HEART IS A MESS


Capítulo III

"But I'm desperate to connect"

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Arthur mantuvo su rutina como acostumbraba a hacerlo. Sus conversaciones con Charles en el horario del almuerzo, evitar cuanto pudiera a Allistor, llegar a casa y saludar a sus hijos y a Isabel y por supuesto, alegar estar cansado e irse a dormir.

No recordó a Francis en un buen tiempo, durante varias semanas, incluso, las mismas en las que su relación con Isabel se enfriaba delante de sus narices y él sin hacer nada al respecto porque no se sentía capaz. Peter y Ann lo notaban, pero no decían nada, no obstante su actitud inquieta les delataba a sus padres que algo no andaba bien con ellos tampoco. Evidentemente los chicos se preocupaban también, si ya tenían cierta edad en las que el entorno no puede serles tan indiferente, y Arthur seguía en su firme posición de fingir delante de ella y delante de sus hijos que todo estaba bien. Nada, ciertamente, estaba bien con él.

Isabel ya no sonríe tanto como antes. Bebe más, y Ann se lo hace saber a veces. Mamá, dijiste sólo una copa. Sí, hija, pero es una fiesta. Era el cumpleaños de Frederick. Isabel bebió tanto pisco sour que se quedó dormida en la habitación que alguna vez fue de Arthur. Cuando éste la fue a ver para que se despertara y poder irse a casa, ella lo miró con un odio que no creía capaz de ver en sus ojos.

—Puedo sola —Le dijo, balbuceando. Arthur vio cómo su cuerpo, más maduro pero delgado y delineado todavía, se recogía en sí mismo y su pobre esposa debió correr al baño tambaleándose en los tacos aguja de sus finos zapatos. Vomitó todo el alcohol que el cuerpo le pudo expulsar, y Arthur insistió en ayudarla una vez más. La respuesta de ella fue más agresiva aún— ¡Puedo sola, te digo!

Entonces no insistió. Fueron los primeros en irse aquella noche, alegando que Peter tenía mucho que estudiar. Un despido general a todos. Charles, a los minutos, le escribió preguntándole qué diablos había pasado y Arthur pensó en responderle cuando llegara a casa.

Los chicos bajaron, se despidieron de él y de su madre, quien apenas podía mantenerse en pie. Arthur la llevó al dormitorio, la desvistió con sumo cuidado y le puso su camisón para dormir, arropándola luego entre las sábanas. Pensó en dirigirse al baño; ella lo detuvo.

—¿Vas a salir de nuevo?

La voz de Isabel sonó con un dejo de agresividad que Arthur notó inmediatamente. No la culpaba.

—No —Respondió, mintiendo un poco porque sí quería volver a salir—. Duérmete por favor. Te ves muy cansada—y acomoda su saco en el armario.

—¿Cansada, dices? —Su voz aún agresiva— ¿Me veo cansada? ¡Me veo como la mierda, Arthur!

Arthur se apresura en calmarla. No quiere que sus gritos despierten a sus hijos. La ve que llora, desconsolada. Otra vez, él no sabe qué hacer. Se le acerca intentando calmarla con un abrazo, de esos que nunca le salen bien, pero no puede ofrecerle mucho más. Ella, como si quisiera vengarse de él, se deja abrazar pero sus expresiones se vuelven lascivas, hasta burlistas.

—Quiero estar contigo, Arthur… —Le dice ella, revolviéndose entre sus brazos.

Él se pone inquieto y quiere evitar tocarla demás. No quiere estar con ella. No debe, no merece algo así.

—No, Isabel… —pero ella le busca la boca erráticamente. Él sigue negándose. El olor a alcohol de ella lo marea—. Isabel… —Insiste, ella lo ignora— ¡Isabel, no quiero!

Ella se detiene en seco y lo mira acusadoramente. Segundos después, suspirando con frustración y aún con los efectos del alcohol en sus gestos, le reprocha:

—¿Por qué no quieres ahora? —Se cruza de brazos, sentada en la cama. Arthur está frente a ella, a los pies— Antes de ayer era porque estabas cansado, ayer era porque estabas muy estresado; que el trabajo, que la empresa… ¡La cosa es que en esa casa no se coge!

—¡Oye, te van a escuchar los niños! —Se escandaliza él.

Isabel se pone de pie, exasperada y dispuesta a iniciar una discusión.

—¡Pues que nos escuchen cogiendo en vez de discutiendo aunque sea una vez!

Absolutamente contraproducente, él explota.

—¡¿Quieres saber por qué no tengo ganas de estar contigo?! —Arthur, entonces, parece descargarse por donde menos debe, dirigiendo la frustración hacia quien menos la merece— ¡Porque cada vez que me acuesto al lado tuyo y cada vez que despierto, estás pasada a alcohol…!

El golpe de ella en su mejilla lo hace guardar silencio abruptamente, y girar la cara por la inercia. Isabel lo mira y se tapa la boca, arrepintiéndose en el acto. Titubeando, ve que Arthur se queja un poco, sin dudas sorprendido, y ella parece despabilar del alcohol de pronto.

—A-Arthur… lo siento…

—Me voy a dormir al sofá —Fue su respuesta rotunda.

Jamás respondió el mensaje de Charles.

No se enorgullecía de nada de lo que había sucedido, y evitaba hablarle a Isabel durante los desayunos para no alarmar a los chicos, quienes los miraban con preocupación de todas formas. Durante las jornadas en la oficina hacía lo posible por ingeniárselas para volver a acercarse a su esposa, que igual la extrañaba. No merecía, sin duda alguna, tener un marido tan cobarde como él.

Como Isabel no trabajaba, la citó a la hora de almuerzo para ir a comer a un restaurant cercano a la agencia. Charles protestó porque no quería comer con Allistor ni Hamish, y quería saber qué diablos le había pasado a Arthur en la fiesta de su padre. Él se excusó con que le contaría después, pero Charles no le creyó. Isabel apareció en la agencia con una sonrisa sincera que alivió a Arthur inmediatamente, saludó a Charles con alegría y salieron.

Las buenas intenciones de Arthur llegaron hasta cuando pudieron sentarse en la mesa que reservó y vio a lo lejos a alguien que se le hacía bastante familiar. Se espantó sin remedio y ella lo notó.

—¿Arthur? ¿Qué pasa? —él titubeó, incómodo, esperando que él no lo viera.

—Nada —Responde sin mirarla.

Piden la carta y hacen la orden. Quien los atiende, es la persona que Arthur había reconocido. Se obligó a calmarse porque, con algo de suerte, él no lo reconocería. Se equivocó. Francis lo miraba encantadoramente, igual que en las afueras de la discoteca, pero esta vez no le pidió un cigarrillo ni le tomó las manos al encenderlo; habló con el tono más robótico que pudo:

—Buenas tardes —Dijo. Su maldito acento francés hizo que Arthur rememorara cierto tacto que repelió inmediatamente—. Mi nombre es Francis, yo los voy a atender.

Isabel, encantadora y sonriente, se dispuso a enumerar su pedido y Francis anotaba en su libreta sin sacarle los ojos de encima a Arthur, quien ya comenzaba a desesperarse. Cuando Isabel terminó, se dirigió a él.

—Su orden, señor.

Arthur necesitó ponerse de pie un momento e ir al baño, pero se obligó a mantener la compostura.

Ordenó con toda la naturalidad que pudo. Francis, retirándose, lo miró una última vez, sonriéndole.

A los minutos llegaron sus platos. Comieron en silencio, o al menos Arthur lo hizo, desviando casi sin querer la mirada hacia el mesero que los atendía. Luego la retiraba simulando no haberlo mirado jamás. Mientras, Isabel hablaba delante de él sobre cosas de su rutina.

Arthur hizo un esfuerzo sobrehumano por comer. Sin duda el filete estaba delicioso, pero no podía captar sabor alguno de la carne ni los vegetales. Comió por costumbre, respondiéndole a Isabel con monosílabos. El tema complicado llegó, entonces, en el peor lugar y en el peor momento.

—Arthur… —Lo llamó ella tímidamente, eternamente adorable—. Lamento que… —él tragó pesadamentE—. Lamento lo que pasó la otra noche. No fue mi intención golpearte.

Él se sintió culpable otra vez. Necesitó decirle lo que sentía con más urgencia que nunca:

—Yo también lo siento, Isa. Perdóname —y eso último le sonó tan sincero, que esperó que a ella no se le ocurriera que le pedía perdón por algo más.

El almuerzo terminó. Tomaron sus cosas, dejaron la propina y salieron. Arthur tenía la mirada fija en la salida para no mirar a Francis, quien sí reparó en él cuando salió junto a su esposa.

Esa noche Arthur, frente al espejo, rememoró mucho más de lo que se permitió en el restaurante, en presencia de Francis, y juró percibir una vez más el calor de sus manos sobre las de él. salió del baño y miró a Isabel, quien, alegremente, veía su celular riéndose encantadoramente por la cantidad de likes que había alcanzado su fotografía con su esposo. Él la miró sin decirle nada, mientras iba desabrochándose la corbata, la camisa, simplemente dejándose llevar. Cerró la puerta de la habitación matrimonial con llave, y ella, entusiasta como una chiquilla, sonrió con malicia.

—¿Arthur…? —Lo llamó, todavía insegura. Él ya se había desabrochado el pantalón dispuesto a meterse a la cama.

Isabel entendió su mirada fija y actitud varonil al instante. Se quitó el vestido y entró con él entre las sábanas. El entusiasmo de ella no le permitió ver lo nervioso, errático y ansioso de los gestos de Arthur, porque lo había extrañado tanto, que sentía que no tenía derecho ni autorización a exigir nada en sus modos de tocarla, besarla y asirse de ella. Le pidió que se relajara, él le pedía disculpas con torpeza, como si no supiera qué hacer.

Hacía mucho tiempo que Arthur venía pensando en que, en realidad, nunca supo qué era lo correcto y lo que no.

Fue al otro día cuando Arthur fue solo al restaurante. Lo recibió un mesero que no era Francis, y le respondió el saludo. Le agradeció su bienvenida y buscó con nerviosismo extraño una mesa. Se sentó en la misma en la que había estado con Isabel el día anterior. Cuando se desabrochó la chaqueta para dejarla en el respaldo de la elegante silla, miró hacia el frente. Francis estaba allí de pie, como si lo esperara, como si supiera que iba a regresar y no hubiera margen alguno de posibilidad de error.

Corrió disimuladamente hasta él para atenderlo.

—Buenas tardes —Lo saludó cordialmente. Una cordialidad que a Arthur se le hizo asquerosamente fingida. Recibió la carta y observó las opciones—. Qué bueno que volviste.

El inglés lo miró hacia arriba, asintiendo por alguna razón. Francis volvió a hablar:

—¿Vas a estar solo?

—Sabes…—Arthur lo ignoró con la mayor destreza, queriendo hacer notar su voz con mayor severidad de la que acostumbraba a usar—, quiero pedir pato a la naranja.

—Sí, cómo no —cede Francis. Reciba la carta— ¿Algo para beber?

—Sí, un Merlot.

Francis toma la orden y mira a su alrededor despreocupadamente. Hay una pareja de chicos, ambos hombres, almorzando juntos tomándose las manos. Francis le sonríe a Arthur con una clara insinuación y éste prefiere hacerse el desentendido y le da a comprender a Francis que haga lo mismo si no quiere terminar con un puñetazo en la nariz. El mesero se retira hasta ellos, y el celular de Arthur suena.

Es Isabel, pidiéndole almorzar juntos. Arthur se lamenta, diciéndole que ahora va a entrar a una reunión. Francis sonríe al escucharlo.

Al terminar la comida, Arthur va al baño. Cuando va a lavarse las manos, aparece Francis. Lo mira con curiosidad, nervioso, otra vez.

Toma un papel desechable para secarse las manos y Francis, de nuevo, como si su único propósito en la fuera ese, lo distrae.

—¿Y? —Dice, coquetamente, algo que le sale sin mucho esfuerzo— ¿Te gustó el vino que elegí?

Arthur prefiere no seguir mirándolo.

—Estaba bastante bien —Responde, seco, sin ánimos de seguir conversando.

El mesero sonríe un poquito.

—Tenemos gustos parecidos.

Se acomoda la corbata del traje y sin darse cuenta, Francis se le acerca demasiado hasta hacerlo retroceder y tocar la barra de los lavabos.

—Oye… —Le habla en un susurro, en un tono que destila tanta coquetería que Arthur, otra vez, se siente acorralado— Si quieres te puedo dar mi número, y probamos otros vinos. Pero en otra parte, claro.

El abogado carraspea. No sabe si está incómodo o a gusto. Quizá ambas, pero lo que sí estaba claro era que la cercanía de Francis era demasiado sorpresiva.

—Déjame pasar —Y esta vez no suena tan cordial como debiera. Su voz se endurece, igual que su expresión.

—¿Qué te pasa? —Se ríe Francis, divertido, sabiendo que está ganando terreno— ¿Te pongo nervioso?

Está a punto de replicar.

—Te estoy haciendo una simple invitación, puedes decirme que no, pero te recomiendo absolutamente decirme que sí.

Arthur se exaspera, frunciendo el ceño. Sus enormes cejas casi se juntan.

—¡¿Me estás jodiendo?!

Francis ríe otro poquito, más divertido.

—No, no te estoy jodiendo —Arthur quiere salir corriendo, se le nota muchísimo—. Pero no me has contestado, ¿quieres mi número o no?

Mirando al suelo, Arthur siente una mano rozarle la quijada, es una caricia errática, casi fantasma. Es el mismo calor, la misma suavidad, pero no puede permitirse que eso vaya más allá.

Lo espanta con violencia y le gritonea:

—¡No me toques, imbécil! ¡Qué carajo te pasa!

Francis lo mira sorprendido, casi desorientado.

—¡No me vuelvas a tocar! —Le insiste, apuntándolo con el dedo como si lo amenazara. Francis intenta calmarlo— Nosotros no somos ni amigos ni nada, y ni siquiera nos conocemos. Así que déjate de mierdas y déjame pasar.

El francés se hace a un lado pero antes de que salga, se apoya en el lavabo y le pregunta con suspicacia:

—¿Qué estás haciendo acá?

—Vine a almorzar, ¡¿ no te diste cuenta?! —Su respuesta suena por demás agresiva.

—¿Y por qué le dijiste a tu esposa que estabas en una reunión? —Francis lo mira perspicaz.

—¿Y qué mierda te importa lo que le digo o no le digo a mi mujer? —Su ceño fruncido, sus gruesas cejas expresando más de lo que dicen sus palabras. Francis hace un gesto condescendiente y se le acerca de apoco, otra vez.

—Sé muy bien lo que estás haciendo acá —Arthur se asusta— ¿Tú crees que eres el primer gay, además casado, que conozco?

—¡Yo no soy…!

—¿Casado?

La sonrisita de Francis le está pidiendo a gritos un puñetazo directo y sin misericordia.

—¿Qué mierda te pasa, eh, pedazo de imbécil? —Francis endurece su expresión.

—Voy a decirte algo —responde, poniéndose serio—. De tontos enclosetados con vida doble está lleno. Lo que yo no entiendo, es por qué me vienes a calentar la sopa aquí mismo si después no te la quieres tomar—. Arthur se mantiene en su furia, pero sabe que Francis tiene razón—. Quédate con tu doble vida y tus indecisiones y todas tus mierdas; cuando tengas las cosas claras y no te quieras esconder debajo de ese traje, vuelves.

Francis sale dándole un golpe con el hombro, tan fuerte que lo hace chocar con la pared. Cierra los ojos, terriblemente cansado. No le gusta mirarse tal cual es, no le gusta que exista alguien capaz de mirar bajo su seriedad o que pueda descifrar su problema con tanta facilidad.

Intenta auto-convencerse de que no debe ver a Francis nunca más si no quiere acabar metido en un problema mayúsculo.