Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Capítulo 14
Domingo, 10:36 a.m.
—Buenos días, señor Cullen. Espero que no le moleste que haya entrado sin permiso, pero su guardia de seguridad dijo que estaba usted aquí. —El detective McCarty atravesó las amplias puertas dobles de acceso al garaje.
Con una maldición Edward metió apresuradamente otra vez la tablilla troyana en el petate y se dio media vuelta. ¡Por todos los santos! Junto a él Isabella se había puesto blanca como la pared, sus manos aferraban la mochila con tanta fuerza que podía ver los tendones de sus nudillos. Únicamente los años pasados como un muy disciplinado ejecutivo de éxito mantuvieron serena la expresión de su rostro y sus ojos.
—Detective McCarty. Pensaba que nos encontraríamos más tarde en el despacho de Hale.
—Sí, pero se me ocurrió que se sentiría más cómodo aquí. Además, he visto cómo conduce cuando está enfadado, y no quería poner a los ciudadanos de a pie en peligro. —Sus penetrantes ojos oscuros contemplaron con detenimiento el par de batas, dos pares de pies descalzos y el modo en que los hombros de Cullen y de Swan se rozaban.
Edward asintió, manteniendo una fría sonrisa levemente irritada en la cara. Sabía que McCarty los había visto tocarse y era consciente de que de ahí en adelante las acciones de Isabella repercutirían en él… y viceversa. Y teniendo en cuenta lo que había en su petate, ambos estaban hasta el cuello de problemas.
—En realidad, detective, creo que estaríamos más cómodos en la cocina —dijo—. Si le parece bien.
—¿La oferta viene acompañada de un café?
—Así es. —A primera vista no había nada en las cosas de Isabella que indicaran que eran herramientas de un ladrón, pero McCarty ya tenía sus dudas acerca de su historia. Y, sorprendentemente, lo primero en lo que pensó Edward fue en protegerla… incluso con la maldita tablilla en su petate. «¡Maldita sea!» Tenía ganas de darle un puñetazo a algo, pero en vez de eso terminó de sacar el petate y la maleta rígida del maletero—. ¿Sería tan amable de concedernos unos minutos para vestirnos?
El detective se encogió de hombros.
—Claro. ¿Necesita ayuda para llevar eso?
—No, me parece que nos las podemos arreglar muy bien. —Isabella había recobrado la capacidad de hablar y ahora parecía sosegada e impasible como de costumbre. Tan impasible como una ladrona y embustera profesional—. Solamente estoy trasladando algunas de mis… cosas personales —prosiguió.
—Claro. Esta mañana he leído en el periódico que están saliendo. —McCarty dio un paso atrás cuando Edward se cargó el petate al hombro—. Podrían haberlo mencionado ayer. Y si me permite que le pregunte, señorita Swan —continuó el detective mientras caminaba detrás de ellos—, ¿de dónde está trasladando sus pertenencias personales? Es decir, la busqué en el ordenador, pero no aparecía un lugar de residencia. Ni siquiera un carné de conducir.
«Estupendo. Probablemente su coche también era robado.» Edward no estaba seguro de si estaba más furioso con ella o consigo mismo por haber sido engañado. Y ahora ocultaba pruebas —y criminales, al parecer— a la policía; todo porque no podía librarse de su obsesión por una mujer que ya había admitido que no paraba de mentir.
—Me alojaba en casa de un amigo —respondió con una pequeña mueca—. No se ofenda, pero con la reputación de mi padre, suelo verme hostigada por la policía cuando me establezco en algún lugar. Es más sencillo no hacerlo. Establecerme, quiero decir.
—Alguien, usted, debería escribir un libro sobre su padre.
Isabella dejó escapar un bufido.
—Nadie lo creería. Además, él se aseguró de que me mantuviera al margen.
El detective sonrió a cambio.
—Aun así, apuesto a que tiene algunas historias.
—Invíteme a una cerveza un día de éstos y le contaré lo que sé.
—Trato hecho.
Isabella encandilaba a todo el mundo.
—Le pediré a Hans que le traiga un café, detective —intervino Edward—. ¿Podría esperarnos quince minutos?
—Que sean veinte —convino McCarty, dejando que le condujeran a la cocina, donde Edward dio instrucciones de que prepararan café y el desayuno.
Tan pronto se cerró la puerta tras ellos, Edward se volvió velozmente hacia Isabella.
—¿Qué narices…?
Ella se acercó y le besó. No era pasión; sus labios estaban tensos y temblaban levemente, pero le hizo callar.
—Aquí no —susurró—. Seguridad.
«Mierda.»
—En mi cuarto —espetó, cargando de nuevo con el petate y alejándose. Sabía que ella le seguiría; tenía en su poder la maldita tablilla de piedra.
Edward cerró la puerta de golpe cuando ella entró después de él.
—¿Por qué me has mentido? —bramó, dejando la bolsa en el sofá.
Isabella se estremeció ante el veneno que destilaba su voz.
—No lo he hecho.
—¡Maldita sea! ¡Debería entregarte a McCarty ahora mismo! —Se pasó la mano por el pelo como si prefiriera realizar una acción más violenta que gritar. Este hombre de duros y helados ojos era quien poseía una buena porción del mundo… y obviamente Bella se había topado con su lado malo. Más de ciento ochenta y cinco centímetros de británico cabreado la fulminaba con la mirada mientras ella se paseaba como un lobo buscando un punto vulnerable en el que hincar las fauces.
Había llegado el momento de recordarle que también ella tenía dientes.
—No sé qué está pasando —espetó, negándose a retroceder—. Yo no la puse ahí.
—No soy estúpido, Isabella —gruñó.
—Y yo te digo que no estoy mintiendo. Alguien…
—¿Qué, alguien la puso ahí? Sea cual sea el maldito juego al que estás jugando, se acabó. Ya.
—¿Por qué no lo compruebas con Hale? Parece que vive dentro de tu bolsillo. Dudo que haya alguien que disponga de mejor acceso a ti y a tu propie…
—¡No cambies de tema! ¡Este petate es tuyo!
—Yo no lo he hecho, Ed —susurró, incapaz de mantener la voz firme. Se había pasado la vida danzando al borde de un vórtice. Cuando su padre fue arrestado había sentido como si la succionara, tratando de arrastrarla a sus profundidades, pero había logrado mantenerse en pie. Ahora, por primera vez, había tropezado y caído dentro. No se le ocurría ninguna acción, ninguna mentira, ni siquiera alguna verdad que la sacara de ello—. Yo no lo he hecho. Y ésa es la verdad.
—Viniste aquí a por ella.
—Por supuesto que sí. Nunca he mentido sobre eso. Pero yo no me la llevé. De haberlo hecho, no habría vuelto en busca de tu ayuda. Y mucho menos la habría traído conmigo. No sé qué está pasando, pero a mí tampoco me gusta que me tomen por tonta.
—¿Pues cómo ha llegado aquí? —exigió, sacando la losa.
—No… —Se detuvo. Mientras siguiera negando sus acusaciones, y manteniéndose a la defensiva, no sería capaz de pensar—. Déjame verla —dijo con voz más calmada.
Él la miró airado, sus hombros se alzaron al inspirar profundamente.
—Y una mierda. Ponte algo de ropa. Voy a llamar a Jasper antes de que McCarty descubra qué está pasando. —La apuntó con un dedo, acto seguido apretó la mandíbula, y cerró la mano con fuerza en un puño—. ¡Maldita sea, Isabella! ¿Qué crees que vas a sacar con ello?
Ella sacudió la cabeza, deseando que la creyera.
—Nada. Anderson murió mientras alguien, mientras Laurent, robaba la tablilla. Y luego muere Laurent, imagino que a manos de aquel para quien estuviera trabajando. No tiene sentido que eso estuviera en mi mochila. No cuando dos personas han muerto ya por su causa. Alguien lo desea lo suficiente como para matar por ello. Dos veces.
Por primera vez desde que entraron en la habitación Ed le quitó los ojos de encima para mirar la antigua piedra desconchada que sostenía en la mano.
—No, no tiene sentido —dijo al fin—. Nada de esto lo tiene.
—Para alguien sí que lo tiene. —Sintiendo cómo se iba atemperando su ira, Bella fue un paso más allá—. Alguien que acaba de renunciar a un millón de dólares para acusarme de asesinato. Déjame verla.
Su mirada se paseó de ella hasta el teléfono de la mesa del fondo. Bella sabía lo que él estaba pensando, estaba tratando de decidir qué hacer: si acudía a McCarty, probablemente ambos serían arrestados. Si llamaba a Hale, él posiblemente saldría de aquello, pero ella no. Después del medio minuto más largo de su vida, él le tendió la tablilla.
Bella dejó salir el aire que había estado conteniendo.
—Gracias —dijo antes de tomar la piedra.
—¿Por qué? —gruñó.
—Por no… —Una inesperada lágrima rodó por su cara y Bella se la enjugó, sorprendida y preocupada. Ella nunca lloraba. Jamás—. Por darme otra oportunidad para averiguar de qué va esto —se corrigió.
Edward se sentía como si acabara de entrar en un abismo con los ojos cerrados, al confiar con fe ciega en encontrar un puente bajo sus pies. Pero a Bella le temblaba la mano cuando él le puso la piedra en ella. Aquélla era la primera vez que la había visto ponerse realmente nerviosa.
—Es preciosa —murmuró mientras con los dedos recorría la áspera superficie, tallada con runas y símbolos por algún escribano muerto hacía más de tres mil años.
Ella contuvo el aliento. Eso, más que cualquier cosa que pudiera decir, convenció a Ed de que jamás la había tocado antes. Pero, claro, deseaba realmente estar convencido de su inocencia.
Más aún, no quería sentir esa desgarradora… decepción otra vez, tal como había sentido cuando había abierto la puerta y descubierto a Tanya y a James revolcándose en su cama hacía tres años, y tal como había sentido cuando había abierto su petate en el garaje unos minutos antes. Y por eso mismo mantuvo los ojos y toda su atención centrada en ella mientras se paseaba por la habitación, tablilla en mano, y recorría sus marcas con los dedos.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En que alguien se ha tomado muchas molestias para hacerme parecer culpable —dijo pausadamente—. Nadie sabía dónde estaba mi coche. Ni siquiera Black, ni Harvard.
Rechazando su paranoia con respecto a Jasper, Ed se sentó pesadamente en el sillón junto al petate.
—¿Podrían haberlo hecho antes de que pusieras las bolsas en tu coche?
Isabella negó con la cabeza.
—El petate estaba debajo de mi cama. Después de marcharme de casa de Black me quedé un par de días en la mía hasta que apareció la policía.
—Te das cuenta de que no te estás ayudando —advirtió Edward, algo más convencido por esa idea. De haber sido ella culpable, ya se le habría ocurrido una excusa. A Bella le gustaban las respuestas, igual que a él, y era hábil proporcionándolas.
—¿Por qué abriste el petate en el garaje? —preguntó.
Edward enarcó una ceja.
—¿Ahora vas a acusarme a mí?
Ella dejó escapar un sonido de frustración.
—¿Demasiada paranoia? ¿Qué te llevó a abrir el petate? —repitió y comenzó a pasearse de nuevo.
—En realidad el bulto asomaba parcialmente y abrí la bolsa para meterlo dentro otra… vez —frunció el ceño—. Tú no lo habrías arrojado dentro de cualquier modo. Habrías sido cuidadosa y reverente, tal como la sostienes ahora.
—Bueno, alguien quiere que pienses que yo robé esto, después de que intentaran apartarme de ello antes —dijo, volviendo al sillón y sentándose junto a él.
—Eso significa que tú eras el objetivo, ni yo ni mi personal.
La expresión de Bella se alteró un tanto.
—Mierda, alguien me odia de verdad.
—O alguien te quiere fuera de su camino. Pero ¿por qué? ¿Por qué contratarte para después intentar matarte y luego poner pruebas en tu contra cuando eso no funcionó?
—¿Y por qué renunciar a la tablilla?
—Encontrarla entre tus cosas probablemente haría que la policía dejara de buscar.
Ella asintió.
—Yo me lo tragaría si fuera McCarty —convino, levantando la tablilla en la mano—. Pero… ¡Mierda! Hay algo que no encaja.
—¿El qué?
—Yo, o la mujer misteriosa que fingimos que no soy, sigue siendo la única otra sospechosa, ¿no? Ya estoy metida en un lío por esto, con o sin la tablilla.
Ed echó un vistazo al reloj de la pared.
—Lo que me recuerda que McCarty debe de estar preguntándose dónde me he metido.
Bella le quitó el paño y lo depositó junto con la tablilla sobre la mesa de café.
—¿Tienes alguna información sobre la tablilla?
—Tengo una copia del informe del seguro y fotos en mi despacho. ¿Por qué?
—¿Puedo cogerlas mientras te cambias?
—La puerta está cerrada con llave.
Se puso en pie y le dirigió una veloz sonrisa, aunque sus ojos conservaban aún la expresión más preocupada que había visto en ellos.
—Eso no es problema.
Se levantó mientras ella se encaminaba hacia la puerta.
—Isabella, yo…
Ella se volvió y se acercó al él.
—No digas nada que te meta en líos, Ed. Parece que cada vez que das un paso para ayudarme te arriesgas a llenarte de mierda hasta el cuello. —Respiró hondo y le agarró de la parte delantera de la bata—. Pero si… si tienes que contarle algo a McCarty, ¿podrías gritar o algo así? Para que pueda sacar una cabeza de ventaja.
Fuera lo que fuese lo que estaba pasando, no iba a decirle nada a McCarty. Todavía no. Y el motivo era muy simple: no estaba preparado para dejar que ella se le escapara. Edward le pasó un mechón de pelo caoba detrás de la oreja.
—Si te entrego a McCarty, será porque esté convencido de que tú lo has hecho. Y en ese caso, no te advertiré.
—Me parece justo.
La besó, soltándola de mala gana cuando ella volvió a deslizarse hacia el pasillo. Habían sobrepasado el punto en que podía poner distancia de por medio entre ambos; Dios, había sido él mismo quien anunciara al periodista que estaban saliendo. Y comprendió, aun cuando ella no lo hiciera, que aquélla no era una alianza como otra cualquiera. Había sido engañado en asociaciones de negocios con anterioridad, y nunca se había puesto ni remotamente tan furioso como esa misma mañana.
Tal y como marchaban las cosas, si ella le estaba mintiendo, ninguno de los dos iba a salir de aquello con vida.
En lo que a Bella respectaba, a medida que el rastro se iba complicando, parte de aquello también se volvía más simple. No había hecho a Ed partícipe de su nueva teoría, y no lo haría hasta que estuviera segura. Sin embargo, todos y cada uno de sus instintos le gritaban que quien había puesto en marcha la inesperada reaparición de la tablilla tenía fácil acceso a la propiedad… demasiado fácil para ser un intruso. Eso no explicaba la maldita bomba, pero no iba a pasar nada, ni a nadie, por alto.
Bella abrió la puerta del despacho de Ed con un clip, haciendo que pareciera que tenía una llave por si pasaba alguna patrulla de seguridad y por su propia paz mental. Era más difícil de lo que esperaba colarse dentro, como si tuviera todo el derecho de estar allí y de revolver en sus archivos; lo cual resultaba extraño dado que acostumbraba a hacerlo sin permiso. Obviamente, Cullen la estaba afectando.
Las fotos de la tablilla y un detallado historial de propiedad estaban en un archivo marcado con un número que supuso formaba parte del sistema referencial de su extensa colección de arte y antigüedades. La idea de estar ahí y rebuscar en él le hacía sentir como si estuviera cometiendo un robo después de haber dado su palabra de comportarse bien, de modo que tomo el expediente y dejó el despacho en favor de la relativa seguridad de la suite privada de Ed.
Seguridad. Hasta la noche anterior no había comprendido lo extraño que se había vuelto para ella tal concepto. Parecía como si… como si nunca se hubiera sentido relajada y en paz, y a salvo. Y la segundad era un poderoso afrodisíaco… casi tan poderoso como el atractivo del propio Edward Cullen.
—Peligro, Will Robinson, peligro, peligro1 —farfulló, colocando la carpeta junto a la tablilla y rebuscando la ropa limpia en el fondo de su petate.
La situación se estaba volviendo extremadamente peligrosa, y no sólo porque estaba muriendo gente y porque la policía se paseara a voluntad por la propiedad. No había sido en su propia seguridad en lo primero en lo que había pensado aquella mañana al ver el rostro de Ed y seguir su mirada hasta la tablilla que sostenía en su mano. Había sido en que él no iba a creer que no había sido ella la responsable. Se suponía que debía preocuparse por ella antes que por nadie más. Ésa era la regla número uno. Cuidar de uno mismo.
Desobedeciendo la regla número uno por segunda vez aquella mañana, fue al baño de Ed a tomar una ducha en vez de retomar su exhaustivo examen de la tablilla. Necesitaba pensar las cosas, y la ducha era estupenda para ello. Y además tampoco quería tocar la tablilla de nuevo sin la presencia de Ed en la habitación. Obviamente necesitaba su protección ahora más que nunca, pero por encima de eso, deseaba que confiara en ella, lo que era absurdo dadas las circunstancias… Dios, habría estado dispuesta a que la arrestaran hacía media hora.
Cuando salió del cuarto de baño tenía una lista de sospechosos, pero necesitaba que Ed confirmara quién tenía acceso a la propiedad, y quién había estado en ella tanto la noche del robo como la noche anterior y esa mañana. Y quería echarle una ojeada al periódico del día, únicamente para confirmar lo que McCarty había dicho, que su rostro había aparecido en portada junto con su nombre. «¡Santo Dios!» Como si no tuviera ya suficiente de qué preocuparse.
De modo que no se dejaría tentar por la tablilla; salió a la terraza privada de Ed y se sentó a la sombra de una sombrilla para que se le secara el pelo. Podía volver a la habitación que le había facilitado, pero entonces quienquiera que hubiera metido la tablilla en su petate no tendría dificultades para entrar en la suite de Ed y recuperarla.
—¿Por qué sonríes?
Bella a punto estuvo de llevarse un susto de muerte cuando Ed apareció en la terraza desde las escaleras de la tarima de la piscina.
—¡Dios mío! —jadeó, llevándose la mano al corazón.
—Lo siento —dijo, sus ojos denotaban cierta diversión—. Creía que tenías nervios de acero.
—Me parece que ése es Superman.
—Ah. Y tú eres Catwoman.
—Guay. ¿Dónde está el policía, Barman?
—Acabo de acompañarlo a su coche.
—¿Qué quería?
—Me enseñó algunas fotos de Da Revin, quería saber si le reconocía. Quería hacerte las mismas preguntas a ti, pero hice mención de algunas palabras como «acoso» y «abogado», y accedió a posponerlo.
—¿Así que Laurent es oficialmente sospechoso?
—Sí. Voló a Miami tres días antes del robo y hallaron cable de cobre en la habitación de su hotel, el mismo material que fijaba la bomba a las paredes.
Incluso con la prueba y su especie de confesión, Bella seguía sin poder creerse que el diestro y egocéntrico francés hubiera intentado matarla.
—¿Qué hay de la mujer que viste?
—Parece que podría haber tenido una alucinación.
—Eso parece.
—Lo único que necesitan es la tablilla, y me parece que se darían por satisfechos. —Se sentó frente a ella—. ¿Y por qué sonreías?
—Ah. Lo que sucede es que pensé tenía gracia que intentara robar la tablilla y que ahora esté sentada aquí afuera protegiéndola.
La mirada de Ed se hizo más aguda.
—¿Protegiéndola? ¿Qué has averiguado?
—Lo que pasa es que no quería mirarla sin que estuvieras tú aquí —respondió, reparando en que ese día su aspecto era más el de un millonario que el de un deportista, ataviado con unos pantalones holgados color tostado y una camisa blanca con el cuello abierto y los puños remangados. Mocasines sin calcetines complementaban la imagen, aunque tenía la sensación de que utilizaba la ropa del mismo modo en que ella utilizaba personalidades—. Pero tengo un par de teorías.
En cuanto a ella, tenía que decidir si su imagen iba a ser la del ligue del tipo rico o la de su asistente de seguridad. A juzgar por el modo en que esa mañana la había recorrido con la mirada cuando vestía unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, con una camisa encima para ocultar los arañazos de metralla de su espalda, el atuendo del ligue funcionaba mucho mejor con él. Pero tenía que encontrar su propio equilibrio.
—Cuéntame.
—Mi petate. Aparte de que esperaban que pareciera culpable, el único momento en que podrían haber llegado hasta él fue el lapso de tiempo desde que dejamos tu coche y entramos en el garaje esta mañana.
—Alguien ha vuelto a entrar en la finca. Ya lo suponía. Revisaremos la grabación en unos minutos.
—No estoy segura de que quien sea no haya estado aquí todo el tiempo —dijo lentamente, observando su expresión.
—Explícate.
Ed no se mofaba, tan sólo exigía conocer su razonamiento. Aquello era un alivio, comprendió.
—Laurent no volvió y colocó la tablilla. Alguien lo hizo.
Un músculo de su mandíbula se contrajo.
—Piensas que es alguien de mi personal. Pero si hasta hace dos días ni siquiera los conocías. ¿Por qué incriminarte a ti?
—Y yo qué sé. Pero las únicas personas que estaban aquí en ambos acontecimientos fuimos tú y yo… y tal vez alguien que trabaja aquí.
Sus ojos se entrecerraron y se puso en pie para mirar por la veranda la extensión de su finca.
—Durante unas horas creía que podría librarme de tener que sospechar de nadie que no fuera Da Revin. Pero tienes razón. La maldita tablilla jamás salió de la finca. ¡Mierda!
—Me gustaría echarle un vistazo más minucioso a la piedra y al expediente. Quizá descubramos que hay una historia que se nos ha pasado o… qué sé yo. O podemos sentarnos y esperar a que la policía se conforme con culparme a mí.
—No me gusta sentarme sin hacer nada, Y mucho menos cuando tú eres el objetivo. —Ed abrió la puerta de la terraza y la hizo pasar a su suite. Se sentaron en el sillón y ella abrió el expediente.
—¿Ibas a vender o a donar la tablilla al Museo Británico? —preguntó, desplegando las fotos alrededor de la losa y concentrándose en el detallado destino de la tablilla desde que fuera desenterrada. Existían varios puntos en blanco por espacio de siglos, que ni siquiera se habían molestado en rellenar con conjeturas sobre el paradero de la piedra, entre sus apariciones más públicas.
—A donarla. ¿Supone eso alguna diferencia?
—No lo sé. Todo esto es tan… extraño. —Pasó otra página—. ¡Joder! Según esto, tu tablilla es una de las cosas que convencieron a Calven y a Schliemann sobre la ubicación de Troya. Por eso excavaron en Hisarlik en 1868.
Ed sonrió.
—Ya lo sabía.
—Yo no. Tenía un horario apretado. No disponía de tiempo suficiente para realizar una investigación tan completa como me hubiera gustado. —Frunció el ceño y levantó la vista de la tablilla para coger otra de las fotos—. Jamás lo utilizaría para incriminar a alguien, no cuando yo ni siquiera era sospechosa. Es demasiado bonita para eso. Demasiado… —Su voz se fue apagando al tiempo que se quedaba mirando. Algo en la foto había captado su atención, y la acercó más a la tablilla—. ¡No me jodas!
—Eso no está bien —dijo Ed un momento después, inclinándose a mirar sobre su hombro. Señaló la foto, luego uno de los símbolos de la tablilla—. En la foto estos grabados parecen prácticamente desgastados. En la tablilla ambos pueden verse.
—Todos los grabados son más profundos de lo que parecen en la foto —dijo más bien para sí, y tomó otra foto para cerciorarse de que el primer vistazo superficial a los grabados originales no era más que efecto de la luz o de la cámara—. ¡Joder! No me lo puedo creer. Es una…
—Es una falsificación —la interrumpió, cogiendo la tablilla y dándole la vuelta en sus manos.
Las ramificaciones dejaron a Bella claramente mareada.
—Tienes buen ojo para el detalle —dijo pausadamente, su cabeza repasó todo cuanto había averiguado hasta el momento sobre el robo.
—No estás sorprendida, ¿verdad, Isabella? —preguntó, rozándole el muslo con el suyo.
—Como ya he dicho, me sorprendería más que alguien me endosara el original a mí sin un buen motivo. Pero la cuestión es: ¿se trata de una falsificación lo suficientemente buena como para ser donada al Museo Británico?
Él la miró fugazmente.
—Durante un tiempo, probablemente. Si tenemos en cuenta que tan sólo hay tres en el mundo, estarían alucinados de haberla conseguido. Y antes del robo, ni ellos ni yo habríamos tenido razones para sospechar nada. Aunque después de la exposición llevarían a cabo algunos exámenes. Por eso iba a donarla. —Edward se irguió—. No estarás sugiriendo que le cuente a la policía que extravié temporalmente la tablilla y que luego siga adelante y done la falsificación.
Ella negó con la cabeza después de esbozar una sonrisa fugaz. «Como si Ed fuera a hacerlo.»
—No. Pero me pregunto si alguien tenía eso en mente. La auténtica no está aquí, pero eso podría explicar por qué sí lo está la falsificación.
—¿Así que implicarte era simplemente conveniente? «Así, ¿he olvidado dar el cambiazo?» Eso nos lleva de nuevo a la cuestión de la bomba.
—Sí. ¿Y qué te parece esto? —respondió, revolviendo de nuevo entre las fotos—. ¿Por qué hacer una buena falsificación si vas a acabar volándola por los aires?
—No tiene sentido —dijo pausadamente—. La compensación es la misma si el objeto es robado, perdido o destruido.
Ed se puso en pie. Bella pensó que pretendía ponerse a pasear de un lado a otro, tal como hacía ella cuando trataba de descifrar un enigma particularmente complicado, pero, en cambio, fue hacia el teléfono y marcó. Ella se obligó a permanecer inmóvil, confiando en que no hiciera algo que pudiera poner sus vidas, o su propia libertad, en peligro.
—¿Kate? Hola, soy Ed. ¿Está Jasper?
Bella puso los ojos en blanco. Aun en el caso de que no albergara ninguna sospecha sobre él, debía admitir que le gustaba contrariar con Hale. Además de resultar divertido, podía cabrearle lo suficiente como para que cometiera algún error.
—Jasper. ¿Quién demonios se encarga de elaborar mis nóminas? No, no me refiero a la mía. Las nóminas de la propiedad. Necesito saber quién estaba aquí, digamos… las últimas tres semanas.
Isabella se sentó en el borde y guardó de nuevo las fotos en su expediente.
—Además, ¿podrías comprobar los servicios externos que nos envían regularmente a la misma persona? —Hizo una pausa—. De acuerdo, Jasper, no, no necesito que lo traigas en persona. Envíamelo por fax. Pero lo necesito hoy, así que tendrás que pasarte por el despacho. Y quiero también una lista del personal de servicio externo que suelen estar habitualmente asignados aquí. —Hizo nuevamente una pausa para escuchar, su postura pasó de ser atenta a agresiva—. No es asunto tuyo.
—Está hablando de mí, ¿verdad?
—Calla. —Le volvió la espalda, acercándose a la puerta de la terraza, teléfono en mano—. De acuerdo, de acuerdo, sí… ha sucedido algo más. Te quiero aquí mañana a las diez con un abogado, quizá Macón, alguien que se tome en serio la confidencialidad abogado-cliente.
Regresó al sillón tras colgar el teléfono de mala manera.
—No discutas —dijo, antes de que ella pudiera abrir la boca—. Creo que hay que estar preparado para cualquier contratiempo. Si McCarty, o quien sea, se hace con esto —y señaló la tablilla—, estarás metida en un buen lío. Falsa o no, no quiero que te pillen con ella.
—Posiblemente, era eso lo que pretendía quien me la endosó. ¿Quieres que la esconda en algún sitio?
—Yo me ocuparé.
—Ed, con el debido respeto, eres un tipo listo, pero no tienes mis habilidades. Sé esconder cosas. Estoy más metida en esta mierda que tú, y no quiero que acabes en la cárcel porque yo te haya pedido ayuda.
—Es un poco tarde para eso, cielo —dijo, recogiéndole el cabello por detrás de los hombros—. Como decimos en Gran Bretaña, de perdidos, al río.
Dios, la hacía estremecerse con tan sólo el roce de su mano en su cabello. Siguió su impulso y se inclinó para besarle. Ed le rodeó los hombros con un brazo, atrayéndola lentamente y profundizando la unión de sus bocas. Igual que antes, cuando comenzaba a tocarla de ese modo, su mente se cerró. Era demasiado tentador abandonarse a él, dejar que todo se desvaneciera. Todo, a excepción del placer, el calor y Edward Cullen. Funcionaría durante un tiempo, hasta que alguien decidiera colocar en su bolso la pistola que había acabado con la vida de Laurent o alguna otra cosa.
Bella se echó hacia atrás, pero él la siguió, tumbándola de espaldas con la cabeza apoyada en el petate. Una mano caliente se deslizó por su camisa, tomando un pecho en ella.
—Ed, para —protestó con un gemido de placer medio estrangulado.
—Te deseo —murmuró, hundiendo el rostro en su cuello.
—Dios mío —se estremeció, empujándole—. Nos hemos pasado toda la noche follando. Deja de distraerme —farfulló, zafándose de sus brazos.
—Me parece que eso es un cumplido.
—Quiero ver los vídeos de anoche y también los de esta mañana, Ed.
—Más tarde.
—Quienquiera que sea, siempre va un paso por delante de nosotros —dijo, poniéndole la mano sobre su sensual boca cuando él se disponía a discutir con ella—. Quiero, al menos, ponerme a la par. Aunque sería estupendo sacarle ventaja, ¿no te parece?
Con una maldición, exhaló y se sentó erguido de nuevo.
—De acuerdo. Visionaremos el vídeo. —Echó un vistazo a la tablilla—. ¿Y dónde recomiendas que pongamos esto? ¿Debajo de la cama?
—Me parece que no.
Después de envolverla en la tela protectora, volcó la mochila, enrolló el bulto en una camisa y lo metió dentro.
—Hala, esto servirá hasta que la saquemos de tu habitación y la llevemos a un lugar seguro.
Ed, sin embargo, revolvía con el pie la basura de su mochila. Se inclinó y cogió una placa base de ordenador rota.
—¿Y esto qué es?
—Parte de mi ordenador personal. Oí llegar a la policía y no quería que accedieran al sistema.
La miró fijamente, con una expresión parte lujuriosa, parte preocupada.
—Vamos a tener que pensar seriamente en otro tipo de trabajo para ti cuando todo esto termine —murmuró.
En ese momento, casi parecía una buena idea.
Expresión proveniente de la antigua y popular serie de los sesenta Perdidos en el espacio que se ha convertido en un latiguillo con el tiempo. (N. de la T.)
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