Cuando sea mañana…
Camus x Milo
Resumen: Después de su regreso al Santuario, Camus reflexiona sobre su relación con Milo y los motivos que lo llevaron a alejarse de él.
Personajes: Camus, Milo, Saga, Shura, Mü y Dohko.
POV Camus
El árido paisaje y una sensación de desasosiego me dan la bienvenida al Santuario. Hace tres años la misión de entrenar a Cristal me llevó lejos de estas tierras griegas, y tal vez es el resultado de tantos años de exilio en Siberia, o que sé el nombre de quien cubrió este recinto sagrado con una falsa luz, lo que me produce esta sensación de que ya no pertenezco aquí.
A paso firme cruzo los doce templos hasta el Templo Papal para informar sobre el término de mi misión, con el nombramiento oficial del Caballero de la Corona Boreal, y poner mis servicios a las órdenes de Arles. Al abandonar la cámara principal, suelto un suspiro para liberar la opresión que siento en mi pecho por tener que fingir lealtad a ese hombre. Pero no puedo relajarme por completo, ya que el inconfundible cosmos del Santo de Capricornio se aproxima para su audiencia diaria con el Patriarca.
—Acuario —saluda deteniéndose y dirigiéndome una intensa mirada que advierte su eterna vigilia.
—General —respondo sin inmutarme a su imponente presencia—. El Caballero de la Corona está en funciones y en espera de sus órdenes en el campamento de Bluegrad —informo.
—Excelente —hace un gesto con la cabeza para dar por terminada la conversación y seguir con su itinerario. Pero algo hace que se detenga—. Milo informó que llegará mañana después del mediodía.
La mención repentina del ahora Caballero de Escorpio, me toma por sorpresa.
—Por si te interesa —agrega antes de seguir su camino hacia Arles.
—Milo —susurro al dar el primer paso hacia mi templo. ¿Cuánto tiempo hace que evito pensar en él? Dos años, creo. Soy consciente que mi actitud debió llenarlo de preguntas y reclamos que me da miedo enfrentar. Pero aproveché su misión en Uganda para actuar con mayor soltura en mi encuentro con el Patriarca.
Desde que un acto de caridad hacía un asustado niño unió nuestros destinos, él se convirtió en una parte muy importante en mi vida. Me aceptó tal como soy: nunca le importó mi carácter serio, ni hubo burlas por mi extraña forma de hablar griego; Milo simplemente comenzó a llenar esa soledad con sus tontos juegos y escandalosas pláticas. Pero con el paso del tiempo, nuestra amistad comenzó a ser peligrosa, en especial desde que ví a Aioros huir del Santuario con la infanta Athena en brazos.
Aunque me tomó años comprender la gravedad de los hechos de esa noche, recuerdo muy bien la sensación de sofoco que me invadió al observar como el Santo de Sagitario desaparecía por el acantilado que separa los templos de Acuario y Piscis. La asfixia fue indescriptible al punto que, cuando el toque de queda se retiró, acudí con el Patriarca en busca de algún consuelo. No obstante, después de relatarle todo lo acontecido él dijo:
—Acuario —alzó la voz—. Sólo por tu valor demostrado te contaré la verdad. El Caballero de Sagitario nos traicionó.
—Excelencia. Sé que no conozco del todo a Aioros, pero no creo que él fuera capaz de semejante acción— refuté. Una corazonada me decía que sus palabras eran mentira.
—Dudas de mi palabra, Acuario —gritó.
—No, Patriarca —agaché la cabeza escondiendo el escalofrío que me recorrió.
—Camus, Camus, Camus… tienes dos cualidades que pocos Caballeros poseen: un corazón sensible que ocultas con un frío carácter —su voz calmada me heló la sangre, al punto que no noté el momento en que llegó a mi lado—, y un agudo intelecto que te hace peligroso. El cuál te recomiendo usar ahora— amenazó.
Por primera vez en mi vida, tuve miedo.
—No temas. Si me obedeces, no te pasará nada, ni a tu único amigo —puso su gran mano en mi cabeza y al instante quedé paralizado al sentir lo sencillo que le sería matarme—. Te hará bien reflexionar sobre tu lealtad en Oymyakon.
—Sí, su Excelencia —sabía que no tenía salida.
—En dos meses te haré entrega de la armadura de Acuario y más te vale no hacer nada estúpido. Ahora retírate.
Salí corriendo hacia la Casa de Escorpio, necesitaba verificar que mi niño estuviera bien. No entendía que le había pasado a su Santidad, sólo era consciente que su amenaza era verdadera. Y cuando Milo me contó que él también había visto algo la noche que Aioros desapareció, me juré que haría lo posible por protegerlo de la oscuridad del Patriarca.
En mi décimo cumpleaños partí a la región más fría de Siberia. Llegar a ese infierno congelado fue difícil, pero el mayor desafío fue sobrevivir ahí. Durante dos años maldije con todas mis fuerzas al destino. Aunque las constantes cartas de Milo, llenas de su inocente forma de ver el mundo, me dieron la determinación para volverme más fuerte y alejaron parte de la soledad que me rodeaba. La verdad es que me quedé esperando el momento de mi muerte a causa del entrenamiento, o por orden directa del Patriarca.
Las cosas cambiaron la noche que Mü apareció en mi cabaña. El Santo de Aries tambien había notado el cambio en el Santuario y, fiel al su espíritu inquieto, estaba buscando respuestas. Le conté todo lo que sabía y, en agradecimiento, me reveló la verdad; junto con el plan que el maestro Dohko estaba llevando a cabo para proteger a la infanta Atena. Unirme a su causa me dio el motivo principal para soportar el castigo de Saga.
Dos años más necesité para estar listo y volver al Santuario. Pero ni todo el entrenamiento del mundo me habría preparado para Milo y su peligrosa naturaleza, que desde el primer momento puso a prueba mi objetivo principal. Descubrir que el pequeño y regordete niño se volvió un atractivo adolescente, inconsciente del caos que provocaba con cada mirada traviesa o sonrisa que me dedicaba, despertó un cúmulo de sensaciones y emociones nuevas que nos ponían en peligro. Así como los celos que surgieron al saber de su cercanía con el futuro Santo de Leo, los cuales me llevaron a rozar sus labios mientras dormía, profanando la delgada línea de nuestra amistad. Pensé que en silencio y completo secreto, sería capaz de calmar la insana necesidad de tenerlo cerca, pero sólo conseguí lo contrario.
Al comprender que la distancia sería lo único que podría mermar mis sentimientos, acepté con gusto la orden del Patriarca para entrenar a un nuevo santo en Siberia. Pero mi debilidad cedió ante los tristes ojos turquesa, los provocadores labios y la inocencia de Milo. Caí como Adán, un hombre débil ante las pasiones terrenales ante la tentación, y mordí nuevamente la manzana prohibida. Nos besamos hasta que obtuve la fuerza suficiente para alejarlo. Debía protegerlo junto con Athena, y mis errores sólo nos ponían en peligro a todos.
Los años en Múrmansk fueron más tolerables, la comunicación con Mü y el maestro Dohko se volvió constante. La compañía de Cristal fue un bálsamo que me permitió enfocarme en revelar su verdadero potencial como mi sucesor; y encontré consuelo en los brazos de Liam, el guardián de Bluegard, cuyos ojos azules y desinhibida personalidad me atrajo! pero él sólo fue una víctima más de mis malas decisiones. Las noches que compartimos juntos, reemplacé en mi mente el cuerpo que recorrían mis manos, la voz que escuchaba entre gemidos y los ojos que me veían con pasión, con los pertenecientes al Santo de Escorpio.
La suma de tantos secretos y la culpabilidad de todos mis actos me llevaron a dejar de escribirle cartas a Milo. Y mañana me tendré que enfrentar al resultado de mis decisiones. Sea cual sea, esta vez no puedo huir de mi misión. Hasta el momento estoy seguro de que Shura y Deathmask están a plena disposición de Arles; y me atrevo a decir que el Caballero de Cáncer como siempre oculta más cosas de las que dice saber, él si es peligroso. Me parece que Aldebarán y Aioria no están al tanto de la situación. En cuanto a Shaka y Afrodita debo esperar hasta que regresen de sus respectivos entrenamientos para ver en qué parte del tablero jugarán.
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Cuando el sol pasó su cenit, los soldados comenzaron a correr el rumor del desembarco del Santo de Escorpio, en El Pireo, y de su pronto arribo al Santuario, tal como Shura me indicó.
Al finalizar mis nuevas labores, me dirijo al Templo de Escorpio para esperarlo y Calandra, a sabiendas de lo feliz que estaría el custodio al verme, me permite esperarlo en su habitación. El lugar sigue casi igual a la última vez que estuve aquí, a excepción de algunos libros nuevos y un cofre abierto que descansa sobre el escritorio que, por alguna razón, capta mi atención. En su interior, encuentro varias hojas cuidadosamente dobladas y acomodadas una tras otra; tomo la primera de ellas y comienzo a leer.
Mi amado Camus:
Creo que este año de silencio me ha hecho caer en la desesperación. Sabes, cada noche imagino cómo fue tu día, imagino que escribes cartas donde detallas los colores que adornan las auroras boreales, o donde la tundra te cautiva con sus paisajes. Cualquier cosa, por muy tonta que sea, pero que me haga sentir que aún formo parte de tu vida.
¿Es por que aún no cumplo mi promesa que me estás castigando con este silencio, o es que hay algo más?
Se supone que somos amigos y debemos ser sinceros el uno con el otro, así que hoy déjame ser honesto contigo. Hice algo muy malo: besé a Aioria. Pensé que con él podía olvidarte. Pero mis acciones sólo me llevaron a complicar las cosas, que parece ser es lo único que sé hacer bien.
Aunque la sensación me incomoda, no estoy arrepentido de lo que hice. Ese beso me aclaró que esto que he estado sintiendo por ti durante años es amor.
Si lo pienso, puedo afirmar que me enamoré de ti a los pocos meses que nos volvimos amigos, pero mi entendimiento de la vida en aquel entonces no me dejaba comprender lo mucho que ya significabas para mí. Y no es que ahora conozca todos los secretos del universo. Sólo puedo comprender lo que siento, aunque es confuso y doloroso, pero también me hace muy feliz.
¿Me amas? ¿Piensas en mi? Porque yo lo hago con cada anochecer que me recuerda a cuando eramos niños y te quedabas en mi templo contándome toda clase de historias, hasta que el sueño podía más que mis ganas de escuchar tu voz.
¿Quieres otra confesión? Extraño el acento extraño con el que hablabas antes, era tan tú que me fascinaba. Así como admiro lo inteligente que eres y tu gusto por enseñar; tu forma tan cálida de ser, aunque no se la muestres a todos, y que salía a mi rescate cada vez que Deathmask me tomaba el pelo, o cada que se burlaba de que no podía con la carga del entrenamiento que Saga nos ponía hacer.
Aún cuando te fuiste la primera vez, sentía que podía contar contigo. Y cuando nos besamos imaginé que eso haría que fuéramos más unidos. Pero veo que sólo logró aumentar la distancia entre nosotros, hasta que con tus alas escapaste de mis manos.
Y sin embargo aún no pierdo la esperanza de que algún día regreses a mí.
Siempre tuyo: Milo.
Conmovido, sigo leyendo hasta perder la noción de las horas y de todas las cartas donde Milo había plasmado en palabras sus sentimientos de amor por mí; no sin antes reclamar «la ingratitud que envuelve mi alma de témpano de hielo, por hacerlo a un lado sin la más mínima consideración».
Absorto entre tantas confesiones, el cálido abrazo de Milo me toma por sorpresa. Sentirlo tan cerca me hace querer sumergirme en él, lo que me hace buscar una confirmación de sus labios. Pero al verse expuesto, el escorpión vuelve a ser el niño asustado, que esconde su sensibilidad bajo una fachada de ira.
Tal vez mañana me arrepentiré de mis actos, pero hoy quiero robar de su cariño un poco de esa inocente tranquilidad. Así que presiono todos los puntos bajos que, sé, me darán la respuesta que necesito de Milo. Y funciona.
Mientras nos fundimos, pienso en mi misión de espiar a Saga y sus aliados, sólo tengo que aferrarme a la cálida luz que Antares me brinda para consolar mi alma; en lo que esperamos el tiempo en que Athena esté lista para destruir la oscuridad del Santuario.
FIN
...
...Incluso si desapareces al mismo tiempo que la blanca nieve, querré florecer siempre dentro de tu corazón. La tristeza cae y se convierte en nieve blanca y pura...
Last song —Gackt
...
SIGUIENTE:
Romance Sanctuary III
Tal vez no seas como una rosa
En la cuenta de Arodnas
