HEART IS A MESS


Capítulo VI:

"And let me peer inside"

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Se seca las lágrimas con violencia. Odia llorar, pero más odia aún que Allistor sea la razón de hacerlo. Desde pequeño, su hermano mayor contribuyó activamente a hacerlo llorar de rabia cuando le ganaba en un videojuego, cuando lo asustaba al descubrirlo husmeando sus cosas en su habitación, o simplemente cuando le lanzaba un comentario ácido que, si bien él defendía como inofensivo delante de Catherine y Frederick, Arthur no lo tomaba como tal. Pero esa extraña relación había terminado por destruirse definitivamente por lo ocurrido con Alfonso. El golpe que recibió de parte del pelirrojo en su adolescencia procuró que, con el paso del tiempo, la figura de su hermano mayor pasara de ser su ejemplo y protección contra sus pares, a ser su mayor amenaza y miedo.

Era cierto, sí, que Arthur lo respetaba como a nadie. Hasta sus quince años, Allistor fue el hermano que más admiró. Cuando éste demostró que era capaz de dejar de lado el cariño de hermano (que él siempre creyó como incondicional) por un tonto prejuicio hacia una minoría, Arthur se preguntaba con mayor frecuencia si hacia Allistor existía miedo o respeto de su parte.

Cuando llegó a la plaza, Francis notó sus párpados inferiores irritados y sus ojos verdes llorosos, sin embargo, prefirió omitir cualquier comentario pese a que la imagen de Arthur, el adulto inquebrantable con vida perfecta, familia perfecta y trabajo perfecto, se convertía en un niño asustado, y lo conmovió más de lo esperado.

—Hola. —lo saludó al verlo llegar en su impecable traje, corbata y zapatos de vestir.

—Ya, estoy aquí —dice, dejando ver su exasperación desde el principio—. ¿Qué quieres?

Francis suelta una risita nerviosa y lo mira con cierto arrepentimiento.

—Ehh... —titubea—. Bueno, gracias por venir. ¿Te quieres sentar? —le dice, ofreciéndole la banca.

—No, no —se niega—, así estoy bien.

Francis lo mira divertido y enternecido con la actitud indiferente de Arthur, que la sabe una farsa.

—Bueno, Arthur —comienza entonces, mirándose el cable de los audífonos enredado entre sus dedos—. Yo quería pedirte disculpas.

El abogado frunce el ceño en auténtica señal de no entender nada.

—¿Disculpas? —pregunta, totalmente perdido ante lo dicho por el francés.

—Sí —confirma—. Alguien me informó que no habías sido tú el que puso la denuncia ese día en el restaurant.

Arthur siente que está a punto de desarmarse, así como un juguete infantil. Se pone lo suficientemente inquieto y desesperado como para Francis se arrepienta muchísimo más de lo que ya está.

—Me lo confirmaron —reafirma—. Fue un cliente que estaba en el baño ese día.

Arthur mueve sus pupilas erráticamente, intentando recordar.

—¿Qué cliente? —pregunta—, si ese día estábamos solos.

—No —Francis se ríe nerviosamente—, había un viejo encerrado en un cubículo y parece que nos escuchó —sonríe ampliamente, ya otra vez divertido con la situación. Después su expresión se torna hacia la decepción—. Un viejo homofóbico. Tú sabes, la ciudad está llena de esa gente.

A esas alturas Arthur lo único que quiere es partirle la cara, pero se aguanta las ganas. Necesita frotarse el rostro, los ojos, respirar profundamente y calmar ese notorio estado de ansiedad que cada día se le hacía más insoportable.

—Ahora ya sabes que nunca te mentí, ¿cierto? —pregunta Arthur. Pese a su cara de estresado, su mirada de reproche le grita a Francis que él siempre tuvo la razón.

—Perdona, Arthur... fui un imbécil...

—No, no —lo interrumpe, hastiado—. Tú me amenazaste, te fuiste a meter a mi casa, hablaste con Isabel y le metiste mierdas en la cabeza... ¿Y ahora me quieres pedir disculpas? ¿Para qué? —Francis no le saca los ojos de encima—¿Para que tu conciencia esté más tranquila? —el francés hace ademán de responderle, pero Arthur no lo deja—. No, olvídalo. Las cosas no son así. Tú estás enfermo, igual que ese viejo que te acusó.

Se dispone a irse sin decir nada más pero Francis lo toma del hombro, rogándole que espere un momento más. Arthur siente, otra vez, ese calor abrazador de las manos de Francis y todo su enojo, frustración y mal rato con Allistor desaparece, como si nunca hubiera estado allí.

—Yo entiendo que ahora mis disculpas no te valgan absolutamente nada —su voz suena tan despacio como un susurro a su oído, y Arthur se desespera por soltarse— Pero por favor, créeme cuando te digo que... —Francis mira su mano sobre el brazo del inglés y lo suelta, entonces, al notar lo incómodo que está— que yo no quería meterte en problemas o hacerte daño...

Arthur lo mira sin creerle nada.

—No voy a volver a molestarte. Nunca más.

El abogado lo mira para responderle, pero la caricia en el dorso de su mano no lo deja. No se permite decirle adiós, ni seguirlo, ni dejar de mirarlo cuando Francis se va caminando con su bicicleta de vuelta hacia algún lugar, lejos de él.

Vuelve a la oficina, y al recordar el tacto en su mano, la calidez y las palabras de acento francés, un vacío profundo se le instaura en el pecho. No se siente capaz de entrar otra vez al trabajo, mirar a Allistor a la cara y hacerse el desentendido con él y con Charles.

Pero grande fue su sorpresa al ver a Isabel preguntando por él a la recepcionista. Cuando ella lo llamó, Arthur iba de vuelta a la agencia con paso apresurado. Ella, casi con inocencia, le dijo que había pasado a verlo del gimnasio para ir a almorzar juntos. Arthur la mira con una seriedad extraña y la toma del brazo con vehemencia, Isabel cree que está preocupado, que está distraído o sencillamente estresado por alguna reunión. Su esposa, sonriéndole encantadora, le pregunta:

—¿Vamos o no?

—Ven a mi oficina.

Suben las escaleras. Ni Charles, ni Allistor, ni Hamish los ven. Arthur cierra la puerta con llave apresuradamente mientras Isabel se ríe fascinada, viendo cómo su esposo va quitándose el saco y la corbata para luego arrinconarla contra el escritorio, después de despejarlo con violencia. Ella le pregunta qué harán si entra alguien como sus cuñados o su suegro, o si los escuchan, y él responde demandantemente que los mandará al carajo si los interrumpen. Por algún motivo, esa urgencia de él por estar con ella la sumerge en una adrenalina desconocida y simplemente se deja hacer entre sus fuertes brazos, su piel caliente y demandantes besos.

Después del encuentro, Isabel está sentada frente a él sólo con su blusa larga puesta. Arthur ya está perfectamente vestido, como si nada hubiera pasado. Ella, risueña y luminosa, bromea con voz baja:

—Arthur, yo vine por un almuerzo solamente y me salió con postre incluido.

Él la mira con cierta incomodidad, pero le sonríe de igual forma.

—¿Fui muy brusco contigo?

—¡Para nada, Arthur! —se pone de pie yendo hacia él, descalza— Me encantó, fue maravilloso.

El celular de ella suena de pronto. Su amiga del gimnasio, que además parecía tener algún cargo en el lugar, le avisa que el amigo de su marido no llegó a la entrevista de trabajo. Isabel se extraña, se lo menciona a Arthur y él se hace el desentendido. Cuando ella se va, se despide de él con un beso y sale disparada como si quisiera evitar que alguien la viera.

Arthur la ve irse rápidamente, medio agitado todavía y un poco incómodo con la ropa por habérsela puesto tan rápido. Parece que Francis iba en serio con eso de no volver acercarse a él, algo que le generó una nostálgica presión en la garganta, como un nudo ciego; sintió lo mismo que cuando llamó a Alfonso por última vez y la voz que le respondió fue otra, y esa sensación de pérdida lo aterró. Francis no tenía por qué rechazar el trabajo, él no tenía por qué perder el contacto con Francis ni que Isabel haya quedado en el vacío con su propuesta en el gimnasio. Entonces lo llama y le pide que acepte el trabajo en el gimnasio de su esposa, insistiendo en que no era necesario que se alejara de él o de Isabel, y Francis, por su parte, insiste en que su actitud fue pésima con él y que no debería aceptarlo. Arthur, medio nervioso, le dice que las cosas son diferentes ahora.

Extrañado, Francis se sonríe y le pregunta a qué se refiere. Arthur responde que está conforme con que él haya reconocido su error, y que es capaz de entender perfectamente que él necesita el trabajo y que se confundió, alegando que uno siempre hace cosas extrañas cuando se confunde, y Francis no puede evitar sonreír. Entonces, luego de unos segundos de silencio, le pide verse con él un día.

Arthur no quiere reconocer cuánto, realmente, le entusiasma la idea.

Se ponen de acuerdo para la semana siguiente, el viernes, el último día de trabajo, y se reúnen en un restaurante lo suficientemente lejos de la agencia como para que nadie lo vea, ni mucho menos Allistor. Francis finalmente aceptó el trabajo en el gimnasio de Isabel y Arthur le dice que fue una buena decisión. No fue complicado pedir una nueva hora para la entrevista, puesto que los administradores conocían a Isabel y a ella le agradaba muchísimo Francis, así que bastó tener un poco de contacto y buena voluntad. En el restaurante piden una cerveza cada uno, y un sándwich que ambos dudan si lo podrán comer completamente, pero su encuentro pasa más en risas, miradas medio extrañas y una complicidad que Arthur no pensó tener con nadie jamás.

El tema transcurre hacia una extraña declaración de Francis, diciéndole que pensaba que Arthur era infinitamente más aburrido por su comportamiento de abogado impecable. Entusiasta, admite que no se equivocó con él, pues dice orgullosamente que nunca se deja engañar por la apariencia de la gente. Arthur, mirándolo, le dice que sí se equivocó.

—Pensaste que yo había hecho que te despidieran.

Francis borra su sonrisa encantadora y se pone serio un momento.

—Sí... lo sé. Perdona.

Arthur da un sorbo más a su cerveza.

—Tú perdona por pensar que eras un psicópata.

Ambos se ríen.

—Es que con ese show que te monté, cualquiera hubiera reaccionado como tú. No sigues pensando lo mismo, ¿cierto?

—¿Con una cerveza y un sándwich? Difícil. Y yo creo que tú me estás invitando.

—Oye, llevo una semana trabajando, todavía no me pagan —Arthur vuelve a reír—. Pero ya, sí, yo te invito. La próxima invitas tú.

El inglés lo mira con suspicacia, pero entusiasmado sin dudas, aunque no lo reconocerá jamás.

—No quiero ser un problema para ti o Isabel —se apresura Francis.

—No lo eres. Ya no.

El francés sonríe con cierta tristeza marcada en su rostro. Mirando a Arthur, le propone:

—¿Sabes? Deberíamos empezar de cero. Hagamos de cuenta que esto nunca pasó

El abogado asiente alzando su tupida ceja.

Chocan sus vasos y beben. El trato comenzaba desde ese momento.

.

Arthur tiene la gentiliza de ir a dejarlo a su casa en su auto. Francis le comenta que en el edificio en el que vive, mientras Arthur lo mira con exagerada atención, como si quisiera memorizarlo bien, arrienda hace varios años y que por eso le urgía tanto encontrar un trabajo. El inglés, con cierta inocencia, dice que el barrio le parece bonito.

—¿No quieres entrar un rato? —le propone Francis. Intenta sonar lo más casual que puede, pero Arthur sabe que su intención es otra, lo puede palpar en su voz. Y prefiere decir que no antes que continuar equivocándose.

—No —rechaza cortésmente—. Ya es tarde, y tengo que volver a mi casa.

—¿Ni siquiera un té? Como para agradecerte el favor. —sonríe, deslumbrando un poco a su nuevo amigo.

Arthur lo mira casi embelesado, y por lo mismo prefiere seguir rechazando la dulce oferta que Francis le hace. De su firme postura, su celular suena y lo distrae. Es Isabel. Francis, mirándolo, le pregunta si no contestará. El abogado responde que no debe ser nada importante y guarda el teléfono.

Francis aún lo mira intensamente en el asiento del copiloto. Aprecia aún el gesto de Arthur, y le gusta muchísimo el toque de nerviosismo en sus gestos. Atacándolo cuando se distrae, insiste:

—¿Entonces puedes pasar un ratito?

A Arthur jamás se le había hecho tan irresistible esa media sonrisa, y por eso se asusta de Francis, de sí mismo, de lo que es capaz de hacer o entregar por un solo segundo de sinceridad.

—Oye, Arthur —lo llama, ahora divertido —, no te estoy invitando a armar una bomba o la segunda revolución francesa, sólo es un té— y él ríe nervioso. Ahora sí quiere escaparse de allí, no porque lo desee así, sino porque teme embriagarse de él hasta caer en la locura.

—No, en serio, gracias. —responde.

Francis entonces acepta el no, y se dispone a bajar del auto. Antes de cerrar, le dice por última vez:

—Gracias por la conversación y lo del trabajo. Me gustó esto de partir de cero.

Arthur lo mira por última vez hasta que él desaparece por el callejón. Sigue mirando el edificio, buscando sus detalles característicos. Echa la cabeza hacia atrás en el asiento y suspira, preguntándose qué diablos es lo que está haciendo.

.

Isabel y Francis siguieron encontrándose en el gimnasio, él como encargado de la recepción y ella como cliente habitual. Le hacía bien ejercitarse, a Francis trabajar, y casi sin querer comenzaron a hacerse amigos. Isabel le envidaba sanamente que a él lo dejaran entrenar mientras trabajaba e incluso podía tener cercanías con algunos clientes, casi como si fuera un entrenador personal. Ella se lo mencionó sonriéndole con encanto y feliz de que, por fin, haya podido encontrar un trabajo y continuar con su vida como la tenía hasta hace poco.

—Sí —le dijo Francis—. A veces hago trabajos esporádicos como modelo, así que tengo que estar fitness— se ríe.

—¿En serio? ¿Eres modelo?

Francis ladea la cabeza.

—Más o menos... a veces —ella ríe con él—. Espera, que tengo algo para ti.

Francis entra al mesón de recepción y saca una cajita pequeña envuelta en papel de regalo y una cintita. Isabel lo mira con absoluta ternura.

—Te mereces una atención de mi parte —reconoce él—, te has portado genial conmigo y te lo tenía que agradecer.

—Qué tierno eres, Francis. —le dice ella recibiendo la cajita.

—Sólo para ti —advierte con cierto tono divertido—. Son chocolates. Así que espero que los disfrutes.

—¡Ay, te odio! Son mi debilidad. —Se ríe.

Al guardar la caja, le dice que se saque una foto con ella para mandársela a Arthur. Francis accede un tanto inquieto, pero igual sale encantador sonriendo al lado de su nueva amiga. Isabel la envía y Arthur, en la oficina, no sabe qué pensar al respecto.

Luego del gimnasio Isabel va a visitar a su esposo a la agencia. Le comenta sobre la foto, de lo encantador que es Francis y de su faceta como modelo. El abogado se inquieta otra vez, y prefiere ser cortante con ella.

—¿A qué viniste, Isabel? —dice, buscando con los ojos a Frederick para pasarle la carpeta con los documentos.

Ella, extrañamente efusiva, lo abraza por el cuello y le susurra.

—Vine a repetir la escena de la semana pasada. —besándolo, Arthur se escandaliza.

Él prefiere hacerla subir a la oficina intentando sacársela de encima, pero parece demasiado ensimismada en querer desvestirlo arrastrándolo al sofá y subiéndosele a horcajadas. Arthur, nerviosísimo de que alguien entrara porque no le puso llave a la puerta como la otra vez, insiste en que hay más gente que antes y que alguien podría entrar. Isabel, riéndose entusiasmada, le recuerda que eso no le importó antes y ahora tampoco debería de hacerlo. Cuando está a punto de desabrocharle el pantalón, Charles entra de golpe.

—¡Mierda! —exclama, volteándose hacia afuera. Isabel se sale inmediatamente de encima de Arthur, y éste ya no puede sentirse más abochornado.

—¡No, no! P-pasa, no hay problema. —le dice a su hermano, y Charles va entrando nerviosamente con la carpeta en la mano. Arthur se voltea hacia la pared para arreglarse el pantalón.

—Lo siento, Arthur —dice el pobre Charles—. No pensé que estaba Isabel aquí. —la saluda con un beso en la cara, y ella no puede dejar de reírse.

Le informa que esos son los nuevos contratos y al abrir la carpeta, no se encuentra con ningún contrato sino con fotos de chicos. Arthur, hastiado, niega con la cabeza por lo atolondrado que es su hermano.

—Me confundí de carpeta parece —bromea riendo tontamente. Arthur rodea los ojos—. Voy a buscar la otra.

Isabel le pide ver la que tiene en las manos y la revisa, preguntando qué son esas fotos. Charles le informa que son modelos para el comercial nuevo de la compañía de perfumes que encargó sus servicios de publicidad a la agencia. Isabel los mira y pregunta cuándo es el casting.

—¿Por qué? ¿Quieres que te invite, pilla? —bromea Charles. Isabel se ríe más.

—No seas desubicado. —dice sin dejar de reírse.

Charles mira a Arthur y se percata de lo incómodo que está. Resuelve ir a buscar la carpeta de los contratos y dejarla en su escritorio en un rato más.

—Ehh... Bien, nos vemos Isa. —dice, y se va de vuelta a su oficina hecho un rayo.

Arthur mira a su mujer con cara de reproche, levantando las pupilas desde el escritorio hacia ella, quien sigue sonriendo divertida. Cuando Isabel finalmente decide irse, pese a continuar un poco decepcionada por no haber estado con él como le hubiera gustado repetir, Arthur resopla en su escritorio, olvidándose de todo cuanto puede y, al mismo tiempo, cuanto quisiera.