Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Capítulo 15
Domingo, 11:54 a.m.
Donald Clark había sido cambiado al turno de día después del robo, y estaba sentado en su silla delante de los monitores de vídeo y del ordenador cuando Edward hizo entrar a Isabella en el cuarto de vigilancia.
—Señor Cullen —dijo el guardia, poniéndose en pie. Su nuez se movió por encima de su corbata y llevaba el escaso pelo rubio engominado hacia atrás de un modo bastante desfavorecedor. Un aspirante a policía, decidió Bella de inmediato, que probablemente no se imaginaba por qué seguía fallando en la parte del perfil psicológico del examen de ingreso.
—Clark. A la señorita Swan y a mí nos gustaría revisar las grabaciones del garaje, comprendidas entre las nueve de anoche y las diez de esta mañana.
—Y las del camino de entrada principal al mismo tiempo —añadió Isabella.
Clark se sentó otra vez.
—Hum, de acuerdo. Las pondré en esas pantallas de allí. Me llevará un minuto.
—¿A qué hora comenzó tu turno esta mañana, Clark?
Continuó con el tema Isabella, rozando ligeramente el brazo de Edward con la mano al pasar por su lado.
Ella le embriagaba con sólo estar en la misma habitación. Y le había acusado a él de distraerla demasiado. Desde que se había colado en su despacho para pedirle ayuda, se había convertido en su obsesión. Había cancelado tres reuniones, cuatro conferencias y un vuelo a Miami para salir con ella. El coste de su negligencia podría ascender, potencialmente, a millones de dólares, pero le traía sin cuidado lo uno o lo otro. Parecía más importante que cuando Isabella estaba cerca el corazón se le desbocaba, la sangre le hervía y la vida se tornaba más… viva. Le fascinaban los atisbos de la mujer inteligente y divertida que existía bajo la fría fachada profesional.
—Llegué a las seis —respondió Clark, con su mirada dirigida de su jefe a Isabella—. Louie Mourson tenía el turno de noche. ¿Por qué?
—Por nada —contestó Edward, siguiendo a Isabella hasta los monitores del rincón.
La mirada que ella le dirigió decía lo contrario, pero no estaba dispuesto a acusar a nadie que trabajara para él sin una muy buena razón. Ella se agarró a su hombro, y se elevó de puntillas para llegar a su oreja.
—Estuvo aquí en ambas ocasiones —susurró—. No te apresures tanto en descartar una coincidencia.
—Contigo lo he hecho —respondió en voz baja.
Isabella torció el gesto.
—Sí, bueno, tú también estabas aquí ambas veces.
El monitor se encendió y apareció una grabación del garaje tomada desde el rincón suroeste, desde la que se obtenía un ángulo de visión de las amplias puertas exteriores y de la más pequeña que conducía a la casa. A diferencia de las cámaras exteriores, ésta era fija en vez de rotar de un lado a otro.
Isabella asintió con aprobación.
—Buen emplazamiento —dijo—, salvo que no tienes una cámara de refuerzo. Si descubren cómo esquivar ésta, ya están dentro.
—No todos somos expertos en electrónica y en el arte del latrocinio —farfulló, manteniendo la voz baja para que Clark no pudiera oírle.
—Cualquiera que pudiera llegar hasta aquí sin ser detectado sería un experto —replicó malhumoradamente.
—¿Puedes entrar y salir de ahí sin que nadie lo sepa?
—Ah, sí sabrían que había estado dentro, pero no hasta que hubiera robado esa monada de Bentley Continental GT de color azul y me hubiera marchado.
Así que le gustaba el Bentley. La próxima vez que fueran juntos a alguna parte, dejaría que condujera ella. Claro que, al parecer, no tenía carné de conducir, pero eso parecía la menor de sus preocupaciones.
—¿Podemos pasar rápidamente la cinta desde aquí? —preguntó él por encima del hombro.
—Sí. Utilice el teclado que hay debajo del escritorio. Está todo preparado, señor Cullen.
El contador de la esquina de la pantalla marcaba las nueve menos tres minutos y el Mercedes todavía no había sido devuelto al garaje. Isabella extrajo el teclado y pulsó una tecla, y la cinta comenzó a pasar a gran velocidad. Después de unos cuarenta y cinco minutos, apareció el coche, y ocupó su lugar entre los demás.
Isabella rebobinó la cinta de nuevo para observar la entrada a velocidad normal. Ben Hinnock condujo el SLK hasta su plaza, bajó, limpió una mancha del parabrisas y salió por las amplias puertas, las cuales cerró tras de sí. A las once se apagaron las luces programadas, lo que sumió el garaje en la penumbra.
—Menuda estupidez —dijo entre dientes, volviendo a pasar la cinta a mayor velocidad—. Como si los coches necesitaran oscuridad para poder dormir.
—¿Cómo puedes ver algo con la cinta si la pasas tan rápido?
—Tú limítate a observar el maletero. Es lo único que tenemos que ver, a menos que quieras sentarte aquí durante trece horas.
—De acuerdo. Pero ¿qué sugieres que hagamos sin hallamos algo, Isabella?
—Si damos con algo, se lo mostraremos a McCarty, diremos que fue por eso por lo que miramos en mi bolsa y «¡Hey, fíjate lo que encontramos!».
Él enarcó una ceja.
—Das miedo.
Bella mantuvo la vista clavada en la pantalla, pero sus labios se curvaron nerviosamente en una fugaz sonrisa.
—También tú me asustas.
Edward apoyó la cadera contra la mesa, y se acomodó para esperar una larga y cuidada vigilancia.
—Deberíamos haber desayunado antes. O al menos haber tomado un café.
—Un refresco. El café es para aficionados.
—¿He mencionado que eres muy rar…?
—¡Eh! —Isabella congeló la imagen de inmediato—. ¿Has visto eso?
Edward cambió el peso de pie.
—¿El qué? Nada se ha movido.
—No, eso no. El tiempo —rebobinó la cinta y acto seguido la pasó a velocidad normal. A las siete y quince la cinta parpadeó y saltó a las siete y diecinueve. La imagen no cambió en ningún otro aspecto—. Cuatro minutos.
—Eso es lo que sucedió en el cuarto de vigilancia la noche del robo. —La miró—. ¿Es fácil de hacer?
Isabella se encogió de hombros.
—Si conoces el sistema, es muy fácil. Si estás seguro de que no se trata de nuestro amigo Clark —susurró, señalando—, entonces se hizo en algún punto entre aquí y allí, y de modo que no saltaran las alarmas.
—¿No se percataría Clark de que la pantalla estaba en blanco?
—La imagen de la cámara podría haber parecido normal, y que ésta no estuviera grabando. O la imagen podría estar congelada. —Se volvió sobre la silla—. Clark, ¿a qué hora hiciste tu descanso de la mañana?
El guardia se pasó una mano por la calva.
—Estuve en la cocina para tomar café a las siete y quince, pero sólo unos cinco minutos o así. Ya no suelo tomarme otro descanso hasta las nueve y media.
—Eres bastante consecuente, ¿verdad?
—Bueno, claro. Hans dice que me pegará un tiro si intento hacerme mi propio café aquí, y la mayoría de las mañanas no me tiene lista la primera cafetera hasta después de las siete.
—Hans se muestra muy protector en lo referente a la reputación de su café —apuntó Edward con una leve sonrisa—. Una vez ganó un premio por eso.
—Pues es una lástima que yo no lo beba.
Ella volvió a pasar la cinta a mayor velocidad, pero nada se movió hasta después de las diez en punto, cuando los dos entraron en el garaje, de la mano y en bata. Edward vio como flirteaban a cámara rápida, reparando con una profunda oleada de satisfacción en el modo en que ella le miraba subrepticiamente cuando él no la veía. McCarty entró en escena cuando ambos se encontraban inclinados sobre el maletero y afortunadamente en el vídeo no aparecía imagen alguna de la tablilla.
Bella detuvo la reproducción.
—Solo por si acaso, también deberíamos mirar la cinta del camino de entrada —dijo—. Tal vez el desconocido pasó por allí al entrar o al salir.
—Salvo que no crees que quien fuera haya estado entrando y saliendo —le recordó—. Han estado aquí todo el tiempo.
—Cada vez me parece más que es alguien que conoce la rutina de la casa y que tiene buenos conocimientos del sistema de seguridad.
—Lo que no comprendo es lo de la bomba —dijo Edward, tomándola de la mano cuando se levantó. Puede que aquello fuera ñoño, pero sentía la necesidad de tocarla cada pocos minutos; de cerciorarse de que aún seguía allí, y de mostrar a quien pudiera estar observando, incluido él mismo, que ella le pertenecía… tanto si Bella se daba cuenta de ello como si no.
—¿Podría desayunar algo? O ya sería una combinación de desayuno y comida, supongo —preguntó con un tono de voz exageradamente suplicante mientras regresaban al pasillo—. Pienso mejor cuando tengo el estómago lleno.
—En mi terraza —convino.
—No, en mi terraza —respondió—. Desde allí puedo ver el camino de acceso.
No podía culparla por ser paranoica. Estaría muerta de no haber sido buena en su oficio.
—Pediré a Hans que nos prepare algo y me pasaré por el despacho a ver si Hale ha enviado ya el fax.
Ella asintió y se habría dirigido escaleras arriba, salvo que Ed la cogió de la muñeca y la hizo volverse de cara a él.
—¿Qué? —preguntó.
—Parece que no consigo saciarme de ti —murmuró, y una vez más le rozó la boca con la suya.
—Tú tampoco estás nada mal para ser un chico rico inglés —respondió algo falta de aliento—. ¿Te importa si me paso por tu cuarto a por mis cosas?
«Sus cosas… lo que incluía la tablilla falsa.»
—Isabella…
—Pase lo que pase, no quiero que encuentren esa cosa en tus dependencias —dijo en un tono de voz que sorprendió a Ed por su seriedad—. No haré nada con ella hasta que vengas.
Edward sabía que era mejor no luchar una batalla que no podría ganar.
—De acuerdo. Te veré en unos minutos.
Ella sonrió un poquito.
—No voy a irme a ninguna parte. Somos socios, ¿recuerdas?
Él sí que lo recordaba; sólo esperaba que ella también.
Ed había pasado por alto la principal complicación en todo aquel embrollo, meditó Isabella mientras se dirigía a sus habitaciones privadas. Él mismo. Ella había hecho de su estilo de vida una excusa para no tener demasiadas citas, aunque debía reconocer que la mayoría de los hombres con los que se cruzaba parecían muy… aburridos. Dado que las actividades más excitantes de éstos era hacer pilates, no podían en forma alguna competir con el modo en que ella pasaba las noches. Ed Cullen sí podía hacerlo, y sobradamente. Y él la fascinaba. Hacía menos de una semana que le conocía y ya se sentía adicta. ¿Cómo lograría marcharse cuando todo acabara?
—Señorita Swan.
Isabella se dio media vuelta, sobresaltada. El pretencioso asesor de adquisiciones italiano se acercó a ella, llevaba el ondulado cabello perfectamente peinado.
—¿Milani?
—Sí. Sólo quería darle la bienvenida a la compañía.
Ella frunció el ceño.
—Perdone, ¿cómo dice?
—He visto el periódico de esta mañana. Ed la ha contratado para llevar la seguridad de su colección de arte.
—Ah, eso. Sí, únicamente hasta que solucionemos todo este embrollo.
—Hice algunas llamadas. Trabaja para Norton. Es usted una experta en arte y antigüedades.
Él hombre hacía que aquello casi sonara a acusación, de modo que ella sonrió. «Es hora de ser encantadora.»
—No intento quitarle su trabajo ni nada por el estilo. Estoy aquí como encargada de la seguridad, y eso es todo. Y solamente de modo temporal.
Milani sonrió alegremente, aunque Bella no pudo evitar reparar en que la expresión no alcanzó sus oscuros ojos.
—Por supuesto. De todos modos, no tiene importancia.
—¿Y eso, por qué?
Su sonrisa se hizo más amplia.
—No es la primera empleada que intenta acostarse con el jefe, señorita Swan. Ninguna de ellas sigue trabajando aquí.
Bella entrecerró los ojos.
—Creo que eso es más de mi incumbencia que de la suya.
Él asintió.
—Sí. Comprenda que debemos mirar por nuestros intereses.
—Oh, eso lo comprendo.
—Entonces, que tenga un buen día. —Hizo una reverencia y se volvió sobre sus talones.
Isabella se sacudió de encima la leve sensación de repugnancia que el hombre bajito había dejado a su paso. En cualquier caso, probablemente el tipo no se encontraba en su mejor momento. Un asesor de adquisiciones que permitía que fueran robados objetos de arte no podía sentirse muy seguro de la continuidad de su propio empleo.
Por otra parte, por lo que Bella sabía, aquélla era la primera vez que había desaparecido algo de la finca… un historial muy bueno, teniendo en cuenta la calidad del material que Ed coleccionaba. Y Milani llevaba más de diez años trabajando para Ed. Lo que al italiano le ocurriera no era asunto suyo, aunque si hubiera sido ella quien se llevara la tablilla, suponía que sería culpa suya si le despedían. ¡Qué cosa tan rara!
Su habitación y la de Ed estaban en alas opuestas de la casa, y Bella estaba sin aliento después de cargar con su mochila, el petate y su equipo por lo que le parecieron mil pasillos y galerías. ¡Qué horror! Iba a tener que ponerse las pilas con el gimnasio; aunque si Ed y ella continuaban haciendo ejercicio como la noche pasada, bastaría para cumplir con su entrenamiento diario.
Sonrió mientras abría la puerta de la suite con el hombro y arrastraba el petate adentro. Si continuaban igual que la noche anterior, moriría en una semana. Pero menudo modo de palmarla.
La mochila tendría que seguir hecha hasta que Ed llegara, pues seguía decidida a no tocar la tablilla sin su presencia. Pero tenía más ropa interior limpia y otras prendas en el petate y, por muy bonitas que fueran las cosas que le proporcionaba Ed, se sentía más… independiente llevando las suyas.
Agarró nuevamente el pesado petate y lo arrastró hasta el dormitorio. En la entrada algo presionó contra su muslo y retrocedió instintivamente un par de centímetros.
Era demasiado tarde. La anilla de seguridad sujeta al extremo de un cable se desprendió, emitiendo un pequeño clic, de la granada sujeta con cinta adhesiva a la pared de la habitación. Jadeando, la agarró de golpe, asiendo el resorte contra la granada en el preciso instante en que éste comenzaba a saltar.
El movimiento le hizo perder el equilibrio, pero se las arregló para seguir apretando el resorte con los dedos mientras se estampaba contra el marco de la puerta y caía al suelo.
—Ay, Dios mío —dijo con voz áspera, sin tan siquiera atreverse a respirar. En el otro lado de la puerta se bamboleó otra granada, cuya anilla pendía por los pelos. Su pierna, enredado en el cable, se movió bruscamente, y la anilla se deslizó otro milímetro—. ¡Edward!
Edward iba silbando mientras se dirigía a las habitaciones de Isabella. Llevaba un cuenco de fresas con azúcar en la mano, no podía creer que estuviera de tan buen humor teniendo a una ladrona y a un asesino en potencia sueltos en su propiedad. Pero no había situación que pudiera sofocar la idea de que la noche pasada había disfrutado de lo que posiblemente era el mejor sexo de su vida. Y contra viento y marea, iba a repetirlo antes de que pasara una hora.
—¡Edward!
El miedo que denotaba el grito hizo que se le helara la sangre. Dejó caer las fresas y echó a correr a toda prisa hacia la habitación de Isabella. La puerta estaba entreabierta y se abalanzó sobre ella.
—¿Isabella?
—¡Aquí!
Vio sus piernas al otro lado de la puerta del dormitorio, una de ella formando un extraño ángulo.
—¿Qué ha pasado? —ladró, lanzándose hacia delante.
—¡Detente! ¡Es una granada!
Deteniéndose en la entrada, se asomó a la habitación. Ella estaba tumbada en el suelo, apoyada sobre la mitad de su espalda y apretando con una mano una granada sujeta con cinta adhesiva a la pared a la altura del muslo. En el otro lado, otra granada se meneaba con la clavija todavía puesta, pero sólo porque el cable no la había soltado por completo. Tenía la pierna izquierda enredada en el cable.
—¡Dios! ¡No te muevas! —Aferrándose al marco de la puerta, se inclinó por encima de ella hacia la segunda granada.
—¡No lo hagas! ¡Sal de aquí! ¡Tú sólo llama a alguien!
—De acuerdo —respondió, concentrándose en mantener la mano firme mientras tocaba el extremo de la clavija de seguridad—. Dentro de un minuto. —Ayudándose con el dedo índice, empujó el seguro de nuevo en su sitio. Se acercó a ella mientras lo sujetaba. Con la mano libre desenganchó el cable de su pierna. La anilla de seguridad de la primera granada colgaba de su extremo—. Voy a buscar ayuda, luego colocaremos el otro seguro en su lugar —dijo, tratando de que no le temblara la voz. Si Bella no hubiera tenido las manos ágiles… ¡Santo Dios!
—Deja la anilla —respondió—. Estoy bien. Llama desde la sala de estar y luego sal de aquí.
Moviendo el cable con cuidado para atenuar la presión sobre la granada intacta, se puso en pie y se dirigió a la mesita de noche.
—No me voy a ninguna parte. Ven aquí si quieres discutirlo.
—Mierda. No seas estúpido.
—Calla. Estoy al teléfono —llamó a Clark.
—¿Sí, señor?
—Clark, llama a la policía. Infórmales de que hay una granada en la suite verde y de que mi novia la está sujetando con la mano.
—¿Una gra…? Ahora mismo, señor Cullen. ¿Quie…?
Ed colgó el teléfono.
—¿Qué tal lo llevas, Isabella? —preguntó mientras se ponía en cuclillas junto a ella.
—Mejor que tú, imbécil. Dile al resto de tu gente que salga. Y no soy tu jodida novia.
La había puesto furiosa, lo cual, al menos, hizo que su cara recuperara algo de color. Todavía estaba alarmantemente pálida, pero la expresión de puro terror de sus ojos se había atenuado un poco.
—El periódico dice que lo eres.
—Sí, bueno, me gustaría echarle un vistazo.
—Más tarde. Deja que coja la clavija.
—No. Así es más seguro. Es un sistema bastante tosco, pero no quiero arriesgarme a prender la mecha volviendo a meter la anilla. O sacando esa cosa de la pared, si es eso lo que estás pensando.
El sudor empapaba su frente, pero ella se las arreglaba para parecer una auténtica profesional.
—Por Dios, eres asombrosa —murmuró, levantándose para llamar de nuevo a Clark y decirle que evacuara el edificio, pero que no permitiera que nadie saliera de la finca.
Tan pronto como hubo acabado, regresó a su lado.
—¿Ahora apoyas la teoría del asesino en casa? —pregunto, moviéndose un poco.
«Ya debía de dolerle el brazo», pensó Edward. Se colocó a su espalda para que pudiera apoyarla contra su costado y restar así algo de tensión a su hombro y su brazo. Lo que Ed deseaba hacer era agarrar la granada él mismo, pero por heroico que pudiera resultar, también sería increíblemente estúpido. En ese momento, Bella tenía la situación bajo control.
—Ya la respaldaba, pero ahora quiero asegurarme de no dejarles escapar para que elaboren una coartada. Voy a matar a quien haya tratado de hacerte esto, Isabella.
Diez minutos más tarde entró el equipo de artificieros en la habitación. A juzgar por sus expresiones, aquél no era el tipo de escenario que acostumbraban a encontrar. Aun así, arrastraron un contenedor a prueba de bombas junto con sus pesados protectores para el cuerpo, la cara y los ojos. Equiparon a Isabella todo lo bien que les permitía al tener uno de los brazos aplastado contra la pared y acto seguido se dispusieron a asegurar la granada.
La negativa de Ed de marcharse probablemente les cabreaba a todos, pero le daba lo mismo. No iba a marcharse hasta que ella lo hiciera.
Finalmente, aseguraron el resorte a la granada con otro pedazo de cinta adhesiva y tiraron de Isabella hacia atrás.
—De acuerdo, que salgan de la casa todos los civiles —ordenó el teniente.
—Como si yo quisiera quedarme —comentó Isabella, dejando que Edward le echara una mano para ponerse en pie.
Estaba temblando y él le rodeó la cintura con el brazo para ayudarla a salir por la puerta. Ella se soltó después de bajar dos tramos de escaleras y de llegar a los escalones exteriores.
—Muy bien. Voy a sentarme —dijo, dejándose caer pesadamente en los escalones de granito blanco.
Edward se sentó a su lado, rodeándole la espada con el brazo porque fue incapaz de no hacerlo.
—¿Estás segura de que te encuentras bien? —preguntó en voz baja, besándola en la cabeza.
—Ni siquiera lo he visto. Fue una verdadera estupidez —explotó.
—¿Qué pasó?
Exhaló una bocanada de aire e hizo un movimiento con los hombros, tratando obviamente de calmarse.
—Llevé mis cosas adentro, luego arrastré el petate hasta el dormitorio para poder sacar algo de ropa. Mi pierna topó con algo y retrocedí, pero oí saltar el seguro. —Isabella se encogió de hombros—. Alargué la mano de golpe y atrapé el resorte antes de que saltara, luego me di cuenta de que había otra granada en el otro extremo de la puerta. Fue pura suerte que ése no saltara.
—Suerte, y unos reflejos muy rápidos.
—Jamás debería haber pasado. Sé que no debo bajar la guardia.
Para sorpresa de Ed, una lágrima rodó por la mejilla de Bella.
Edward la abrazó fuertemente.
—No digas eso. Alguien ha intentado por segunda vez ser más astuto que tú y no ha resultado.
Isabella se zafó de su brazo, luego se golpeó la rodilla con el puño.
—En mi vida he estado tan asustada.
—Se ha terminado —dijo. Era demasiado tarde para salvarla, pero no podía evitar que su instinto quisiera protegerla. Aunque el temor había remitido, era evidente que seguía cabreada. En cuanto a él, su corazón todavía latía con fuerza—. Nos vamos.
—No. Las respuestas están aquí. —Sacudió la cabeza, y clavó la mirada fijamente en él—. Y lo que ahora realmente quiero es encontrarles. Parece que nuestra teoría era acertada; es a mí a quien quieren muerta.
El coche de McCarty ascendió el camino de entrada y se detuvo. Isabella se puso rígida bajo el brazo de Ed, pero él se negó a soltarla.
—Tienes que confiar en mí —murmuró—. No dejaré que nada te suceda.
—No me preocupa confiar en ti, Ed. Y no lo olvides, esa tablilla sigue en mi habitación, dentro de mi mochila, rodeada por veinte policías.
—Han tenido una mañana ajetreada, ¿no es verdad? —dijo McCarty, subiendo los primeros escalones hasta llegar a la altura de ellos—. ¿Están todos bien?
—Nadie ha salido volando por los aires —dijo Isabella, echando mano de su habitual humor sardónico.
—Eso es un punto a favor. —El detective continuó subiendo la escalera—. Quédense aquí, señor Cullen, señorita Swan. Iré a echar un vistazo.
Edward se alegró de verlo marchar. Necesitaba unos minutos para decidir cuánta información debía proporcionarle y cuántas mentiras tendría que tejer para hacerlo y ser capaz de proteger a Isabella… de la policía, de quien quiera que hubiera intentado matarla de nuevo, e incluso de sí misma.
