Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 20

Domingo, 7:50 p.m.

Isabella no lograba recordar haber estado en una casa en la que se respirara tanta paz. Si alguien se lo hubiera descrito, con su limitada experiencia lo hubiera creído mortalmente aburrido. Pero, sorprendentemente, la casa de los Hale distaba mucho de eso. Acogedora, tal vez, y cómoda, pero para nada aburrida. Le agradaba, aun cuando se daba cuenta de que empezaba a albergar la esperanza de que Hale fuera un boyscoutt y de que sus reservas hacia él se debieran más a su carrera que a él a título personal.

—Bella, ¿puedes llevar la ensalada a la mesa? —preguntó Alice, bajando una pila de platos de un armario color amarillo limón.

—Claro.

Elizabeth fue delante con una bandeja de aliños para la ensalada y juntas salieron a la terraza porticada. Hale había encendido farolillos en el perímetro del enrejado de madera, probablemente para mantener los bichos a raya. Algunas luces habían sido dispuestas en el césped en torno al límite del enorme jardín, y con su luz iluminaban las flores y el exuberante follaje verde.

No cabía duda de que los Hale habían empleado gran cantidad de tiempo y esfuerzo en su casa, y eso se apreciaba.

—¿Has vivido siempre en Florida? —le preguntó a Elizabeth, mientras la niña colocaba cuencos de aliños alrededor de la ensalada ya mezclada del centro.

—Sí. Cuando era pequeña teníamos una casa más diminuta cerca del despacho de mi padre, pero construyó ésta porque nos estábamos haciendo demasiado grandes para apretujarnos en la vieja.

Bella sonrió. No podía imaginarse vivir toda su vida a dieciséis o treinta kilómetros del lugar en que había nacido. Ni siquiera sabía dónde había nacido.

Alice apareció, cargada con dos platos repletos de pollo y pasta.

—Hay más en la encimera —dijo, dejándolos sobre la mesa.

Ed y Hale ayudaron a sacar las bebidas y el queso parmesano y salieron todos juntos al patio. Habían puesto un cubierto para el otro hijo, Ben, pero Alice dejó su plato dentro del microondas.

Isabella tocó a Alice en el brazo cuando se encontraban junto a la entrada. Necesitaba estar segura de Hale en uno u otro sentido antes de poder relajarse.

—¿Dónde está el baño? —preguntó.

Alice señaló hacia la entradita al fondo de la sala de estar.

—La segunda puerta a la izquierda, justo después del despacho de Jasper.

—No me esperéis; vuelvo enseguida. —Con una sonrisa se dirigió de nuevo al interior de la casa.

Ya había decidido que la cena le proporcionaría la mejor oportunidad de investigar un poco. Después habría podido observar por toda la casa, pero si Ed y el abogado se marchaban un rato a dedicarle un rato al trabajo, le estaría completamente vetado cualquier lugar interesante. Dio con el baño e hizo un ruido con la puerta simulando que la cerraba para que pareciera que estaba dentro. Hecho lo cual, se escabulló dentro del despacho de Hale.

A buen seguro dispondría de un despacho o algo similar en su bufete, pero apostaría lo que fuera a que, si estaba metido en algo poco limpio, no guardaría las pruebas en su trabajo. Su escritorio estaba ordenado, un único aparato de teléfono, un ordenador y algunos marcos de fotos desmerecían la cara superficie de madera de caoba. Tomó asiento en la silla, y abrió el cajón superior. Bolígrafos, unos pocos cuadernos de notas encolados, clips sujetapapeles y tres tabas… eso era todo.

Bella tocó las tabas con los dedos. Un juego para niños, probablemente de Elizabeth. Levantó la vista a las fotografías del escritorio. Una de la familia al completo llenaba el marco de mayor tamaño, en el campus de Yale, a juzgar por el edificio del fondo. El mayor de los retoños de los Hale, Alexander, obviamente había recibido los mejores genes de ambos padres… alto, rubio y con aspecto de estar seguro de sí mismo, indudablemente su padre pensaba que sería un magnífico abogado. Las otras fotos eran del hijo menor, Ben, jugando al béisbol, y una de Elizabeth, vestida con lo que debía de ser un disfraz de princesa hada en Halloween. Y había una de Hale y Ed, ambos sonriendo abiertamente, sujetando cada uno algún tipo de pez de las profundidades del mar que evidentemente habían capturado. El de Ed era más grande.

Al comienzo de su carrera había aprendido a confiar en sus instintos, había aprendido que podía echar un vistazo a una habitación y saber el carácter de la persona que la habitaba. Aquí se encontraba con una casa entera, diseñada y construida por Jasper Hale y su familia. Lentamente volvió a cerrar el cajón mientras exhalaba y se recostó.

—¿Satisfecha? —llegó la voz queda de Ed desde la puerta.

Ella dio un brinco. «¡Mierda!»

—Estaba…

Él se apartó del marco, y entró en la habitación.

—Estabas, ¿qué?

Bella también se puso en pie, y colocó la silla en su posición original.

—Buscaba pruebas de su implicación con la tablilla y los asesinatos.

—¿Porqué?

Podría haber inventado alguna historia, pero había comenzado a comprender algo; le gustaba ser sincera con Ed Cullen.

—Porque te negaste a sospechar de él y quería estar segura de que no te la están jugando.

—¿Y bien? ¿Has encontrado algo?

Bella hizo una mueca.

—Por mucho que me cueste reconocerlo, Hale está limpio.

Ed se detuvo junto al escritorio y alargó el brazo para tomar su mano. Inseguro de su estado de ánimo, ella dudó, luego aferró sus dedos. Si le iba con el cuento a Hale, éste seguramente le pediría que se marchara de la casa. Y, por extraño que pudiera parecer, deseaba quedarse un poco más. Ed la atrajo hacia él, inclinando su barbilla hacia arriba con la mano libre.

—Te lo dije —murmuró—, elijo a mis amigos con cuidado. Lo que significa que eres la única persona a la que le está permitido jugar conmigo.

—Yo no…

Su boca cubrió la de ella, caliente y dura, sin aliento. Luego, antes de que ella pudiera hacer más que cerrar los ojos y preguntarse cuánto tardarían los Hale en ir a buscarlos y hallarlos, tumbados y desnudos sobre el escritorio del abogado, él rompió el abrazo. Ed la miró, arreglando el carmín que se le había corrido con su pulgar.

—Tan sólo recuerda —dijo, cambiando el modo en que le sujetaba la mano para tirar de ella hacia la puerta— que sé lo que haces y que mi paciencia para los juegos es finita.

Bella comprendió que en ningún momento había perdido el control. Había hecho exactamente lo que pretendía, ponerla caliente y hacerle perder la compostura, mientras él permanecía perfectamente frío. ¡Maldito fuera! Regresaron a la terraza y Alice sonrió mientras Bella tomaba asiento junto a Ed.

—¿Ensalada?

—Sí, por favor.

Isabella se reprendió mentalmente. Así que a Ed le gustaba jugar. Ya lo sabía. Ahora debía calmarse y disfrutar de la velada, porque los Hale eran gente sincera y normal, y no era probable que volviera a disponer de ese tipo de oportunidad muy a menudo.

—¿Qué es, lo has cocinado tú? —preguntó Ed.

—Yo sólo he picado —dijo—, y probado un poco. Está buenísimo.

—Huele delicioso —convino, tomando el cuenco de la ensalada de manos de Alice y pasándoselo a Bella.

Tomó aire de nuevo, y logró servirse una ración de ensalada en su cuenco con cierta cantidad de aplomo.

Había compartido comidas con su padre y con Black, pero había sido pizza o pasta en su mayoría. La comida casera recién preparada con ensalada fresca y verduras al vapor era una rareza.

—¡Ya estoy en casa! —se escuchó una juvenil voz desde el interior de la casa.

Alice se levantó, acercándose a la puerta de la terraza.

—Tienes la cena en el microondas.

Un momento después apareció un muchacho con el pelo rubio ceniza, que llevaba un plato en una mano y una lata de refresco en la otra. Su serio semblante se iluminó en cuanto divisó a Ed.

—Me pareció que era tu coche el que hay aparcado delante —dijo, sonriendo y sentándose al otro lado de Ed.

—Dejé un regalo para ti en el salón —dijo Ed, colocando un brazo sobre los hombros de Ben y dándole un juguetón apretón.

—Después de que cenes —dijo Alice antes de que el chico pudiera levantarse—. Y saluda a Bella. Es una amiga de Ed.

—Hola —dijo, las orejas se le pusieron rojas como tomates.

Ella le devolvió la sonrisa.

—Hola.

—No quería llegar tarde —continuó él, lanzándole una mirada a su padre y hundiendo el tenedor en la pasta con pollo—. El entrenador nos hizo correr unas vueltas de más porque Craig y Todd comenzaron a lanzar globos de agua.

—¿Sólo Craig y Todd? —repitió Hale.

Ben sonrió descaradamente.

—Sobre todo ellos. De todos modos, son a ellos a quienes han pillado. —Pensando, por lo visto, que necesitaba una vía de escape de tal afirmación, se dirigió de nuevo hacia Ed—. ¿Es verdad que casi vuelas por los aires?

Ed se encogió de hombros.

—No fue tan emocionante.

—Te vimos en las noticias —intervino Elizabeth—. Parecías enfadado de verdad.

Riendo entre dientes, Ed echó mano al aliño ranchero.

—Estaba realmente muy cabreado. Tuve que ponerme una de las camisas de tu padre.

Elizabeth soltó una risita.

—Intentamos hacer etiquetas de colores para toda su ropa para que fuera conjuntado, pero no le gustó.

Con un suspiro, Hale tomó un pequeño trago de cerveza.

—Ya no tengo secretos.

Alice alargó el brazo para darle una palmadita en la mano.

—No pasa nada, Jasper. No nos importa que no sepas vestirte.

Bella apenas se acordaba de comer. El toma y daca entre los miembros de la familia Hale la tenía fascinada. Nadie trataba de superar a nadie, nadie decía nada más mordaz que una pulla graciosa, y nadie hablaba de lo aburrido, ignorante y taimado que era el mundo en comparación con ellos. Se alegraba de haber quedado satisfecha con respecto a la inocencia de Hale, porque después de eso no hubiera deseado hallar nada incriminatorio.

—Bella, ¿en qué trabajas? —preguntó Ben mientras pasaba una cesta de pan de queso.

—En estos momentos trabajo como… autónoma para el museo Norton —respondió suavemente, deseando haber comprendido que alguien de aquella agradable, franca y honesta casa estaba abocado a formularle tal pregunta—. Cuenta con un gran donativo, así que les ayudo a comprar piezas y a adecentarlas.

—¿El tío Ed y tú os conocisteis porque alguien robó una de sus antigüedades? —preguntó Elizabeth.

—Sí, así fue —intervino Ed con naturalidad.

Bella, que comenzaba a sentir cierto pánico, echó una rápida ojeada a la terraza. «Tranqui, Swan. Lo estás haciendo bien… sólo actúa con normalidad. Sea lo que sea eso.»

—Alice —dijo, un tanto bruscamente—, ¿eso no es un Phalaenopsis?

La esposa de Hale sonrió.

—Claro que sí. ¡Caramba! Estoy impresionada.

Bella sintió que se le enrojecían las mejillas.

—Me gustan las flores. Me encantaría tener un jardín, pero… nunca he tenido tiempo. El tuyo es magnífico.

—¿Qué es un Phalaenopsis? —preguntó Ed, estirando el cuello para mirar.

Alice señaló la maceta que estaba justo delante de uno de los postes del patio.

—La flor púrpura de allí. También llamada orquídea mariposa. No daba crédito cuando comenzó a florecer el mes pasado. Jamás lo había hecho.

—Yo también tengo un bonito jardín —protestó Ed, sonriendo abiertamente—. Varios, en realidad.

—Sí, pero tú tienes del orden de setenta jardineros empleados, Cullen. —Paseó la mirada entre Alice y Hale—. Me apuesto diez pavos a que Alice se ocupa ella misma de las flores, y Jasper se encarga de regar y de podar los árboles. Tú tienes un jardinero, pero sólo corta el césped.

Jasper miraba a Ed.

—Se lo has contado tú, ¿no?

Con una carcajada, Ed metió la mano en el bolsillo trasero de sus pantalones en busca de su cartera.

—Yo no he dicho ni una sola palabra. Isabella es extremadamente observadora.

Dejó un billete de diez dólares sobre la mesa, pero Bella sacudió la cabeza y lo empujó de nuevo hacia él.

—Dos de cinco, si no te importa.

—¡Caray! —dijo, exagerando su acento al tiempo que los niños se echaban a reír. Sacó dos de cinco y volvió a guardarse el de diez y la cartera en el bolsillo.

Bella cogió el dinero y le entregó un billete a Elizabeth y el otro a Ben.

—Debería haber apostado más —musitó, riéndose de él por lo bajo.

—Desde luego que sí —intervino Elizabeth.

Ed sacudió la cabeza.

—No pienso apostar contigo nunca más.

—Gracias, Bella. ¿Puedo ir ahora a por mí regalo? —preguntó Ben con el último bocado de verduras en la boca.

—Sí, puedes. Y pon en marcha la cafetera.

El chico de catorce años se levantó de la mesa de un salto mientras Bella disimulaba una mueca. «Café.» Sabía que la velada estaba yendo demasiado bien. ¡Mierda! Pero bueno, por una vez podía beber café como el resto de los mortales.

Ben volvió un momento después, y asaltó el paquete sin la menor delicadeza de la que su hermana había hecho gala.

—¡Bien! —exclamó, arrojando el papel por encima del hombro.

—¡Benjamin! —dijo su madre con aspereza, pero sonriendo.

—¡Mira! ¡Ha encontrado uno!

Hale frunció el ceño.

—Hum, perdona que sea un ignorante, pero ¿no tienes ya uno de esos cacharros dorados?

—Papá —dijo Ben, poniendo en blanco sus ojos verdes de modo exagerado—, no es un «cacharro dorado». Es un C3PO.

—Claro. El robot de La guerra de las galaxias. Lo sé. Pero ¿no tenías ya uno?

—Tengo la versión de 1997, hecha por Hasbro. Este es el modelo de 1978, de General Mills Fun Group. —Ben sostuvo en alto la caja negra, que incluía luz de estrellas y llevaba una fotografía de C3PO—. Mira. Su cintura es más gruesa, las piernas no son articuladas y los ojos son del mismo dorado que la piel… no amarillo como los de la nueva versión. Y está en la caja original.

—Así que es mejor.

—Es el original, así que es más caro. Hay que andarse con ojo, porque algunos tipos compran los nuevos y les pintan los ojos de dorado, luego sellan las articulaciones de las piernas y de los pies para que parezca el antiguo. Aunque se puede distinguir si le miras los pies. Las marcas son completamente diferentes. Pero algunos tipos lo quieren tan desesperadamente que son fáciles de engañar. Hay falsificaciones muy buenas por todas partes.

Continuaron hablando de las cualidades del C3PO de 1978, pero Bella escuchaba sólo a medias. Algo de lo que Ben había dicho no dejaba de rondarle en un rincón de su cabeza. Algo que no se le había ocurrido antes. Algo acerca de por qué alguien con un prestigioso trabajo fijo como Matteo Milani se arriesgaría a ir a prisión… o peor.

—Isabella —murmuró Ed, acercándose a su oído—, ¿qué sucede?

—¿Hum? Ah, nada. Sólo estaba pensando.

—¿Sobre qué? —insistió.

—Te lo contaré luego.

—¿Lo prometes? —susurró, deslizando una mano a lo largo de su brazo desnudo.

—Lo prometo.

—¿Cómo es que conocías la orquídea mariposa?

Ella se encogió de hombros, estremeciéndose cuando sus dedos se entrelazaron con los de ella.

—Me gusta leer libros de jardinería.

—Quiero besarte ahora mismo —dijo entre susurros.

Puede que no fuera tan dueño de sí mismo, después de todo. «¡Genial!»

—Ya me has besado —sonrió con satisfacción, liberando su mano y contenta de no haber intentado explicar que le fascinaban los jardines, debido, en gran medida, al sentido de permanencia que representaban. Uno siempre seguía teniendo un jardín por mucho que pudiera ir de acá para allá—. Así que intenta resistirte a mí —le regañó—. Hay niños presentes, bobo.

—«Bobo» —repitió, una pausada sonrisa asomó a sus ojos—. Me parece que nunca me habían llamado eso.

Alice se aclaró la garganta.

—¿Pasamos a la sala de estar para el café? —Miró fijamente a Ed—. O té, en tu caso. ¿Qué me dices, Bella? ¿Café, té, chocolate caliente o un refresco?

—Un refresco, por favor —respondió, agradecida—. Te ayudaré a quitar la mesa.

—No es necesario. Para eso están los niños.

—Mamá. —Elizabeth soltó otra risita—. Que no somos esclavos.

—Claro que lo sois. Limpiad, esclavos. Limpiad.

Mientras cambiaban el patio por la sala de estar, Ed esperó a que Alice le apartara a un lado y le interrogara. Sabía que Jasper le había contado lo más básico de la historia de Isabella. Pero conociendo a Alice, probablemente había descubierto mucho más sobre su ligue de lo que había dicho.

Gracias a Dios que había ido a buscar a Isabella cuando ésta había desaparecido del cuarto de baño. Y menos mal que se había tomado un momento para observar, en vez de irrumpir a gritos por violar la privacidad de su amigo. Ver el modo en que ella había mirado las fotografías de Jasper había hecho que de pronto se preguntara cómo había sido su vida antes de cruzarse con él en su galería.

A Ben y a Elizabeth parecía caerles bien, sobre todo porque no les hablaba como a niños. Ella misma parecía desconocer lo que era ser niña… no del modo en que los dos menores de los Hale lo eran. Se preguntó qué clase de niñez había tenido, pero sin saber demasiado, ya había llegado a la conclusión de que no había tenido una madre que le hiciera galletas con regularidad. Hum, tampoco él.

Algo había captado su atención durante la cena. No tenía la más mínima idea de qué podría tratarse, pero ella se lo contaría. Todo en ella le fascinaba, y sobre todo el modo en que funcionaba su mente.

Isabella estaba sentada con su corto vestido verde entre Alice y Elizabeth, quien le estaba enseñando algunas de sus muñecas en miniatura. A Ed encantaba encontrar objetos que añadir a los que los niños ya tenían, sobre todo cuando podía proporcionarles algo que no podían obtener o permitirse por sí mismos. Tampoco él había tenido una niñez precisamente normal… tal vez por eso disfrutaba coleccionando cosas pertenecientes a las vidas de otras personas. Ed miró fijamente a Isabella. «¿Buscamos lo que conocemos o lo que no tenemos?»

Alice se puso en pie.

—¿Quién quiere helado con chocolate? —preguntó.

Elizabeth levantó la mano como un rayo, seguida por la de Jasper, después la de Ben, la suya propia y, por último, la de Isabella. Resultaba evidente que Bella esperaba a ver cuál era el modo correcto de proceder en cuestión de postres. Continuaba amoldándose, aunque comenzaba a tener la sensación de que en algún momento de la velada había dejado de actuar.

—Ed, échame una mano —le ordenó Alice, dirigiéndose a la cocina.

Ah, había llegado el momento. Tras tomar aire y ofrecerle a Isabella una sonrisa solidaria, se puso en pie y la siguió.

—Sí, señora —dijo, entrando en la cocina.

—Saca los cuencos del armario, ¿quieres? —le pidió.

Sacó seis cuencos y los dejó sobre la encimera. Alice comenzó a servir cucharadas de helado en ellos, mientras él se acercaba a la nevera a por sirope de chocolate y cerezas. Era una pura rutina, que seguramente había realizado al menos cincuenta veces.

—Ed, ¿qué sabes de Isabella?

—Lo suficiente, por el momento —respondió—. ¿Por qué?

—No me agrada la idea de que permitas la entrada a esta casa a alguien… peligroso, estando mis hijos.

—Sabe cuidarse ella sola —respondió, apoyándose contra la encimera—, y creo que alguien puede intentar hacerle daño. Pero que pueda ser peligrosa para vosotros, nunca.

—¿Estás seguro de eso?

—Sí, lo estoy.

Alice comenzó a regarlos con sirope, luego dejó de nuevo el envase a un lado.

—Me cae bien —dijo pausadamente—. Pero no es tan sólo una especialista en arte, y ambos lo sabemos.

—¿Y bien?

—Y bien, ¿por qué está contigo?

—Ya te lo he dicho, me gusta. Y me salvó la vida la noche del robo. Estamos trabajando en equipo. —Y enarcó una ceja, retándola a que contradijera su afirmación.

—Eso ya lo veo —dijo en voz baja, y le empujó para que saliera por la puerta.

Cuando se levantaron para marcharse, Elizabeth se había quedado dormida sobre el hombro de su padre. Isabella volvió a estrecharle la mano a Jasper, algo que la honraba, e incluso aceptó un abrazo de Alice en el camino de entrada. Pero Edward no pudo ocultar su sorpresa cuando le entregó las llaves del Bentley.

—¿No te gustó conducirlo?

—Me encantó. Pero si vas tú al volante, has de tener las manos quietecitas y yo puedo entonces pensar.

Él se subió al asiento del conductor.

—¿Y eso tiene algo que ver con lo que ha estado preocupándote durante la cena?

—Sí.

—¿Aquello que prometiste contarme?

—Sí. —Le lanzó una mirada mientras se abrochaba el cinturón—. ¿De verdad no estás enfadado por el AM?

Tardó un segundo en descubrir que «AM» significaba allanamiento de morada. Alguien debía publicar un diccionario de «Jerga de ladrones para británicos».

—No estoy enfadado.

Sus hombros se relajaron un poco, como si hubiera esperado cierta lucha.

—Bien.

—¿Tienes mucho en qué pensar?

—Limítate a conducir.

Riendo entre dientes, Ed condujo el coche camino abajo hasta la carretera. Isabella tenía razón en una cosa; si hubiera sido ella quien condujera, no habría sido capaz de quitarle las manos de encima. Había pasado toda la noche con cierta incomodidad, y ahora que estaban de nuevo a solas, el dolor en su ingle se tornaba mucho más agudo.

Ella se quedó en silencio durante varios minutos, mirando por la ventana sin expresión alguna. Edward, que no estaba acostumbrado a verla pensativa, puso la radio y localizó una cadena de rock cualquiera.

Finalmente, Bella tomó una bocanada de aire.

—De acuerdo. Esto es en lo que pensaba: ¿Arriesgaría alguien como Matteo Milani su libertad, su reputación y su carrera por la venta de un artefacto de millón y medio de dólares?

—Lo hizo, obviamente.

—No estoy tan convencida de eso.

Edward casi se salta un semáforo en rojo.

—¿Cómo dices? ¿No crees que colocara la falsificación o las granadas? ¿Por qué…?

—No, sí creo que lo hizo. Pero es un esnob. Le encanta el prestigio que le confiere su trabajo. No creo que se arriesgara de ese modo por un único objeto. Y no creo que uno cometa un asesinato por un único objeto… no a menos que se trate del diamante Hope o algo por el estilo. Él tenía una falsificación, y ¿para qué otra cosa iba a tenerla, salvo para cambiarla por la verdadera? ¿Por qué deberíamos dar por sentado que…?

Entonces giró bruscamente, y se adentró en el aparcamiento desierto de un centro comercial. Comprendía lo que ella estaba sugiriendo, y la idea le enfurecía e indignaba.

—Crees que lo ha hecho antes —espetó—, sin que yo fuera consciente de nada.

—¿Se ocupa de alguna de tus otras propiedades, o sólo de ésta?

Edward estampó el puño contra el salpicadero.

—Se encarga de realizar adquisiciones para otras propiedades, pero vive en Florida. Le gusta este clima.

—¿Cuánto tiempo al año sueles pasar en Florida?

—Un mes o dos durante la temporada, algunas semanas durante el resto del año.

—Quizá sea eso también lo que le guste de la finca.

—Estás haciendo demasiadas conjeturas, Isabella. Es decir, puedo comprender que tal vez se dejara llevar y se volviera algo codicioso, y que quisiera aprovecharse de mí con lo de la tablilla. Pero estás diciendo que ya me lo ha hecho antes, en repetidas ocasiones.

—Estoy conjeturando, Ed. No sé nada a ciencia cierta. Sólo digo que tiene lógica. Necesito echar un vistazo al resto de tus obras de arte.

Claro que tenía sentido, y aquello le ponía furioso.

—¡Mierda! ¡Maldita sea!

—Me pediste que te contara lo que pensaba —protestó—. ¡Dios! Olvida lo que he dicho. Si vas a cabrearte, la próxima vez me lo reservaré para mí.

—De eso nada —respondió—. No estoy enfadado contigo, sino conmigo mismo por no haber considerado siquiera la posibilidad hasta ahora.

—Seguramente esté equivocada. Podría tratarse de un coleccionista fanático de tablillas, o incluso de alguien que esté chalado y que tiene a Milani cagado de miedo.

—Echaremos un vistazo por la mañana.

—Por la maña…

—Sí, por la mañana. Nada de merodear a la luz de la luna… y quiero estar seguro antes de mencionar tus sospechas a nadie.

Tiró de su brazo llevado por un impulso, acercándola para poder besarla. Ella abrió la boca para él deslizando la lengua entre sus dientes para igualar su propia exploración.

Su polla, ya medio erecta desde que había salido de casa de los Hale, presionó con fuerza contra sus pantalones.

—¡Dios! —dijo con una voz ronca, alargando la mano para dar media vuelta a la llave de contacto y aparcar el coche.

Ella se abalanzó sobre él, enroscando sus hábiles manos en su pelo y apretándose contra su torso.

—Sabes a chocolate —murmuró contra su boca, quitándole el cinturón con brusquedad y deslizando la mano hacia abajo para ahuecarla sobre su rígida entrepierna—. Mmm.

Sintiéndose menos elocuente, la mano de Edward descendió por la parte frontal de su vestido para acariciarle el pecho derecho, y enseguida sintió florecer su pezón bajo sus absortas atenciones. Bella empujó con más fuerza contra su mano y la cabeza de Ed golpeó contra la ventanilla del conductor.

—¡Maldita sea!

—Vamos al asiento de atrás —gimió, sacándole la mano de debajo del vestido antes de ejecutar un giro experto y arrojarle encima de ella.

Edward no se detuvo a admirar su destreza acrobática mientras se afianzaba entre sus piernas, deslizando las manos por sus muslos hasta la cintura, subiéndole el vestido al tiempo que la acariciaba. Deseaba devorarla, hundirse en ella, mantenerla prisionera a su lado para que nunca pudiera escapar. Sus manos apremiantes le desabrocharon los pantalones y se los bajó hasta los muslos junto con los calzoncillos, mientras él optaba por lo fácil y simplemente le arrancaba las braguitas de encaje.

—Y yo que pensaba que mantenías el control —jadeó, sonriendo ampliamente mientras cerraba los dedos a su alrededor y le acariciaba.

El introdujo un dedo en su interior al tiempo que empujaba contra su mano.

—¡Dios! En todo menos contigo.

—Me has roto las malditas bragas.

—Te compraré más.

—No quiero que me compres ropa interior. Te quiero dentro de mí. Ahora.

—Un cond…

—Ahora —repitió con un gemido de impaciencia, alzando las caderas.

Ed no necesitó más invitación. Embistió dentro de ella, hundiendo su verga hasta la base. Bella jadeó, arqueando la espalda y rodeándole la cintura con los tobillos mientras él arremetía, fuerte y rápidamente, una y otra vez, dentro de su tenso calor.

Dios, le volvía loco. Así sin más, cuando cada nervio de su cuerpo parecía estar en sincronía con ella, desde el acelerado latido de su corazón, su áspera respiración, sus gemidos y el resbaladizo calor por dentro y por fuera de su cuerpo, podía admitir una cosa… le excitaba el hecho de que fuera una ladrona, una embustera y una jugadora.

—Mía —gruñó, bajando el rostro hasta su cuello mientras se sentía llegar al orgasmo—. Di que eres mía.

—Eres mío —repitió con un gemido triunfal, clavándole los dedos en las nalgas y mordiéndole en el hombro mientras se corría, palpitando y contrayéndose a su alrededor.

Mientras se daba cuenta de que Bella tenía razón, se dejó arrastrar con ella en el jadeante e irracional olvido.