar rodeos.

—Que sea un irlandés.

Y aquello también tenía sentido. Un lugar público en el que las discusiones personales no pudieran volverse demasiado personales. Así que más valía empezar antes de llegar al pub.

—Hablando de irlandés, háblame del tal O'Hannon que contrato a Billy Black para que a su vez te contratara a ti.

—Es escoria.

—Eso ya lo has dicho. ¿Qué más? Y sé todo lo franca que puedas.

Ella le lanzó una volátil sonrisa.

—Listillo. Tiene su base en Londres. De hecho, nunca sale de ella porque tiene miedo a volar, al agua y a los espacios cerrados. —Isabella subió la pierna y se sentó sobre ella para mirarle de medio lado—. No me gusta trabajar con él porque siempre exprime y escatima en el precio a su proveedor.

—¿Cómo es eso?

—Te dice que tiene un comprador para un objeto por cincuenta o cien pavos por debajo del precio de mercado, pero que es un trabajo fácil, bla, bla, bla. Así que aceptas y luego descubres que su comprador está dispuesto a pagar cincuenta o cien más sobre el precio de mercado.

—Lo cual se embolsaría él, sin porcentaje para el proveedor.

—Exacto, eso es.

Edward agarró el volante con algo más de fuerza, y mantuvo la vista clavada en la cada vez más oscura autopista.

—¿Si tuviera en marcha un buen negocio, pero que probablemente generase mucha publicidad, le echaría la culpa a alguien… sobre todo si se trata de alguien con quien no ha trabajado mucho o que quizá habla sin tapujos y le llama escoria?

Cullen le lanzó un rápido vistazo cuando ella no respondió. La boca de Bella formaba una adusta línea cuando le miró fijamente, sus ojos verdes iban adquiriendo un tono avellana a la luz del atardecer.

—Crees que la bomba estaba destinada a mí.

—¿Haría O'Hannon algo así, Isabella? —insistió.

—¡Dios! —Se pasó la mano por el cabello, y se quitó de un tirón la goma de modo que sus suaves y desaliñados rizos caoba cayeron a modo de cascada sobre sus hombros—. Podría. Eso explicaría algunas cosas. Maldita sea. ¡Joder, maldita sea!

Edward se apartó a un lado de la autopista, maldiciendo entre dientes, antes de que ella pudiera empezar a dar golpes a diestro y siniestro. Bella saltó del coche todavía en marcha, paseándose furiosamente arriba y abajo con las manos rígidas formando dos puños a ambos costados. Edward se unió a ella, pero apoyó el trasero contra el coche y dejó que echara chispas.

La idea de que pudiera haber sido ella el blanco se le había ocurrido la tarde en que se había colado por su claraboya. En aquel entonces no contaba con motivo alguno, tan sólo con un presentimiento. Desde entonces había descubierto el aviso de un ladrón de excepcional destreza ahora muerto, un trabajo encomendado a través de alguien en quien Isabella no confiaba y una losa de piedra desaparecida… pero no mucho más. Y la policía todavía menos.

—¿Por qué iba a tenderte una trampa? —preguntó.

—Por dinero. Es lo único que le motiva y lo único que le importa.

La observó pasar por su lado y hacerlo de nuevo en dirección contraria.

—Dime tu opinión sobre esta teoría —dijo mientras echaba un vistazo a su reloj. No tardaría en oscurecer, si ella era el objetivo, no quería exponerla en el arcén de una carretera como aquélla—. O'Hannon envió a Da Revin a robar la tablilla y a ti como oportuno chivo expiatorio. ¡Mierda!, a ti te mata la bomba que tú misma activaste distraídamente al intentar salir a salvo de la finca. Y después, como es escoria, O'Hannon se carga a Da Revin para no tener que compartir los beneficios.

—Podría valer, salvo por dos cosas: la primera es que O'Hannon es un cobarde, y no creo que tuviera agallas para matar ni a una mos…

La voz de Bella se fue apagando a medida que un BMW negro se aproximaba por la carretera, cambiaba al carril de salida más próximo y reducía la marcha al llegar hasta ellos. Edward dio un paso hacia la puerta del pasajero para estar más cerca de la pistola que había vuelto a guardar en la guantera momentos antes tras la protesta de Isabella. Pero el coche no se detuvo en medio del tráfico restante, y aceleró al pasar por su lado. Genial. Cuidado con los buenos samaritanos: policías y asesinos.

Isabella también mantuvo la mirada fija en el BMW.

—Y dos, si me hubiera matado, la policía esperaría que tuviera la tablilla conmigo. La losa ha desaparecido, así que tiene que haber alguien más implicado. Hubiera tenido que contratar a alguien, y todo esto habría menguado sus beneficios.

—Tal vez O'Hannon esperaba que diéramos por supuesto que la tablilla había sido destruida en la explosión, junto contigo.

—Tal vez. No se me ocurre por qué querría a Laurent muerto, si es que lo contrato en un principio. Los tipos que asesinan a sus proveedores no duran mucho en este negocio. —Bella se calmó mientras reflexionaba en voz alta, sus manos se relajaron lentamente y sus furiosas zancadas se tornaron en un paseo—. Necesito pensar en ello —farfulló, deteniéndose delante de él.

—Pensemos delante de un plato de pastel de carne con patatas y verduras —dijo, sujetando la puerta del pasajero para que ella entrara—. Vamos.

El tráfico de la autopista era bastante denso, dado que estaban en las inmediaciones de Palm Beach. Pero nadie más redujo la velocidad para echarles una ojeada y ambos se reincorporaron a la carretera sin mayor problema. A Edward le preocupaba más Isabella Swan que el tráfico. Por indeseable que considerara su trabajo, si alguien estaba intentado acabar con ella por ese motivo —o por cualquier otro—, tenía toda la intención de hacer algo para evitarlo. Ni siquiera estaba seguro de cuándo había tomado tal decisión, o de cuándo se había convertido en su guardaespaldas, sólo sabía que lo había hecho.

Quince minutos más tarde tomaron la calle Clematis y giraron hacia el aparcamiento de Rooney's. El pub parecía abarrotado, como de costumbre, y la música irlandesa flotaba hasta la calle. A pesar de la falta de privacidad, le gustaba aquel sitio; no era fácil encontrar un lugar en Florida que fuera genuinamente británico.

—Ah, señor Cullen —le saludó la camarera con una amplia sonrisa—. ¿Mesa para dos esta noche?

—Gracias, Annie. Al fondo, si es posible.

—Por supuesto que es posible.

Le indicó a Isabella que siguiera a Annie hacia el fondo del pub. Cuando estaba en la ciudad siempre le tenían una mesa reservada apartada de la concurrida barra, únicamente como deferencia a su predilección por la tranquilidad y la privacidad. Isabella tomó asiento de cara a la puerta principal, lo que no le sorprendió, y él dispuso su propia silla a un lado de la mesa para que estuvieran en ángulo recto y poder así ver la entrada a la sala de billares por encima del hombro de Bella. James Bond o no, comenzaba a sentirse como un maldito agente secreto.

Pidió una pinta de Guinness para cada uno y acto seguido se acercó disimuladamente a Isabella cuando se fue la camarera.

—Esto es algo poco corriente para ti, ¿no? —murmuró—. La bomba, no el pub.

—Es que no puedo creer que Laurent… —tragó saliva—. Pero no creo que supiera que yo estaba allí. De lo contrario no habría estado tan cabreado cuando le llamé.

—No me creo que O'Hannon estuviera dispuesto a utilizar, sin más, tu muerte a conveniencia.

—Eso es una suposición. Supongo que se trata de algo más que de conveniencia.

—Pues dime qué podría ser.

Isabella cesó en su escrutinio del lugar para mirarle. En sus labios se dibujaba una leve sonrisa.

—Pareces enfadado.

—Estoy enfadado. —Tomó la mano que ella tenía sobre la mesa y cerró los dedos en torno a su palma.

Ella se sobresaltó un poco, pero no retiró la mano.

—Esto lo cambia todo, ¿sabes? —dijo—. Si no estás en peligro, no tienes motivo para ayudarme a salir de ésta. —Isabella tomó aire—. De hecho, sería una estupidez por tu parte seguir involucrado en esto.

—Todavía sigue sin aparecer mi tablilla troyana —dijo en voz baja—. Y una vez que has dormido bajo mi techo, estás también bajo mi protección.

—Otra vez te comportas como un señor feudal, ¿no? ¿El conde de Palm Beach?

Sus labios se curvaron.

—Como tú dices, nadie merece morir por un objeto. Y voy a asegurarme de que no te suceda a ti.

—Eso es muy arrogante, su señoría. —Aun así, sus dedos se tensaron entre los de él—. Y te lo agradezco.

—Me has salvado la vida, Isabella. Justo es devolverte el favor.

Apareció una camarera con dos pintas y Bella se dedicó a tomar un largo trago. Jamás le había sucedido nada parecido a aquello. Se había quedado destrozada cuando la policía pilló a su padre en medio de un robo aparentemente sencillo, para sustraer un friso griego en miniatura, y fue arrestado. Un millar de posibilidades, un millar de planes diferentes para sacarle, escapar del país o perpetrar otro crimen para simular que su padre era inocente, nada había estado siquiera remotamente a punto de llegar a buen término. Incluso trazar planes estúpidos e inútiles había parecido mejor que el dolor sordo que le provocaba la idea de saberse sola.

Con el tiempo se había hecho a la idea de no poder verle, de no poder asistir al juicio y de no poder visitarle en prisión. Se había sentido aliviada cuando murió dos años atrás. Después de eso no había tenido que planear cada movimiento pensando en lo que debería hacer si de pronto él aparecía ante su puerta, y no había tenido que sentirse culpable por estar libre mientras que él estaba encerrado en una pequeña celda durante el resto de sus días.

Cada trabajo que hacía conllevaba cierto riesgo. Pero nadie había intentado matarla antes, y no había duda de que nadie había intentado usar a conveniencia su cadáver como chivo expiatorio. La conjetura de Ed era improbable, pero era lo que tenía más sentido hasta ahora.

Cullen pidió dos platos de pastel de carne con patatas y verduras mientras ella apuraba su pinta y pedía otra. Incluso después de una noche de sueño y de los puntos se sentía lastimada y magullada, por dentro y por fuera. Descubrir de labios de Black la implicación de O'Hannon hacía que encajaran algunas piezas más del rompecabezas, y por mucho que le cabreara la teoría de Cullen, la aceptaría. Necesitaba dar voz a algunas de sus propias teorías, y deseaba hacerlo con el hombre que se sentaba a su lado, bebiendo su cerveza con mucha más prudencia de la que ella había mostrado.

—Dijiste que Da Revin no habría tenido problema en matar a alguien —dijo, saludando con la cabeza a una pareja que pasaban por su lado, ambos mirándole con abierta curiosidad—, ¡pero no crees que te hubiera hecho daño!

—No lo creo, no. Pero, suponiendo que no supiera quién estaba detrás o que alguien le hubiera mentido al respecto, complica mucho más este asunto. Si no era para mí, entonces me gustaría saber si alguien te ha convertido en objetivo. En cualquier caso, eso tiene más sentido.

—¿Y eso por qué?

Llegaron sus platos y ella aspiró el olor de las verduras, patatas y la ternera caliente. Una vez que volvieron a quedarse solos, cortó la costra del puré de patatas y el vapor emergió del cuenco.

—Yo no valgo tal molestia, francamente —dijo.

—Permíteme que discrepe. —Su mandíbula seguía apretada; sus ojos habían mantenido su brillo de ira y tensión contenidas la mayor parte del camino de regreso desde el Butterfly World.

—Discrepa cuanto quieras, pero es verdad. Lo del dinero no tiene sentido. Ni siquiera por la tablilla. El diez por ciento es un buen pellizco por un robo y no logro imaginar a Laurent cometiendo un robo y un asesinato por 150.000 dólares.

—Así que O'Hannon o algún otro le pagó una cantidad superior por ello.

—¿Por qué? Todos los implicados deben sacar tajada —frunció el ceño—. Ni siquiera estoy segura de que Laurent realizara, para variar, algún trabajo como ése. Yo sólo lo acepté porque estaba aburrida. Mi tarifa, a menos que no me pagaran porque estuviera muerta, sería del diez por ciento, además de algo para quienquiera que eligiera a Laurent. En algún lugar debe de haber más dinero de por medio si el asesinato está incluido.

—A menos que sea personal.

—¿Contra mí?

Él se encogió de hombros.

—¿Has hecho algo especialmente vil últimamente?

—No que recuerde. ¿Y qué hay de ti?

—No que yo sepa. ¿Te llevas, llevabas, bien con Da Revin?

—Estábamos bien. Ni siquiera le había visto desde hacía casi un año. —Bella se concentró en su plato, y saboreó el sabor tierno y ligeramente picante bien acompañado con la Guinness. No era de extrañar que a Cullen le gustara comer allí—. En realidad, he estado… tranquila, últimamente.

Los ojos grises de Cullen se clavaron rápidamente en los suyos.

—¿Cómo es eso?

¡Dios!, no dejaba pasar nada sin comentar.

—¡Caramba! —dijo, imitando exageradamente el suave acento británico de Cullen, tratando de disimular una incómoda oleada de timidez. No estaba nada acostumbrada a hablar de sí misma—. No tiene importancia. El museo Norton recibió una dotación el pasado otoño y han estado llegando toda clase de obras. He estado ayudándoles a limpiar y catalogar.

—Tu trabajo honrado —dijo suavemente, una lenta sonrisa asomó de nuevo a su boca.

—Déjalo, inglés.

—Está bien. Cómete el pastel. Y deja hueco para la quinta esencia de la tarta de chocolate, yanqui.

Una brillante luz destelló en los ojos de Bella, que dio un salto y colocó de modo instintivo un brazo delante de Ed. Él se movió casi con la misma rapidez, agarrándola y sujetándola en la silla.

—Tranquila —susurró con la mirada puesta en un hombre de pie a unos pocos pasos de distancia que sujetaba una cámara en las manos—. La prensa.

—Mierda.

—¿Contento? —dijo Ed en voz alta—. Ya tiene su foto, así que tenga la bondad de dejarnos a mi amiga y a mí terminar la cena en paz.

El fotógrafo dibujó una amplia sonrisa y lanzó una mirada lasciva que hizo que deseara darle una patada en los dientes.

—¿Su «amiga» tiene nombre, señor Cullen?

La mano de Ed se tensó sobre su hombro.

—Si no se lo decimos, harán un mundo de un grano de arena —le murmuró al oído, haciendo que la acción pareciera una caricia—. Isabella Swan tiene un motivo justificado para ser vista en mi compañía —dijo con un tono de voz sorprendentemente tierno—. Confía un poco en mí.

Cada nervio de su cuerpo le pedía a gritos que echara a correr y se escondiera, y, por otra parte, sabía que él tenía razón. Exhaló aire trémulamente.

—Bella Swan —dijo con voz áspera y con lo que esperaba pareciera una sonrisa profesional.

—¿Y cuál es su relación?

—Soy su asesora de seguridad de sus obras de art…

—Estamos saliendo —dijo Cullen, superponiéndose a su explicación.

—«Cierra la pi…»

—Y me asesora en temas de seguridad —continuó con naturalidad—. ¿Algo más?

—No estaría mal una dirección.

—Si está tratando de incitarme para que le amenace, está a punto de conseguirlo. Necesitaré su carné de prensa. Ahora.

El jovial Edward Cullen había desaparecido, sustituido por el autoritario hombre de negocios sobre el que había oído hablar y del que había leído en Internet. Bella no se sorprendió lo más mínimo cuando el reportero bajó la cámara y buscó en su bolsillo su carné, y se entregó sin más comentario.

—Gracias, señor… Madeira —prosiguió Cullen—. Espero que el Post publique esta información de un modo fidedigno y respetuoso. Buenas noches.

—Buenas… noches.

Tan pronto el reportero se dio media vuelta, Bella le hincó el codo en las costillas a Cullen. Él se dobló por la cintura con un gruñido.

—Jamás vuelvas a hacer eso —siseó, retirando su silla y poniéndose en pie.

La agarró del brazo mientras se retorcía y tiró de ella para que se sentara de nuevo.

—Déjame las malditas presentaciones a mí —farfulló en respuesta, negándose a soltarla aun cuando ella volvió a empujarle.

—¿Qué es lo que te juegas tú?

—Quería que tu participación en nuestra investigación siguiera siendo discreta —replicó, apretando el brazo libre contra su tórax—. Quienquiera que pagara a Da Revin para que colocara ese explosivo podría saber únicamente que el ladrón que escapó era mujer. Yo suelo salir con mujeres de vez en cuando, Bella, y no utilizo seguridad personal. Ahora tú te distingues como experta en seguridad y en arte.

Ella cerró la boca de golpe. ¡Joder! Cullen la soltó, y ella se quedó sentada donde estaba, tratando de normalizar su respiración y buscando palabras que apenas —jamás—empleaba.

—Lo siento —dijo—. La he jodido.

—Son cosas que pasan —respondió con un gruñido—. Ahora tendremos que tener más cuidado contigo, eso es todo.

—No te he dado tan fuerte. —Bella alargó el brazo y le tocó el tórax—. ¿Estás bien?

—Me magullé algunas costillas la otra noche cuando una joven muy amable me hizo un placaje y me salvó la vida.

—Ay, Dios. Lo siento de veras, Ed. Yo sólo…

—No te ha gustado que dijera algo personal sobre ti, lo comprendo. El beso y todo eso de los recién casados era sólo de cara a la galería.

El hecho de que estuviera equivocado no la hacía sentirse mejor. No era propio de ella reaccionar de un modo tan violento a un pequeño subterfugio; joder, ella vivía de subterfugios.

—Black tenía razón —farfulló, apurando el resto de la cerveza—. Me estoy volviendo loca.

Ed hizo que se sentara con él durante el postre, y teniendo en cuenta que era chocolate y que estaba divino, Bella no puso demasiadas objeciones. Sin embargo, mientras volvían al coche ella le puso la mano en el brazo. Si había alguien que pretendía acabar con ella, no deseaba que su equipo estuviera desaprovechado a diez millas de ella.

—De acuerdo —aventuró—, dado que hasta el momento todo parece marchar bien en esta asociación, ¿sigue en pie la oferta de dejar mi coche en el aparcamiento de Harvard?

—Desde luego. —Si estaba sorprendido, se lo guardó para sí, ocultándole la mitad del rostro mientras pulsaba la llave y abría el Mercedes—. ¿Adónde?

Ella le dio la dirección y quince minutos más tarde frenaron junto a su soso Honda azul.

—Muy bien, ¿tendrías la bondad de guiarme hasta el garaje? —le pidió, bajando ágilmente del SLK.

Ed estudió su rostro bajo el alumbrado callejero.

—¿No vas a echar a correr a otra parte?

Ella negó con la cabeza, y deseó tener agallas para aferrarse o él o para huir en la noche.

—Sigues siendo mi mejor apuesta.

Ed aguardó con el ceño levemente fruncido a que ella pusiera en marcha el Honda y se incorporara a la carretera. La precaución con la que él conducía, asegurándose de que no les separaba la distancia u otro coche, hubiera resultado divertida en otras circunstancias, pero estaba demasiado ocupada deliberando si alguien podría quererla muerta como para apreciar nada más.

El guarda nocturno dio paso a Cullen, saludándole con la mano sin prácticamente parpadear, y fuera lo que fuese lo que Ed le dijera, la dejó entrar en el aparcamiento sin mediar palabra. Eligió un punto próximo a la salida, pero oculto a la vista de la calle, aparcó y se bajó.

—¿Llevas sitio en tu maletero para mis bártulos? —preguntó, inclinándose sobre la ventanilla del SLK.

—Eso depende. ¿Llevas escaleras y ganchos para escalar?

—Esas cosas las guardo en el bolso.

—No me sorprendería nada.

Ed apretó un botón y abrió el maletero mientas ella rodeaba el vehículo hasta la parte trasera del Honda y hacía lo mismo. Todo estaba intacto, gracias a Dios, y cargó su mochila en el coche de Ed mientras él se bajaba, seguida de un petate y de una maleta con un lado rígido donde guardaba sus herramientas más delicadas. Cerró el maletero y se apoyó contra él.

—Gracias.

—De nada. Pero tengo una pregunta —dijo Cullen cuando ella tomó de nuevo asiento a su lado en el SLK y emprendieron el camino hacia su finca.

Bella se recostó en el asiento de cuero, sintiéndose más relamida ahora que sus cosas y ella se habían reunido.

—Dispara.

—¿Alguna vez robas en el museo donde trabajas?

Se había acabado la charla informal.

—¿Te habrías divorciado de tu mujer si no la hubieras pillado con sir no-sé-qué?

—James Witherdale —dijo con un tono de voz más severo—. En Inglaterra denominaríamos esta conversación como mi toma y daca. ¿Estamos jugando a eso?

—Sí —decidió, calibrando su desagrado por hablar de su ex—. Tú respondes a mis preguntas y yo haré lo mismo con las tuyas.

—Trato hecho. Y la respuesta es sí, probablemente.

Aquello era inesperado.

—¿Por qué?

—Primero responde a mi pregunta, cielo.

Bella tomó aire. El tema de cuánto era necesario que él supiera y de cuánto deseaba contarle se iba complicando por momentos.

—No, no robo en el museo donde trabajo. Tu turno.

Él se encogió de hombros.

—Imagino que habría tardado algo más de tres años, pero… a ella no le agradaba mi estilo de vida.

—¿Las mujeres se arrojan a tus pies y te desnudan mentalmente siempre que cruzas una puerta?

—Por eso y por estar ocupado con los negocios la mayor parte del tiempo. —Tomó la autopista principal—. Tu turno. ¿Por qué no robas en el museo para el que trabajas?

—No robo en ningún museo —frunció el ceño en la oscuridad, viendo el pálido reflejo de su rostro en la ventanilla—. Es meramente una estupidez. Las cosas están… donde deben. Nadie controla la historia.

—No es una estupidez. Es interesante.

A su padre aquello le había parecido una estupidez. Pero había sido su empeño en asaltar museos y galerías lo que había hecho que terminaran por atraparle y condenarle. Cabrear a un coleccionista era muy diferente a cabrear a un país cuando se roba un tesoro nacional.

Bella dejó sus cavilaciones a un lado.

—¿Eras amigo de sir James Witherdale? Me refiero a antes.

—Sí. Fuimos juntos a Cambridge. Incluso fuimos compañeros de cuarto durante un año.

—Buenos amigos.

—Durante un tiempo. Pero él era extremadamente competitivo y me harté. Coches, negocios, tratos, mujeres.

—Entonces, ganó él.

Cullen la miró fugazmente.

—¿Porque me quitó a Tanya, quieres decir? Supongo que así es. Él… me engañó cuando afirmaba ser mi amigo. Y en realidad eso me puso más furioso que el que me quitara la esposa.

—No suelen engañarte a menudo.

—No, así es.

—Pero si estabas tan cabreado, ¿por qué dejaste que se quedaran con una de tus casas en Londres?

—Sabes mucho sobre mí, ¿no?

Ella le regaló una breve sonrisa.

—Sales en Internet.

—¡Qué bien! Dejé que se quedaran con la casa de Londres porque abreviaba los trámites de divorcio y porque parecía… justo, aunque no es que diera saltos de alegría. Sabía que ella no había sido feliz en nuestro matrimonio, y yo no hice mucho por enmendar la situación. —Se encogió de hombros—. Tal vez fuera para poder tener la última palabra.

Justo cuando Isabella comenzaba a felicitarse por haber obtenido un puñado de respuestas por el único precio de una pregunta, él redujo la velocidad y tomó el camino de entrada custodiado por dos aburridos policías. Esta vez apenas les dedicaron un fugaz vistazo antes de abrir la verja.

—Se están volviendo condescendientes —comentó, desperezándose mientras cruzaban por la avenida de palmeras y se detenían frente a la casa—. Tu cutre seguridad acaba de perder la mitad de su efectividad.

Bajaron del coche y Ed la tomó del brazo mientras se dirigían a la puerta delantera.

—Me debes una respuesta —murmuró, haciendo que se volviera hacia él.

Ella logró sonreír con aire de suficiencia.

—Pensé que ya me la habías dado tú. De acuerdo, ¿cuál es la pregunta?

Cullen la miró fijamente durante un momento. Alzó la mano para retirarle un mechón de cabello del rostro, acto seguido se inclinó y la besó. Suave, cálida y pausadamente, el calor se extendió por todas partes hasta los dedos de los pies. Su lengua se deslizó por sus dientes y Bella abrió la boca para él sin siquiera pensarlo. Se humedeció. Justo cuando pensaba que iba a fundirse en él, Ed se echó hacia atrás unos centímetros.

—¿Qué me respondes, Isabella? —susurró contra su boca.