HEART IS A MESS


Capítulo II:

"It's makes no sense"

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La estadía no fue lo que Isabel esperaba. Ella pensó, en algún punto, que Arthur se mostraría más cariñoso con ella, que la abrazaría de vez en cuando al pasar por su lado, que la invitaría a pasear por la playa pese a la brisa fría de las costas de la isla. Nada de eso pasó. El día domingo en la mañana, de vuelta en el auto, Isabel se mantuvo en silencio todo el camino, inexplicablemente dolida por la curiosa frialdad de Arthur. No era que le extrañara demasiado; lo notaba desde hace varios días. Él le echó la culpa a la agencia, incluso pensó en el mal rendimiento académico de Peter en la escuela, o que Ann insinuara por ahí que había un chico cortejándola y Arthur lo malinterpretara. Esperaba que ese romántico fin de semana él lograra olvidarse de todo lo ajeno a ella, pero en su lugar, sólo obtuvo silencio o miradas culpables. Parece que los problemas a su marido le afectan mucho más de lo que ella pensó alguna vez.

Bajaron del auto, entraron a la casa, desarmaron las maletas, todavía en silencio. Isabel pensó en preguntarle qué le sucedía, pero prefirió guardar cierta distancia al dormir con él, al desayunar al otro día y al despedirse con un rutinario beso. Arthur llegaría a la oficina en unos veinte minutos luego de ir a dejar a Peter y Ann a la escuela, se sentaría frente a su escritorio y se dispondría a trabajar entre los saludos a su padre, a sus hermanos y a los otros empleados. Pero Isabel jamás pensó que cuando Arthur se sentara frente a su escritorio y su computador después de cerrar la puerta despacio, se tomaría el rostro con las manos para evitar llorar por lo patético que llegaba a sentirse.

Hace mucho tiempo que no experimentaba esa sucia y empalagosa sensación de asco por sí mismo. Ha luchado tantos años con ello, que ya casi no se daba cuenta de que estaba ahí, permanentemente presente, pero neutralizado. La última vez fue con un chico portugués, Alfonso era su nombre, lo había conocido en la escuela secundaria, el último año que cursaba. Se había mudado desde Lisboa a Londres por el trabajo de su padre que había sido trasladado. Alfonso y Arthur se hicieron amigos de inmediato. Su camino de ida hacia la escuela y hacia casa era inusualmente grato, especialmente desconfiado de parte de Allistor, cosa que terminó terriblemente mal para los dos muchachitos. Estaban en su habitación, en la casa que es aún de sus padres, Frederick y Catherine, donde Alfonso se atrevió a mirarlo intensamente al estar sentado junto a él en la cama luego de charlas eternas sobre música y libros de terror. Howard Phillips Lovecraft era el favorito de ambos en ese género. Arthur le correspondió la mirada y jamás, en sus meses de amistad, su cabello ondulado y marrón se le había hecho tan bonito, sus ojos verdes tan genuinos y su piel tostada tan suave. Alfonso lo atrajo en un abrazo sentido y en un beso apasionado que le quitó el aliento, queriendo quitarle mucho más, pero el escándalo fue de proporciones cuando Allistor abrió la puerta de golpe, intrigado por el prolongado silencio, y tomando a Alfonso de la chaqueta lo echó a patadas de la casa. Con Arthur fue mucho peor. Lo golpeó directamente en el rostro antes de que el muchachito hiciera el más ínfimo ademán de justificación frente a su hermano, quien ya tenía ese cuerpo de vikingo que aún conserva, las manos grandes y los brazos fuertes por el ejercicio que acostumbraba a hacer cuando era un veinteañero. Arthur, con quince, no pudo defenderse de Allistor ni aunque hubiera querido. Tampoco se reprimió su angustia al llorar cuando lo insultó sin piedad:

—¡Lo único que faltaba era que resultaras ser un maricón!

Arthur lloró amargamente, enrabiado y adolorido en el encierro de su habitación. Se sentía profundamente humillado. Cuando Frederick y Catherine llegaron de sus trabajos, Allistor estaba echado en el sofá mirando televisión, mientras Arthur se mantenía enclaustrado. Ella, al ver que Arthur bajaba las escaleras y tenía un moretón enorme en su mejilla y pómulo, Allistor lo miró amenazante y lo obligó a decir que había tenido una riña con un chico de otro curso y a repetirlo tantas veces como fuera necesario hasta que Catherine se lo creyera y se convenciera de no ir a hablar con el director del colegio.

Alfonso no apareció nunca más en su casa, ni en la escuela ni en ningún lugar que frecuentaba, pero aún hablaban por teléfono a escondidas. Muchas veces Arthur debió encerrarse en el baño cuando su celular antiguo sonaba, o esperar ansioso y casi estresado a que Allistor cerrara la puerta principal al irse a la universidad, asegurarse de que estaba lejos y recién ahí llamarlo. Cuando Alfonso cumplió los dieciocho años, Arthur se escabulló entre los árboles del jardín de su madre y lo llamó para felicitarlo. Su adrenalínico entusiasmo se transformó en una gran decepción cuando le contestó otro chico, con el mismo acento de Alfonso, pero era otra voz al fin y al cabo.

Arthur no supo de él nunca más.

Desde ese momento, aprendió a reprimirse a sí mismo y a disimular con Allistor delante de sus padres, que nunca se enteraron de nada. Probablemente ni Frederick ni Catherine sabían de su condición, quizá no llegaban ni a imaginárselo, ni ninguno de sus hermanos, salvo Allistor, que desde ese incidente no le quitó los ojos de encima nunca más. Sabía disimularlo muy bien, y no era particularmente molesto con Arthur en presencia de Hamish o Charles, a quienes hostigaba por igual, sobre todo a Charles, quien jamás logró tomarse en serio las amenazas de Allistor. A Hamish y a Arthur conseguía enojarlos con facilidad, y más a este último, quien jamás le perdonó el insulto. En cambio el golpe, que haya echado a Alfonso así hasta casi golpearlo también, sí hubo un momento en el que fue capaz de hacerlo. Pero que lo haya llamado así, no pudo perdonárselo jamás. Y difícilmente lo haría ahora, cuando recordar a Alfonso le resulta tan fácil de hacer. Cuando recordar el golpe y el insulto de Allistor le duele tanto o más que antes, cuando era un adolescente. Ahora, con más de treinta y cinco años, su vieja herida arde como nunca.

Ardió durante todo ese día y durante mucho tiempo más, cuando se acercaba el invierno, casi a fin de año, cerca de las navidades y de la celebración clásica en casa de sus padres. Saludó a Hamish y a Elizabeth, los primeros en llegar, junto a sus sobrinas, Brianna y Ashlyn. Después llegó Charles con sus hijos, Awen y Cadin. Había intentado convencer a Anneliese de acompañarlo, pero ella se negó. Charles, intentando ocultar su orgullo herido bajo una sonrisa socarrona, la justificó irónicamente con que estaba muy ocupada con ese alemán albino.

Los últimos en llegar fueron Allistor y Emma junto a los chicos. Los hijos de ellos eran los mayores, con dieciocho y diecinueve años, siendo Robert el mayor y James el menor. Frederick le solicitó a la enfermera que cuidaba a Edmond que él también los acompañara en la cena de navidad, junto a la chimenea y el árbol repleto de luces que a los únicos que encandilaba era a Cadin y a Ashlyn, los más pequeños.

Frederick y Catherine hicieron entrega de los regalos a todos sus ocho nietos, luego a sus cuatro hijos y finalmente a sus nueras, y Catherine le encargó especialmente a Elizabeta que por favor le hiciera entrega de su regalo a Anneliese porque siempre habían sido muy buenas amigas. Arthur, mientras, se dedicó a bromear con Charles y con Hamish sobre el trabajo. Cuando Allistor se acercó a ellos, preguntó quién quería acompañarlo a fumar afuera. Todos accedieron, menos Arthur. Cuando Charles le dijo que aunque no tenía ganas podía acompañarlos igual, él insistió.

—Estoy bien aquí, hace frío afuera.

—Qué nenita —Se burló Charles. Hamish se rio, pero Arthur y Allistor prefirieron no mirarse ni ahí ni en el resto de la velada.

Algo similar fue con la celebración para recibir el año nuevo. Sobria y seria, particularmente, y cuando dieron las doce de la noche, Isabel abrazó a Arthur, Emma a Allistor, Elizabeta a Hamish y Charles debió recibir el abrazo de sus hijos porque Anneliese otra vez no estaba. Era triste para él estar en el proceso de divorcio aún. Después, Frederick y Catherine buscaron abrazar a sus hijos, luego a sus nueras, y los cuatro hermanos debieron abrazarse también. Los abrazos más sinceros que Arthur dio esa noche fue a Charles y a sus padres. El más extraño fue el que debió darle a Allistor. No quería hacerlo, y estaba seguro que Allistor tampoco quería dárselo a él, pero sabían, también, que Catherine era sinceramente feliz al ver a sus hijos, el mayor y el menor, abrazándose aunque fuera una vez al año.

Particularmente deshecho, Arthur llegó esa noche a su casa y no fue capaz de dormir. Isabel se giró hacia su lado y sucumbió por lo cansada que estaba, y Arthur, cansado de sí mismo y su apariencia, necesitó salir a despejarse un momento.

Allí empezó su problema, otra vez.

Eran las una de la mañana, una discoteca funcionaba a todo dar, alejada de las viviendas y los otros locales. Era una disco de esas que Arthur jamás pensó en visitar, ni siquiera en sus años de juventud, pero una extraña necesidad lo empujaba hacia su interior. Bajó del auto y entró, encontrando luces por todas partes, música estridente, y él, extraño, desencajaba notoriamente con su impecable traje y zapatos de vestir Hugo Boss, mientras todos los jóvenes, en su mayoría, traían jeans exageradamente ajustados, cabello de un montón de colores, piercings, cadenas, zapatos militares y ropa rota en general. Se sentía como un viajero en el tiempo, preso en un mundo y contemporaneidad que no le pertenecía y con lo que jamás se sentiría cómodo. Tenía ganas, de pronto, de alocarse, bailar, desabrochar su impecable camisa y olvidarse de su saco, dejarse rozar y tocar, y ante eso, deseó volver a su auto y huir de aquello con lo que por fin, luego de tantos años, lo hacía sentir vivo otra vez.

Mas no regresó. No quería salir de ahí, no quería dejar de ser mirado con esas caras evidentemente lascivas que los jóvenes le ponían al observarlo de pies a cabeza. Probablemente muchos de ellos habían fantaseado ya con un hombre de treinta y tantos, con la vida resuelta, de notable situación económica y guapo hasta decir basta para seducir y enamorar. Se fue a la barra, pidió un whisky a las rocas, lo bebió con calma y esperó a que el efecto de ese trago pasara, cuando eran ya las dos de la mañana. No se mareó jamás, no se tambaleó. Cuánto extrañaba, de pronto, volver a escuchar The Ramones como en sus años de jovial inocencia.

Y como si alguien lo hubiera escuchado, sonaron. Sonrió sinceramente, como hace mucho tiempo no lo hacía, sumido en la atmósfera que sentía propicia para él. De pronto ve una pareja, dos hombres, jóvenes, igual de estrafalarios sus atuendos, bailando muy pegados. Afila la mirada con notorio interés cuando los ve besarse, suave primero y desesperados después, y el calor que siente lo asusta tanto que necesita salir urgentemente de ahí. No puede excitarse con eso, no puede buscar otro golpe e insulto de Allistor gratuitamente. Al llegar a su auto y apoyarse en él, de cara hacia la calle, donde más hombres caminan de la mano y se ríen con coquetería y muy cercanamente, vuelve a abrumarse otra vez. Y siente, muy acongojado, que quizá tampoco pertenece a esa vida.

Enciende un cigarrillo, guarda el encendedor. Sigue mirando alrededor de él, y sabe que todos allí lo miran extraño. Era muy raro sentirse observado, algunos con extrañeza, otros con evidente deseo, y algunos pasando de él pensando que era otro gay de closet incapaz de aceptar su realidad y sexualidad. Agachado, mirando el piso, levanta la cabeza otra vez y ve salir a alguien de la discoteca. Es un hombre rubio, de pelo largo que lleva amarrado en una coleta. Al verlo, su expresión se torna hacia la intriga y se despide de quien conversa con un abrazo sincero. Cruzando la calle, se suelta el pelo y sacude la cabeza. Se acerca a Arthur y lo distrae, y éste finge desinterés al pasear la vista por todas partes menos la dirección desde donde el hombre de pelo largo se acerca, quien lo distrae entonces con voz de marcado acento francés, grave, aterciopelada por su mera naturaleza y lo mira a los ojos a una distancia, todavía, prudente.

—Hola —Lo saluda, sonriéndole un poquito.

—Hola —Arthur le devuelve el saludo. Se pone inquieto, por alguna razón.

El francés clava sus ojos en el bolsillo de Arthur y le solicita un cigarrillo. El inglés se lo ofrece sin problemas. Cuando lo deja entre sus labios, le vuelve a hablar:

—¿Tienes fuego?

Arthur, inquieto, se apresura en sacar el encendedor. Lo enciende y lo sostiene con ambas manos, acercándolo al extremo del tubo de nicotina y él, como si quisiera provocarlo a propósito, deposita sus propias manos con toda la extensión que puede sobre las propias de Arthur, clavándole su intrigante mirada azul mientras el cigarrillo se enciende.

El abogado se intranquiliza más.

—¿No vas a volver a entrar? —le pregunta con una voz que el inglés no puede interpretar de otra forma como un claro intento (y exitoso, por lo demás) de seducirlo y no sabe hacia dónde arrancar. Él lo nota inmediatamente— ¿Qué te pasa? —Insiste— Estás como… nervioso —Se cruza de brazos, agitando el cigarrillo con la uña de su pulgar.

Arthur busca sus vías de escape como un animal desesperado, como si en cualquier momento ese francés le fuera a saltar encima para empujarlo fuera de su escondite y aventurarlo al mundo. Pensarlo lo aterra, y decide escapar.

—N-no —Titubea, volviéndose inseguro de sí mismo de una forma hasta patética—. Disculpa, pero tengo que irme —Y arranca antes de que cualquier persona pueda leerle los movimientos nerviosos y se dé cuenta de por qué realmente está ahí.

—Pero… Quédate un rato más —propone el otro, Arthur voltea hacia él—, podemos conversar, si quieres —Pero no cede. Sigue con esa cara de asustado y el francés le ofrece su mano a modo de presentación formal—. Me llamo Francis. ¿Y tú?

Arthur mira la mano extendida con un temor que desconoce. O más bien, que creía desconocido, pero sabe perfectamente qué es. Es la intriga, es la curiosidad que sintió delante de Alfonso hace tantos años.

Desea rendirse, pero no se lo permite.

—No, enserio —insiste Arthur en su temor—. Me tengo que ir.

Sube al auto, y Francis sale de donde está para que el vehículo pueda arrancar. Se miran a través del parabrisas una última vez, y Arthur percibe en su mirada azul, una vez más, aquella dulce y apasionada curiosidad que creía extinta en él. Era mutua, tal como hace tantos años., pero ahora era con otra persona. Francis sigue fumando. Exhala el humo entre sus labios curvados, mostrándole los blancos dientes en una sonrisa interesada. Arthur prefiere huir antes de que vuelva a equivocarse.

Regresa a casa. Isabel aún duerme, absolutamente perdida entre sus sueños. Cínico como nunca se ha sentido en toda su vida, acaricia su cabello marrón, como si le pidiera perdón implícitamente en sus gestos atemorizados.

Esa noche le cuesta dormir, otra vez. Una noche más sin intimidad con Isabel, sin abrazarla cuando ella suspira por última vez antes de quedarse dormida, sin mimarla, sin decirle cuánto la quiere. Arthur nunca ha sido un hombre particularmente expresivo, eso ella lo sabe, pero últimamente se ha aislado al punto en que no quiere compartir sus momentos con su esposa. A Arthur le da miedo, también, la forma en que Isabel se dé cuenta y lo canalice a través de algo. Aún no lo ve tan grave en su ingenuidad, pero Isabel, todas las noches, ha comenzado a beber al menos un vaso de alcohol antes de dormir. A veces es whisky, a veces es vodka, en otras ocasiones es ron; Arthur se ha percatado, y culpa a eso de no tener ganas de intimar con ella, quien todavía no le ha echado en cara su falta de interés, pero lo hará. Lo hará con agresividad y sin piedad, y Arthur no sabrá dónde esconderse.

Se gira hacia el otro lado de la cama y apaga la luz. Prefiere intentar no pensar en Francis, en la discoteca, en la música alocada ni ahí ni cuando está en la oficina porque para su desgracia, Allistor, el hermano que menos estima, es el que más lo conoce y el único que sabe quién es realmente, y nota cuando anda extraño. Charles es cercano a él, sí, pero no es su confidente. Allistor tampoco lo es. Nadie, ni siquiera Isabel, ha podido ganarse ese título.

Se siente absolutamente solo pese a estar rodeado de gente todo el día, pese a dormir con su esposa, pese a que sus hijos le comparten sus logros. No se siente parte de ningún lugar.

Cuánto extrañó de pronto a su abuela, Alice, y cuánto se arrepintió, también, de no haber confiado nunca en ella.


Continuará~