Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 13

Sábado, 9:21 p.m.

Ed cedió cuando Bella le remolcó escaleras arriba con la boca unida a la suya. Se sobresaltó cuando los dedos de Bella rozaron su rígida polla a través de la tela mientras buscaba la llave de la puerta en el bolsillo de sus pantalones ¡Dios! Le hizo bajar de nuevo la cabeza con una amplia sonrisa, besándole ardientemente al tiempo que metía a tientas la llave en la cerradura y giraba el pomo.

Entraron a trompicones en el vestíbulo. Ed cerró y empujó a Isabella contra la pesada puerta de roble inglés, y sujetó su rostro entre las manos mientras la besaba. Sus lenguas juguetearon y se encontraron en un remolino de calor y lujuria —necesidad— mutua que casi le hizo perder el equilibrio. Dios, cuando Bella tomaba una decisión, no se contenía.

La deseaba allí mismo, sobre el suelo de mármol, sobre el sillón de la sala de estar más próxima, en la escalera. Únicamente saber que había varios guardias de seguridad deambulando por la finca a todas horas impidió que se tumbara en el suelo con ella. Mientras bajaba las manos por su espalda, apretándola contra sus caderas, recordó vagamente que no se había sentido así en mucho tiempo. El sexo era divertido; no era una arrebatadora necesidad de posesión. Hasta esa noche. Hasta Isabella Swan.

—Ed —gimió, tironeando de su camisa abierta por los brazos, arrojándola sobre el falso jarrón Ming y quitándole después la camiseta negra de los pantalones.

—Arriba —dijo, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad, para apartarse de ella otra vez.

La tomó de la mano antes de que, Bella pudiera discutir y la arrastró hacia las escaleras. No estaba seguro de qué habría hecho si ella hubiera respondido que no. Llevaba todo el día empalmado y dolorido desde que habían montado en el coche aquella mañana. Separar a la mujer de lo laboral le había vuelto loco. No tenía sentido que pudiera desearla y al mismo tiempo desaprobar lo que ella hacía. Por eso seguía buscando lagunas jurídicas. A ella le gustaba trabajar en museos y no robaba en ellos. No había motivo por el que no pudiera renunciar a una parte de su vida y continuar con la otra cuando obviamente tanto la disfrutaba.

En lo alto de las escaleras le asaltó de nuevo la necesidad de saborearla. Se detuvo en el descansillo para atraerla de nuevo hacia sí, saborear su boca, la suave piel caliente de su garganta. Sujetándola contra la pared con el peso de su cuerpo, introdujo la mano entre ambos y le desabrochó los vaqueros, y deslizó la mano bajo sus bragas para tomarla en ella. Ya estaba mojada para él.

—Travieso —susurró Isabella.

Ella gimió, apretándose con más fuerza contra él cuando deslizó un dedo en su interior. Todo cuanto había aprendido en la vida, mediante su propia experiencia y gracias a escuchar las historias de otros en su profesión, le decía que lo que hacía era muy mala idea. Clientes o víctimas… no se podía confiar en ninguno de los dos. Pero nada de lo que había hecho desde la noche de la explosión tenía lógica alguna.

Una sombra se movió hacia el fondo del vestíbulo y Bella se puso tensa. Bien estaba divertirse, pero no delante de testigos.

—Ed —murmuró con voz trémula, apartando bruscamente la boca de la suya y empujándole—, para.

Él pareció advertir que lo decía en serio, porque retiró la mano de sus vaqueros, y se volvió rápidamente cuando uno de los guardias de seguridad emergió de un pasillo interconectado y se dirigía hacia ellos. A juzgar por la expresión de concienzuda indiferencia, el guardia había visto con exactitud dónde su jefe había tenido puestas las manos, pero tras saludar con la cabeza siguió caminando hacia el ala oeste.

—Mierda —dijo Cullen con laboriosa respiración—. Vamos.

—No es buena idea —protestó con el último resquicio de cordura que le quedaba. Aquella cama no era su lugar, por mucho que estuviera comenzando a disfrutar de su compañía y sus atenciones… y de sus atrevidas manos. Edward le hacía perder la concentración. No podía ablandarse, su vida, y tal vez la de él, dependían de ello.

—Es una muy buena idea —respondió, besándola de nuevo apasionada y violentamente—. Quiero estar dentro de ti, Isabella.

—Es un pacto de negocios —refunfuñó, aun cuando le permitió que tirara de ella, una vez más, hacia el ala este de la casa dónde nunca había estado.

—No, no lo es —replicó, mirándola fijamente—. ¿Asustada? —preguntó, el tono de su voz la incitaba a admitirlo.

Bella buscó su boca de nuevo.

—Nunca.

Cuando él le hizo cruzar una puerta, y la cerró con llave después, Bella supo instintivamente que habían entrado en sus dominios privados. Ante ellos se extendía una enorme sala de estar, tenuemente iluminada por una lámpara en el rincón, decorada en tono azul marino y roble. Bella apostaría algo a que el acceso al lugar le estaba prohibido a los guardias de seguridad y a las cámaras.

—Muy bonito, señor duque —murmuró, luego perdió el aliento cuando él deslizó las manos debajo de su camisa para tomar sus pechos.

—Muy bonitas —convino, mordisqueándole suavemente el lóbulo de la oreja.

Al cuerno con el control. Podría detenerse más tarde. Bella le quitó la camisa por la cabeza, y pudo advertir el vendaje alrededor de sus costillas y en la parte superior del hombro. Lo sucedido les había marcado a ambos, y si ese hombre tan atractivo la deseaba, ¿quién era ella para discutir? El mañana podría esperar hasta el día siguiente. Esta noche iba a ser una chica con suerte.

La camiseta de Bella fue lo siguiente en caer al suelo, y mientras él la rodeaba con los brazos para desabrocharle el sujetador, ella se deleitaba con otro alucinante beso con un leve sabor a chocolate. Los pulgares de Ed rozaron sus pezones y Bella gimió de nuevo.

—Tenía intención de decírtelo antes —dijo, sujetándola a cierta distancia para poder trazar pausados círculos alrededor de sus pechos, pellizcando y haciendo rodar sus pezones entre los dedos índice y pulgar para que se endurecieran—, tienes unos pechos preciosos.

—Graci…

Ed agachó la cabeza y tomó su pecho izquierdo en la boca, chupando y acariciándolo con su lengua. Bella se arqueó contra él, enredando las manos en su oscuro cabello ondulado.

—Oh, Dios —murmuró; sus rodillas se convirtieron en gelatina.

Ambos se hundieron en el suelo justo al otro lado de la puerta, alfombrado como el resto de la sala de entrada en un oscuro tono índigo. Ed la tumbó para poder despojarle de los vaqueros prestados.

—Tampoco he piropeado tu estupendo culo —dijo, inclinándose para recorrer con enloquecedora lentitud con la lengua desde la parte entre sus pechos hasta la cinturilla de sus braguitas—. No me pareció apropiado hacerlo cuando estaba aplicando el súper pegamento.

—Eres todo un caballero —acertó a decir, levantando las caderas para que él pudiera quitarle la ropa interior.

Con una sonrisa, Ed arrojó las escuetas prendas por encima de su hombro.

—No, no lo soy —respondió, separándole más las rodillas para proseguir el sendero descendiente de su lengua. Bajó aún más la cabeza hasta la zona de oscuro vello, dispuesto a conducirla al borde del frenesí con su boca y sus dedos expertos. A continuación, deslizó un dedo nuevamente en su interior, y ella se sacudió.

«¡Por Dios bendito!» Bueno, no iba a ser la única que perdiera el control.

—Ven aquí —jadeó, tirando de él hacia arriba para poder alcanzar el broche de sus tensos vaqueros. Se sentó para poder desabrocharlos, y lo hizo lentamente, sonriendo un tanto falta de aliento mientras las manos de él cubrían las suyas para apresurarla. Isabella le acercó más hacia sí, tirando de una presilla del cinturón, y a continuación tomó en la boca un endurecido pezón masculino y lo lamió con fuerza. Él gimió, una mano enroscada en su cabello mientras terminaba de desabrocharse los pantalones con la otra.

Le bajó los pantalones hasta las rodillas, preguntándose por un fugaz instante si era sólo su dinero lo que mantenía satisfechas a todas esas muñecas de los calendarios de ropa de baño. No, no era sólo su dinero.

—Bonita polla —susurró mientras rodeaba su duro y erecto pene con los dedos y acariciaba su longitud mientras él echaba la cabeza hacia atrás.

—Gracias. La estás viendo en su mejor momento.

Edward era glorioso, delgado, musculoso y con el cuerpo propio de un deportista profesional más que de un millonario. La tendió nuevamente de espaldas. Una caliente neblina inundó su mente mientras él descendía sobre ella una vez más, tomando de nuevo su boca en un profundo y apasionado beso. Con los dedos en su cabello, le hizo deslizarse por su cuerpo hasta que él se detuvo una vez más entre sus piernas a saborear su fruto. Dios, en Internet no mencionaban lo bueno que era en la cama… o en el suelo. Arqueó la espalda cuando su lengua se introdujo en su interior.

—Oh, Dios mío —gimió.

—Isabella —murmuró, ascendiendo otra vez para trazar con su lengua lánguidos círculos por sus hombros y chupar su pecho nuevamente.

Ella hundió los dedos en los tensos músculos de su espalda. «Relájate» —se dijo. Ya se preocuparía más tarde por el control y las decisiones—. «Limítate a disfrutar; limítate a ser.» El placer fue aumentando dentro de ella mientras sus pausadas y expertas manos descendían por su cuerpo, desde los pechos a los dedos de los pies, y subían de nuevo guiadas por su boca hasta que Bella apenas podía respirar entre jadeos.

—Ed, Edward, te quiero dentro de mí. Ahora.

—Yo… ¡Joder! —Se levantó, apartándose de ella.

—¿Qué? ¿Qué, maldita sea? —De pronto sintió frío. Y se sintió muy, muy cabreada. Alguien tendría que darle una buena paliza a Ed.

—No te muevas. Enseguida vuelvo.

Observó cómo se dirigía, completamente excitado y magnífico, al baño y salía un momento después.

—Ah, el chubasquero del amor —susurró, alzando los brazos para rodearle el cuello y hacer que volviera junto a ella. Ed hacía que su cerebro estuviera tan empañado por la lujuria que ni siquiera había pensado en la protección, y eso no era propio de ella.

Aunque tampoco lo era irse a la cama, o al suelo, con alguien como Edward Cullen.

—Preparada o no —murmuró, separándole suavemente las rodillas.

—Preparada. Definitivamente preparada. —Él se deslizó en su interior con agónica lentitud. Bella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos mientras la llenaba; la ardiente y rígida extensión de su cuerpo dentro de ella era tan exquisita que apenas podía respirar.

—No, Isabella. Mírame —gruñó, hundiéndose completamente en su interior.

Se apretó contra él, obligándose a abrir los ojos para clavarlos en su oscura mirada plateada. Le sentía enorme y duro como una roca cuando comenzó a mover las caderas y se arqueó para salir a su encuentro. Fuego. Él era como fuego y ella ardía. El calor la abrasó. Bella deslizó los brazos alrededor de su cuello y enroscó los tobillos en torno a sus caderas al tiempo que él se movía. Hundió las manos en su espalda, en sus nalgas, correspondiendo a cada uno de sus envites, sintiéndose colmada y tensándose hasta que, con un débil gemido, se fragmentó en mil pedazos.

Ed redujo el ritmo, pero siguió moviéndose dentro y fuera, dentro y fuera.

—Mmm. Sentirte es algo maravilloso —murmuró.

Bella no podía articular palabra, no podía hacer otra cosa que jadear en busca de aire y flotar en la blanca bruma que inundaba su mente. Ella siguió y siguió, la pausada cadencia de Ed la impulsó más allá de donde jamás había ido.

—¡Dios! —farfulló, obligándose a que sus ojos enfocaran—. Haz, eso otra vez.

Ed rio entre dientes, inclinándose para besarla de nuevo.

—No pienso detenerme.

Aumentando el ritmo, llevó las manos a la espalda para subir sus piernas alrededor de su cintura. Ella le complació y el movimiento hizo que la penetrara más profundamente y con mayor fuerza. Mientras Bella sentía la tensión crecer entre ambos, flexionó los músculos del abdomen, apretándose a su alrededor. Joder, no en vano hacía ejercicio.

Él gimió, plantando las manos sobre sus hombros y embistiendo profunda, fuerte y rápidamente. Bella alcanzó el orgasmo de nuevo con sorprendente intensidad, arrastrándole consigo.

Ed se corrió con un profundo gemido de satisfacción, dejó caer su peso sobre ella y apoyó la cabeza en el suelo junto a su cuello. Isabella siguió rodeándole con los brazos, y finalmente cerró los ojos. Mientras escuchaba su áspera respiración en su oído y sentía el corazón de ambos latiendo fuertemente al unísono, comprendió lo que hacía que le deseara tanto. Se sentía segura en los brazos de Edward Cullen.

Momentos más tarde, él levantó la cabeza, con su oscuro cabello cayéndole sobre un ojo, para mirarla.

—El dormitorio está por allí. ¿Vamos?

Ella rio sin aliento, besándole de nuevo, recorriendo con dedos la recta y sudorosa línea de su columna.

—¿Cuántos «chubasqueros» tienes?

—No los suficientes, francamente —respondió, poniéndose en pie y tirando de ella para tomarla en brazos y llevarla desnuda a la habitación azul oscura.

Edward abrió lentamente los ojos, con cuidado de no moverse. Una semana antes, lo último que hubiera esperado habría sido despertar en la cama con alguien como Isabella Swan a su lado. Ahora ella yacía acurrucada junto a él con una mano sobre su torso y su suave y firme respiración junto a su oreja. El pelo caoba le caía sobre el rostro y a él le hacía cosquillas en el hombro. El brazo que Ed tenía debajo de ella estaba completamente entumecido, pero no le importaba. ¡Santo Dios, menuda noche! No había errado al apreciar que aprendía mediante la experiencia táctil; no creía que quedara un solo centímetro de su cuerpo que Bella no hubiera explorado con sus manos o su boca.

Había habido otras mujeres, tanto antes como después de Tanya: modelos y actrices en su mayoría, puesto que a éstas les traía sin cuidado la falta de privacidad que por lo general conllevaba ser vistas en su compañía, o el escaso tiempo que pasaba con ellas entre una aventura y otra. Con Isabella ambos temas iban a suponer un problema. Su necesidad de privacidad era parte integral de ella tanto como sus manos. Y quedaba el hecho de que se marcharía tan pronto como averiguaran lo que estaba sucediendo, para proseguir con su vida como hasta entonces había hecho. Bella estaba muy equivocada a ese respecto.

Sus ojos se abrieron, inmediatamente alerta, recordando al instante dónde se encontraba y por qué.

—Mmm. Buenos días —dijo con una sonrisa coqueta, desperezándose como una gata.

—Buenos días.

Él recuperó su brazo y flexionó los dedos para que circulara la sangre. Colocó el brazo superviviente bajo la cabeza para observarla, para contemplar la contracción de los músculos bajo su piel mientras se sentaba, la satisfacción de su rostro y la elevación de sus erguidos pechos mientras estiraba los brazos por encima de la cabeza. A pesar de que iba a tener que molestarse en comprar otra maldita caja de condones, se puso duro de nuevo.

Ella desvió los ojos por la sábana justo por debajo de su cintura.

—¡Qué bárbaro! Pensaba que los ingleses erais tranquilos y aburridos.

—¿Vamos a por el séptimo polvo? —murmuró, y se acomodó a su lado, ahuecó la mano sobre su pecho izquierdo, y sintió aumentar y endurecerse el pezón contra la presión de su palma.

—¡Dios!, ¿el séptimo? —dijo, arqueando la espalda ante su contacto—. Creí que no era más que un orgasmo continuo.

—Puede que para ti. A mí la protección me obliga a llevar la cuenta.

Isabella rompió a reír, volviéndose para lanzarle los brazos alrededor del cuello y besarle en la boca, las orejas, la garganta, el pecho, en cualquier parte que pudiera alcanzar su boca. La noche anterior se había mostrado franca y muy receptiva, pero ésa era la primera vez que la había oído reír de verdad. Devolviéndole una sonrisa de oreja a oreja, la levantó en su regazo, con cuidado de no tirar de los puntos en su muslo cuando le colocó las piernas alrededor de la cintura y lentamente la penetró con su longitud.

Se había hecho considerablemente tarde cuando terminaron, se había perdido otra reunión por la venta de la WNBT, y ambos estaban hambrientos.

—Llamaré para que Reinaldo nos suba algo de desayunar —dijo, alargando el brazo al teléfono de la mesilla de noche.

Ella se tumbó boca abajo donde él la había dejado después del último jolgorio.

—No. Necesito una ducha. Algo que ponerme y ropa interior limpia.

—Pediré que lo traigan.

Isabella volvió la cara hacia él.

—No vas a comprarme ropa interior —declaró—. Tengo una muda en el bolso, en el coche.

—Pues pediré que te la suban —respondió, vagamente irritado—. A menos que estés intentando escapar.

Le dedicó una sonrisa de suficiencia, poniéndose de costado para mirarle fijamente.

—Estoy desnuda en tu cama, su señoría. Pero seguimos teniendo un trato que no tiene que ver con el sexo.

—Seguiremos teniendo un trato, aunque pida que nos traigan comida y ropa.

—Eh, tipo rico —replicó, sentándose y bajando las piernas por un lateral de la cama—, deja de alardear. No me impresiona tu habilidad para comprar braguitas rosas. Ve a buscarme una bata o algo.

—Están colgadas detrás de la puerta del baño. Ve tú a por ello, ladrona.

Bajó de la cama después de brindarle una rápida sonrisa y un beso en la mejilla, y se marchó correteando desnuda de la habitación. Edward se incorporó de nuevo para verla marchar. Seguía sin comprenderla. Era condenadamente fuerte, pero tan delicada a la vez. Isabella Swan le fascinaba, y pasar una noche dentro de ella, sobre ella, debajo de ella y a su lado no había hecho que menguara aquella sensación lo más mínimo.

También él deseaba darse una ducha, y unirse a ella en el cuarto de baño le parecía una muy buena idea. Se puso en pie con un gruñido. En treinta y tres años de vida no había conocido demasiadas noches como aquélla. Joder, ni siquiera se acordaba de alguna, así, de pronto. Luciendo una amplia sonrisa se encaminó por entre los restos de ropa de la noche anterior que estaban dispersos por la sala de estar. Ella salía del baño justo cuando llegó él.

—Voy a bajar al coche —dijo, ciñéndose una bata de seda blanca a la cintura.

Edward alargó la mano detrás de la puerta, sacó otra y se la puso.

—Iré contigo.

—No voy a fugarme —dijo, suavizando la queja al ajustarle la bata azul y atársela a la cintura.

Ed esperó a que ella añadiera un «todavía», pero a pesar de que no lo hizo, la palabra parecía flotar en el aire. La atrajo contra sí mientras se obligaba a sonreír y la besó.

—Quiero asegurarme de que me dejas algo de desayuno.

—De acuerdo.

Edward se pasó la mano por el pelo para no espantar al servicio y la siguió escaleras abajo. Ella se dirigió hacia la puerta principal y él le rodeó la cintura con el brazo.

—Estará en el garaje —dijo, conduciéndola hacia el fondo de la casa.

Tal como esperaba, Bella toleró que su brazo la rodeara durante unos momentos, luego se zafó de él. No creía que fuera la manifestación pública de afecto lo que la molestaba; por el contrario, salvo la noche anterior, parecía tener cierta necesidad de espacio a su alrededor, literal y figurativamente. Bueno, tendría que esforzarse por hacer que comprendiera que ir de la mano no significaba que fuera vulnerable, débil o que estuviera atrapada. No en lo que a él respectaba. Por esa mañana le bastaba con quedarse detrás de ella y observar cómo se meneaba su trasero bajo la suave seda.

No ponía en duda que ella supiera dónde estaba situado el garaje; había mencionado haber estudiado los planos de la casa. Tampoco le sorprendió su reacción cuando cruzaron la puerta junto a la cocina.

—¡Ay que joderse! —exclamó, su voz resonó bajo el alto techo—. Esto no es un garaje; es un… estadio.

—Me gustan los coches —dijo a modo de explicación, tomándola de la mano para sortear con ella la multitud de vehículos nuevos y antiguos en dirección al SLK amarillo—. ¿Alguna vez has practicado sexo en el asiento trasero de un Rolls Royce? —Deslizó la mano en el bolsillo de su bata, y le acarició el muslo a través de la delgada tela.

Ella le sonrió con malicia.

—No, no que yo recuerde.

—Tendremos que remediarlo. ¿Qué te parece un Bentley?

—¡Déjalo ya! Vas a acabar conmigo.

Ni siquiera le preocupó parecer, sin duda, un hombre engreído y pagado de sí mismo cuando abrió el maletero del SLK.

—Podríamos llevarlo arriba —dijo, cogiendo una de las bolsas.

Ella sacó su mochila.

—¿No te importa que este material esté en tu casa?

—Tú estás en mi casa —respondió, luego se tragó el resto de lo que iba a decir al verla bajar la vista.

Los nudillos de Ed rozaron algo duro y plano que estaba medio fuera del petate. Con el ceño fruncido abrió el saco para extraer el paquete envuelto en tela y empujarlo de nuevo dentro.

—Eh, eso es propiedad privad… —Su voz se fue apagando cuando el semblante de Ed se volvió impenetrable. Se le contrajo la garganta y Bella siguió su mirada—. Oh, Dios mío.