HEART IS A MESS
Capítulo V:
"Pick apart the pieces of your heart"
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Cuando Isabel llegó le comentó sobre el almuerzo, de lo gracioso que había sido que Hamish comenzara a molestar a Charles con su divorcio y de cómo éste se quejaba al no estar Arthur para defenderlo. Catherine insistía en hacer callar a Hamish pero éste no obedecía. Probablemente, dijo Isabel, se le habían ido los humos a la cabeza con la adultez porque, en su caso, pese a estar casada y ser independiente, lo que decían sus padres seguía siendo ley para ella.
Le preguntó qué había hecho él en todo el día. Arthur dijo que sólo había estado trabajando y descansando de vez en cuando, logrando avanzar muchísimo en sus papeles, casos y esas cosas. Isabel le creyó absolutamente y le dijo que se alegraba sinceramente por él. Cuando ella fue al baño a lavarse los dientes, el celular de Arthur sonó. Un mensaje de Francis preguntándole si ya le había conseguido algo. El inglés se contuvo de volver a lanzar su celular lejos.
Durante la mañana de ese día lunes insistió con los llamados. Camino a la oficina, en la oficina misma y hasta cuando iba al baño. Fue Charles a pedirle explicaciones, tal como él esperó que hiciera, pero le cambió el tema con su exasperación. Le preguntó si tenía el número de contacto de algún cliente de la agencia, pero él, mientras tomaba su té con el que ese día tenía una extraña fijación, porque andaba con la taza para arriba y para abajo, le dijo que no.
—¿Pero cómo no vas a tener el número de algún cliente?... Uno, Charles — dijo, sentándose en su escritorio luego de ir a buscar una carpeta a su estantería— ¡Sólo uno!, que le pueda dar trabajo a alguien de forma urgente. Tú eres el que maneja esos datos aquí, ¿o no?
—Sí, pero... —pausó, suspirando— viejo, está bien, yo lo hago, ¿pero siempre tengo que hacer todo yo? —se quejó el otro, exageradamente para el gusto de Arthur— ¡Todo yo! "Charles, esto para ayer" "Charles, esto para antes de ayer". Hermano, la cosa está difícil, no hay trabajos de un día para otro —suspira— ¡Además!, ni siquiera me has dicho a qué se dedica tu amigo
—¡No es mi amigo! —se exalta Arthur— ¡Es el amigo de un amigo! Y ya está bueno de esto. Necesito que le encuentres un trabajo ahora, Charles.
—¿Al marica que te pegó el puñetazo ese?— y Charles lo dijo con la mejor de las intenciones, pero Arthur terminó exasperándose todavía más.
—¡No tiene nada que ver! —respondió, y su hermano intentó apaciguarle los ánimos en vano.
—Ya, bien, entiendo. Pero Arthur, yo estoy tapado en trabajo, Allistor me dejó una pila de documentos hoy así que tengo el doble de papeles que revisar que tú y...
—Bueno, deja todo eso de lado y haz lo que te estoy pidiendo. Lo necesito con urgencia.
Charles no insistió más. Arthur, dando la conversación por terminada, se giró hacia su computador, pero su hermano no parecía querer rendirse.
—A ver... —Charles se sentó frente a él, dejando su taza de té encima del escritorio— Arthur, tú sabes que eres el hermano que más quiero, ¿cierto? —él cerró los ojos pesadamente, frotándoselos con el dorso de la mano—. Dime algo, ¿qué mierda te pasa? Es decir, ni siquiera sé qué hace tu amigo y quieres que le consiga trabajo...
Arthur suspiró cansado, ya demasiado saturado con el tema. Un poco más relajado pensó lo que Charles le decía, y reparó en que era absolutamente cierto. No sabía nada de Francis y le estaba exigiendo a gritos algo prácticamente a la medida de un desconocido. Bajó su tono de voz y respondió:
—Tienes razón... disculpa.
—Gracias —dijo con ironía y dio un sorbo a su té. A Arthur se le antojó también. Ya pediría uno.
—Tengo la cabeza llena de problemas, eso me pasa —puso su palma en el escritorio, mirando hacia alguna parte—. A estas alturas le sirve cualquier cosa, ¿bien? Repartidor de café, recepcionista... cualquier cosa —insiste con su voz absolutamente lenta y relajada—. Pero tiene que ser para hoy, lo necesito. ¿Serías tan amable de hacerme ese favor? —y siente que le saldrá un arcoíris por las orejas si sigue hablándole así a su hermano.
Charles lo mira sonriente.
—Ahí sí —le dice, alzando divertidamente las cejas. Arthur asiente, derrotado.
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Llega a su casa a la hora de almuerzo, pretendiendo pasar con Isabel unos momentos antes de volver a la oficina. Llama a Francis sin salir del auto. Cuando le responde, Arthur se entusiasma lo suficiente como para empezar a hablar, pero suelta un improperio cuando se da cuenta de que está hablando con el buzón de voz. De todas formas no puede perder tiempo, así que deja un mensaje.
—Hola Francis, soy Arthur. Te llamo p-porque quería... quería pedirte un poco más de tiempo —se oye demasiado nervioso y eso le disgusta demasiado—. No me ha ido muy bien. Las cosas están difíciles, así que... —carraspea— Quería ver si existe la posibilidad de que me des veinticuatro horas más. ¡Sólo un día más!, y yo prometo solucionar esto. Pero... —se rasca la frente, pues se siente demasiado tenso— no hagas ninguna estupidez, por favor.
Deja el mensaje y baja del auto. Entra a su casa, y su sorpresa es mayúscula.
—Arthur —lo llama Isabel cuando lo ve entrar y dirigirse hacia alguna parte que no era la sala—, ven.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Qué bueno que llegaste —dice Isabel sin sacarle los ojos de encima— Te estábamos esperando.
Y ese otro alguien, también lo mira. Es Francis, sentado en el sofá de su casa, conversando con su esposa. Arthur no sabe qué cara poner delante de él, ni delante de ella.
—No tuve noticias tuyas —se justifica Francis— así que tuve que venir a tu casa. Porque... en eso quedamos, ¿o no?
—Sí —interviene ella dulcemente— Yo le estaba explicando a Francis que estabas, quizás, muy lleno de trabajo, y que por eso se te olvidó su compromiso.
Arthur no sabe qué diablos decir ni pensar.
—¿Qué compromiso?
Isabel ladea la cabeza como un cachorro.
—El de ayudarlo a encontrar un trabajo, Arthur —responde, como si fuera lo más obvio del mundo— Qué injusto que lo hayan echado del restaurante. ¿Por qué no me contaste? —le reprocha.
—¿Qué cosa?— pregunta casi de mala gana.
—Que te comprometiste a ayudarlo —Arthur rodea el sofá y se sienta junto a ella mientras la escucha con una sensación horrible en la boca del estómago, sin sacarle los ojos de encima a Francis—. Es que Arthur en el fondo es buena persona, por eso me enamoré de él —sonríe encantadoramente hacia su visita—. No es la primera vez que ayuda a un garzón. Una vez lo hizo con uno norteamericano, no sé qué problema legal tuvo pero también se ofreció a ayudarlo, fue muy gentil con él.
Francis lo mira casi como si quisiera apuntarlo con el dedo y reírse de él, pero también luce impresionado. No necesitaba ser muy inteligente ni muy suspicaz para saber lo que realmente hubo detrás de esa historia con ese garzón norteamericano, y se lo hace saber por esa forma en la que lo mira: curioso, divertido, y con una indudable expresión de "yo lo sabía".
—¿Sí? —dice finalmente Francis, con una insoportable sonrisa— También fue muy gentil conmigo —Arthur quiere lanzársele encima y golpearle la cara—. Sabes, Isa... Te puedo decir "Isa" ¿verdad? —ella asiente enérgicamente, entusiasmada con la idea de tener cierta confianza con él—. Lo cierto es que fue muy triste cuando me echaron. Y ando apurado también, necesito urgentemente el trabajo, así que tuve que venir a ver qué sucedía —mira a Arthur para dirigirse a él—. Y bueno, tendré que actuar de acuerdo a lo que me digas tú —dice, suspicazmente.
El inglés se pone inquieto. Intenta justificarse con toda la fluidez que puede, que ha sido difícil porque las cosas se complican todos los días un poco más, y que por lo mismo le dejó un mensaje en el buzón de voz. Francis revisa su celular y alza las cejas al ver la notificación. Arthur, todavía nervioso, moviendo las manos erráticamente y jugueteando con su anillo de matrimonio, le dice que por favor le dé más tiempo.
Francis lo mira con intensidad acusadora.
—Qué mal, Arthur —dice— porque yo no tengo más tiempo.
—Te pido un día más —insiste Arthur— Sólo un día más y te prometo que te conseguiré algo.
El francés lo mira aún, pero acepta finalmente.
Arthur insiste en que él lo irá a dejar afuera y Francis accede. Se despide de Isabel y al estar casi en la calle, el abogado camina junto a él hablándole con voz de mando.
—No me llames, y no vengas a mi casa —baja el escalón de la vereda— ¡Y te prohíbo que te acerques a mi esposa!
Francis baja, tomando con ambas manos el timón de su bicicleta.
—Es simpática —dice, mirándole directamente a los ojos—. Cuando no estabas nos dimos los teléfonos —le sonríe, provocador.
Arthur se enoja inmediatamente.
—¡¿Que hicieron qué?!
—Obvio. Si va a saber la verdad sobre su marido tengo que tener línea directa con ella —le giña el ojo, burlón.
—Vas a seguir con eso —se lamenta, derrotado— ¡Yo no tuve nada que ver con que te hayan echado! ¿Cómo se te ocurre que voy a ir a joderte a tu propio trabajo? ¡Mueve la última puta neurona que te queda en la cabeza! —se pone las manos en la cara, cansado— Por la mierda. Era esto lo que quería evitar. ¿Cómo yo iba a arriesgarme a algo así, eh? ¿Me quieres explicar? Tengo esposa, hijos; soy un hombre de familia. ¡A lo mejor fue algún otro torcido que acosaste en el baño!
—¡¿Acosar?!— Francis alza la voz peligrosamente. Arthur se arrepiente en el acto de haber dicho tamaña tontería y lo intenta hacer callar con gestos erráticos— No, no, no, ¿Quién te crees, imbécil?, ¿eh?. ¡¿Crees que me meto con cualquiera?!— Arthur se sigue moviendo nerviosamente— La única razón por la que te seguí al baño fue porque tú me llamaste.
El inglés lo vuelve a mirar como si le hubiera nacido otra cabeza, deteniendo el ir y venir de sus manos.
—¡¿Yo te llamé?! —se escandaliza, indignado.
—Bueno... no literalmente —Francis titubea— Pero te hubieras visto la cara— sonríe, tan burlista como antes. Arthur termina de reventar en cólera de una vez por todas.
—Ándate de aquí, mierda —estira el brazo en la dirección opuesta— ¡Sal de aquí!
—Yo quiero un trabajo —insiste totalmente calmado, pero con tono de advertencia— Así que no te olvides que sé dónde vives y que conozco a tu mujer. Ahora, si me disculpas, necesito moverme.
Arthur le da el espacio y Francis se va caminando con su bicicleta. Cuando ve que se aleja lo suficiente, siente que puede respirar tranquilo una vez más, luego de varios agitados días. Isabel lo llama para almorzar, así que entra. Están los chicos también; irónicamente, podrán almorzar todos juntos el día que más cerca estuvo de perderlo todo.
Isabel habla por teléfono con su amigo Lovino. Peter y Ann ya están sentados en la mesa comiendo igual que Arthur, quien está notoriamente taciturno y silencioso. Isabel se muestra contentísima de almorzar con toda su familia y no tarda en mencionarlo, pero lo que sí logró hacerlo aterrizar en su lugar fue que ella dijo que había una vacante de trabajo que tenía bastante cerca, y que podía serle útil a Francis.
Arthur la mira como si lo hubiera salvado de una muerte horrible, aunque sabe disimularlo bien. Isabel cuenta que en el gimnasio al que asiste necesitan un recepcionista, así que si todo salía bien mientras se gestionaba todo le harían una entrevista. Arthur le dice que estuvo fantástica y Ann, curiosa, pregunta quién es ese amigo. Isabel responde que es un conocido que necesitaba trabajo urgentemente. Lo describe como guapo, amoroso y un poco "fino", lo que llama poderosamente la atención de Peter, y no para bien.
—¿Tienes un amigo marica, papá? —pregunta en la mesa el chico sin consideración alguna, y casi indignado. Ann, ofendida, no duda en responderle aunque deja que su madre lo haga primero.
—¿Qué es eso de "marica", Peter? —replica Isabel— Ellos son personas responsables y buenas, hay que aceptarlos.
—No, mamá— dice Ann, firme en su postura— Eso se llama discriminación positiva y no hay nada que tolerarles, hay que respetarlos simplemente porque son seres humanos igual que nosotros y nada más.
Peter le responde con rudeza a su hermana diciendo que no tienen nada de iguales al resto de los mortales, y ella no se queda callada alegando que sí lo son. Peter le ordena casi a gritos que deje de aprenderse discursos progresistas de memoria, Ann le replica que él no le dirá qué hacer y Arthur, finalmente, golpea la mesa exasperado y da el tema por finalizado.
Isabel, Peter y Ann guardaron silencio en el resto del almuerzo, igual que él.
En la oficina, Arthur tiene un comportamiento cada vez más extraño dentro de sus propios pensamientos. Recuerda cómo Francis se le acercó en el baño del restaurante, con su cabello tomado en una media coleta y su sonrisa fascinada, ofreciéndole su número de teléfono.
Mira por la ventana, preguntándose cómo diablos fue a meterse en un problema así. Lástima que, pese a que lo sentía como tal, irracionalmente no podía llegar a comprenderlo como aquello. No terminaba de convencerse.
Esa misma tarde sonó su teléfono, lo llamaba Francis. Al ver que se trataba de él, miró la puerta de su oficina y la fue a cerrar, asegurándose de que nadie lo escuchara; sabía que lo que estaba haciendo era indebido, su pasado se lo gritaba. Contestó con expresión dura.
—Qué quieres.
—Hola, Arthur —lo saluda él con tono lento y cálido, ignorando su voz de pocos amigos— Quiero hablar contigo, ¿podemos vernos?
Guarda silencio absoluto.
—Quiero decirte algo —continúa ante la respuesta muda— No voy a morderte ni matarte ni nada —bromea— puede ser donde tú quieras. Un parque, una plaza... —Francis se queda callado un momento, como si esperara una réplica que sabía que no llegaría— Nada, Arthur. Juntémonos, por favor.
Él no dice nada, pero accede sin comentarle a nadie. Saliendo de la oficina con toda la naturalidad que puede, y sintiéndose un pésimo actor, se encuentra con Allistor, y Arthur sabe que no saldrá nada bueno de ahí.
Entran al ascensor juntos, por desgracia, y porque no les quedaba otra. Ambos en total silencio porque ninguno quiere hablar. Era como que, si se decían algo, inevitablemente saldría el tema tabú que los une de manera tan triste como indestructible. Sin embargo Allistor no se aguanta, porque no va a permitir que Arthur le tome como tonto de nuevo.
—A qué vino ese tipo el otro día —pregunta sin rodeos y sin entonar.
—¿Qué tipo? —responde Arthur con miedo.
—Sabes perfectamente bien de quién estoy hablando, enano —saca un cigarrillo, su más antiguo vicio— Ese maricón de pelo largo que quería hablar contigo.
Arthur lo mira hacia arriba, como siempre lo ha tenido que mirar desde que tiene memoria.
—A nada importante —responde lo más calmado que puede.
—¿Nada importante? —enciende el cigarrillo, y parece considerar muy poco estar en un espacio tan pequeño. Voltea a mirarlo con cara amenazante, como siempre lo ha mirado— ¿Y por eso te llamaba "maricón"?
—E-Es un problema que ya solucionamos, no tienes de qué preocupa...
Allistor se cabrea de tantas vueltas. Golpea con el puño la pared próxima a Arthur y se inclina lo suficiente hasta él. De pronto vuelve a sentirse como si tuviera quince años, y jura, y recontra jura, que su hermano mayor lo golpeará de nuevo. Cierra la boca abruptamente; el golpe, el ruido estruendoso y el movimiento errante del ascensor lo sumergen con violencia en el silencio.
—No me vengas con mierdas, gusano —dice—. A mí no me vas a hacer tonto, no de nuevo. Así que más te vale alejarte de ese maricón si no quieres que te vuele la cara otra vez. ¡Hey, mírame cuando te hablo! —exclamó, sobresaltando a Arthur— Porque no quiero que ni Isabel ni mis sobrinos sufran por culpa de tus mierdas. ¡¿Entendido?!
—Sí —dice en una voz tan baja que casi no puede escucharse ni él mismo.
—Eso espero, porque no me va a temblar la mano. Te lo aseguro.
—¡Ya entendí, por la mierda!
El ascensor se abre y Arthur es el primero en salir. Charles lo nota apurado en su trayecto y con los ojos llorosos. Lo llama, pero Arthur acelera el paso todavía más. Mira a Allistor acusadoramente.
—¿Qué le hiciste? —lo enfrenta. Allistor, mirándolo con desdén, da una calada a su cigarrillo y lo ignora con olímpica maestría, pasando de largo.
Charles se queda allí, con su cara de odio hacia Allistor y su preocupación latente por Arthur.
