Capítulo 4
-No te atrevas a ponerle un dedo encima, Brown
Sin embargo, no tuvo tiempo de ir hacia el bebé y alejarlo de las estúpidas manos de Lavender, puesto que la chica lo tomó en sus brazos sin preguntarle a nadie, y lo alzó sobre su cabeza. Scorpius la miró con el ceño fruncido, un puchero apareció en sus labios, al sentirse apartado de lo que conocía.
-Hermione, por Merlin, que agresiva, el pequeño quiere venir con su tía Lav Lav, - Ronald entró en ese momento en la habitación, sorprendiéndose de ver a su novia con un bebé - mira Ro-Ro, si nuestro hijo tiene mi cabello y tus ojos, será igual a él.
El pequeño frunció aún más el ceño al ver al pelirrojo, parecía que la aversión por Ronald Weasley era de familia, pero Hermione no tenía el tiempo para reír por la ocurrencia, puesto que quería alejar lo más posible al pequeño Malfoy de la arpía de Brown. Los ojitos de Scorpius se tornaron rojos, como signo que se pondría a llorar, y al notarlo, Ginny se lo quitó de inmediato para tranquilizarlo.
-Cuidado, lo haces llorar con tu rostro operado.
El pequeño escondió su cabecita en el cuello de Ginny para no tener que ver a esas horribles personas que no quería que lo tocaran. Tal palo tal astilla.
-Enana, sé amable – advirtió Ronald, sin embargo, nadie quiso hacerle caso.
-Dudo mucho que Scorpius pueda poseer algún parecido a tus genes, Brown - dijo Hermione con tanto veneno que hasta ella misma se asombró. Sin duda se juntaba mucho con Draco - y hay que ser ciego para no notar que sus ojos son grises, mientras que los de Ronald, azules.
-Hermione, eres una grosera. ¿Dónde están Fleur y Bill? – Preguntó mirando hacia todos lados buscando a la pareja - No deberían dejar que esta mala influencia este con su hijo.
-Es el hijo de Draco, niña tonta.
-Enana, no lo diré tres veces.
-Oh, ¿te sigues juntado con mortífagos?
La sangre le hirvió en las venas a tal punto que sentía que burbujeaba por la ebullición. Una cosa era que la insultara a ella, pero que se metiera con Draco no lo iba a tolerar.
-Es todo, no la soporto, me voy.
Se acercó a Ginny para tomar a Scorpius, sin embargo, ella lo apartó, no quería que se fueran.
-No, Herms, por favor, no me dejes con ella.
-Hermione no tienes que irte – comentó Ronald con un tono que mezclaba la exasperación con el cansancio, poniendo los ojos en blanco a su paso -, Lav no quiso insultarlo, fue solo una broma.
-Si lo insultan a él, también me insultan a mí.
-No es como si no fuera cierto que es un mortífago – murmulló el pelirrojo, con un sutil tono que todos escucharon. Sí, capten la ironía de eso.
Hermione sabía que lanzarle un Crucio a su ex mancharía permanentemente su reputación en el ministerio, por no decir que sería una gran paradoja considerando el puesto que tenía en él. Un Sectumsempra era la otra opción, pero también lo dañaría bastante. Así que optó por acercarse nuevamente a Ginny, quien al ver la expresión en su rostro supo que no había vuelta atrás.
-Pobrecita, está tan desesperada por que alguien la quiera que se junta con la escoria – Lavender definitivamente no era la reina de los cotilleos suaves, puesto que a pesar que le estaba hablando a Ron, todos en la habitación escucharon sus palabras con claridad.
Si la estúpida rubia quería burlarse de su "soltería", adelante, que lo hiciera, no era que le afectara. Pero que le dijera escoria a su mejor amigo era una cosa completamente diferente. En menos de un segundo, antes de que Ginny soltara al pequeño Scorpius en las manos de Hermione, la castaña se dio vuelta con su varita en mano y le lanzó un encantamiento aturdidor que la hizo volar por la cocina y estrellarse contra la pared del fondo, cayendo inconsciente al suelo y con varios rasguños en la cara.
-¡Hermione, qué has hecho! - Ronald corrió hacia su novia maltrecha, y se arrodilló a su lado.
-Tu novia es una perra y se merecen el uno al otro. Agradece que no te he lanzado nada a ti.
Tomó a Scorpius de los manos de Ginny, y salió de la cocina, rumbo a la sala donde había dejado del resto de sus cosas. Con un movimiento de varita juntó todo, mientras sentía unos cuantos pares de ojos observarla. No sabía si había lástima detrás de esas miradas, no sabía si era compasión o la acompañaban en su ira, pero no le importó, lo único que quería ahora era salir de ahí, alejarse de esa tóxica pareja y poner al pequeño Malfoy a salvo lejos de ellos.
Un portazo hizo retumbar la casa cuando salió, y dio gracias que Scorps no se asustara por eso. Debía caminar hasta la zona donde podía aparecerse, pero a medio camino, Molly la detuvo, y ahí estaba de nuevo, la mirada de lástima.
-Querida, no tienes que irte.
-Creí que podría soportarla, Molly, pero ella me lo hace difícil. Y Ronald no pone mucho de su parte tampoco. – Sus ojos se tornaron rojos, se odió por eso. No quería que Molly malinterpretara las cosas. – No creo que vuelva a aparecer por aquí. Lo siento.
-No, Hermione, nos castigas a todos por el comportamiento inmaduro de mi hijo y su prometida, pero…
-Exacto, es su prometida, y pronto será su esposa. Estarán acá siempre, es prácticamente su casa. Venir aquí otra vez sería como meterme en la boca de un lobo, y realmente no estoy de humor para eso. Es hora de cerrar este ciclo, no puedo pasarme la vida aquí esperando que Ronald se dé cuenta que su novia es como es y venga a pedirme disculpas. No puedo quedarme parada mientras ellos insultan a uno de mis mejores amigos, siendo que ha hecho todo lo humanamente posible para dejar de ser el hombre que fue.
-Pero, mi niña, todos te queremos tanto, no puedes simplemente desaparecer de nuestras vidas.
-Seguiré ahí, cuando quieras verme, Molly, tú o cualquiera de los otros Weasley, será en un lugar que sea mi territorio, no el de Ron.
Harry y Ginny llegaron a donde ellas estaban con el ceño fruncido, Harry sobretodo. Su amistad con Ron había acabado el día en el que había engañado a Hermione. Solamente estaba ahí por Ginny y porque los Weasley eran su familia. No por Ron. Se había ganado una suspensión de dos semanas por moler a golpes a su ex mejor amigo al enterarse de lo que le había hecho a su casi hermana. Pero no le importaba, jamás se lo perdonaría.
-¿Quieres que vayamos los cuatro a comer a otro lado? – preguntó el Elegido.
-No, ahora mismo lo que quiero es estar con Draco. Permiso.
Era domingo, lo más probable era que él estuviera durmiendo, debido al cambio de horario. Era temprano en Chicago aún. Pero no podía soportar más esas miradas sobre ella. Se volteó, marchándose de inmediato. Esta vez nadie la detuvo.
El ruido estridente del celular hizo que saltara de la cama donde dormía plácidamente. Miró la hora en el reloj despertador que yacía sobre el velador, percatándose que eran apenas las 6:24 am. Demasiado temprano, pensó, para ser domingo.
Su celular sonaba sin parar, se estiró para tomarlo de encima de la mesa junto a su cama, frunciendo el ceño al ver que era Hermione quien lo llamaba. Debía ser urgente si lo llamaba tan temprano, bueno, en Inglaterra era pasado el mediodía, pero ella sabía que ahí era temprano. Contestó preocupado, deslizando el botón para que se activara la videollamada.
-La odio, no la soporto, - bramó la chica apenas la imagen de él se materializó en la pantalla, sin siquiera saludarlo o disculparse por la hora - de verdad, si tuviera el poder de hacerla encarcelar por ser estúpida, lo haría.
El brillo de la pantalla hizo que cerrara sus ojos por un momento, y al abrirlos de nuevo pudo ver a una Hermione muy alterada, dando vueltas en la habitación, con un Scorpius que la miraba confundido sentado en la mitad de la cama de ella.
-Es tan venenosa, una arpía al pie de la letra. No sé cómo pueden soportarla…
-Nena, es muy temprano, - dijo Draco en medio de un bostezo - puedes explicarme de qué hablas, porque no entiendo.
-¡De Lavender!
-Ah.
Fue ahí cuando Hermione volteó finalmente a mirarlo, y no le importó que Draco estuviera desnudo de la cintura hacia arriba, que su pelo estuviera revuelto y que la mirara con un ojo cerrado. Ella simplemente estaba furiosa y eso no le permitía distraerse.
-¿Cómo que ah? ¿No vas a apoyarme? Ella es…
-Oye no puedo opinar de nada si no me dices qué está pasando – trató de defenderse -. ¿Y qué haces en tu casa? ¿No ibas a almorzar con los Weasley hoy?
-¡Esa era la idea! Pero esa bruja apareció con Ronald y creyó que Scorpius era hijo de Bill con Fleur.
Draco puso los ojos en blanco.
-No puedo creer que fuera tan estúpida como para confundir mis genes con los de Weasley.
-¡Lo sé! Eso le dije, y como se sintió ofendida empezó a decir que tu…
Pero en medio del parloteo Hermione se cortó, y miró al suelo arrepentida de haber abierto la boca. Algo que por supuesto él notó. Sabía que la chica se guardaba las cosas cuando no quería hacerle daño, siempre lo había hecho, pero no podía ayudarla o tranquilizarla si no sabía qué le estaba molestando tanto.
-¿Que yo qué? Hermione dímelo, no me afecta lo que esa mujer pueda decir de mí.
-Dijo que eras un mortífago y una escoria
-Hermione… - suspiró - fui un mortífago, acéptalo, ya lo hemos hablado. Sé lo que fui, por qué hice lo que hice, pero eso me hizo ser lo que soy hoy.
-Pero ella…
-Oye, no tienes por qué ponerte así, siempre habrá quienes crean que sigo siendo el malo de la película, pero me importa lo que tu creas de mí.
Hermione se mordió el labio y él quiso estar ahí con ella para poder acariciarle el cabello y decirle que todo estaba bien. Por un momento pensó en ir a la oficina de trasladores en el Chicago Mágico, tomar uno e ir hacia donde ella estaba, para abrazarla. Esos momentos en los que se mostraba tan defensora de su persona hacían que algo dentro de su pecho se calentara, que se entibiara su alma, la que muchas veces sentía tan fría.
Podía recordar cuantas veces lo había defendido. Las veces en que ella y Ronald se habían peleado en la escuela por su culpa. Porque lo defendía a pesar de todo el maltrato que él le había hecho los pasados años. Hermione era una creyente de las segundas oportunidades, y había hecho que él mismo cambiara para poder ser lo que ella quería que fuera. Un hombre honorable.
-Nena… olvídalo.
-Te dije que no me llamaras nena – una sonrisa apareció en su rostro y Draco creyó que no había visto nada más bonito en su vida.
-Nena, eres mucho más linda cuando sonríes.
-¿No conseguiré que lo dejes, cierto?
Él negó con la cabeza, comiéndose una carcajada cuando ella se ruborizaba. Pero pronto la sonrisa de ella se tornó en un ceño fruncido, y lo miró fijamente, culpable de que lo hubiesen insultado, aun cuando él no estaba presente.
-No volveré a ese lugar.
-No castigues a todos los Weasley por la estupidez de uno.
-No mereces que te traten así. A pesar de lo que hayas hecho en el pasado.
Una lágrima resbaló por la mejilla de la chica, una gruesa gota llena de impotencia. Draco sintió algo en el pecho que no le gustó nada, un disgusto enorme, no por lo que hubiese o no dicho esa perra de Brown, sino por la pena de Hermione. Se sentía desesperado por no tenerla en sus brazos y consolarla. La idea del traslador le sonaba cada vez mejor y decidió levantarse de la cama para salir hacia allá en ese momento.
-Nena, por favor, no llores.
-Y encima ahora no podré disfrutar de los domingos con mi familia por ella. Eran mi familia, Draco, y ella me los arrebató también.
Buscó su pantalón de encima del sofá, colocó el celular sobre la mesita de café de la suite del hotel para poder vestirse, sin tener que cortar la llamada. No podía cortarle ahora cuando estaba más vulnerable, aunque iba a tener que hacerlo para llegar a ella.
-Así que de eso se trata principalmente. No quieres perderlos – comentó el rubio abotonando su camisa.
-Claro que no quiero, es decir, he estado con ellos más de la mitad de mi vida, y ahora ya no será como antes.
-Todo cambia en esta vida, nena.
-Lo sé, pero no es justo.
-¿Puedes aguantar un poco? Te volveré a llamar en unos minutos – Ya estaba parado frente a la chimenea para poder ir al ministerio y así tomar el traslador. No debería demorar más de diez minutos en estar en casa de Hermione.
-Sí, claro, perdón, sé que es muy temprano allá.
-No te preocupes, hablamos luego.
Cortó antes de que ella pudiera decir algo y se metió en la red flu sin importarle que iba descalzo.
El Patronus decía claramente dónde debía estar a esa hora. Sin embargo, volver a esa sala, esa maldita sala en la que había estado tanto tiempo encerrado durante su sexto año, le causaba distintos sentimientos en su pecho. Miles de demonios rondaban su cabeza, la culpa y la desesperación. Sentía y sabía que esa noche volverían a invadir sus sueños los gritos del pasado, como tantas veces había ocurrido. Vería caras en ellos, rostros de personas que no quería ver, quienes lo habían torturado, lo habían obligado a hacer cosas que nunca quiso hacer.
Pensó claramente en no presentarse, no sabía si valía la pena revivir lo ocurrido los dos años anteriores por una tarta de melaza. Pero la curiosidad le picaba la piel. Realmente no entendía a esa chica. Se había propuesto observarla, prestarle la atención que no le había puesto antes, por los prejuicios que le había inculcado su padre desde pequeño. Y en ese par de semanas en los que había pasado ratos con ella no lograba comprender qué era lo que pasaba por esa cabeza.
Hermione era una chica sumamente aplicada, lo sabía desde que la había conocido. Sin embargo, jamás se había dado cuenta de lo mucho que se esforzaba en la escuela. La mayoría del tiempo la veía con un libro en la mano, con una pluma en la otra y un pergamino bajo el brazo. Mientras sus compañeros se la pasaban perdiendo el tiempo en cualquier cosa banal, como jugar Quidditch o al ajedrez mágico, ella estudiaba, escribía sus ensayos, o leía cualquier cosa relacionada con la magia que le permitiera saber algo más. Y cuando le pedían ayuda, ella con gusto lo hacía, trataba de explicarles para que pudieran entender, y lo hacía las veces que hicieran falta, sin perder la paciencia nunca.
Si fuera ella, él ya los había hechizado por estúpidos.
No sabía si una chica que estaba tanto tiempo metida detrás de las páginas viejas de un libro lograría preparar una tarta como las que a él le gustaban, como las que las elfas de la Mansión Malfoy hacían. No obstante, le daría una oportunidad. Y si no le gustaba, ya tenía una excusa para molestarla, a fin de cuentas, ese era el trato que tenían siempre.
Así que se paró en el corredor del séptimo piso, esperando que apareciera la entrada a la Sala de Menesteres, ahí donde Hermione estaba supuestamente. Cuando entró, se sorprendió ver que era totalmente diferente a como la había visto la última vez cuando había estado ahí, para la Batalla de Hogwarts. Ahora no había cosas perdidas, ni pilas de objetos abandonados por miles de años. En su lugar, una chimenea encendida, como las que había en las salas comunes calentaba el lugar, frente a ella una mesita de café y un sofá color rojo, en donde una hermosa chica dormía tapada bajo una manta. A su derecha, una especie de cocina improvisada. La encimera estaba con piscas de harina por encima, había vajilla limpia sobre un fregadero, una cesta con manzanas verdes, una botella con un líquido color amarillo y algo tapado con un paño de flores azules.
Se acercó al mueble para ver más de cerca qué era lo que escondía aquella tela peculiar. Y se sorprendió al levantarla que se trataba de la tarta de melaza que había pedido, la cual tenía un muy buen aspecto, si tenía que admitir, y un aroma exquisito. La miró nuevamente, Hermione dormía plácidamente, bajo el efecto de la poción que él le había dado y cuyo frasco se encontraba destapado encima de la mesita de café.
No sabía si despertarla sería una buena idea. Una parte de él quería que descansara, puesto que sabía lo que era vivir con el miedo de soñar algo que no quería, y con esa poción dormiría sin sueños. Sabía que no sería lo mismo, pero su cuerpo se relajaría un poco.
Así que buscó entre los cajones de esa nueva cocina con el mayor cuidado posible para no hacer tanto ruido, y sacó un cuchillo, un tenedor y un plato pequeño. Se sirvió un pedazo de tamaño considerable, a eso de las ocho de la noche su estómago pedía a gritos algo de comer, y esa tarta le había abierto mucho el apetito. Cuando se la llevó a la boca escuchó el coro de los ángeles cantar en su cabeza, o más bien en su lengua. Era aún mejor que la que hacían en su casa, mejor que la que hacían los elfos en Hogwarts, mejor que cualquiera que hubiese probado.
-Maldita sea – Pensó. Hasta en eso era buena.
Devoró el trozo que se había servido y luego se sirvió otro. Esa tarta era irresistible. No podía creer lo buena cocinera que era ella, aunque claro, siempre estaba la posibilidad que se la hubiese encargado a alguien.
Tomó el líquido color amarillo, lo destapó y se dio cuenta que se trataba de un jugo de naranja. Así que buscó en la despensa algún vaso y se sirvió, para poder así digerir mejor la rica tarta.
Mientras comía la observó dormir. Su rostro se veía sereno, efecto de la poción para dormir sin sueño, estaba en paz, sin preocupaciones ni quejas. No sabía si ella podría descansar como era debido con esa poción, esperaba que así fuera, porque por su parte, Draco sentía que se recuperaba al cincuenta por ciento con aquel brebaje. Pero oigan, algo es algo.
Comió con calma dos trozos más de la tarta antes de que ella se removiera en el sillón. Despertó de a poco, sin saber dónde se encontraba, pero se dio cuenta al ver el frasco de poción frente a ella, sobre la mesa. Se desperezó estirándose, y un breve gemido salió de sus labios, causando una sensación extraña en el rubio.
La miró con el ceño fruncido, esperaba a que se diera cuenta que estaba ahí parado, con media tarta en el estómago y la botella de jugo de naranja casi vacía. No era que pretendiera parar de comer, al fin y al cabo, la tarta era suya.
Y pronto ella recordó por qué estaba ahí, volteando de inmediato hacia la cocina para comprobar que él estaba sentado frente a la encimera, con un vaso y la botella vacía, y la tarta a la mitad. Lo miró sorprendida, no creyó nunca posible que Draco Malfoy comería algo cocinado por ella, ni siquiera Hermione sabía cómo había quedado el postre, pero al notar que él había comido tanto, debía estar buena. Las recetas de Molly nunca fallaban.
Se levantó para acercarse, lo miró fijo, como temerosa que fuera a decirle algo, sin saber por qué. Caminó lentamente hacia él, sin despegar su vista de los ojos color mercurio. Malfoy la observaba con la mirada seria, ni un solo músculo se movía en su rostro, ni un solo cabello se movía en su cabeza. Solo la veía acercarse.
-¿Quién hizo esto? – preguntó el chico, señalando la tarta de melaza.
-Yo
Draco entrecerró los ojos, para luego dar un paso hacia ella, cerrando el espacio que había entre ellos.
-¿Por qué siento que me mientes?
-No lo hago.
Elevó su mano, tomando el mentón femenino para levantar su rostro hacia él. Cualquiera que mirara la escena diría que ellos eran más que simples conocidos. Algo en el ambiente cambio por un momento, una calidez los envolvió sin saber cómo ni por qué.
Eso fue lo que vio Ronald cuando entró en la Sala de Menesteres. Una furia enorme fluyó por sus venas, sintió su sangre bullir y quiso destruir todo lo que viera a su paso.
-Aleja tus asquerosas manos de mi novia, mortífago de mierda.
Hermione pegó un salto en el momento en que las palabras de Ron tocaron su cerebro. Y dio media vuelta para mirarlo con sorpresa. El menor de los Weasley hervía de rabia, sus ojos lanzaban llamas contra Draco. Quería tener entre sus manos su cuello y retorcerle el pescuezo.
-¿Ron? ¿Qué haces aquí? – preguntó la muchacha, tratando con disimulo de ponerse entre Malfoy y él, para que no se armara un escándalo.
-¿Qué hace él aquí, Hermione? Esa es la pregunta importante.
En dos segundos, Ronald se encontraba a su lado. La tomó con fuerza del brazo y la separó de él, haciendo que Hermione se tambaleara al hacerlo. Malfoy levantó una ceja, observando el apretado agarre que tenía sobre la chica. Hermione fruncía el ceño, y de inmediato el rubio se dio cuenta que la mano de Weasley la estaba lastimando.
-Le estás haciendo daño – comentó, con toda la serenidad que pudo, aunque por dentro algo le molestaba.
-No, daño te haré a ti si vuelves a acercarte a ella. - Lo apuntó con el dedo en el pecho, amenazándolo.
Draco puso los ojos en blanco, sin ni una pizca de miedo por la amenaza del pelirrojo. Sin embargo, no tenía ganas de pelear, prefería seguir comiendo la exquisitez que Granger le había preparado. Así que dio un último vistazo al agarre de Weasley sobre ella, y rostro adolorido de Hermione, y dio media vuelta, para tomar el pedazo de tarta que le quedaba para llevársela, para luego pasar por su lado hacia la puerta de la sala de menesteres.
Tan pronto como Draco cruzó la puerta, Hermione se soltó de la mano de Ronald, frotándose la zona donde la tenía agarrada para aliviar el dolor.
-Ron, ¿qué estás haciendo? – preguntó quejumbrosa.
El pelirrojo, quien se había quedado mirando la puerta con cara de odio, se volteó para mirarla con la misma expresión.
-No, Hermione, ¿qué estás haciendo tú? ¿Por qué estas con él?
-Le debía un favor – contestó mirando el suelo, algo avergonzada.
No había hablado con nadie su problema de las pesadillas. Todos ya estaban lidiando con sus propios demonios como para tener que preocuparse por ella. No quería incomodarlos. No tenía idea de por qué se lo había dicho a Malfoy en primer lugar.
-¿Un favor? ¿¡Qué pudo haberte dado él que tienes que cocinarle una tarta con la receta de mi madre!?
Ron se había dado cuenta. Claro, las tartas de Molly no podían confundirse con ninguna, y sabía que Ronald tenía un olfato privilegiado en tanto se tratara de comida, podría haberla reconocido de inmediato. O claro, Molly podría haberle contado que se la había pedido, era otra posibilidad. Solo tenía que atar cabos.
-Él me ayudó a dormir.
-¿A dormir? ¡¿Qué mierda, Hermione?!
Las orejas de Ron se pusieron del mismo color que su cabello, en cualquier momento saldría humo de ellas. La mirada que tenía estaba tan nublada por la rabia que por un momento, Hermione sintió miedo, pero no lo demostró.
-No te imagines cosas, Ronald. Simplemente me dio una poción para dormir sin sueño – contestó ella, para luego rodear la isla de la encimera donde había preparado la tarta, tratando de poner distancia entre ambos.
-¿Y por qué necesitarías eso tú?
-Porque tengo pesadillas. Muchas.
No lo miró cuando lo dijo, pero Ron vio su expresión, en su rostro se reflejaba el disgusto y algo parecido al miedo. Su rabia disminuyó entonces, dando paso a la preocupación.
-¿Y yo por qué no lo sabía?
-Porque no quería molestarte.
La frialdad con la que Hermione le habló fue prueba inmediata de que la había cagado. Una vez más.
El timbre de la casa sonó en rato más tarde, cuando ya se había regañado varias veces por las lágrimas que caían por su cara. No tenía ganas de recibir visitas, por lo que dejó que sonara nuevamente. Scorpius la miraba mientras daba vueltas de un lado a otro, respirando profundamente para poder calmar sus emociones. El pequeño no entendía que era lo que ocurría, pero si podía sentir la tristeza de su niñera. Estiró los brazos para poder abrazarla, queriendo hacer que una sonrisa apareciera en su cara como tanto le gustaba.
El timbre volvió a sonar, mas no le importó. Lo único que quería era un abrazo del pequeño Malfoy. Scorpius sin duda era de gran consuelo, sus manitas recorrieron su rostro, logrando, sin esa intención claramente, quitar las gotas saladas de sus mejillas.
-Mi hijo será un conquistador.
Los ojos de la muchacha se abrieron sorprendidos cuando escuchó la voz del rubio. Se volteó rápidamente, encontrándolo de pie en la puerta de la habitación, apoyado en el marco. La sonrisa de medio lado que le lanzó Draco hizo que algo en su estómago se removiera, algo que no supo identificar. Pero que no le disgustó.
Él se acercó y la atrajo a su cuerpo para poder abrazarla, con Scorpius entremedio. Y cuando estuvo en sus brazos, Hermione por fin se sintió en paz. No había comprendido cuánto lo había echado de menos esa semana hasta ahora, pero sí que lo había hecho. Draco siempre había sido un pilar fundamental en su vida desde que se habían vuelto amigos. Tenerlo ahí, secando sus lágrimas la hacía sentir completa otra vez.
-¿Qué haces aquí? – le preguntó, sin soltarse de él.
-¿Crees que te dejaría sola estando así? Nena, creí que me conocías más.
Un quejido de parte del bebé los hizo separarse. El casi aplastado Scorpius dio una carcajada de alegría cuando su preciado padre le hizo una mueca graciosa. Estiró sus brazos hacia él de inmediato, y el rubio mayor lo tomó con una facilidad innata.
-Te extrañé, hijo – le dio un beso en la cabeza al pequeño, antes de mirarla con intensidad – a ambos.
-Y nosotros a ti.
Un mágico silencio se produjo en la habitación, en donde ambos se miraron sin decirse nada y a la vez todo.
-¿Cómo entraste? –cuestionó ella, cuando se dio cuenta.
-Winky me dejó entrar.
La elfina rato después los llamó para decirles que el almuerzo estaba listo. Puesto que Hermione y Scorpius no habían alcanzado a probar bocado en la Madriguera, Winky se había puesto a toda marcha a cocinar cuando volvieron a casa, feliz de poder hacer algo útil por su ama ese día. La verdad es que la muchacha no tenía hambre, pero agradecía lo que la elfa había hecho, para así poder alimentar a Scorp, y ahora, a Draco.
Ella sentó al bebé en su silla, y ella se sentó al lado, para poder darle de comer. Mientras lo hacía, le contó con lujo de detalles todo lo ocurrido en la Madriguera a Draco. Nunca le había simpatizado la comadreja, pero digamos que desde que había engañado a Hermione, el odio era permanente. No entendía cómo era que podría causarle tanto daño a alguien como ella, alguien que siempre estaba preocupada por los demás, alguien que no hería a nadie intencionalmente. No, estaba equivocado, si lo había odiado antes, todas aquellas veces en las que había visto llorar a Hermione por su culpa lo había odiado, y había querido maldecirlo de la forma más dolorosa y cruel que existiera. Pero sabía que eso también lo perjudicaría a él. Por lo que se limitaba a estar a su lado, para consolarla, y decirle que todo iba a estar bien.
-Lo siento – dijo Hermione luego de un rato que estuvieron en silencio. No había probado bocado del asado de res que Winky les había preparado a Draco y a ella, el cual yacía frío sobre el plato. Ya había dado de comer su papilla a Scorpius, pero ella no tenía apetito.
-¿Por qué te disculpas?
-Recién pasó una semana y tuviste que volver. – No se atrevió a mirarlo a la cara, se sentía avergonzada por hacerlo regresar tan pronto.
-Siempre volveré cuando me necesites.
-Ese no era el trato – dijo culpable -. Se suponía que tú estarías allá lejos, y yo cuidaría de Scorpius.
-Y aún lo haces – tomó su varita y con un movimiento de muñeca, hizo que la comida del plato de ella volviera a estar caliente -. Yo te estoy cuidando a ti, nena. Ahora come.
-No tengo hambre.
-No me hagas dártela como se la diste a mi hijo.
Hermione bufó. Sabía que era perfectamente capaz de hacerlo. Ya lo había hecho alguna vez cuando estaban en la escuela, cuando estudiaban en la sala de Menesteres, y ella estaba tan metida en sus libros, que él literalmente le daba la comida en la boca, cuan bebé se tratase. Así que logró comer la mitad del plato, dejando medianamente complacido al rubio.
Después de comer, ambos acostaron a Scorpius en su cuna, para que pudiera dormir una siesta, y se fueron a la sala a ver algo en televisión.
Pasar el día con él definitivamente mejoró su humor. Draco siempre lograba hacerla reir, por cualquier tontería que se le ocurriera. Estuvieron viendo una película graciosa en televisión, y el rubio comenzó luego a imitar a los actores, causando carcajadas escandalosas. Más tarde jugaron con Scorpius, quien estaba encantado con la presencia de ambos. Pusieron algo de música, y se pusieron a bailar. Hasta Winky se unió a ellos, dejó la vergüenza guardada y mostró algunos pasos de baile que alguna vez Dobby le había enseñado en las cocinas de Hogwarts.
Cualquiera que los mirara desde afuera diría que eran la perfecta familia, a pesar de que solo eran un padre, su hijo, y la niñera.
Una canción lenta hizo que se sonrieran, para luego acercarse como dos imanes. Por inercia, Draco la tomó por la cintura con una mano y le tomó la de ella con la otra. No había incomodidad en sus actos, ni una tensión que los envolviera. Solo cariño y confort.
-Draco, he querido preguntarte algo todo el día – dijo ella sin separarse.
-Dime, nena.
-¿Por qué estás descalzo?
