HEART IS A MESS
Capítulo VII:
"Let me in where only your thoughts have been"
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La campaña del nuevo perfume y el acercamiento de la fecha de lanzamiento del mismo los tenía a todos más alborotados que de costumbre. Arthur estaba más serio, Charles más entusiasmado con el café, Hamish huyendo de la oficina cada vez que podía y Allistor más cascarrabias que nunca. La preocupación por el momento, en los primeros instantes de planificación, era buscar al maldito modelo que cumpliera con los estándares que la compañía había pedido (o demandado, como lo había dicho Frederick sin ningún entusiasmo). Había un chico alemán que se había presentado por insistencia de su novia, Feliciana, y el pobre, desentonando absolutamente su cuerpo militar con sus ojos de niño tímido, no terminó de convencer a nadie. Isabel fue la que se llevó la peor parte de eso: Lovino la llamó indignado porque cómo se le ocurría a su hermana someterse a tal ridículo y la española lo calmó como pudo, sin esforzarse mucho, porque el italiano de actitud casi mafiosa siempre terminaba haciéndole caso.
Después llegó un ruso, o bielorruso; Charles no se molestó mucho en esclarecer el detalle. Se llamaba Dmitri, era pelo rubio casi llegando a ser blanco y una expresión posesiva. Los de Lancôme se mostraron un poco más conformes, pero no lo suficiente. Charles, entonces, acabó lanzando al aire todas las malditas carpetas y lamentándose por qué no había decidido estudiar peluquería o algo así. Arthur, que pasaba por fuera, sólo alcanzó a ver la nube de fotografías volando y a un Charles derrotado por un enemigo invisible.
Entró y le preguntó, muy a su manera, qué le sucedía.
—¡Esos payasos de Lancôme no están conformes con nada y ya estoy perdiendo la cabeza! —Dramatizó.
Torció la boca, porque se le vendría otro sermón que dar.
—Tú pierdes la cabeza por todo así de deja de lloriquear —Respondió Arthur intentando recoger las fotografías del piso y ordenarlas en las carpetas—. ¿Qué no les gustó ahora?
—¡Yo qué sé, hombre! —Alzó las manos como pidiendo ayuda desde el cielo— Para lo que me gusta andar viendo hombres en bolas todo el día.
Arthur se incomodó casi sin querer con ese comentario. Carraspeó y dejó las carpetas con las fotografías todas desordenadas en el escritorio de su hermano y prefirió cambiar de tema rápidamente.
—¿Y no les preguntaste cómo querían que fuera el modelo?
—... No —Admite Charles por lo bajo—. ¿Qué tendría que tener de especial? —Se encoge de hombros— Que sea un tipo que les guste a las mujeres y a los maricas y ya. No veo qué otra cosa puede ser tan imprescindible.
—Pero por la mierda, Charles, ¡eres publicista!
—¡Sí pero tampoco soy brujo! —Se indigna.
Arthur rueda los ojos, derrotado.
—Veré si puedo ayudarte con esto.
A Charles se le iluminan los ojos.
—¿En serio? —Arthur frunce el ceño.
—Sin sentimentalismos. —Advierte, severo.
—Eres el mejor hermano que podría haber deseado. —Dramatiza de nuevo. Arthur vuelve a rodear los ojos.
Esa tarde llega a casa y conversa con Isabel sobre ese asunto. Lancôme está cada vez más encima de Charles y aunque sabe que es él quien debe hacerse cargo de todo ese asunto, no puede evitar sentirse preocupado por su hermano. Siempre ha sido un descuidado y se lo ha reprochado cada vez que puede, y aunque sabe que no es lo correcto, tal como ha sucedido otras veces, decide ayudarlo.
Arthur empieza diciendo que la campaña debe estar lista la próxima semana y ni siquiera se han conseguido el modelo para la publicidad. Isabel, como si el universo hubiera querido confabular contra Arthur, piensa y menciona a Francis casi en un dos por tres. Arthur palidece aunque ella no lo nota, y se niega.
Ella insiste. Arthur vuelve a negarse. Finalmente acepta porque Isabel pone todas las cartas sobre la mesa y es cierto que en estricto rigor no tiene nada que perder. Ella le comenta que Francis tiene cierta experiencia como modelo, que es un hombre guapo y joven, que de seguro les gustará a los relacionadores públicos de Lancôme y es cosa de probarlo simplemente, así que Arthur accede a regañadientes y se repite una y mil veces que lo hace por Charles quien está hasta el cuello (como la mayoría del tiempo en que debe hacer bien su trabajo) y acuerdan que el día viernes irá a presentarse en la agencia para el casting.
No hay ningún problema hasta ese momento, hasta que aparece Allistor y lo mira con un serio escepticismo desde la distancia sin que Arthur se dé cuenta.
Están en el primer piso de la agencia. Francis aparece allí, con el cabello amarrado en una media coleta y la barba un poco recortada, los ojos azules llenos de vida y una vestimenta sencilla que denota elegancia y juventud en iguales dosis. Arthur lo mira y carraspea. Charles hace un par de bromas esperando que Arthur se ría, pero todo lo que consigue es un "cállate" de su parte. Charles continúa hasta que llegan con Francis y lo saludan con cortesía.
—Qué gusto verte, Arthur.
Éste, de cierta manera cohibido, le ofrece un apretón de manos demasiado frío. Francis la siente húmeda y nota que está nervioso, o tal vez tiene demasiado calor.
Arthur lo invita a pasar a la sala donde será el casting y Charles aprovecha el momento para preguntar por qué diablos está ese tipo ahí después de que fue a su oficina a golpearlo por haberle chocado el auto, o algo así recordaba. Arthur reaccionó a la defensiva insistiendo repetidamente que eso ya había sido solucionado entre ambos y que no había rencillas, pero insistió en que no quería involucrarse demasiado en nada de eso así que le pidió, ordenó o como fuera que hubiera sonado, que no le comentara a nadie, ni mucho menos a Allistor, que había sido Isabel quien insistió en que Francis se presentara.
Arthur luego corrió a su oficina, encontrándose en el camino con el peor de sus demonios. Allistor lo estaba esperando y no pensaba dejarlo escapar como en el ascensor.
—Supongo que no tienes nada que ver con que ese maricón esté presentándose abajo.
Arthur lo mira con cara de hastiado. No quiere más escándalos ni más regaños innecesarios. Suficiente ha tenido ya con que Francis esté ahí revolviéndole toda la estabilidad que creía inamovible como para que encima Allistor insista en quererlo descubrir haciendo algo malo, y además de todo eso, tener que disimularlo todo. Sin responderle absolutamente nada, llega y entra a su oficina y Allistor lo sigue quedándose en el umbral, sosteniéndose de la manilla de la puerta.
—Más te vale que no me esté equivocando. —Insiste, y cierra de un fuerte portazo.
Arthur, en su escritorio, escondido tras una pantalla de indiferencia que en soledad se le quiebra como un vidrio trizado, suspira con pesar y el rostro se le contrae, siente que la mirada se le nubla y una presión le impide respirar. Se frota los ojos casi con ira, sintiéndose patético porque todavía Allistor es capaz de hacerlo llorar igual que cuando eran niños. Cuándo, se pregunta, será capaz de enfrentar sus miedos. Todos, no sólo de aceptar quién es, sino aquel que más lo ha marcado desde que apareció Alfonso.
Una jornada más termina e Isabel le pregunta inmediatamente cómo es que le fue a Francis en el casting. Arthur responde cansado que no lo sabe, que esos resultados los ve Charles pues las funciones de Arthur están ligadas al correcto desempeño de la agencia en términos legales más que internos, o "de terreno". Isabel insiste en que espera que le vaya bien a su amigo y Arthur ya prefiere perderse en el sueño. Ha sido un día largo, pesado y no cargado precisamente de los mejores recuerdos y es así por los siguientes días, donde como siempre evita a Allistor lo mejor que puede y Charles lo va a molestar de vez en cuando para insistir en salir por ahí una noche a compartir una cerveza, un whisky o lo que sea.
Cuando vuelve a aparecerse ahí, Arthur está listo para volver a negarse rotundamente pero Charles lo interrumpe en seco, diciéndole que no viene por eso sino por algo totalmente distinto y directamente ligado al trabajo.
—A Lancôme le gustó Francis, así que el casting se cierra. —Dice, demasiado contento con la idea de que por fin esa etapa ya se cerró. Arthur, por el contrario, siente algo similar a la emoción porque, de alguna manera, tendrá cerca a Francis; y al mismo tiempo un temor irracional.
Pero no se permite a sí mismo sentir tal cosa y al instante finge indiferencia.
—Qué bueno —Dice, demasiado seco— ¿Y?
Charles alza la ceja.
—¿Cómo que "y"? Tiene que venir un día a tu oficina para que firme el contrato. Andas volando muy bajo últimamente, Arthur.
El abogado sacude un poco la cabeza al cerrar los ojos.
—S-sí... perdona, es que... —Charles le resta importancia de inmediato.
—Ya, si no importa —Dice, sonrientemente despreocupado; un gesto muy de él—. Habla con Francis para que acuerden la firma y la campaña empezará en cuestión de días.
—La campaña debió haber empezado hace cuestión de días. —Rectifica Arthur en tono de reproche.
—Oh no, no me eches la culpa —agita sus manos negándose a recibir un regaño de su hermano menor—. Como sea —le rehúye al tema—, vendrá hoy en la tarde o si no, mañana. Recíbelo bien porque no quiero otro escándalo en la agencia —Dice imitando el tono gruñón de Allistor y Arthur no puede evitar reírse.
Charles, sin esperarlo realmente, apacigua mucho más en Arthur de lo que cualquiera de los dos es capaz de darse cuenta.
Es precisamente esa tarde cuando Francis se aparece en las oficinas mientras Arthur lo esperaba al día siguiente. Fue una sorpresa desde el principio, porque no se lo encontró en la planta baja esperando a que le dieran la autorización para entrar, sino que lo vio ingresando de a poco a su oficina, con un saludo meloso y aterciopelado, pidiendo permiso. Arthur, sobresaltado, se pone de pie yendo a cerrar la puerta después de que Francis entra.
—Hola, Arthur. —Dice, alargando las sílabas con una dulzura inexplicable.
—Francis... —Titubea, volviendo a su escritorio. Le ofrece tomar asiento y pregunta lo que le urge saber— ¿Alguien te vio?
El francés alza la ceja, intrigado.
—No —Niega, con cierto tono de incertidumbre—, entré aquí de inmediato porque no había nadie en la recepción y... No te molesta ¿verdad?
Arthur lo comprende. Se calma un poco, es increíblemente fácil alterarlo después de cualquier conversación que tenga con Allistor. A la vuelta del almuerzo se habían visto en la entrada y su hermano mayor volvió a advertirle que lo estaba vigilando y eso fue suficiente para arruinarle toda la jornada, hacerlo enojar y frustrarse en iguales medidas. Cuando vio a Francis, olvidó su frustración y su ira y su preocupación volvió a hacerse latente, acompañada, extrañamente, de una leve sensación de tranquilidad y de confianza.
—No es eso... —Dice, y quiere dejar zanjado el tema, pero Francis le escarba allí donde su tan vieja herida duele, sin saberlo.
—¿A qué le tienes tanto miedo, Arthur? —Pregunta, genuinamente preocupado y al mismo tiempo con excesiva curiosidad. Se inclina hacia él como si al mirarlo más de cerca Arthur fuera a dejar salir un poco más de sinceridad en forma de conversación, pero nada de eso consiguió. El inglés arrugó el entrecejo y respondió cortante.
—A nada; deja de hablar estupideces. —Masculla, casi ofendido.
Francis sonríe un poquito con cierta tristeza, o más bien, empatía. Le intriga muchísimo la actitud de Arthur, lo conmueve, en cierta medida, porque le impresiona al mismo tiempo que sea capaz de negarse a sí mismo todos los días en vez de ser un poco más sincero con la gente que lo rodea; y no. Prefiere seguir mintiendo, fingir una vida que no le corresponde y Francis siente que debe ayudarlo, pero de forma lenta e imperceptible, casi que él no se dé cuenta de ello.
—En fin —Resuelve finalmente—. Igual es bueno que nadie me haya visto, así nadie piensa que te vengo a golpear de nuevo— Bromea, y su sonrisa disuelve toda la dureza de Arthur en cuestión de instantes y sin ningún tipo de dificultad. Prefiere mirar hacia otro lado—. Bueno —carraspea, volviendo a ponerse serio—. Hablé con el productor, está todo bien con el dinero; me dijo que viniera a hablar contigo por el tema del contrato, que lo firmemos y ya estaría todo listo.
—Me complica esto, Francis. —Admite sin anestesia. Francis de pronto elimina su sonrisa.
—¿Qué?
Arthur titubea, como si de alguna forma se hubiera arrepentido de ser tan directo. Cosa extraña; nunca se ha preocupado de que su franqueza pueda dañar a otros, más si esos otros son desconocidos. ¿Por qué Francis, de pronto, deja de serle un extraño?
—Mira... —y él, contrario a su propia orden, mira sus manos moverse inquietas sobre el escritorio—, esto sólo fue un malentendido. Tú no tendrías que estar aquí, Isabel insistió con esto así que fue ella la que se tomó una atribución que no le corresponde.
Francis guarda silencio. Intenta entenderlo, jura que lo intenta, pero no es capaz. Por qué le cuesta tanto admitir las cosas.
—Pero si nadie tiene por qué vincularme contigo —se justifica Francis—, además es un buen trabajo, necesito el dinero.
—Escucha —Arthur de pronto endurece su voz, tensándose en el acto—, tengo muchísimos problemas encima y lo último que necesito es otro más. Tú aquí me complicas, y mucho, así que por eso te pido que rechaces el trabajo.
Francis percibe la tensión de su interlocutor en cuestión de minutos, como si el hilo rojo que los conectaba hubiera hecho su trabajo como nunca antes. Traspasado por el nerviosismo, o por alguna razón extraña (esa parecía la más lógica) contrajo su expresión en una mueca de decepción.
—Ah, entiendo... —comenzó a decir con voz queda—. No quieres que te vinculen con el maricón. ¿Es eso, cierto?
Arthur necesita suspirar. Le molesta en sobremanera que se sienta en la necesidad de darle explicaciones, como si tuviera miedo de que de un momento a otro Francis se aburriría y se iría para siempre. Sabe que se justificará con muy poco aguante y sabe, también, que por más que lo intente Francis no le creerá nada, le recriminará su cobardía en la cara de nuevo, quizá hasta se agarren a golpe limpio y él desaparezca, y eso lo aterra. Por qué, no lo sabe. O no quiere atreverse a reconocer que sí lo sabe.
Oportunamente o no, Hamish abrió la puerta con el contrato impreso en mano y señaló que ya estaba todo listo. Arthur, más incómodo que nunca, guardó silencio y prefirió no mirar a nadie más. Francis, inevitablemente casi, también se incomodó y fue el primero en hablar.
—Ehh... —Titubea, extrañamente empático con Arthur—, sabes... Hamish, no podré tomar el trabajo.
El segundo mayor de los Kirkland se echa hacia atrás; un poco melodramática su reacción.
—¿De qué mierda hablas? —Preguntó sin mucho tacto—, lo del sueldo y esas cosas ya están habladas con Charles así que... —guarda silencio y mira las expresiones de ambos. Ya sabe más o menos por dónde va el problema— Oye, independiente del lío que tuvieron ustedes dos por el tema del auto o el choque o no sé qué carajos, les voy a pedir por favor que lo dejen fuera de esto; somos adultos y profesionales así que se van a dejar de joder —ordenó.
Arthur no se pudo quedar tranquilo.
—Oye, Hamish...
—"Hamish" las pelotas —se niega. Mira a Arthur con la autoridad que, siente, le corresponde y el abogado se ve obligado a guardar silencio—. El cliente quiere a Francis, así que tendrá a Francis —Determina—. La sesión de fotos empieza en cuatro días, así que no quiero ni atrasos, ni interrupciones ni nada. Oíste, ¿Arthur?
Éste confirma a regañadientes.
—Francis, por favor. —Le acerca el contrato y le ofrece un lápiz.
El francés mira a Arthur con cierta preocupación, esperando la aprobación que, en el fondo, nada tenía que importarle. Cuando ve el gesto de resignación en su rostro toma el lápiz y firma donde Hamish le señala, quedándose así como no sólo parte de la campaña publicitaria del perfume de Lancôme, sino como el rostro de ésta.
Hamish podía ser muy duro y estricto cuando se trataba de su trabajo, pero cuando una campaña se le acercaba a las manos y la presentía como un éxito rotundo, era capaz de dejar de lado esa seriedad y felicitar a sus colegas. Le ofreció la mano a Francis dándole la bienvenida a la agencia y reconocerlo como el nuevo frontman de la campaña de Lancôme. Francis agradeció el gesto y lo correspondió, frente a un Arthur tan tenso como asustado de lo que fuera a ocurrir con él y su ahora maltrecha compostura de allí en más.
