HEART IS A MESS


Capítulo IV:

"You can't live like this"

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Después de volver del restaurant a la oficina ese día, Allistor no le sacó los ojos de encima por el resto de la tarde. Arthur intentaba actuar normal, pero no le salía. Pudo disimularlo con Charles y con Hamish, pero Allistor era otra cosa. Le resultaba dificilísimo pretender que no pasaba nada o actuar con indiferencia delante de él, como si siempre temiera, casi sin darse cuenta, al puñetazo de hace años y del que jamás pudo olvidarse.

Comenzó a pedir té más seguido que antes, como si quisiera sacarse el sabor pastoso del vino que Francis le llevó ese día, sin poder lograrlo. Ni siquiera esa tarde, ni la siguiente ni durante toda la maldita semana. Arthur comenzó a acostumbrarse a lo amargo del vino entre sus labios, pero sin llegar a hacerlo con la sensación.

Fue luego de varios días que Charles golpeó la puerta de su oficina. Arthur lo autorizó a que pasara mientras revisaba los últimos detalles del documento de contrato con el que varios trabajadores de la agencia debían estar de acuerdo para firmar y comenzar a regirse.

—Oye, Arthur —Lo llamó, con medio cuerpo dentro de la oficina, afirmándose de la manilla—. Te buscan.

—¿Quién? —Preguntó despreocupadamente, más pendiente de la pantalla que de la conversación con Charles.

—Un tal Francis.

—¿Francis? —Se hace el desentendido. Siempre ha sido más sencillo mentirle a Charles que a cualquiera.

—Sí. Y tiene pinta de ser bailarín de bellas artes —Y se rio estruendosamente de su propio chiste cargado de prejuicio.

Arthur lo miró seriamente, sin levantarse de la silla.

—Dile que pase —Respondió secamente.

—… Bueno —Charles termina su risa pero no deja de sonreír. Le dice a Francis que pase y Arthur, al verlo, corre a cerrar la puerta nerviosamente.

El francés lo mira con una expresión que Arthur jamás le vio.

—¡¿Qué mierda estás haciendo acá?! —Francis sigue en su lugar, serio.

—Bonita oficina, señor abogado.

—Cómo mierda me encontraste —Le pregunta, extrañadísimo y sin entonar.

Francis mira las paredes, el sofá, el escritorio, las fotos. De los hijos de Arthur, supone sin equivocarse. Se encoje de hombros antes de contestar.

—Es fácil cuando pagas con tarjeta de crédito.

Arthur frunce el ceño, fastidiado.

—¿Qué? —insiste en cuestionar— ¿Tú te crees que soy tonto? Nadie encuentra a nadie así como así por una tarjeta de crédito.

Francis alza la ceja.

—Sí, siempre y cuando tengas amigos que trabajen en el banco del que eres cliente tú.

Arthur comienza a desesperarse en su frustración. No le gusta tener a Francis ahí metido. Menos con Allistor dando vueltas por ahí.

—¡¿Cómo se te ocurre venir a molestarme a mi trabajo?!

—Vine porque me despidieron de MI trabajo por tu culpa, imbécil —Responde él, ya alzando peligrosamente la voz.

—¿De qué mierda estás hablando? —Se dispone a echarlo, pero Francis se interpone, presionando la puerta con su propio cuerpo.

—¿Y encima te vas a hacer el tonto? —Arthur da un paso hacia atrás— Una denuncia en el restaurant de que supuestamente uno de sus trabajadores acosaba a los clientes. No vamos a decir que fue otra persona porque sé que fuiste tú.

—No tengo idea de lo que estás hablando —Se gira devuelta a su escritorio, pero Francis lo voltea con violencia agarrándolo de la camisa.

—¿No tienes idea, eh, gay de clóset?

—¡¿Pues habrá sido otra persona, no?! Ustedes los raritos son así, tienen esa fama. Ahora ándate si no quieres que llame a la policía.

Francis lo suelta, agitándolo completamente.

—¿A qué le tienes tanto miedo, eh, Arthur? —Le pregunta él, furioso— ¿Tienes miedo de que tu perfecta familia se dé cuenta de quién eres en verdad?

—Déjate de hablar estupideces y sal de aquí —Responde con voz amenazante.

—No me voy a ir de aquí hasta que escuches lo que tengo que decirte —Arthur lo mira fijamente, con el ceño fruncido—¿No querías que me despidieran? Bien, ahora te haces cargo. Vas a conseguirme un trabajo nuevo.

—¡¿Qué?!

—Me escuchaste muy bien —Replica, ofuscado— ¿Te lo repito? Vas a conseguirme un trabajo.

—¿Y dónde mierda quieres que te consiga uno?

—Ese no es problema mío. Debes tener muchos contactos, ¿no? Puede ser aquí en la agencia o con alguno de tus amigos, o tus hermanos, incluso. Me da lo mismo, la cosa es que necesito trabajar y tú, como me quitaste mi trabajo, me consigues otro.

—Olvídate de eso, imbécil. Ese es tu problema, no el mío. Ahora sal de aquí.

—No me voy a ir a ninguna parte.

Arthur pierde los estribos.

—¡Ándate de aquí, maricón! —Lo agarra bruscamente del brazo abriendo la puerta. Francis se suelta sin dificultad.

—¡Ah! ¿Yo soy el maricón? ¡¿Yo soy el maricón?!

—¡Baja la voz, ¿quieres?!

Francis termina exasperándose. Su puño cerrado golpea la mejilla de Arthur hasta hacerlo voltear la cabeza y caer sentado en el sofá.

—¡Tienes cuarenta y ocho horas! —Y sale de la oficina hecho una furia.

Minutos después Arthur está sentado en la silla de su escritorio, con una compresa fría sobre su pómulo y Charles mirándolo preocupadamente. Hamish también está ahí, sentado frente a él.

—Oye, Arthur, pero no entiendo… ¿qué quería ese tipo? —Le pregunta.

—Qué se yo, hombre —Responde el abogado, quejándose aún por el dolor en su mejilla—. Venía alegando que… no sé, que le choqué el auto.

—¿Y eso es verdad? —Inquiere Charles ahora, intentando mirar su moretón.

—¡Claro que no! —Se apresura a responder.

—¿Y no lo conoces? —Insiste Hamish.

Arthur rodea los ojos para esconder su nerviosismo.

—No, Hamish, no lo conozco —responde, como si fuera lo más obvio del mundo—. Vino acá pidiéndome dinero, yo lo mandé a la mierda y como se enojó me pegó. Eso es todo.

—Oye, entonces ¿no deberías llamar a la policía? —opina Charles.

—¡No, no! —Hace exagerados gestos de negación con las manos, nervioso—No, no es necesario.

—Por eso te gritaba "maricón" entonces —Arthur necesitó desviar la mirada hacia cualquier parte menos la cara de sus hermanos al escuchar ese comentario de Hamish—. Es un delincuente. O un loco, al menos.

Exageró inmediatamente, pensó el menor de los cuatro hermanos. Siempre fue más histérico que los otros tres.

—O "una loca" —Se burló Charles, imitando patéticamente un tono más agudo para caricaturizar uno femenino. Arthur lo miró de reojo—, si se notaba que venía a hincarte las pelotas, Arthur.

—Y si lo encontraste tan raro, ¿para qué lo dejaste entrar? —Le reprocha Hamish con todo el sentido del mundo.

Charles se apresura en justificarse con que él no tiene cara de recepcionista y la discusión se alargó un poco más. Arthur necesitaba de todo menos una pelea entre sus hermanos, así que prefirió pedirles que lo dejaran solo. Lamentablemente de Peter y Ann no pudo librarse con tanta facilidad, y menos de Isabel. Ella llegó después que Arthur a casa alegando que había tenido un percance con alguna de sus amigas y vio que Arthur estaba sentado en el sofá. Ella, atenta, le preguntó cómo le había ido en el trabajo y al ver su moretón, no pudo evitar preguntarle:

—Arthur ¿qué te pasó en la cara? ¿Quién te hizo eso?

Él titubea unos momentos sin saber qué responder. Isabel prefirió actuar antes que hablar y fue a buscar compresas frías para ponerle en la cara a su esposo. Arthur ya comenzaba a odiar las compresas. Irremediablemente, por lo sensible que era ella, se puso nerviosa de sólo imaginar algo peor. Arthur, extrañado, la miró diciéndole:

—¿Isabel?

—E-es que… —Ella solloza sin razón— Me puse a pensar si hubiera sacado un cuchillo o algo…

Él inmediatamente acude a ella, abrazándola. Es extraño que Isabel se pusiera así, pero a veces solía dejarse llevar por sus emociones. Le dijo que se quedara tranquila, que lo peor había pasado y no era necesario un drama mayor.

El teléfono de la casa suena. Contesta Peter, nadie le responde. Isabel pide el teléfono, y sucede lo mismo. Al tercer "aló" de ella, la llamada se corta. El chico supone que fue el mismo tipo que le pegó a su papá y Arthur, ya lo suficientemente estresado con el tema, prefiere hacer que todos allí se olviden del asunto y le dice a Isabel que ya deberían estar cenando para luego ir a dormir.

Necesita una copa. De whisky, claro.

En la madrugada, el teléfono vuelve a sonar. Todos duermen en la casa, y Arthur, particularmente sensible su sentido del oído, prefiere levantarse y contestar antes de que lo haga su esposa o los chicos. Se pone de pie rápidamente y va hacia la sala, donde el teléfono aún suena. Al presionar el botón, una música alegre de discoteca lo recibe inmediatamente.

—¿Hola? ¿Quién es?

—¡Hola! —Dice la voz masculina alegremente al otro lado. Es Francis. Arthur necesita maldecir hacia alguna parte—¿Muy tarde para conversar?

Se tensa en el acto. Francis jura que hasta puede escuchar cómo se le contraen los músculos.

—Cómo conseguiste mi teléfono —Es lo primero que pregunta, exasperado.

—Oye —el francés desvía el tema, riendo un poquito y hablando con cierta lentitud. Probablemente estuvo bebiendo, piensa Arthur—¿La que me contestó hace un rato es tu mujer? ¿La del restaurant? —La sonrisa de Francis es tan radiante como burlona.

—¡No te metas con mi familia, hijo de puta! —Se aleja de la puerta de la habitación matrimonial, hacia el ventanal que da a la calle, y lo amenaza desde su indefensa posición— ¡No te metas! —Insiste— ¡O si no…!

—¿O si no qué? —Francis borra la sonrisa y su voz se vuelve provocadora, como quien quiere iniciar una pelea— ¿O tendrás que contarle a todo el mundo quién te pegó?

—¡Ya te dije que yo no tengo nada que ver con tu despido, imbécil!

—¡Y yo te dije también que estoy cansado que hijos de puta como tú se crean con el derecho de ponerle el pie encima a cualquiera!

—Pero qué carajo… —Sí, de seguro está ebrio y su ADN revolucionario, como buen francés, salió a flote— ¿Qué quieres, imbécil? ¡¿Qué mierda quieres?!

—Juntémonos mañana a las dos y media y te digo.

Arthur se niega rotundamente. Día domingo, imposible.

—Mañana no puedo. Me voy con mi familia a la casa de mis padres.

Francis sonríe con maldad.

—¡Ah, bueno! Entonces te tendrás que quedar con la duda y tendré que volver a llamar a tu casa y puede que me vuelva a contestar tu esposa.

Arthur maldice hasta el último antepasado de Francis y hasta los suyos propios, además de su desdichada suerte, claro.

—¡… Bien! —Respira profundamente, rendido. No le quedaba alternativa— Bien. Dónde y a qué hora.

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Ann fue la primera en reclamarle a su papá que ese día domingo les correspondía el almuerzo con los abuelos y los tíos. Peter, extrañadísimo, le preguntó un par de veces lo mismo pero luego desistió, pues se había tragado la mentira de que "tenía mucho trabajo que hacer". Isabel, intentando convencerlo, le dijo que se sentiría extraña estar en casa de sus suegros sin él, y Arthur, intentando sonar lo menos pesado que pudo, la convenció de que ella era parte de la familia en igual medida que él. No fue fácil hacer caer a Isabel, pero lo consiguió.

Subieron al auto y partieron. Arthur respiró con un peso menos al escuchar la puerta cerrarse y el auto arrancar. Pero el más grande de todos aún lo tenía encima, aplastándolo sin misericordia.

Dieron las dos y media, la hora acordada con Francis. Partió a la placita, donde lo encontró ejercitándose. Le pareció por demás extraño que no haya estado en un gimnasio o algo así. Y tenía miedo de acercarse. Lo aterraba Francis, profundamente. Cuando se decidió a hacerlo, el francés aún no reparaba en él y Arthur, perseguido, miró en todas las direcciones para cerciorarse de que nadie lo estaba mirando. A unos metros, Francis giró y se puso de pie. Sonrió inmediatamente al verlo.

—Qué feo moretón —Se ríe.

—Ya, suficiente. Yo podría pedirte una multa de varios cientos de libras por esto.

El chico hace un gesto condescendiente.

—A ver —Francis da un paso hacia él. Esta vez Arthur no retrocede—, yo fui a hablar a tu oficina contigo de una manera bastante calmada, el que eligió los golpes fuiste tú.

Arthur lo mira como si estuviera diciendo el disparate más irrisorio, pero prefiere calmarse. O por las buenas o por las malas.

—Terminemos con esto ¿bien? —Se exaspera, otra vez— Dime cuánto quieres.

Francis alza la ceja.

—¿Disculpa?

—Eso. Cuánto quieres.

—No todo en este mundo se resuelve con dinero, Arthur.

El inglés rodea los ojos ya demasiado cansado con la situación.

—¡Entonces qué mierda quieres!

—Que me devuelvas el trabajo que me quitaste, eso quiero.

—De dónde carajo podría devolvértelo, imbécil. Los trabajos no caen del cielo.

—No sé, tú tienes contactos, amigos o algo; recomiéndame con alguien…

—¿Recomendarte a ti? —Se ríe, interrumpiéndolo— A ti no te recomendaría ni a mi peor enemigo.

—Oye, oye —Insiste Francis—, te recuerdo que te di cuarenta y ocho horas. Desde ahora tienes hasta el lunes al medio día. Si no, le digo a tu esposa que eres maricón.

La amenaza fue certera y sin remordimientos, dejando petrificado a Arthur en su lugar. Se toma su tiempo para indignarse.

—¿Tú qué mierda eres? —Arruga el entrecejo, amenazante—¿Un psicópata?

—Yo soy el psicópata ahora —Francis suelta una risa burlesca otra vez— ¿Tú crees que es normal andar sacando a la gente del clóset en su trabajo?

—¡Otra vez con lo mismo! —rodea los ojos— ¡Yo no tuve nada que ver con lo que te pasó! Además ¿tú crees que mi esposa te va a creer a ti cualquier tontería?

—Bueno, por tu cara de pánico… —Francis se le acerca otro poquito, pero aún no lo intimida lo suficiente—¿O tú piensas que las mujeres son tontas?

El abogado lo mira hasta con miedo.

—¿De qué hablas?

Francis sonríe con malicia.

—Arthur, ¿Tú crees que no se te nota…? —Se ríe todavía más, Arthur se siente increíblemente incómodo—. A veces se dan cuenta de lo que realmente tienen al frente más rápido de lo que uno cree.

—Cállate, enfermo —Se dispone a retirarse.

—Yo me voy a quedar callado cuando me consigas un trabajo —Arthur voltea desde su distancia hacia él—. Tienes claro lo que debes hacer. Hasta este lunes, al medio día.

Francis también voltea hacia su dirección y sigue en lo suyo. Arthur se siente más atrapado que nunca, y se arrepiente por haberse equivocado tanto.

Apenas llega a su casa lo primero que hace es comenzar a llamar a la gente que conoce y que podría tener vacantes libres para diversos puestos de trabajo. Cualquier cosa le sirve: mesero, recepcionista, un call center, vendedor en alguna tienda. Son varias horas las que ocupa en eso, sonando cada vez más histérico aunque intente disimularlo.

Muchos le ofrecieron opciones para la semana siguiente, para el mes siguiente o incluso después de marzo. Él insiste en que es para el lunes, apenas comenzando la semana, y nadie responde a esa solicitud. Todas las vacantes más inmediatas están ocupadas y el pobre siente que su sistema nervioso entero está por explotarle en la cara, igual que su verdad.

Agradece a su último contacto antes de rendirse, paseándose nerviosamente por la sala de su casa, junto al sofá, el comedor, los tragos. Al cortar, todo lo que puede gritar en el tremendo espacio de soledad de su casa, es un insulto que no parece estar dirigido a nadie en particular, pero sí lo está.

—¡MARICÓN DE MIERDA! —lanza su celular al suelo, importándole muy poco si lo dejó inutilizable.

Lo que era más malo aún, es que tendría que dar explicaciones a sus padres de por qué no pudo o no quiso ir al almuerzo familiar. Lo que era peor, era justificarse con Charles y Hamish, y lo más atemorizante de todo, era tener que justificarse con Allistor.