Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 21

Lunes, 12:46 a.m.

Cuando llegaron a las puertas de la finca, hasta los policías de servicio parecían medio adormilados. Ya se habrían marchado de no ser por el asesinato de O'Hannon, pero McCarty se mostraba obviamente protector con la acaudalada comunidad de élite. Tras echar apenas un vistazo rápido, uno de los agentes abrió las verjas y Ed ascendió por el serpenteante camino.

A medio camino Bella se había percatado de que su ropa interior colgaba del espejo retrovisor, y con un suspiro que él pareció encontrar muy divertido, la desenganchó de allí y se la guardó en el bolso. De acuerdo, sí que era divertido, y por eso se sentía tan relajada que apenas podía mantener los ojos abiertos cuando se detuvieron frente a la puerta.

—¿Debo llevarte en brazos adentro? —preguntó, dedicándole una sonrisa presumida mientras abría su puerta.

—Te respondería «no me jodas», pero entonces no entraríamos nunca. —Sofocando un bostezo, bajó del coche. Tiró apenas conscientemente del corto vestido que cubría su trasero desnudo y fue delante hasta la puerta.

Ed la abrió.

—No llevas bragas —canturreó alegremente en voz baja, inclinándose a besarle el cuello cuando pasó por su lado.

A Isabella le flaquearon las rodillas.

—Corta el rollo —bramó, mirándole con calma—. Seguridad, ¿recuerdas?

—Nuestra foto aparece en el periódico, cariño. Me parece que no es un secreto que estamos saliendo.

—Eso no es salir. Lo que acabas de hacer con la boca son… cosas de alcoba.

Él sonrió de buena gana.

—De eso nada. Deberías ver mi repertorio de alcoba.

Ella alzó la mirada a la escalera, buscando cables o cualquier otra cosa que se saliera de lo corriente. Dado que Laurent estaba muerto y Milani arrestado, seguramente estaban a salvo… pero alguien se había cargado también a O'Hannon.

—Ya vi tu repertorio en el coche —dijo, incapaz de resistirse a dibujar una sonrisa maliciosa—. No está mal.

Su repertorio de alcoba les había mantenido ocupados fuera hasta pasada la medianoche, y a juzgar por la expresión de sus ojos, todavía no había terminado. Y pensar que antes creía que era entretenido, pero se había quedado corta. Y no sólo era el sexo, por excepcional que fuera. Había algo embriagador en un hombre que entraba en una habitación como si la poseyera… y en saber que, probablemente, así era. Para alguien de su profesión, cuyos miembros se pasaban el tiempo mezclándose, adaptándose a cualquier situación que se presentara, su flagrante confianza resultaba hechizante.

Ella comenzó a subir la escalera, sólo para encontrarse con que él la agarró del codo.

—Yo iré delante.

Bella le miró ceñuda.

—No digas tonterías. Tú te ocupas de las tareas de rescate, su señoría, y yo me encargo del reconocimiento del terreno.

Aquello no le gustaba; sin embargo, Bella era consciente de que Ed Cullen poseía un gran sentido común e inteligencia, y tras un momento que le pareció que se debía más al deseo de causar una impresión que porque en efecto discrepara, él asintió y le indicó con un ademán que procediera.

Pasaron junto al Picasso del descansillo y ella trató de echarle un vistazo. Pero en la penumbra no alcanzaba a atisbar si era o no auténtico, así que supuso que Ed había tenido razón al sugerir que esperaran al día siguiente.

A decir verdad, la idea de irse directamente a la cama la atraía inmensamente, después de la noche anterior y del chute de adrenalina de esa mañana, después del revolcón en el asiento trasero del Bentley, se sentía completamente exhausta, pero la idea de tener de nuevo a Ed en la cama con ella la llenaba de… satisfacción, mucho más que de lujuria. Era una lástima que hubiera decidido bajar a registrar el despacho de Milani esa noche. Seguramente podía esperar a que fuera de día, pero ya había desoído sus instintos. Ya era hora de unas clases de repaso para ladrones.

—Voy a inspeccionar tu habitación y la mía, sólo para estar seguros —dijo por encima del hombro, manteniéndose en el lado del pasillo donde la luz de la luna brillaba con mayor intensidad.

—Dejemos que los de seguridad registren mi habitación por la mañana —respondió—. Nos vamos a tu cuarto, y no eres mi guardaespaldas.

—No quiero que te tropieces con una bomba, Ed. Confío en mí misma más de lo que confío en ellos. Yo examinaré tu habitación.

—Estás preocupada por mí —declaró.

—Preparas un buen filete a la parrilla —dijo. «¡Genial!» Ella se había dado cuenta de que aquella… asociación suya parecía evolucionar en una compleja maraña de sus emociones y las de él, pero ahora incluso él se había percatado de eso.

Ed le hizo dar media vuelta para besarla profunda y lánguidamente.

—Gracias. Ambos iremos mañana a examinar la habitación —sugirió—. Debes de estar más cansada que yo, y eso que apenas puedo mantener los ojos abiertos. No tiene sentido merodear sin un buen motivo… sobre todo cuando quienquiera que matara a O'Hannon todavía anda suelto.

—De acuerdo, está bien. —Se apartó de sus brazos y continuó por el pasillo—. Pero creía que la gente como tú nunca se cansaba.

—Sólo cuando estamos con personas como tú.

El pasillo y su suite estaban ambas despejadas, y se quitó el vestido y puso una camiseta y ropa interior limpia mientras Ed estaba en el baño. Bella decidió echarse en la cama durante un minuto mientras esperaba su turno.

Cuando se despertó, Ed estaba tumbado boca abajo a su lado en la cama, con un brazo sobre el hombro de Isabella, sus largas pestañas bajadas y su respiración pausada y regular. Bella se sentía pesada, como hubiera dormido demasiado profundamente y siguiera así durante un momento, tratando de obligarse a despertar.

Ed estaba tan guapo, ahí, tumbado, y supo que, tal como había sentido desde el mismo instante en que había puesto su rápida y asustada mirada en él la noche del robo, jamás podría permitir que nada malo le sucediera. Deseaba, más que nada en el mundo, acurrucarse en sus brazos y volverse a dormir, pero si quería cumplir con su parte del trato, tenía que volver a trabajar.

Se deslizó con cuidado de debajo de su brazo y se levantó del tirón, liberando su peso de la cama. Se puso unos pantalones cortos y descalza se dirigió a la parte principal de la suite. Le causaban cierta preocupación los guardias de seguridad que patrullaban los pasillos; no tenía motivos para esconderse de ellos, pero era un hábito y no iba a dejar que la vieran porque sí.

El despacho de Milani se encontraba en la planta baja, en el extremo opuesto del pasillo en el que estaba ubicado el cuarto de vigilancia, e igualmente accesible desde la escalera de uso habitual y desde la trasera, por la que también se accedía al gimnasio privado de la casa. Bajó por la de atrás, el silencio y la oscuridad eran como viejos conocidos para ella. Era estupendo hacer nuevamente uso de sus habilidades, aunque el subidón de adrenalina había desaparecido; si alguien la veía, se limitaría a saludarla con la cabeza y a dejarla pasar.

Aun así, sintió una clara sensación de triunfo cuando se coló en el despacho de Milani sin ser descubierta. La policía había confiscado su ordenador y los archivos, los cuales probablemente contendrían información acerca de cualquier transacción reciente.

Despegó un extremo de la cinta policial que cruzaba la parte frontal de los dos grandes archivadores de Matteo. Del bolsillo sacó un pequeño trozo de cable de cobre y en un segundo ya había abierto el primer cajón. Los archivos estaban ordenados numéricamente, lo cual supuso era un modo de catalogarlos por orden de adquisición. Bella volvió al escritorio, pero si existía un listado maestro, éste se encontraría en la comisaria.

—De acuerdo, lo haremos por las malas —farfulló, acercándose de nuevo al archivador.

El primer archivo contenía una fotografía de un tapiz medieval que había colgado en la galería la noche en que ella había irrumpido en la casa. Con letra clara se detallaba cuándo había sido realizada la compra junto con las iníciales EC, así que supuso que Ed había realizado la compra él mismo. El precio pagado, la propiedad en que se guardaba el artículo y la ubicación donde se mostraba también tenían su pequeño espacio en el formulario.

Además, Milani llevaba una lista actualizada del valor de mercado estimado de objetos semejantes, que se remontaba a diez años atrás. Colega, que tipo tan quisquilloso. Quisquilloso pero preciso.

Ojeó los archivos por orden, aunque únicamente extrajo unos pocos para examinarlos detenidamente. Algunos objetos eran pequeños, como una sola moneda romana, mientras que otros eran tan grandes como un fresco de catorce metros de Lorenzetti, pintado a mediados del siglo xiv.

Prosiguió, aminorando el ritmo para mirar las fotografías, deseando disponer de más tiempo para examinarlas y para ver las obras al natural. El propio Ed había adquirido la mayoría, a pesar de su supuesta confianza en Milani. Poseía un ojo extraordinario.

Al llegar al tercer cajón se percató de que no había visto el archivo del Picasso que se encontraba en el descansillo de la escalera. Dado que todavía quedaban otros tres cajones, no podía estar segura de que no estuviera… Aún. El expediente de la tablilla estaba de nuevo en el despacho de Ed, pero había algo que no encajaba.

El pomo de la puerta se movió y Isabella se apresuró a sumergirse en las sombras de detrás del escritorio por puro instinto. Ed se asomó a la habitación, miró en derredor y comenzó a cerrar de nuevo la puerta. Entonces se detuvo, enfocando la mirada en el archivador abierto.

—¡Mierda! —maldijo—. Otra vez, no.

Isabella salió de las sombras a su derecha con el ceño fruncido.

—Lo siento —murmuró.

Él se sobresaltó claramente.

—¡Por Dios! Me has dado un susto de muerte. ¿Qué haces aquí abajo?

No se había tomado la molestia de ponerse una camisa, sino que estaba allí, con sólo los pantalones y descalzo, el pelo revuelto y ojos somnolientos, con un aspecto muy similar al de la noche en que se habían conocido. Incluso se había cabreado con la venda que cubría sus costillas y se la había quitado aquella misma mañana.

—¿Cómo sabías que estaría aquí? —respondió.

—No estabas cuando me desperté —bostezó, pasándose la mano por el pelo y dándole un aspecto todavía más desaliñado—. Seguí mi olfato. Da miedo lo bien que te conozco, ¿no?

—Sí —respondió pausadamente. Realmente daba miedo y era incluso inquietante… y excitante.

—¿Y bien? Explícate.

Ella encendió la luz del techo, lo que provocó que él parpadease y le lanzara una mirada molesta.

—Está bien. No estoy segura, pero pensaba que aquí podría encontrar algo interesante.

—¿Algo que la policía pasara por alto?

—Algo que no estuvieran buscando, tal vez.

Una ligera sonrisa asomó en su sensual boca.

—De acuerdo, inspector Morse, ¿qué has encontrado?

—¿Morse? Anda que no te va la BBC América. ¿Por qué ni Sherlock, o el preferido de los americanos, Colombo?

—Son las tres de la madrugada. Tienes suerte de que no pisara una mina terrestre, cielo. —La rodeó con los brazos, y la atrajo contra su pecho—. Habla.

Respiró hondo y frotó mimosamente la mejilla contra su hombro caliente.

—No va a gustarte —murmuró.

—Ya lo supongo. Ponme a prueba.

—Creo que faltan algunos de los expedientes.

—Isabella, llevo más de dieciséis años coleccionando antigüedades. Lo que hacen unos mil expedientes entre adquisiciones pasadas y actuales. Y aunque faltara alguno, no significa que…

—¿Tienes un listado maestro en alguna parte, o tengo que mirar el resto? —Sus corazonadas en ocasiones podían ser erróneas, pero acertaban con la suficiente frecuencia como para no hacer caso omiso de ellas.

—Mira que eres cabezota —farfulló, y liberando su brazo de alrededor de ella, abrió el cajón superior izquierdo del escritorio de Matteo—. Lo que sea con tal de convencerte para que vuelvas a la cama.

Ella siguió su mirada.

—Si es ahí donde se supone que debe estar el listado, no está. Ya he mirado.

—Entonces debe tenerlo la policía. Conseguiré una copia mañana.

—Ed, aquí hay algo que no encaja —dijo refunfuñando, y regresó de nuevo al archivador—. Milani tenía una habitación en la casa, ¿verdad?

—Abajo, donde están las habitaciones del servicio. Casi nunca la usaba… sólo las noches en que trabajaba hasta tarde o cuando quería quedarse el fin de semana.

—Lo que me interesa son las noches que trabajaba hasta tarde, inglés.

Él soltó una bocanada de aire.

—Por aquí, entonces.

—No es necesario que vengas. Son las tres de la madrugada.

—Claro que es necesario. Son las tres de la madrugada.

Los expedientes no se encontraban en el pequeño cuarto que Milani empleaba para sus raras estancias en la casa. Mientras revisaba la cómoda de cajones casi vacía fue difícil pasar por alto la diferencia entre la lujosa suite que Ed le había asignado a ella y el diminuto cuarto de dos camas y un baño pequeño que el gerente de la finca tenía para su uso.

—Supongo que el siguiente paso es hacer una comprobación artículo por artículo para ver qué expedientes han desaparecido.

—Si es que ha desaparecido alguno —corrigió Ed, bostezando de nuevo. Cuando ella no respondió la miró fijamente durante largo rato, su rostro en penumbra en la oscura habitación—. De acuerdo. ¿Estás segura de que tenemos un problema?

Ella hizo una mueca.

—Me apuesto tu Bentley a que hay algo turbio en todo esto… y si logramos descubrir qué expedientes faltan, sabremos cuál es el problema.

—Pues vamos a revisar los archivos.

Dios, aquello podría llevar horas. Y aunque confirmaría lo que ella ya creía, no daría respuesta a una importante pregunta… Si no se encontraban en la finca, ¿dónde estaban los otros expedientes?

—Tengo una idea mejor.

—Si tiene algo que ver con lo que hay debajo de tu camisa, me apunto —dijo, tomándola de la mano mientras regresaban al despacho de Milani.

Le gustaba cogerla de la mano. Ya lo había notado, y aunque eso hacía que se sintiera… confinada, también le provocaba un subidón cada vez que él cambiaba su pauta para tocarla.

—Digamos que ya estoy convencida de que los expedientes no están en Solano Dorado —dijo.

—Está bien, lo acepto.

—Así que, digamos, además, que voy a casa de Milani y echo un vistazo allí.

Ed se detuvo con tanta brusquedad que ella dio un traspié debido al tirón de su brazo.

—¿Cómo dices?

—La policía habrá estado allí, pero únicamente buscaban algo con qué vincularle a los explosivos y a la tablilla. Esos archivos son importantes… Milani es tan quisquilloso que de otro modo no los hubiera sacado del ordenado archivador. Y no puede haberlos destruido sin que le diera un ataque al corazón.

—Isabella, estás sugiriendo que realicemos un allanamiento de morada. AM, o como demonios quiera que lo llames.

—¿Y qué es lo que sugieres si no?

Ed la fulminó con la mirada en el pasillo iluminado por la luna. Despertarse y descubrir que ella se había ido casi le había puesto al borde de un extraño ataque de pánico, aunque la lógica le dictaba que ella se quedaría hasta que descubrieran que estaba pasando. Asimismo, se había sentido consternado al darse cuenta de que estaba comenzando a alargar la investigación.

¿Cuántos «espera hasta mañana» aceptaría Bella? Con todo, aquello parecía una locura.

—No, Isabella. Lo hablaremos con McCarty mañana.

Ella le devolvió la mirada durante un segundo, luego asintió.

—Entonces, vamos a la cama.

Cuando ella se disponía a pasar por su lado, tiró de su mano, y le hizo darse media vuelta.

—¿Crees que soy estúpido? No, Isabella.

Isabella le puso las manos en los hombros y alzó la vista hacia él, sus ojos verdes relucían a la luz de la luna.

—Míralo de este modo, Ed. Te debo una. Así que, a menos que tengas una mazmorra con una buena cerradura, te veré por la mañana.

—No…

—No volveré si no quieres —le interrumpió—. Pero voy a descubrir qué está pasando. Soy consciente de que Milani intentó matarme. Tenía un motivo, y si lo que empiezo a sospechar es cierto, no eran los celos.

—Bella…

—No dejas de decir que lo que ha pasado es personal. Bueno, para mí lo es. Y ahora que tengo una pista, voy a seguirla. Nunca he confiado demasiado en la policía.

Se dio la vuelta sobre sus propios talones, y continuó por el pasillo en dirección a su suite. Tenía allí las herramientas y estaba en lo cierto acerca de las posibilidades que Ed tenía de detenerla.

—Voy contigo —refunfuñó malhumoradamente, siguiéndola.

Y así, media hora después, Ed apagó las luces del SLK y condujo el último tramo a oscuras.

—Me siento como un criminal —murmuró mientras aparcaba al doblar la esquina.

—Lo serás si entras allí conmigo y te pillan. —Isabella se puso un par de guantes negros y se caló una gorra de béisbol oscura en la cabeza—. ¿Por qué no esperas aquí fuera y eres el hombre al volante? Seguramente, obtendrías la condicional por eso.

¡Dios! Ella se sentía lo suficientemente cómoda con lo que iban a llevar a cabo como para hacer chistes.

—Yo voy donde tú vas. —Se atavió con su propio par de guantes de piel y un gorro de esquí.

—Muy bonito. Pero recuérdame que te consiga una gorra de béisbol. Ocultará mejor tus ojos gris claro. —Se bajó del coche, y cerró la puerta en silencio—. No cierres con llave —le previno—. El ruido, las luces, tardar demasiado en volver a subir, crea todo tipo de problemas.

—No pretendo dedicarme a esto. —Cerró su puerta, y se guardó las llaves en el bolsillo—. Pero gracias por la lección de conducta criminal.

Podía enumerar algunas de sus operaciones empresariales que no habían sido del todo lícitas, pero también empleaba lo que adquiría para ayudar a los menos afortunados, para patrocinar causas que consideraba dignas… y suponía que eso le mantenía del lado del bien. Isabella era simplemente una ladrona con una serie de motivos y planes que le ocultaba. Sí, ella tenía su propio código moral; no robaba en museos, no le gustaban las armas y reprobaba que se matara o muriera por un objeto. Pero seguía siendo una ladrona, y condenadamente buena.

Isabella se detuvo un momento a mirar atentamente la calle en una y otra dirección, luego subió a la acera. Giró al llegar a la entrada principal de Matteo, y se dirigió directamente a la puerta con Edward pisándole los talones. Teniendo en cuenta que eran casi las cuatro de la madrugada, Ed se sentía sorprendentemente alerta. Nunca se lo contaría a Isabella, pero casi podía comprender por qué hacía aquello por norma general. Saber que podrían pillarles en cualquier momento, que no debían estar allí, hacía que aquel paseo nocturno resultara mucho más excitante que cualquier acuerdo comercial o adquisición financiada.

Isabella llamó a la puerta, y a Ed estuvo a punto de salírsele el corazón del pecho.

—¿Qué estás hacien…?

—Shh. No voy a colarme dentro si su anciana madre ha venido para apoyar a su hijo en este momento de adversidad, o lo que sea —le respondió entre susurros.

—De acuerdo, está bien.

Se quedaron allí parados durante lo que pareció una hora y después Bella colocó ambas manos en el pomo de la puerta. Ed no podía ver bien lo que hacía en la oscuridad, pero un segundo más tarde la puerta se abrió.

—Vamos.

—¿Cómo sabías que no habría alarma? —preguntó.

—La hay —dijo mientras entraba—. Puso una pegatina en la ventana delantera. Si es de las corrientes, tenemos treinta segundos para desactivarla, o todo el vecindario se despertará. ¿Vienes?

Se dirigió de inmediato al pequeño cajetín que había en la pared al fondo de la entrada. Esta vez sacó lo que parecía una pequeña batería con cables y pinzas. Retiró la parte frontal del dispositivo y unos segundos después éste emitió un pitido.

—Guay. Nos sobran catorce segundos —farfulló.

—Y ahora, ¿qué?

—¿Has estado aquí antes?

—No.

—Entonces buscaremos el despacho. —Inició la marcha, luego redujo el paso para lanzarle una mirada por encima del hombro—. Por curiosidad, ¿por qué no has estado antes aquí? Aunque Milani y tú no fuerais buenos amigos, ha trabajado para ti durante diez años.

—¿De verdad quieres mantener esta conversación ahora?

—¿Alguna vez te invitó y tú lo rechazaste o nunca te lo ha pedido?

Comprendió que Bella no hablaba por hablar; seguía buscando pistas, pruebas, para dar respuesta a sus preguntas sobre Matteo.

—No recuerdo que me invitara.

—Así que no erais amigos.

—Asistió a mi boda.

—Apuesto a que la reina asistió a tu boda —respondió con su imprevisible sonrisa, y se escabulló por una entrada.

—Su majestad es muy educada —contestó Edward, divertido a su pesar.

—Allá vamos —dijo, y él la siguió a un despacho pulcro y grande. Ella ya se encontraba junto al alto armario archivador y le indicó a él que fuera al escritorio—. Avísame si está cerrado.

Podía abrirlo perfectamente sin ayuda de nadie. El cajón de arriba estaba cerrado, y mientras lo sacudía escuchó el sonido del archivador al abrirse. Bella era buena. De eso ya se había percatado con anterioridad, naturalmente, pero verla en acción era verdaderamente impresionante. Volvió a sacudir el cajón una vez más, levantando y tirando, y éste se abrió con un grave crujido de madera al astillarse.

—Qué sutil —dijo ella por encima del hombro.

—Eh, ha funcionado.

Edward metió la mano para descorrer el pestillo y abrir el resto de los cajones, e inició su búsqueda. Facturas personales, resguardos de alquileres de películas, información fiscal… todo tenía su propio expediente por orden alfabético. Hasta los bolígrafos estaban separados por colores.

—Busca cualquier resguardo de ingresos, cualquier cosa que no encaje con lo que le pagas.

—Estamos buscando expedientes de arte, Isabella. Nada más. Deja que la policía se ocupe de investigar el resto.

—¿Estás siendo noble o temes hallar algo?

—Si hizo lo que tú crees, no voy a poner en peligro el juicio que le enviará a la cárcel durante un largo periodo de tiempo. —Ed tuvo que aminorar el ritmo cuando se topó con un ordenado expediente de fotos de Catherine Zeta Jones. Interesante, aunque él tenía como principio no desear a mujeres casadas. No todo el mundo se atenía a esa doctrina—. Ésa fue mi filosofía con Tanya y James… dales la suficiente cuerda para que se ahorquen ellos solitos.

—Recuérdame que no me ponga a malas contigo —respondió, cerrando el cajón y poniéndose manos a la obra con el segundo—. Así que, ¿cuál de ellos te cabreó más?

—¿No deberías concentrarte en otra cosa en este momento?

Ella le respondió riéndose por lo bajo.

—¿No te he contado que allanar moradas me pone muy cachonda?

«¡Dios santo!»

—James.

—Pero Tanya era tu esposa.

—Era infeliz y se lo contó a James. En vez de decírmelo a mí decidió que follársela era el modo de proceder. Mis amigos no me estrechan la mano mientras se follan a mi mujer.

—Pero también la abandonaste a ella.

Ed tomó aire.

—Mi esposa no se acuesta con otros hombres.

No le sorprendió el estupefacto silencio de respuesta de Isabella; aún después de hacer tres años desde que los pillara in fraganti, seguía recordando los sonidos, los olores, el abyecto estupor por haberse dejado engañar con tanta facilidad. Pero había sido Isabella quien había preguntado.

—Ah, bingo —murmuró Bella un momento después.

Ed cerró el cajón del escritorio.

—¿Qué has encontrado?

—Tus expedientes. En cualquier caso, expedientes con el mismo sistema numérico que los de tu casa. —Sacó un puñado de ellos, y los dejó sobre el escritorio, acto seguido un segundo fajo y un tercero—. Yo diría que hay unos treinta.

—Echemos un vistazo.

—Podríamos hacerlo —replicó—, pero casi es de día —anunció frunciendo los labios, paseó la mirada de él a los expedientes—. Corrígeme si me equivoco, pero ¿no son en realidad propiedad tuya?

—Sí. Pero ¿qué pasa si él acaba yendo a juicio por algo de lo que encontremos en estos archivos, que él sabe que están en su casa?

Eso hizo que Bella se detuviera por un minuto. A buen seguro que nunca antes se había llevado nada teniendo en cuenta una posterior utilización legal.

—¿Y qué te parece si encontramos algo, le contamos a McCarty nuestras sospechas y le pedimos que consiga una orden de registro? En caso necesario, siempre puedo colarme para dejar los expedientes de nuevo aquí.

Edward sacudió la cabeza.

—Llevémoslos a la casa y echémosles un vistazo primero. Más tarde podemos decidir su importancia.

Aquello le granjeó una sonrisa.

—Me gusta tener un socio —dijo—. Con algo de práctica, podrías ser un buen ladrón.

—Si descarto lo cachondo que todo esto me pone, no gracias. —Recogió el fajo de expedientes y le indicó con un ademán que le precediera—. Vamos.

Isabella retiró los cables de la alarma y salió rápidamente por la puerta, y la cerró con llave mientras contaba en silencio.

—Despejado —dijo al acabar.

Bajaron de nuevo la calle y se metieron en el coche. Mientras él ponía en marcha el motor, Isabella se arrimó lentamente, le agarró de la barbilla y le besó apasionadamente en la boca. Él le devolvió el beso, y deseó entonces haber llevado un coche con asiento trasero y no estar aparcados a treinta metros de la casa en la que acababan de colarse.

—¿Siempre va todo como la seda? —preguntó mientras trataba de volver a centrar su mente en conducir hasta la casa y de alejarla de la aguda incomodidad de su entrepierna.

—No. Tú me das suerte. —Después de darle otro apasionado beso se recostó para quitarse los guantes y la gorra—. Y gracias.

Se incorporó a la carretera, y encendió las luces una vez que hubieron doblado la esquina.

—¿Gracias, por qué?

—Por confiar lo suficiente en mí como para seguir adelante con esto. Soy consciente de que no te hacía ni pizca de gracia.

Cierto que no le había gustado el robo, pero la emoción que suscitaba la situación no había estado nada mal. Pero confesarle aquello parecía altamente desaconsejable.

—Ya veremos si merecía o no la pena.

Menos de una hora después se encontraban sentados en el suelo del despacho de Matteo, rodeados por carpetas de color manila, y revisando los expedientes incautados. Parecían prácticamente idénticos a los que quedaban en la casa, y Isabella frunció el ceño.

—Esto apesta. Sé que aquí hay algo.

—Tenemos que echar un vistazo a los objetos que acompañan a cada expediente —dijo Ed, y agarró de nuevo uno de ellos y lo hojeó otra vez.

Ella comenzó de nuevo, miró primero uno de los expedientes de la casa, luego otro de los que Milani había sustraído. Todo parecía en orden, hasta que llegó a la página de los precios comparativos de mercado. En el documento recuperado, Matteo lo había llevado diligentemente al día durante los tres años que llevaba el artículo en la finca… hasta siete meses atrás, cuando cesaron las anotaciones.

Frunciendo el ceño, Bella abrió el expediente anterior y lo ojeó una vez más. Al igual que el resto de lo que había revisado, éste había sido actualizado hasta el mes anterior. Muy bien, eso sí que era interesante. Dejó el expediente a un lado y pasó al siguiente.

Aquél mostraba el mismo resultado de estadísticas de valores de mercado, pero once meses atrás en lugar de siete. El valor comparativo había continuado subiendo regularmente hasta entonces, de modo que no parecía que hubiera declarado la pintura como una pérdida y que simplemente se hubiera olvidado de ello.

—¿Ed? Echa un vistazo a esto.

Le mostró las cifras en ambos expedientes, y observó cómo su expresión se tornaba más amenazadora y dura a medida que lo hacía.

—Tenías razón —farfulló finalmente.

—Tal vez. Aún tenemos que ver las obras de arte antes de que esto cobre algún significado. Y tendremos que revisar cada expediente que sigue aquí para cerciorarnos de que no se trata de algún fallo del sistema contable.

—Pues vamos a ello.

El cansancio de Edward había quedado sepultado por una dura y ardiente cólera. Isabella no cesaba de repetir que podía estar equivocada, pero él ya había aprendido a confiar en sus instintos.

—¿Cuántos llevamos con ése? —preguntó, estirando la espalda.

—No lo sé. Alrededor de ochocientos. —Isabella arrojó otro expediente al montón de los «normales»—. Que treinta expedientes de entre mil no estén al día no son tantos. Tal vez los trasladara por algún motivo, y simplemente se olvidó de ellos. Quiero decir que actualizar un millar de expedientes una vez al mes es una labor extremadamente agotadora.

—No comprendo por qué lo defiendes. Intentó matarte. Además, los únicos expedientes cuyas estadísticas faltaban son los que tenía en su casa. Y no dejó de anotar las entradas de golpe. No se olvidó de nada.

Ella hizo una mueca, y volvió a recogerse el pelo en una coleta que sólo parecía sujetarlo durante cinco minutos antes de deshacerse.

—Es… es como un código de honor. Yo rompo la ley con frecuencia, Ed. No sé qué demonios hago delatando a alguien que es igual que yo.

Ed se arrimó a ella, y tomó su mejilla en la mano.

—No eres como él, Isabella. De hecho, no te pareces a nadie que haya conocido.

—No seas blandengue —farfulló, echándose hacia atrás para poder levantarse—. Voy a por un refresco. ¿Quieres un té, un café?

Con un gruñido se puso en cuclillas y se ayudó del escritorio para ponerse en pie.

—Iré contigo. —Se agachó a recoger los expedientes «cuestionables»—. Y éstos también se vienen.

—Nadie sabe que están aquí —dijo, abriendo la puerta para que él pasara—. No creo que vayan a ir a ninguna parte.

La tomó de la mano que le quedaba libre.

—No se me va a escapar nada más —dijo, preguntándose si ella comprendía exactamente lo que estaba diciendo.

—Todavía tenemos que revisar los objetos en cuestión que van con éstos —respondió, y hundió un nudillo en el fajo de expedientes—. Puede que necesites recurrir a otro.

—No. Recurro a ti. Si estamos equivocados y se llega a saber esto, podría arruinar el valor de toda mi colección. Si tenemos razón, quiero ser yo quien decida cuánto debe saber la policía el que descubra quién demonios está involucrado.

Comprendía lo que había dicho Isabella referente a su «código de honor», pero le preocupaba un poco. Hasta ese momento había sido bastante osada en sus teorías, pero parecía tener necesidad de demostrárselas a sí misma antes de mencionarle nada a él. E incluso hablar con él era diferente que hablar con la policía. Edward sólo podía imaginar su reacción si le pidieran que testificara en el juicio contra Milani. Huiría y jamás volvería a verla. Recogió los expedientes. Motivo de más para estar completamente seguro de qué terreno pisaban antes de involucrar a nadie más en aquel maldito embrollo.

Cuando entró en la cocina con Isabella, no pudo evitar sonreír abiertamente al ver la expresión de adoración en el rostro de Hans.

—Hans, una taza de café y una coca cola sin calorías, por favor.

—Por supuesto. Pero he descubierto un nuevo café de moca que podría gustarle, señorita Bella. Deja mucho menos regusto a café. ¿Le gustaría probarlo?

—Confío en ti, Hans —respondió, sonriendo al chef.

—Espléndido. ¿Y podría sugerir tortilla para desayunar?

—Suena bien. ¿Ed?

Él asintió, preguntándose cuándo, exactamente, había perdido el control de su casa.

—Está bien.

La mañana había amanecido nublada y húmeda, de modo que Ed la condujo a la biblioteca en vez de al patio. En cualquier caso, eso les concedería más espacio para extender los expedientes. Se preguntó cuánto tiempo le habría llevado percatarse de que faltaban, si es que acaso se le hubiera pasado por la cabeza el mirar. Y en cuanto a lo que éstos representaban, jamás se le hubiera ocurrido.

Estaba de acuerdo con Isabella; él no pensaba como un criminal. A sus ojos, nadie elaboraba una tablilla falsa y esperaba lograr que fuera aceptada en el Museo Británico en su primera aventura criminal. Si ella estaba en lo cierto, Milani había empezado a pequeña escala y hacía ya algún tiempo, y había avanzado gradualmente hasta el punto de sentirse cómodo guardándole la tablilla a otro y asumiendo que pasaría un examen y que el incauto elegido cargaría con las culpas.

—Me vendría bien una siesta —dijo ella, sentándose en una silla.

—Y yo necesito desesperadamente una ducha —respondió él, arrojando los expedientes a la cabecera de la mesa de documentación—. Ahora, de hecho. Ha sido un día y medio muy largo. ¿Te quedas aquí?

—No si te vas a tu habitación. Todavía no la he revisado. —Con lo que podría haber sido un suspiro, se puso de nuevo en pie—. Debería hacerlo de todos modos, antes de que alguien se tropiece con algo.

—Isabella, te he dicho…

—Te he oído —le interrumpió, cogiendo los expedientes de camino a la puerta—. Lo que no significa que tenga que obedecer.

Refunfuñando, la alcanzó y le cogió los expedientes. No podía detenerla, pero podía, al menos, estar a su lado en caso de que algo fuera mal. Su suite, sin embargo, estaba limpia de cualquier explosivo, asesinos, y prácticamente de todo, salvo de una ladrona.

—Muy bien. Estaré en la biblioteca, comiéndome tu tortilla —le dijo con una leve sonrisa, reclamándole los expedientes y volviéndose sobre sus propios talones.

—Isabella.

Ella se volvió de nuevo hacia él.

—¿Sí?

—Anoche, en casa de Jasper y Alice, estuviste realmente encantadora.

Agachó la vista.

—Gracias.

«Dios, era preciosa.»

—Pero no le cuentes a Hans que estuviste fileteando aceitunas; arruinarás tu imagen ante él.

—Descuida. No quiero que ninguno más de tus empleados piense que voy detrás de su puesto de trabajo.

Mientras se metía en la ducha, comprendió que lo que Isabella había propuesto hacer complicaba todavía más todo el asunto de la implicación de Milani. La única prueba que tenían que vinculaba a Milani con las granadas, con la tablilla falsa y con el primer ladrón era el salto de las grabaciones de vigilancia. Si no sacaban nada en claro de las comparativas de mercado que faltaban de aquellos expedientes, sólo tendrías conjeturas, a1 menos que McCarty hubiera dado con algo.

Llamaría al detective después del desayuno. Porque, lo comprendiera o no Isabella, si Matteo era eliminado como sospechoso, ella pasaría de nuevo a ser la culpable más probable. Él no lo creía, y parecía que tampoco McCarty, pero con sus antecedentes, alguien la encontraría culpable del crimen.

Edward hundió la cabeza debajo del agua. ¡Maldita sea! De algún modo, todo aquello tenía sentido. En algún lugar existía una pista que conducía del robo hasta quienquiera que ahora poseyera su maldita tablilla. Y cuanto antes descubriera el rastro, mejor para Isabella… y peor para sus motivos de que se quedara.